thumb|250px|El triunfo de la voluntad (1935), de Leni Riefenstahl, una exaltación del nazismo que muestra cómo el cine político puede transformarse en propaganda. El cine político es aquel que trata temas políticos, unas veces para suscitar la reflexión o para denunciar injusticias sobre problemas políticos o sociales y otras veces para adoctrinar, en cuyo caso más puede hablarse de propaganda o de cine revolucionario que de cine político.

El género Incluido dentro del más general cine social, se encuentra entre el drama y el cine documental, géneros que pretende unir, aunque también puede orientarse a la sátira y volverse cómico-grotesco o recurrir a la historia del pasado o la distopía o la utopía del futuro para criticar el presente; de hecho, suministra interpretaciones de la historia y reflexiones éticas y estéticas sobre el pasado, el presente y el futuro del espectador, a quien pretende concienciar y desalienar; el más digno no solo defiende los derechos del hombre, sino que reclama también sus deberes.

En realidad, cualquier película es susceptible de una interpretación o lectura política, sobre todo las históricas y las que tratan de dramas colectivos. Para que sea legítimo el espectador ha de tener la oportunidad de apropiarse de este cine o de rechazarlo, algo que, sea por lo que fuere, no suelen facilitar ni los gobiernos totalitarios ni las Majors y los mecanismos de la distribución cinematográfica y televisiva, que ejercen precisamente su abuso de poder por medio de la silenciosa censura del mainstream y la mercadotecnia. Resulta esto tanto más grave en cuanto que el cine tiene un destinatario colectivo, por lo que a duras penas puede ser clandestino e insurgente. De modo que son otros medios, como las plataformas de Internet o la televisión independiente los que han mostrado un nuevo cauce para el análisis político con series como The Prisoner, Borgen, Chernobyl, Veep, The Wire, El cuento de la criada, Crematorio, El ala oeste de la Casa Blanca, Black mirror, Mr. Robot, Humans o El fin de la infancia.

Los temas thumb|250px|Atticus Finch y Tom Robinson en la película Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird), de 1962, dirigida por Robert Mulligan e inspirada en la novela homónima de Harper Lee. Fuera del diseño y crítica de utopías o distopías, el cine político trata a menudo sobre distintos tipos reales de conflictos en la sociedad, generalmente relacionados con el poder, la violencia y la falta de libertad: la tiranía, la guerra, los genocidios, las huelgas, las revoluciones, el colonialismo, la discriminación étnica, sexual o política, la violencia política, tortura o terrorismo, las crisis económicas, la corrupción política, judicial y financiera, la brutalidad policial... También todo cuanto se reduce a un abuso del poder sobre la condición humana: la esclavitud, la pobreza, la burocracia, la injusticia, la exclusión social, la castración por "eugenesia", la pederastia encubierta por las instituciones etcétera. Genera, asimismo, varias clases de cine específicamente consagrado a los marginados (por ejemplo, el cine quinqui), al subproletariado, al feminismo y al grupo LGBT, aunque ya en este caso se trata de un género de cine todavía más abierto, el cine social.

Historia thumb|200px|La "Matanza en la escalinata" del puerto de Odessa en El acorazado Potemkin (1925) de Serguéi Eisenstein Durante el periodo mudo surge el cine político con El nacimiento de una nación (1915) del estadounidense David W. Griffith, de inspiración racista y supremacista; sigue con El acorazado Potemkim (1925) y Octubre del ruso Serguéi Eisenstein, que pretendían "educar políticamente a las masas" en el comunismo, Metrópolis (1925), de Fritz Lang, donde se muestra la distopía a que conduce el capitalismo alienante y tecnificado, y El triunfo de la voluntad (1935), de la alemana Leni Riefenstahl, que glorifica al nazismo. En esa misma línea está el mediometraje antimasónico y antisemita Fuerzas ocultas (1943), del francés de Vichy Jean Mamy. Sin embargo, la gran figura del documental político de entonces fue el holandés Joris Ivens, con obras como Misère au borinage (1934) o Tierra de España (1937), en que colaboraron Ernest Hemingway, John Dos Passos, Orson Welles y otras destacadas figuras de las artes.

Tras la II Guerra Mundial, el neorrealismo italiano ofrece Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini, una denuncia de la tortura y el fascismo; otras películas de este movimiento expresan la pobreza (Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica), la corrupción política, las actividades mafiosas y, en el caso de Pier Paolo Pasolini, la marginalidad. El cine político del estadounidense Frank Capra trata de preservar los valores democráticos y las libertades cívicas con un humanismo que puede parecer ingenuo. No lo es, sin embargo, la producción de algunos de los represaliados Diez de Hollywood, como testimonia La sal de la tierra (The Salt of the Earth), de 1954. En Francia, el enigmático director Chris Marker rueda su visión de la descolonización en Las estatuas también mueren (1953). La nouvelle vague francesa, ya antes del mayo francés y californiano de 1968, también ofrece a veces ribetes sociales (Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, muestra por ejemplo como la marginalidad no se ajusta a la burguesía; Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut, denuncia, como en otras obras, la educación sesgada, una constante en su obra; más general es Fahrenheit 451, una distopía donde se ataca el poder de los medios de comunicación de masas y el sistema totalitario que estos medios dirigen más que son dirigidos. Posteriores son Hervé Le Roux (Reprise, 1996), Peter Watkins (La commune, 2000), Henri-François Imbert (No pasarán, álbum souvenir, 2003), Simone Bitton (Mur, 2004), Jean-Louis Comolli (Durruti, portrait d’un anarchiste, 2000), Sylvain George, Jérémy Gravayat, Derek Woolfhenden, Yves-Marie Mahé y Karl Zéro (seudónimo de Marc Tellenne). El canadiense Jean-Marc Vallée realiza contribuciones tan notables al cine político como Dallas Buyers Club (2013), sobre la manipulación económica de las empresas farmacéuticas, entre otras. En el cine de Michelangelo Antonioni se expresa la incomunicación que impide la realización de cualquier forma de ideal humano.

