La Navidad Negra (también llamada Noche de los Rifles) es el nombre con el que se conoce la masacre perpetrada entre el 24 y el 26 de diciembre de 1822 en la ciudad de San Juan de Pasto, actual Colombia, durante la Campaña del Sur de la guerra de independencia hispanoamericana. Tras vencer a las fuerzas realistas que defendían la fidelidad a la Monarquía Española, tropas patriotas al mando del mariscal Antonio José de Sucre —bajo instrucciones de Simón Bolívar— y con participación destacada del Batallón Rifles de la Legión Británica, comandada por el coronel Arthur Sandes, cometieron asesinatos, saqueos y destrucción contra la población civil, en un episodio considerado uno de los sucesos más violentos y controvertidos del proceso emancipador sudamericano.
Antecedentes Aproximadamente la mitad de los habitantes de la provincia de Pasto eran indígenas, comunidad que vieron amenazados sus intereses por el ascenso criollo y su búsqueda por el fin de la autoridad del Rey y las leyes de indias de la corona española, las cuales protegían sus tradiciones y propiedad de tierras en la Sociedad política indiana. Según la Revista Credencial en la Historia.
A palabras de la escritora Lydia Inés Múñoz Cordero, el fenómeno del fidelismo en Pasto era total y absoluto por voluntad propia: "en San Juan de Pasto vivían satisfechos con el gobierno del rey y no existía la posibilidad de traicionar al rey, ya que Pasto había empeñado su palabra y le habían jurado fidelidad."
Una vez comenzada la guerra de independencia, la ciudad de San Juan de Pasto se opuso a la república de las Provincias Unidas de la Nueva Granada en 1811. Luego, el ejército de Pasto ayudó a restaurar la soberanía de la Monarquía el 20 de mayo de 1812, por medio de milicias formadas por la población local, donde había muchos indígenas y negros, casi sin ayuda de la metrópoli peninsular (ocupada en combatir a Napoleón en la Guerra Peninsular). Aquella feroz resistencia generó mucha molestia en los gobernantes colombianos y surgieron algunas voces jacobinas que buscaban masacrar a la población como castigo.
Siendo así, el nuevo gobierno republicano, de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, quedó irritado por la resistencia de la ciudad, y tras ser notificados de la pérdida de esta localidad de vital importancia (puesto que era un punto estratégico para ingresar al Estado de Quito y enfrentarse al Ejército Real del Perú, Bolívar por ello veía a Pasto como la puerta del surhttps://www.las2orillas.co/la-navidad-del-rencor/), decidieron enviar una carta en julio de 1812 (a través de la Gobernación de Popayán) al cabildo de Pasto, por el cual, con el tono muy amenazante de la misma, ya se daban signos de que el gobierno de la junta de Santa fe de Bogotá estaba dispuesto a dejar reducido a cenizas al pueblo pastuso:
Ante las constantes invasiones por el rechazo de la población a subordinarse a la junta revolucionaria, el 4 de abril de 1814, el ayuntamiento de Pasto hizo una declaración bien clara sobre sus razones: “Nosotros hemos vivido satisfechos y contentos con nuestras leyes, gobiernos, usos y costumbres. De fuera nos han venido las perturbaciones y los días de tribulación...”. Para definir el profundo Fidelismo en Pasto, el escritor Alfredo Cardona Tobón expuso:
Sin embargo, el día del 6 de abril de 1814 (un miércoles santo), poco después de que las tropas republicanas saquearan y fundieran los sacros bienes de las iglesias de Popayán, el general Antonio Nariño, ante la terquedad de los pastusos por no aceptar el nuevo orden político de la Revolución, respondió al ayuntamiento con una macabra amenaza en la que declaraba que, si la población no se anexaba al nuevo gobierno, Pasto iba a quedar destruida:
Tal oposición general de los pastusos a la independencia sería reconocida por caudillos del ejército patriota como Rafael Urdaneta.
Casi una década después, tras el colapso del Virreinato de Nueva Granada y el ingreso de tropas venezolanas en apoyo a los republicanos de Bogotá, se produjo la Batalla de Bomboná (o Batalla de Cariaco) el 7 de abril de 1822, a 50 km de Pasto. Las tropas realistas, lideradas por el coronel Basilio Modesto García, derrotaron al ejército dirigido por Simón Bolívar, a pesar de su inferioridad numérica y tecnológica. Sin embargo, por esta misma inferioridad, y tras saber de la derrota de los realistas quiteños en la Batalla de Pichincha, los dirigentes realistas consideraron que no era prudente seguir con su resistencia, pues estaban impedidos de obtener refuerzos humanos o económicos del Perú o España vía Quito (además de estar rodeados con tropas enemigas por el norte y sur). Así que, buscaron la capitulación de la localidad de Pasto. No obstante, la derrota sufrida por Simón Bolívar quedó grabada en su consciencia como una grave humillación a su ego, siendo indigno para él y su ambición de gloria el que lo vencieran unos milicianos indígenas con menor preparación e inferioridad numérica, al grado que los patriotas a su mando intentaron modificar el relato de la batalla, que quedó en tablas, para dejar como ganador indiscutible a Bolívar en lo que fue una Victoria pírrica. Aquella ira que acumulaban los patriotas, luego de años de derrotas (como en la Batalla de Genoy del 2 de febrero de 1821 contra el general Miguel Valdés), sería también adoptada por Bolívar en un deseo personal de revancha. Eso se revelaría en una carta del 29 de enero de 1822 en Popayán, donde Bolívar le anuncio a Santander la actitud guerrerista que iba a tomar contra Pasto, expresando que: “espero voy a dar un combate más aventurado que el de Boyacá, y voy a darlo de rabia y despecho, con ánimo de triunfar o de no volver". Llegando a adoptar un punto de vista donde el pueblo era retratado bajo el mito de un demonio pastuso asociado al demonio español, como si no poseyera cualidades comunes con los patriotas que le merezcan alguna redención.
