La Comunión Tradicionalista fue la organización política del movimiento carlista, establecida legalmente en 1869.Véase también menciones en la prensa de la época en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Digital Hispánica, en la prensa histórica del MCU y en los libros impresos digitalizados por Google Libros También recibió otros nombres, como partido tradicionalista, Comunión Católico-Monárquica (habitual durante el Sexenio Revolucionario), partido carlista (hasta 1909), partido jaimista (entre 1909 y 1931) o Comunión Legitimista —entre otros— que quedaron en desuso en la década de 1930. A partir de entonces, también se conoció en ocasiones como Comunión Tradicionalista Carlista, denominación dada por Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este.
Algunos autores utilizan la expresión «Comunión Tradicionalista» para hacer referencia al partido que surgió a comienzos de la década de 1930 a raíz de la fusión de las tres ramas del tradicionalismo: jaimista, mellista e integrista, aunque el nombre se había empleado ya de manera habitual para designar al carlismo desde el último tercio del , cuando se establece como fuerza parlamentaria, siendo usado también durante la Restauración, y el nombre casi exclusivo de la organización del carlismo durante la Segunda República y el franquismo hasta la década de 1970, cuando se produce el cambio ideológico de un sector del movimiento.
Desde el la Comunión Tradicionalista defendía lo que consideraba la tradición política de España sintetizada en su lema: «Dios, Patria, Rey». Obtuvo representación parlamentaria en casi todas las convocatorias electorales de finales del y principios del siglo y fue una de las fuerzas que protagonizó el golpe de Estado en España de julio de 1936 y dio origen a la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, actuando después en situación de semiclandestinidad durante el franquismo, con periodos de oposición y colaboración con el régimen.
Con el nombre de «Comunión Tradicionalista» fue reconstituida en la década de 1970 la organización carlista partidaria del príncipe Sixto Enrique de Borbón y del ideario clásico del carlismo, legalizada como partido político en 1977, aunque otras agrupaciones políticas se declararían también herederas de la organización histórica del Carlismo.
Concepto de comunión En el era de uso corriente en castellano el vocablo «comunión» para designar a un partido de naturaleza política. En este sentido del término, ya en 1844 se hacía referencia al carlismo como «una comunión no menos numerosa que respetable» que había sido excluida del seno de la nación, según podía leerse en las primeras líneas del prospecto de La Esperanza, el primer diario carlista que existió en Madrid. Su director, Pedro de la Hoz, aludiría en ocasiones al carlismo como «comunión carlista», «comunión monárquica» o incluso «la España católica».
Antes de la revolución de 1868, carlistas y nocedalistas emplearían ya los nombres de «Comunión monárquico-religiosa» y «Comunión Católico-Monárquica». Y tras la caída de Isabel II, ambos se unirían en un mismo partido que llevaría este último nombre, si bien se conocería también como «partido carlista».
El posterior uso preferente entre los carlistas del término «comunión» por encima del de «partido» se debió al rechazo del sistema parlamentario de partidos políticos. El carlista José María Codón, por ejemplo, postuló en 1961 que la Comunión Tradicionalista no había sido nunca un partido, sino un «antipartido, el germen de la estructura de la sociedad sin partidos».
Desde al menos el Sexenio Revolucionario se afirmó en repetidas ocasiones desde la prensa católico-monárquica que el carlismo no era propiamente un partido. Por ejemplo, en las columnas de La Esperanza se dijo en 1871 que los carlistas formaban «una colectividad política á la cual no corresponde el nombre de partido» y en las de El Pensamiento Español se afirmó por esas mismas fechas que «siendo nacionales nuestros principios, no formamos los carlistas propiamente un partido». Asimismo, en la tercera guerra carlista el general en jefe carlista de Cataluña, Rafael Tristany, aludía en una proclama al carlismo como «nuestra gran comunión nacional, eterno símbolo y personificacion perpétua del leal y verdadero pueblo español» y a los carlistas como «los defensores de las instituciones, cuyo conjunto vulgar y malamente se califica de partido».
Durante el régimen de la Restauración los carlistas reiteraron con frecuencia su oposición a los partidos, e incluso en ocasiones a que se hablase del carlismo como tal. En un artículo de 1905 titulado «Las parcialidades, los partidos y la Comunión carlista», Eneas llegaba a afirmar en el diario El Correo Español (órgano de prensa del carlismo):
En esta misma línea, en 1923, el exgerente de El Correo Español Gustavo Sánchez Márquez afirmaba:
Igualmente, Luis Hernando de Larramendi, secretario general del pretendiente Don Jaime, proclamaba en 1919 que «El tradicionalismo español no ha sido nunca, por su naturaleza originaria, un partido», pero añadía que «con repugnancia, ante la fuerza irremediable de las circunstancias, junto a la existencia de tantos, nacidos del régimen de opinión imperante, ha venido, en cierto modo, a resignarse siéndolo». De hecho, hasta la década de 1930 las expresiones «partido carlista», «partido tradicionalista» y «partido jaimista» fueron comunes, aun entre los propios carlistas. Durante la Segunda República, el jefe delegado carlista, Manuel Fal Conde, pondría aun mayor empeño en afirmar que la organización tradicionalista que dirigía era «una Comunión y no un partido».
Historia
Sexenio Revolucionario miniaturadeimagen|izquierda|160px|Carlos María de Borbón, conocido entre sus partidarios como Carlos VII. El movimiento carlista no tomó carta de naturaleza como partido político hasta la revolución de 1868, puesto que hasta entonces los carlistas habían preferido los procedimientos bélicos, dejando la defensa de sus ideas en la política parlamentaria durante el reinado de Isabel II a los llamados neocatólicos, aunque estos no planteaban un conflicto dinástico.
