La guerra gótica de los años 408 a 416 (también conocida como «segunda invasión de Italia por Alarico») fue un conflicto bélico que enfrentó a los visigodos con el Imperio romano de Occidente.

Su inicio fue consecuencia de la concatenación de dos sucesos acaecidos en el Imperio occidental durante el año 408. El primero, la suspensión de una campaña destinada a arrebatar al Imperio oriental el control del Ilírico oriental y para la que se había llegado a una alianza con los godos de Alarico quien, en consecuencia, reclamó una indemnización por los gastos incurridos en la movilización. Aunque Estilicon obtuvo un rápido acuerdo del senado y del emperador para pagarla, el control de la corte cayó en manos de una facción anti-bárbara dirigida por Olimpio cuya política causó el segundo motivo de conflicto. Consiguió la ejecución del general, canceló el pago y desató pogromos contra familiares de los soldados bárbaros que servían en el ejército italiano. Estos desertaron, entonces, en masa y se dirigieron donde estaba Alarico para unirse a su ejército pidiéndole que invadiese Italia como venganza.

El líder godo se encontró, entonces, al mando de un poderoso ejército y frente a un Imperio occidental debilitado que solo controlaba la prefectura de Italia donde su capacidad militar había quedado muy reducida por el abandono de los efectivos bárbaros y que, además, tenía que defenderse de un posible ataque del usurpador Constantino de Britania. Con esta situación favorable decidió volver a intentar el proyecto de encontrar un asentamiento para su pueblo dentro del Imperio occidental, aventura en la que había fracasado años antes.

Alarico invadió la península itálica en septiembre de 408 y recorrió el Véneto sin encontrar resistencia. Cruzó el Po, evitó un ataque directo contra la bien defendida Rávena y continuó hacia el sur hasta que decidió atacar la ciudad de Roma que puso bajo asedio en noviembre de ese mismo año. Su población no pudo recibir ayuda militar y llegó a un acuerdo para levantar el cerco mediante el pago de un rescate y la promesa de interceder ante Honorio para que se aviniese a una alianza con los visigodos. Aunque la corte imperial aceptó inicialmente los términos y permitió el pago, se negó luego a aliarse con ellos y aprovechó el momento para desplazar soldados desde Dalmacia con el objetivo de defender Roma mientras que usó un destacamento de hunos para evitar que Ataúlfo —cuñado de Alarico— se uniese a él con más tropas. Fracasó en ambas acciones y el líder visigodo volvió a poner bajo asedio la ciudad para presionar, así, al gobierno imperial a otorgar a su pueblo un lugar dentro de su territorio.

Viendo que la corte de Rávena temía más a los usurpadores que a los invasores cambió su estrategia y promovió que el senado en Roma nombrase a Prisco Átalo como emperador. Con buena parte de Italia controlada por el nuevo régimen y África en riesgo de perderse, varios miembros destacados del gobierno de Honorio lo abandonaron y el emperador vivió su momento más crítico durante el que llegó a preparar su huida a Constantinopla. La situación cambió con la llegada de refuerzos orientales y la defensa exitosa de África por Heracliano. Esto hizo que Alarico, tras ver fracasada su estrategia de presionar a Honorio, decidiese saquear finalmente Roma en agosto de 410. Cargados con un gran botín y con Gala Placidia y Átalo como prisioneros, los visigodos decidieron abandonar Italia y dirigirse a África para asentarse allí aunque no pudieron cruzar el mar porque una tormenta destruyó su flota y al poco, falleció Alarico.

Ataúlfo fue elegido como nuevo líder de los visigodos. Abandonó el plan de asentarse en África y durante el 411 recorrió lentamente la península hacia el norte mientras saqueaba lo que podía y buscaba un acuerdo con Honorio que les garantizase el ansiado asentamiento. Fracasó en ello ya que la corte Imperial se mantuvo en sus trece y buscó que la falta de suministros acabase por someter a los invasores. Para entonces, un nuevo hombre fuerte surgió dentro de ella: Flavio Constancio, quien pudo reorganizar el ejército italiano y acabar con la usurpación de Constantino de Britania.

