thumb|170px|Estatua de un guerrero galaico. La vida mercenaria ha sido según las crónicas una costumbre de la península ibérica desde la Edad del Hierro, particularmente localizada en el área central española y en las islas Baleares. Durante estos siglos, abandonar la etnia propia y convertirse en soldado de fortuna para otras culturas era una forma de escapar de la pobreza y encontrar oportunidades para ejercer sus tradiciones guerreras. A partir del , el mercenariazgo se volvió un auténtico fenómeno social en Hispania, ocasionando que muchos hispanos de tierras distantes se alistasen en masa en los ejércitos de Cartago, Sicilia, Grecia y Roma, así como otros pueblos más ricos de Hispania.
El prestigio de los mercenarios hispanos es omnipresente en las mismas crónicas. Estrabón y Tucídides les consideran entre las mejores fuerzas militares del área del Mediterráneo, y Tito Livio habla de ellos como "la flor de todo el ejército" de Aníbal (id roboris in omni exercitu). Polibio también era de la opinión que las fuerzas hispanas fueron la razón de varias victorias cartaginesas a lo largo de la segunda guerra púnica. El mercenariazgo hispano tuvo su final con el mismo fin de la conquista de Hispania, cuando los ibéricos trasladaron sus servicios guerreros a Roma y se convirtieron en auxiliares y soldados de los ejércitos romanos.
Trasfondo
Como es habitual en todo lo relativo al ejército de Cartago, las fuentes antiguas no siempre diferencian entre mercenarios, soldados atraídos por una paga, y vasallos, guerreros atados por pactos y beneficios feudales. De la misma manera, la procedencia exacta de los combatientes hispanos a menudo queda emborronada por la terminología de los autores, que utilizan con frecuencia el apelativo "ibero" para referirse no sólo a los pueblos íberos costeros, sino a toda la península ibérica, con toda la confusión que ello trae. En cualquier caso, la evidencia apunta a la que Hispania se convirtió en una cantera de soldados de fortuna desde la Edad del Hierro temprana. Las razones para esto eran eminentemente económicas: hallándose las propiedades agriculturales y ganaderas concentradas en las manos de la oligarquía tribal, el pueblo llano se veía obligado a servir en otras regiones a cambio de un emolumento para escapar de una pobreza virtual en sus pueblos nativos. Dado el marcado carácter cultural guerrero de las tribus hispanas, las principales alternativas eran o el bandidaje o el mercenariazgo. Las principales regiones donde se daba esta dinámica eran Lusitania y la Celtiberia, aunque también existían tradiciones mercenarias fuertes entre los cántabros, los nativos de las islas Baleares y varias etnias más.
miniaturadeimagen|170px|Hondero baleárico. Los mercenarios de la península ibérica no trabajaban individualmente, sino en pequeñas unidades formadas por amigos, parientes y vecinos, las cuales eran regidas por sus propios comandantes y conservaban sus armas, tácticas y rasgos culturales. Estas unidades serían entonces manejadas por sus contratantes, que las aglutinarían con otras unidades de su misma y otras procedencias para formar contingentes. Sus integrantes no siempre tenían esperanzas o intenciones de regresar a la península ibérica, ya que algunos esperaban recibir asiento en las culturas para las que trabajaban, mientras que otros vivirían de una manera coloquialmente conocida como día a día; los baleáricos eran especialmente famosos por derrochar al instante todo el dinero que ganaban, hasta el punto de que algunos cronistas supusieron que volver a casa con oro sin gastar debía de ser tabú en las Baleares. Los que sí volvían a sus tierras, en cambio, lo hacían con el reconocimiento y prestigio de los máximos exponentes de una cultura guerrera. No debe interpretarse, sin embargo, como que sus destinos militares eran siempre remotos, ya que en ocasiones eran simplemente otras regiones ricas de Hispania las que traían mercenarios. En Turdetania y Bastetania era especialmente común emplear célticos y celtíberos como guardias y soldados, hasta el punto que las más importantes de sus figuras militares, como Istolacio, Indortes y posiblemente Audax, Minuro y Ditalco, eran mercenarios celtas.
Los principales centros de reclutamiento peninsulares eran Gadir, Ampurias, Cástulo, Baria (actualmente Villaricos) y las islas Baleares. Desde allí, los combatientes celtas y baleáricos serían reclutados por emisarios especializados de Cartago, Siracusa o cualquiera que fuera su destino. La fama de los mercenarios hispanos alcanzaba la otra punta del Mediterráneo, como puede verse en las palabras de Alcibíades. Eran conocidos por su dureza, disciplina y habilidad, así como por la calidad de sus armas, y no menos por su ferocidad, hasta el punto de que existían regiones donde se creía que los hispanos y los galos al servicio de Aníbal eran depravados que practicaban la antropofagia. Cartago y Siracusa se convirtieron en sus contratadores habituales fuera de Hispania, pero también tuvieron presencia en Atenas y Esparta, y restos arqueológicos apuntan a que también podrían haber actuado en teatros del sur de Italia y de los reinos epiro-macedonios.