Por ello, la dirección del partido carlista quedaba supeditada a las necesidades de la organización militar. Después de que Juan III cediera sus derechos dinásticos a su hijo, Carlos VII, este previó que se produciría una nueva guerra, por lo que creó las Comisarías Regias de Regiones y Provincias, bajo el mando unificado de Ramón Cabrera, capitán general de los Reales Ejércitos carlistas, que residía en Londres y era muy conocido en España por su actuación militar en la primera guerra carlista. Cabrera intentó iniciar la actividad política legal del partido y, alentado por el resultado de las elecciones para las Cortes Constituyentes de 1869, dispuso organizar la campaña electoral en las primeras elecciones parciales pero, por falta de organización, los carlistas sufrieron un fuerte revés.
Ramón Cabrera consideró que era difícil dirigir el partido desde el extranjero en su vida legal, de manera que nació la Junta Central Católico-Monárquica, que tuvo mucha importancia en aquel período. Las diferencias respecto a Carlos VII hicieron que Cabrera presentara su dimisión, que le fue aceptada tras ser rechazado por el aspirante al trono su proyecto de constitución parlamentaria.
miniaturadeimagen|160px|Voluntarios carlistas durante la tercera guerra (1872-1876). En las elecciones de 1871, los carlistas pasaron de 20 a 51 escaños, gracias a la actividad y propaganda de la Junta Central presidida por Francisco Javier Fernández de Henestrosa y Santisteban, marqués de Villadarias. Por orden de Don Carlos, debía desempeñar provisionalmente la jefatura de esta minoría carlista en Cortes Matías de Vall, por ser el representante carlista de mayor edad. Sin embargo, según el diario La Correspondencia, los diputados católico-monárquicos acordaron enseguida por unanimidad designar como jefe suyo a Cándido Nocedal, mientras que los senadores eligieron para dirigirles a Gabino Tejado. El pretendiente intervino entonces disponiendo que el conde de Orgaz fuese el jefe común de las minorías del Congreso y el Senado. Según Melchor Ferrer, Nocedal realizó una hábil labor en el Congreso en defensa de los intereses de la Iglesia y llegó a hacer una proposición parlamentaria invitando a Amadeo de Saboya a irse de España.
En enero de 1872 Don Carlos nombró a Nocedal presidente de la Junta Central Católico-Monárquica en sustitución del marqués de Villadarias, gracias a la mediación de Emilio de Arjona, secretario del pretendiente. Ello motivó que Antonio Aparisi y Guijarro se apartara de la vida política activa, falleciendo poco después, y generó disgustos y divisiones entre los carlistas que tendrían repercusiones 9 años después, con motivo de la creación de la Unión Católica de Pidal.
Gracias al celo de la Junta y del secretario de la Sección Electoral, el dramaturgo Manuel Tamayo y Baus, los carlistas obtuvieron unos buenos resultados de las elecciones de 1872, aunque algo menos favorables. Pero aunque la Junta Central se ocupaba de la organización política y de los planes electorales, también participó en los preparativos bélicos de la insurrección que dio lugar a la tercera guerra carlista, con la que los carlistas habían amenazado desde la elección de Amadeo de Saboya.
Restauración alfonsina
Terminada la guerra en 1876 con derrota militar para los carlistas y uno de sus principales dirigentes, Ramón Cabrera abandonando la causa carlista y habiendo reconocido como rey a Alfonso XII el año anterior, Don Carlos trató de recuperar desde el exilio la moral de sus fuerzas. Para ello, nombró su delegado general en España a Cándido Nocedal, exministro de Gobernación de Isabel II y antiguo jefe de la minoría carlista en 1871. La labor de Nocedal consistió en reorganizar el partido y preservar su doctrina política ante los avances del catolicismo liberal y la Unión Católica de Alejandro Pidal y Mon, cuyos dirigentes tentaban a las masas carlistas, al tratarse de hombres procedentes del carlismo a los que habían seguido y admirado.
Posteriormente reapareció la prensa carlista, siendo algunos de sus periódicos más duraderos El Siglo Futuro, fundado por Ramón Nocedal (posteriormente escindido) y El Correo Catalán, por Manuel Milá de la Roca. En las segundas elecciones de la Restauración, en 1879, Ramón Altarriba y Villanueva, barón de Sangarren, representará al tradicional distrito carlista de Azpeitia.
miniatura|300px|«A Cándido muerto, Cándido puesto», en La Araña, 1 de agosto de 1885, caricatura en la que se hace referencia a cómo tras la muerte de Cándido Nocedal pasó a ejercer Don Carlos la dirección política de la formación. Tras la muerte de Cándido Nocedal, Don Carlos decidió asumir personalmente la dirección de la Comunión Tradicionalista y designó como su representante al periodista y novelista Francisco Navarro Villoslada. En esta etapa se desarrolló mucho la prensa tradicionalista y se produjo el enfrentamiento interno con los integristas. El conflicto acabó con la unidad de la Comunión, que acabaría reflejándose en 1888 en «El Pensamiento del Duque de Madrid», por Luis María de Llauder, por parte de los leales a Don Carlos, y en el «Manifiesto de Burgos», por parte de los integristas, liderados por Ramón Nocedal. miniaturadeimagen|160px|Francisco Navarro Villoslada Don Carlos dotó al partido de una nueva organización más descentralizada y también más militar, por el carácter de los delegados. Entre 1887 y 1890, se dividió en cuatro zonas el liderazgo del carlismo en España. La primera que correspondía a la región de León, Asturias y Galicia, tuvo por delegado a León Martínez de Fortún, conde de San León y mariscal de Campo. La segunda región, correspondiente a Andalucía y Extremadura, fue confiada a Juan María Maestre, general de artillería. La tercera tuvo por delegado a