Una nueva rebelión surgida en la Galia proclamó a emperador a Jovino. Ataúlfo abandonó, entonces, Italia e intentó unirse al usurpador para repetir la estrategia de Alarico con Prisco Átalo aunque la actitud de Jovino llevó a que el visigodo ofreciese al gobierno de Rávena acabar con él a cambio de suministro de cereales. Cumplió eficientemente su parte pero el Imperio no lo pudo hacer con la suya debido a que perdió el control de África al rebelarse Heracliano. Ataúlfo decidió, entonces, continuar con la estrategia de promover un régimen alternativo a Honorio en la provincia de Narbonensis prima y volvió a proclamar emperador a Prisco Átalo en 414 además de casarse él mismo con Gala Placidia para crear, así, una nueva dinastía imperial que uniese a visigodos y romanos. Flavio Constancio respondió al desafío con bloqueos navales que dificultaron enormemente su suministro y consiguieron que el hambre se extendiese entre ellos.

Gran parte de los visigodos estaba, para entonces, cansado de la estrategia de Ataúlfo por lo que este fue asesinado y tras unos días con Sigerico, decidieron elegir a Walia como rey. El nuevo líder retomó el antiguo plan de Alarico consistente en pasar a África e instalarse allí. Para ello se dirigió al estrecho de Gibraltar aunque, de nuevo, la flota visigoda fue destruida por una tormenta. Retornó a los Pirineos y decidió aceptar las condiciones de paz que ofrecieron los romanos: devolución de Gala Placidia y que los visigodos luchasen, en nombre del Imperio, contra los invasores que controlaban gran parte de Hispania en ese momento, en concreto, contra los vándalos silingos y los alanos de Ataces. A cambio, se les suministraría una gran cantidad de cereal y el gobierno de Rávena aceptaría, finalmente, el asentamiento visigodo cuya búsqueda había estado detrás de ocho años de guerra.

Ambas partes cumplieron con su parte del acuerdo: los visigodos devolvieron a Gala Placidia a cambio del suministro de cereal tras lo que lucharon durante dos años y derrotaron a los pueblos citados cuyos supervivientes se tuvieron que unir a los vándalos asdingos. En el 418 los romanos les concedieron la provincia de Aquitanica secunda y parte de las adyacentes Novempopulania y Narbonensis prima de tal manera que controlaron la costa atlántica desde los Pirineos hasta el Loira así como el valle del Garona hasta Toulouse donde establecieron su capital.

Aunque no le supuso grandes pérdidas militares, el Imperio sufrió graves consecuencias económicas debido a los saqueos godos en Italia entre 408 y 411. A estos males se le unieron los que le causaron la invasión del Rin y la usurpación de Constantino, coetáneas en el tiempo, y en las que sí se perdió buena parte del ejército. Territorialmente, significó la pérdida definitiva del área asignada a los visigodos quienes ya no pudieron ser expulsados del Imperio. La relación con ellos durante las siguientes décadas alternó periodos de colaboración en campañas militares, intervención visigoda en la política romana y guerra contra ellos debido a su tendencia a buscar una salida al mar Mediterráneo. Finalmente, tras el desastre en la recuperación de África en 468, Eurico comenzó un vigoroso proceso de expansión que los llevó a controlar gran parte de la Galia y casi toda Hispania.

Antecedentes

Los godos en el Imperio romano tras la batalla de Adrianópolis

En el año 376, un gran grupo de godos tervingios dirigidos por Alavivo habían sido autorizados a entrar en el Imperio romano oriental aunque las malas condiciones con las que se les recibió les llevaron a rebelarse y mantener una guerra contra los romanos durante seis años. En ella consiguieron una sonada victoria en la batalla de Adrianópolis donde cayó gran parte del ejército oriental y el propio emperador Valente. El conflicto finalizó en 382 con un acuerdo mediante el que los godos conseguían un asentamiento en el norte de la diócesis de Tracia, junto al Danubio, se podían gobernar por sí mismos y quedaban obligados a aportar contingentes al ejército romano cuando se les solicitara.

