miniatura|Primera subida del arzobispo Pedro de Castro al Sacromonte y apertura del arca. Grabado a buril de Francisco Heylan por dibujo de Girolamo Lucenti. Diego Nicolás Heredia Barnuevo, Mystico ramillete historico, chronologyco, panegyrico, texido de las tres fragrantes flores del nobilissimo antiguo origen, exemplarissima vida, y meritissima fama posthuma del Ambrosio de Granada ... el Illmo. y V.Sr. Don Pedro de Castro, Vaca y Quiñones. Impreso en Granada en la Imprenta Real, 1741, aprovechando las planchas creadas para la Historia eclesiástica de Granada de Justino Antolínez que quedó sin publicar. Alonso del Castillo, fallecido de edad avanzada en Granada en la primera década del ,La muerte quedó fijada por Cabanelas (1965) entre 1607, año en que se le documenta trabajando en la traducción de los libros plúmbeos, y 1610, fecha en que se abre el libro de entierros de la parroquia de San Miguel, en el que no aparece registrado su enterramiento, por lo que se entiende ha de ser anterior. Posteriormente se ha dado noticia de su testamento, fechado el 25 de mayo de 1607, en el que dejaba como único heredero a su nieto, Alonso Jiménez, hijo de Miguel Jiménez y de Escolástica del Castillo, su hija legítima fallecida ya en esa fecha: Collado, p. 478. fue un médico y traductor morisco —«romanceador de letras arábigas»— implicado en el caso de los llamados libros plúmbeos del Sacromonte como uno de sus traductores principales y posiblemente también como autor material de la falsificación.

Biografía Hijo de un «Castillo el Viejo», morisco, hacia 1540 realizó estudios de medicina, valiéndose en su estudio de obras árabes como indica su diario conservado en la Biblioteca Nacional de España. El mismo manuscrito, con la signatura 7453,Papeles varios de Alonso del Castillo, Biblioteca Digital Hispánica, Biblioteca Nacional de España. incluye la traslación de las inscripciones árabes de la Alhambra, traducidas por él de 1555 a 1564 por encargo del municipio granadino,Caro Baroja, p. 126. y cincuenta y una cartas del sultán de Marruecos a Felipe II fechadas entre 1579 y 1587, con sus traducciones bien completas o fragmentarias y acompañadas de aclaraciones de algún término difícil, en las que entre otras cuestiones se trataba del rescate o cuando menos de la recuperación del cadáver del rey don Sebastián de Portugal.Cabanelas (1956), pp. 20 y 24, nota 11.

Al estallar en 1568 la rebelión de los moriscos granadinos, teniendo cargo de traductor del Santo Oficio, se puso al servicio de la corona y trató de convencer a los sublevados de la inutilidad de su esfuerzo al defender una causa perdida, así como de lo equivocados que estaban poniendo sus esperanzas en la ayuda de los turcos y en pronósticos mal interpretados. Siguiendo las instrucciones de los agentes del Gobierno fingía para ello proclamas de los alfaquíes y morabitos, o dirigía cartas confidenciales a los responsables y personas influyentes de entre los insurrectos a los que insinuaba promesas de perdón para los inocentes que entre ellos se encontrasen.Godoy, pp. 103-104Caro Baroja, pp. 126-127.

En El Escorial, a donde se trasladó en 1573 por mandato de Felipe II, realizó un catálogo de los manuscritos y libros árabes, varios de ellos de medicina, que no dejó de practicar durante su estancia en el monasterio.García Arenal y Rodríguez Mediano, p. 195. A comienzos de 1575 estaba ya de vuelta en Granada, pues el 8 de enero fechó allí una carta dirigida a Pedro de Deza, en la que se ocupaba de la sublevación de los moriscos granadinos y del modo de reducirlos, tarea a la que se iba a dedicar a continuación.Cabanelas (1965), p. 128.

En septiembre de ese año, en reconocimiento de sus servicios a la corona, se le concedió salvoconducto para que pudiera residir con su familia sin ser molestado en la casa con patio que le había sido otorgada en el Albaicín, tras las primeras expulsiones, «atento a lo que nos avia servido en la rebelión y lebantamiento de los moriscos». Además, el salvoconducto se hacía extensible a su hermano, García del Castillo, a condición de que aprendiese con él el oficio de romanceador de la lengua arábiga.Collado, pp. 476-477. Aun después de volver a Granada no dejó de trabajar al servicio de Felipe II como intérprete de su correspondencia con el sultán de Marruecos Ahmad al-Mansur, primero a las órdenes de Pedro de Castro y Quiñones, presidente de la Real Chancillería de Granada, y desde 1582 como traductor oficial.Cabanelas (1965), p. 132. Al mismo tiempo se le encomendó la catalogación de los libros arábigos de la iglesia mayor de Córdoba. El traslado de Felipe II a Lisboa retrasó su viaje a Madrid, que finalmente emprendió en mayo de 1583.Cabanelas (1956), p. 30. En noviembre hizo el viaje a Córdoba, donde no encontró ningún libro en árabe y, escribía en su diario, «solo declaré unos rétulos y losas que hay en la iglesia de Córdova, que son sepulturas de alcaydes moros, e otras cosas de poco momento, salbo que los señores canónigos me mostraron un estandarte antiguo que estaba guardado del tiempo del rey Almanzor, que fue el que edificó a Córdoba».Cabanelas (1956), p. 33. De Córdoba regresó a Granada para reencontrarse con su familia. Allí permaneció hasta agosto de 1584 en que hizo un nuevo viaje a Madrid, donde residió hasta enero de 1585 para volver, ya definitivamente, a Granada. En esta última estancia en Madrid se alojó en Barajas, población cercana a la corte que contaba con una colonia de moriscos.Cabanelas (1956), p. 39 y nota 47.