Francisco de Paula Santander, en febrero de 1822 (10 meses antes de la Navidad Negra) intento convencer a Bolívar para que renuncie a tomar Pasto, por ser "el terror del ejército" y el "sepulcro de los bravos", afirmándole que de mandar sus tropas a la región, serían “destruidos por los pueblos empecinados, un poco aguerridos y siempre, siempre victoriosos". Aquello registraría que en el imaginario colectivo del ejército patriota, Pasto era visto como una población cerrada en su determinación de defender la causa realista y que era representado con la imagen del enemigo fiero y dispuesto a morir, lo cual era acompañado con el relatos de muertes atroces de la crueldad de gente "medio bárbara", vislumbrando la necesidad de tratarlos con crueldad para su sumisión, o no intentarlo por su fiereza.
Luego de acabar la Batalla de la Bombona (con mucha dificultades por la deserción de soldados caucanos reclutados a la fuerza, debido a que los pueblos del sur de Colombia no aceptaban las instituciones republicanas), Bolívar intento negociar con los jefes realistas (como Basilio Modesto García) con tal de lograr conquistar a la nobleza local para que se convenzan de las ventajas del triunfo liberal, para lograr evitar derramamientos de sangre si es que la población imitaba a la elite lugareña en su adhesión al proyecto republicano.https://museoelchalguar.com/wp-content/uploads/2021/07/4.-LOS-INDIOS-DE-PASTO-CONTRA-LA-REPUBLICA.pdf Aun así, en sus cartas les habría confesado sus intenciones de autorizar crímenes de guerra contra la población civil si no se rendían sus autoridades, argumentando de que era necesario intimidar a un pueblo que les ha hecho la guerra por voluntad propia (no por forzamiento de los españoles, si no por un sincero deseo de colaboración con los Frailes en defensa del trono y el altar) y que tratar a Pasto como un criminal de guerra sería el medio más efectivo para lograr su sometimiento de los pastusos a la libertad y la independencia, a través del miedo, amenazando con torrentes de sangre si no aceptaban la paz deseada bajo las condiciones de Bolívar, bajo una lógica de "por las buenas o por las malas":
El 8 de junio de 1822, con una hipócrita actitud pacifista, tras las previas amenazas a la población, Bolívar ingresó a Pasto, tras un acuerdo conciliador del 6 de junio (Capitulación de Berruecos)https://pdfs.semanticscholar.org/fc26/231d545e50fe685805402187c29d89b4e295.pdf que permitía el tránsito de tropas patriotas de Pasto para ir a combatir a Quito y el reconocimiento pastuso de su integración a la Gran Colombia, a cambio del reconocimiento colombiano de sus privilegios y no realizar reclutamientos forzados a los pastusos, a su vez que hubo promesas de amnistías y respeto a los presos realistas y al clero. Todo ello sería logrado por medio de una negociación con las élites (como el obispo Jiménez de Padilla), mas no con sectores populares (quienes no fueron consultados en un Cabildo abierto), quienes se sintieron profundamente disgustados y vendidos (sin realizarse festejos con corridas de toros y espectáculos de pólvora como era la costumbre local, expresando tal frialdad su desacuerdo con las decisiones tomadas por las autoridades militares),https://pagina10.com/web/la-primera-entrada-del-general-simon-bolivar-a-pasto-la-carta-a-santander/ así lo nombra Bolívar en una de sus cartas:“… estos hombres son los más tenaces, más obstinados […] la voluntad del pueblo está contra nosotros, pues habiéndoles leído aquí mi terrible intimidación, exclamaban que primero pasarían sobre sus cadáveres, que los españoles los vendían y que preferían morir a ceder […] Al obispo le hicieron tiros porque aconsejaba la capitulación. El coronel García tuvo que largarse de la ciudad, huyendo de igual persecución. Nuestra división está aquí, y no hace una hora que me ha pedido de Colombia, por temor de los pastusos. Hasta los niños, con la mayor candidez, dicen que qué han de hacer, pero que ya son colombianitos. En este instante me lo está diciendo una niñita, pero con mucha gracia”.Así, Bolívar, aunque en sintonía con la mentalidad patrimonialista de las elites coloniales (debido a su psicología de Mantuano) al lograr convencerlas con facilidad su rendición si daba garantías de protección a sus Fueros y Patrimonios económicos, caería en el error de suponer que, por la pre-eminencia social de sus aparentes nuevos aliados en la elite lugareña que había logrado avasallar, sería razón suficiente para lograr la adhesión de los sectores populares (comunidades indias y campesinas) al proyecto republicano y de estado-nación criollo, demostrándose entonces que no bastaba con seducir a los dirigentes de Pasto para lograr la rendición de los pastusos como población.