Villapañada (San Xuan en asturiano y oficialmente) es una parroquia del concejo de Grado, en el Principado de Asturias (España). Alberga una población de 199 habitantes (INE 2009)Nomenclátor. Relación de unidades poblacionales. Instituto Nacional de Estadística. en 95 viviendas. Ocupa una extensión de 3,23 km².
Se encuentra en el área noroccidental del concejo. Limita al norte con el concejo de Candamo, concretamente con la parroquia de Prahúa; al este con las parroquias de Castañedo y Grado; al sur con la de El Fresno; y al oeste con la de Cabruñana.
Se celebra con oficio religioso y romería la festividad del patrono, San Juan, el último domingo de agosto.
La parroquia cuenta con un albergue de peregrinos perteneciente a la ruta del Camino de Santiago. Se tiene constancia del paso de la ruta jacobea por la parroquia, en un documento del monasterio de San Salvador de Cornellana del año 1229, en el que se hace referencia a uno de los dos hospitales cuya titularidad ostentó la orden de San Juan de Jerusalén:
Historia Según dictaminan los escritos la parroquia tuvo varias denominaciones: San Juan de Villapañada o de Leñapañada (el nombre de Leñapañada, aparece en los primeros asientos de los libros parroquiales, pero es desconocido su origen. Una hipótesis quizás procediese de la obligación que tenían los vecinos de pañar, es decir, "recoger leña" como tributo, pues uno de los diezmos que tenían que entregar al Comendador era un carro de leña el día de San Martín y también un roble llamado "anataliego" en la víspera de Navidad) y diferentes clasificaciones: Jurisdicción, Señorío, Coto redondo o Priorato, según rezan los escritos, de los Nobles Caballeros de San Juan de Malta.
El origen parroquial difiere respecto a otras localidades de la zona porque en la Edad Media cumpliendo sus Estatutos, peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela, los Caballeros Hospitalarios, recabaron para sí tierras de Leñapañada, y fundaron hacia 1450 un monasterio, hospital y albergue de peregrinos, que encomendaron a varias monjas de la Orden. Pero los propósitos de protección de los peregrinos que habían movido inicialmente a caballeros se frustraron, porque continuaron los peregrinos expuestos a peligros; hasta las mismas religiosas no se sentían seguras y, amedrentadas, se trasladaron a un convento de Tordesillas, siendo reemplazadas por un prior y tres monjes o caballeros profesos que, ayudados de sus servidores, aislaban y defendían al peregrino, y administraban las rentas o donaciones que percibían de los lugares vecinos. Sin embargo no cesaron los peligros del tránsito y acabaron también, como sus predecesoras monjas, por abandonar estos sitios.
Frente al abandono de las tierras el Gran Maestre buscó repoblar el señorío, regresaron el abad y los monjes que tratan de convencer a vecinos comarcanos, y hacen las tentadoras propuestas: aceptadas por algunos, comienza lentamente a adquirir vida aquel lugar; y más tarde, otras gentes de lejanas localidades, aumentaron el número de esos primeros habitantes, llegando aquel yermo suelo a ser cultivado y a poblarse la parroquia, muy a satisfacción de los juanitas, que rigieron el coto por Comendadores, con jurisdicción completa.
Según los textos históricos los primeros Comendadores cumplieron con lo estatuido; pero no así ninguno de los sucesores, que abusaron de sus especiales prerrogativas imprimiendo sus actos un marcado carácter feudal. Era frecuente el uso de la horca durante muy largo periodo en la sierra de Santa Mariña. Más abajo, en la “tierra de Santiago”, estaba el consistorio con su cárcel propia.