Siglos V a IV antes de Cristo thumb|left|150px|Imagen de un soldado ibero. Las primeras menciones de mercenarios ibéricos se dan en las guerras sicilianas, acaecidas entre el 480 a. C. y el 307 a. C., en las que formaron parte de las tropas púnicas en suelo siciliano. Aunque se cree que podrían haber estado ya en nómina de Cartago en 535 a. C., cuando la colonia fenicia emprendió sus campañas en Cerdeña, el auténtico debut de los hispanos sucedió en la batalla de Hímera, donde Diodoro y Heródoto cuentan que marchaban como parte de la expedición de Amílcar Magón contra las fuerzas griegas de Gelón. Los hispanos fueron las únicas fuerzas púnicas en reagruparse y defender el campamento cartaginés tras la batalla, infligiendo numerosas bajas a los griegos hasta que la llegada de las fuerzas de Terón les obligó a huir a los barcos y volver a África. Contingentes similares de íberos aparecen también en las tomas de Selinunte y Hímera, en las que encabezaron los asaltos finales, y en las batallas de Agrigento, Gela y Camarina, así como el sitio de Siracusa.
Posiblemente influidos por el éxito de los púnicos, los propios griegos empezaron a contratar a mercenarios hispanos durante la guerra del Peloponeso. El estadista Alcibíades trajo varios con él a la Liga del Peloponeso tras una campaña de reclutamiento en Sicilia, y más tarde Aristarco los utilizó también durante el golpe de Estado de los Cuatrocientos en 411 a. C.
En el año 396, después de que el corrupto general cartaginés Himilcón abandonase a su suerte a todos sus mercenarios en Sicilia tras la tercera guerra siciliana, las fuerzas ibéricas fueron las únicas en sobrevivir a la subsecuente masacre. En vez de disgregarse y tratar de huir, los hispanos hicieron formación de batalla, marcharon hasta presencia de Dionisio I de Siracusa, su enemigo hasta entonces, y le ofrecieron atrevidamente sus servicios. Impresionado por su valentía y sobriedad, el rey los contrató como su guardia personal. Más tarde, en 368 a. C., su hijo Dionisio II envió un contingente de celtas e iberos a la guerra entre Tebas y Esparta, donde los mercenarios ayudaron a los espartanos a mantener el asedio de Corinto. Además de su participación contra el ejército tebano, capturaron su territorio aliado de Sición antes de volver a Sicilia.Jenofonte, Helénica. 7.1.21-22
Se cuenta que cuando Platón visitó a su amigo Dioniso II en el año 361, tuvo la oportunidad de presenciar una rebelión de los guardias ibéricos del rey debido a los intentos de este de reducir su salario. Los mercenarios marcharon por la acrópolis cantando el peán de guerra y formaron ante el palacio, asustando hasta tal punto a Dioniso II que no sólo no les redujo la paga, sino que se la aumentó. Más tarde, en el bando contrario, un contingente de mercenarios baleares al servicio de Amílcar Giscón fue vital para la victoria cartaginesa en la batalla de Hímera de 311.
Siglo antes de Cristo En 274 a. C., Hierón II de Siracusa terminó con la tradicional presencia mercenaria en Sicilia a fin de prevenir más motines. Para esto, los envió contra los mamertinos, un cuerpo de merodeadores italianos asentado en la ciudad de Centuripa, y allí les traicionó retirando al resto de las fuerzas griegas. Superados numéricamente y sin apoyo, los mercenarios lucharon bravamente, pero fueron derrotados y diezmados sin remedio por los mamertinos.Polibio, 1: 9(1-6) Sin embargo, es probable que el rey volviera a contratar mercenarios hispanos, ya que éstos aparecen mencionados por Livio entre las fuerzas de su nieto Hierónimo.
La presencia de peninsulares no regresó a Sicilia de mano de los púnicos hasta el año 264, esta vez en el ejército comandado por Hannón. Esta empresa fue un fracaso, aunque la mayoría de mercenarios -no sólo ibéricos, sino también galos, ligures, libios, baleares y griegos sobrevivió y regresó a África, donde causaron la Guerra Inexpiable cuando el senado cartaginés se negó a pagarles. Amílcar Barca fue el encargado de exterminarlos. Sería en la segunda guerra púnica, sin embargo, que los mercenarios hispanos volvieron a ser un factor en la ecuación principal, especialmente debido a que Hispania se convirtió en el primer y uno de los principales escenarios de la guerra. thumb|170px|Dibujo de un hispano en el ejército de Aníbal. Tras la llegada de Amílcar Barca a la península ibérica en el 237 a. C., Cartago conquistó con éxito varias tribus íberas y consiguió refuerzos de éstas, ya fuera a través de alianzas o usando rehenes. Tras su muerte, su hijo Aníbal heredó sus planes de llevar un ejército expedicionario a Italia. Como se mencionó antes, se vuelve difícil diferenciar a mercenarios de vasallos bárcidas, excepto cuando sus procedencias no se sitúan en regiones capturadas o tributarias, ya que aparentemente ésta fue la única diferencia que Aníbal hizo entre ellos. En 218, antes de partir de Cartago Nova, envió a 16 000 siervos bastetanos, oretanos y olcades a Cartago a cambio de 15 200 lanzadores de jabalina africanos, previniendo así cualquier posible rebelión de ambos al emplazarlos lejos de sus tierras de origen. También licenció, antes de cruzar los Pirineos, a un grupo de carpetanos que no deseaban dejar Hispania. A consecuencia de estas políticas, Aníbal mantuvo consigo sólo a los hispanos que le guardaran auténtica devoción, lo cual incluiría presumiblemente a los mercenarios de élite y a los vasallos más leales. Se estima que su ejército llevaba entre 8000 y 10000 hispanos, contando la suma de sus tribus peninsulares, cuando alcanzó a Italia. La mayoría de ellos podrían haber seguido vivos y en activo cuando el general púnico volvió a Cartago en 202 a. C.