Al derribarse en 1588 la torre Turpiana fue hallada una caja pequeña de plomo con una imagen de la Virgen en tabla, un hueso, cenizas y un pergamino escrito en árabe, latín y castellano en el que se contenía lo que decía ser una profecía de san Juan Evangelista llevada allí por san Cecilio, quien la habría obtenido de Dionisio el Areopagita a su paso por Atenas y la había hecho enterrar con el hueso del protomártir san Esteban, las «lágrimas de la Virgen» y lo demás que contenía la caja para que no cayera en manos de los moros.Godoy, pp. 4-7.Caro Baroja, pp. 118-119. El texto árabe se mandó traducir a José Fajardo, beneficiado de la catedral, que alegó alguna dificultad, por lo que acabó encomendándose la tarea a los moriscos Miguel de Luna y Castillo. En 1593, siendo ya arzobispo Pedro de Castro, el pergamino se envió a Sevilla para su examen por Benito Arias Montano, que informó al arzobispo por carta muy desfavorablemente. Arias Montano advertía que el pergamino carecía de antigüedad y había sido fabricado «como saben hacer los que descubren cosas nuevas que nunca fueron antiguas», además de estar escrito con pluma y no con caña en una letra latina muy moderna,Cabanelas (1969), p. 18. a lo que habían de añadirse multitud de anacronismos e incongruencias del texto. miniatura|Plancha de plomo dedicada a san Hiscio, mártir en el 56 d. C. Grabado a buril de Mystico ramillete..., reaprovechado de las planchas creadas para la Historia eclesiástica de Granada. miniatura|Plancha de plomo con información de san Tesifón, llamado Abenathar antes de su conversión. Grabado a buril de Mystico ramillete..., reaprovechado de las planchas creadas para la Historia eclesiástica de Granada. En febrero de 1595 buscadores de tesoros hallaron una lámina de plomo con extraños caracteres en una cueva del Sacromonte, llamado entonces monte Valparaíso. Se dio a leer a Luna y Castillo, que no supieron interpretarla. Isidoro García, jesuita, logró descifrar algunas palabras en las que se hacía mención a un Mesitón, mártir.Godoy, p. 46.Caro Baroja, p. 120. Tal lectura animó al arzobispo a tomar la iniciativa, por ver si se podían hallar más reliquias semejantes, y pocos días más tarde se localizó una nueva lámina que hablaba de san Hiscio, discípulo de Santiago el Mayor, martirizado con sus compañeros en aquel sitio el segundo año del imperio de Nerón, cuyas cenizas también se encontrarían allí. Una tercera plancha, encontrada el 10 de abril, hablaba de san Tesifón, también martirizado en aquel lugar, del que la plancha informaba que antes de ser convertido al cristianismo por Santiago se llamaba Abenathar, árabe, y que había escrito un libro titulado Fundamento de la Iglesia, libro que también sería descubierto poco más tarde con toda otra serie de hallazgos encadenados ininterrumpidamente y con un contenido doctrinal progresivamente más desarrollado conforme iban apareciendo las planchas, hasta llegar a 1597.Godoy, pp. 46-48.Caro Baroja, pp. 120-121.

De nuevo se les encargaron las traducciones a Luna y Castillo, aunque por no ser teólogos y ofrecer alguna dificultad su interpretación se pidieron también otras traducciones y exámenes. Arias Montano, a quien consultó directamente el arzobispo, manifestó ya en mayo de 1595 las serias objeciones que le planteaban las informaciones que se le habían hecho llegar.Cabanelas (1969). Las cartas de Arias Montano al arzobispo sobre estas materias, fechadas el 3 y el 26 de mayo, el 27 de agosto y el 1 de septiembre de 1595, y el 5 de marzo de 1596, ocupan las páginas 27 a 32. Del mismo modo Juan Bautista Pérez obispo de Segorbe, fallecido en 1597, emitió un detallado informe contrario a su autenticidad y el jesuita Ignacio de las Casas, morisco también él, escribió denunciando la impostura al nuncio en España y al papa Clemente VIII,Caro Baroja, pp. 131-132. pero el arzobispo, devoto de la Inmaculada Concepción, cuyo dogma proclamaban los libros, y halagado con la antigüedad y santidad de su diócesis, que los hallazgos retrotraían a tiempos apostólicos, se erigió en el gran defensor de los plomos, promoviendo para la preservación de las reliquias la fundación de una abadía y la convocatoria de una junta de teólogos que el 29 de abril de 1600 declaró su autenticidad.Caro Baroja, p. 131.