San Juan de Villapañada, al haber sido entregada a los Caballeros de Malta, pasó a ser, ipso facto, civil y eclesiásticamente, propio y privativo de una Encomienda de esa orden religioso-militar. Al ser el territorio jurisdicción de la Orden de Malta esta era soberana de la tierra y las leyes del Reino de León y la Corona de Castilla no se aplicaban. El derecho de asilo fue ejercido por los Comendadores con extremo rigor; el criminal que huyendo de otros puntos trasponía los límites de San Juan, quedaba salvo; jamás era entregado; el Comendador no transigía, por más que lo reclamasen. De aquí proviene el dicho local de:
Según los textos compilados contaba el coto con 1.527 días de bueyes (es decir, 464 prados, y el resto tierra inculta dedicada a pastos y arbolado) y 72 casas, 56 hórreos, 2 molinos y 93 colmenas; 9 zapateros, un sastre, 2 caldereros y una tejedora de lienzo con dos oficialas, por el año 1558.
Se obtenía de la encomienda foral: 73 fanegas de escanda y libra y media de cera, y por razón del vasallaje, cada vecino contribuía con un carro de leña o dos reales al año, y el juez electo, con media fanega de pan cocido, un carnero o dos pesetas, dos pollos o dos reales y un roble que llamaban anataliego, valorado en 20 céntimos de escudo de plata y posteriormente una peseta, precio mínimo. Percibía el Comendador, “sobre frutos y haberes”, el diezmo, que ascendía a 12 fanegas de escanda, 24 de maíz, 4 de judías blancas, 20 de castañas y dos carros y medio de hierba; y por leche y corderos, lechones y otras “avenencias”, recibía 32 reales. Constituían los bienes libres de la Encomienda: catorce fincas laborables, de 4 hectáreas de extensión; tres prados, de algo más de una hectárea, tres hórreos y los bienes de la Capellanía de Nuestra Señora de Loreto, que eran cinco fincas laborables y un castañeo (monte con castaños).
No eran, frente al pensamiento popular de la época, opulentas las propiedades de la Encomienda como para creerse el Comendador un potentado, ni mucho menos. Por eso acaso quiso la Orden de Malta dar un corte de cuentas, declarando libres los bienes aforados.
La situación se transforma drásticamente en el tal y como se puede relatar atendiéndonos a escritos que se encuentran guardados de manera privada por D. Areces, vecino de Villapañada:
Las primitivas fundaciones forales constaban solo en simples documentos privados que guardaba la Encomienda, y ni copia tenían de ellas los dueños del terreno útil. Así fue que en los comienzos del , y a través de los años, los vecinos iban defendiéndose de las pretensiones de los malteses. En 1770, tras los abusos acontecidos por el nuevo comendador Fr. Nicolás Hortuza, el señorío casi vuelve a quedar desahabitado. Esto se debe a que Hortuza violento, atrabiliario, no dudó en arrebatarles sus derechos (se dice que ocultó las fundaciones forales y que sustrajo del archivo de la Encomienda), maltrataba a sus vasallos con vejámenes y prisiones y finalmente empobrecidos y acobardados, concluyesen por abandonar las tierras. Antes del abandono total de las tierras los campesinos llegaron a las quejan a Carlos IV; pidiendo amparo y justicia contra los intentos y opresión de Hortuza, y Carlos IV oyó sus quejas, consideró sagrados los derechos que alegaban, y obrando en consecuencia, quedó humillado el orgullo del Comendador, que a poco pierde su jurisdicción. La calma se mantuvo hasta que murió Hortuza.
Aun así posteriormente vuelven las discordias de un nuevo comendador al pretender este también hacer pasar por libres los bienes todos de la Encomienda; pero los vecinos de San Juan nuevamente protestan y se querellan, ante el propio Comendador, que quizás temeroso de que resurgiesen los pasados pleitos, dio la razón por entero a sus vasallos, los cuales prosiguieron viviendo en paz con su nuevo señor.
En esta conformidad se hallaban al llegar el golpe de 1821, por el cual, queda remitida Villapañada a la jurisdicción de Grado, estos habitantes acudieron en queja a la Diputación, alegando, como Peñaflor que siempre habían estado independientes y tenían Casa-Ayuntamiento, cárcel, archivo, con lo de más necesario para la administración de justicia. En 1827 el coto de San Juan fue incorporado a Grado.