A la muerte de Teodosio en 395 volvieron a rebelarse y al mando de Alarico saquearon la península de los Balcanes durante tres años tras lo que consiguieron acordar una paz en 398 con el Imperio oriental que les proporcionaba el control de la prefectura de Iliria. Esto resultaría fatal para el Imperio occidental ya que los godos quedaron asentados junto a su frontera y el acceso a los arsenales romanos existentes en la prefectura les convirtió en una fuerza más poderosa de lo que habían sido la inicio de la guerra.

La reacción anti-goda producida en Constantinopla durante el año 400 llevó a que Alarico abandonase el Imperio oriental y entrase en el occidental al siguiente año 401 con el fin de conseguir allí un asentamiento permanente para sus seguidores. No tuvo éxito en su empresa ya que Estilicón consiguió rechazar su invasión y los obligó a volver a sus bases.

La disputa por la prefectura de Ilírico

miniaturadeimagen|400px|derecha|El Imperio romano a la muerte de Teodosio. La disputa por controlar la prefectura de Ilírico (en tonos verdes) marcó, hasta el año 409, las relaciones entre las mitades occidental y oriental.

Tras morir Teodosio, el Imperio quedó dividido entre sus dos hijos Honorio y Arcadio aunque el gobierno efectivo lo desempeñaron otras personalidades que controlaron las cortes de Rávena y Constantinopla, respectivamente. Surgió, entonces, una disputa entre las dos mitades por el control del Ilírico oriental. Esta prefectura, que perteneció al Imperio occidental tras la partición del 364 entre Valentiniano y Valente, había sido cedida por Graciano al emperador oriental Teodosio para ayudarle en su lucha contra los godos. Tras la muerte de este, la corte occidental reclamaba su devolución, lo que rechazaba la oriental. Los beneficiarios de esta situación fueron los godos de Alarico quienes vieron, primero, como los intentos de Estilicón por expulsarlos eran rechazados por Constantinopla y posteriormente, evitaron ser destruidos durante su primera invasión de Italia al ser una fuerza armada susceptible de utilizarse por el general romano contra la mitad oriental.

A finales año 406, Estilicón inició los planes para entrar en el Imperio oriental y recuperar el Ilírico. Para ello entró en conversaciones con Alarico y acordó con él una alianza en la que, a cambio de la ayuda de sus tropas, el líder godo quedaría como comandante en esa prefectura. Este reunió su ejército, se dirigió al Epiro durante el verano de 407 y esperó allí la llegada de las tropas romanas. Sin embargo, desde inicios de ese año, dos hechos desaconsejaban emprender esa campaña: la invasión de la Galia por un conglomerado de pueblos bárbaros y la rebelión de Constantino de Britania quien consiguió que se le uniesen las tropas estacionadas en Britania, Galia e Hispania. La evolución desfavorable de ambos llevó a que, a inicios de 408, Estilicón abandonase completamente su plan de atacar a la mitad oriental e intentase mejorar las relaciones con la corte de Constantinopla. De este modo, se cancelaron los planes de invasión y la alianza con Alarico se hizo innecesaria. Ante esta situación, el líder godo abandonó el Epiro en primavera y con sus tropas, se trasladó a Emona y luego a Virunum, en la provincia de Nórico Mediterráneo cerca de los límites de la diócesis de Italia. Desde allí, envió una embajada a Estilicón exigiendo el pago de una indemnización que le compensase por los gastos incurridos en la movilización de su ejército para luchar junto al Imperio.

La caída de Estilicón y la reacción anti-bárbara