Otra vez se produjo el desasosiego de los vecinos en 1847 al ordenarse por el Gobierno la venta de bienes pertenecientes a las Encomiendas, debido a que la mayoría de los vecinos continuaban sin los documentos justificativos de su derecho, y temían fueran enajenados como libres los fundos aforados. Pero esta alarma fue pasajera, porque bastó se exhibiesen los antiguos escritos conteniendo los aforamiento, un libro catastro de 1752 y la sentencia contra Hortuza, para que reconociera el Estado el legítimo derecho de estos sencillos aldeanos.
Cuando la invasión francesa en 1808, los campesinos de Juan junto a los de Peñaflor sufrieron graves torturas por su conducta patriota atacando los convoyes enemigos que cruzaban la parroquia; repetidamente la población en masa tuvo que huir, y fue arrasada la parroquia de San Juan.
Cultura De esta zona procede la leyenda del cipo (una roca) diciendo cubría la tumba de la Reina de estos lugares, poderosa y buena, pero idólotra, por lo que Dios la castigó duramente, maldiciéndola, etc., y añaden que hace tiempo se hallaron en el sepulcro gran cantidad de alhajas y cosas de oro macizo.
Esta lápida es posible que sea una antiquísima lápida hispanoromana, procedente de un castro, sobre tierras de San Juan, hallada en parte en linderos del Concejo de Salas, habiendo quien supone, erróneamente, que el famoso “cipo” procede de otros sitios. Según la información compilada por el muy benemérito Sr. Ciriaco Vigil, cita:
A pesar de las estas conclusiones se desconoce del motivo de abandono de estas tierra en los primeros siglos.
Poblaciones En el año 1899 Villapañada contaba con una población de 565 habitantes.
Según el nomenclátor de 2009 la parroquia está formada por las poblaciones de: Acebedo, La Linar, Rozadas, San Juan y La Llamiella.
En Acevedo había un total de 37 viviendas (35 de un piso y dos de 3 pisos).
En San Juan había un total de 42 viviendas (36 de un piso, una de dos pisos y cinco de tres pisos).
En La Llinar había un total de 17 viviendas, todas ellas de un piso.
En Rozadas había un total de 40 viviendas (35 de un piso, una de dos pisos y cuatro de tres pisos)
Acebedo Cuenta con una población de 80 habitantes, es el pueblo más grande de la parroquia de Villapañada, situado ladera orientada al sureste, está a 190 metros de altitud, limita al norte con San Juan, al este con Grado, al sur con el Xorro y al oeste con La Llinar. Las casas se forman, situando varios grupos que dan el nombre a barrios, como El Cabayin o La Granda, entre ellas destacan; La Barrera, Ca Pepero, El Cascayal, Ca Escuela, Cal Micu, Ca Marcelu y Casa Monchu (de construcción reciente) más al norte se encuentra Ca Mingu, Ca Serafinon, Ca Laira, Ca Jamo y Ca Agustín separadas del barrio del Carbayin, donde destaca Ca Cesareo, al este se sitúan Ca Anton de Milio, Casa Estelita (de construcción reciente) Cal Ferre, Ca La Madura, Ca Andreson, Ca Alicia, Cal Paletu, Cal Furiñu, Ca Carlos (ya no existe), Ca Manolo Consuelo, Ca La Grilla, La Granda, El Casoriu y Ca Manximo. En el pueblo hay quince hórreos y cinco paneras. Dista de la capital del concejo a 2 kilómetros, La carretera principal va directamente a Grado, siendo de uso diario para los vecinos de Los Fornos y Los Macetes (de la parroquia del Fresno). Recientemente se construyó la autovía Grado-La Espina, produciendo un desastre medioambiental y ecológico, separando el pueblo en cuatro zonas separadas por las calzadas de autovía y procediendo al derribo de tres casas.
Varias cunetas (en asturiano calea), sirvieron de paso a vecinos, en tiempos donde no existían carreteras, siendo la principal vía de comunicación con la capital, la cune llamada El Vacabil, que bajaba a la Barraca de Arriba. La comunicación con La Llinar se hacía a través de la calea El Llano y la calea El Regueiral, para ir a San Juan a la Iglesia subían por la calea La Pedrera.