En el Reino Unido The Man in the White Suit (1951) revela cómo tanto el capitalismo como el sindicalismo viven de la obsolescencia programada. El free cinema británico denuncia el conflicto generacional en su país (por ejemplo, La soledad del corredor de fondo, de Tony Richardson); los personajes marginales de las grandes ciudades aparecen retratados crudamente por el también inglés John Schlesinger (Midnight Cowboy); Jim Sheridan denuncia hechos reales (los Cuatro de Guildford y Los Siete de Maguire) de la represión británica en Irlanda del Norte en su En el nombre del padre (1993). El guionista de este filme, Terry George, por otra parte, también dirige y escribe sobre el genocidio de Ruanda en Hotel Rwanda (2004). De formato casi documental es La era de la estupidez, que en 2009 dirigió la británica Franny Armstrong, cuya acción se desarrolla en 2055, en un mundo devastado por el catastrófico cambio climático, obteniendo además un récord mundial Guinness por ser el estreno cinematográfico más grande de la historia. Exam es un thriller británico de 2010 donde varios personajes compiten enigmáticamente por un empleo para el que se requiere humanidad e integridad. Recuerda a El método, una película española de 2005, que también describe un sistema de triaje entre ejecutivos. Por otra parte, los canadienses Neill Blomkamp y Denis Villeneuve procuran criticar la sociedad contemporánea mediante distopías futuristas, como Fritz Lang. También realizan este tipo de distopías los británicos Terry Gilliam (Brazil, Doce monos), James McTeigue (V de Vendetta, 2006), y el estadounidense James DeMonaco (The Purge, 2013). El australiano Peter Weir realiza una genial distopía con su El show de Truman y se atreve a criticar la dictadura indonesia en El año que vivimos peligrosamente.

En el Tercer Mundo el cine refleja la lucha anticolonial en Argelia y contra la pobreza secular, así como los modelos revolucionarios de Cuba y de la guerrilla campesina en Latinoamérica.

El padre de este cine político latinoamericano es el argentino Fernando Birri con Tire die (1959), creando la escuela posterior de los también argentinos Gerardo Vallejo, Leonardo Favio, Raymundo Gleyzer (Los traidores, 1973, sobre el peronismo), Luis Puenzo (La historia oficial, 1985), Héctor Olivera (La noche de los lápices, 1986) sobre los desaparecidos en Argentina por la Operación cóndor, Marco Bechis y Fernando Ezequiel Solanas. Se creó en la Latinoamérica de los sesenta una corriente que fue llamada Tercer Cine, opuesta a la supremacía coercitiva del cine de Hollywood. Desde 2011 existe, además, el Festival Internacional de Cine Político de Buenos Aires (FICIP).

En Brasil destaca Hector Babenco (El beso de la mujer araña, Carandiru); al Cinema Novo brasileño pertenecen Glauber Rocha (Deus e o Diabo na Terra do Sol, 1964) y Nelson Pereira dos Santos (Vidas secas, 1963).Cf. Sergio di Giorgi op. cit. Toda una obra maestra es La isla de las flores (1989), un documental de Jorge Furtado, donde se desmonta el mismísimo sistema de pensar del capitalismo reduciéndolo al absurdo. Últimamente, destaca Bacurau (2019), de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles, Gran Premio del Jurado del Festival de cine de Cannes. También existe un importante cine documental feminista: Auto de resistencia de Natasha Neri y Lula Carvalho, Torre de las doncellas de Susanna Lira y Espero tu (re)vuelta de Eliza Capai.

En México La sombra del Caudillo (1960) de Julio Bracho estuvo treinta años censurada porque narraba de forma crítica la sucesión presidencial tras la Revolución mexicana. El cineasta más dedicado al género es este país es sin duda Luis Estrada Rodríguez, autor por ejemplo de La ley de Herodes (1999) o La dictadura perfecta (2014), entre otras. Y anteriormente puede mencionarse a Felipe Cazals, Jorge Fons (Rojo amanecer, 1989, sobre la masacre de Tlatelolco), Carlos Bolado (Colosio: El asesinato, 2012) o Luis Alcoriza (Las fuerzas vivas, 1975), entre muchos otros.

Aunque el cine colombiano cuenta con figuras tan excepcionales e internacionales como Rodrigo García Barcha, su agitada realidad político-social solo se ha recogido en contadas ocasiones. Destaca sobre todo En la tormenta (1982), dirigida y escrita por el iconoclasta Fernando Vallejo. Muy discutivo ha sido lo que Luis Puenzo llamó, por su impostada complacencia y sentimentalismo, el cine de "pornomiseria"; una de sus películas más representativas y atacadas desde esta perspectiva fue Gamín (1978), de Ciro Durán. Muy diferente es la anarquista La estrategia del caracol (1994) de Sergio Cabrera, fundada en hechos reales y muy premiada en festivales internacionales.

En Bolivia, La bala no mata (2012) de Gabriela Paz Ybarnegaray se desarrolla como una investigación de tipo periodístico apoyada en los recuerdos de personas que lucharon en la Revolución boliviana de 1952. El también boliviano Jorge Sanjinés, una de las cumbres del llamado Tercer Cine, trata en Yawar Mallku (1969) del programa de esterilización realizado con medios norteamericanos a mujeres indígenas de la altiplanicie boliviana; también destaca su El coraje del pueblo (1972) o su galardonada La Nación Clandestina (1989), donde muestra la transculturación sufrida por el pueblo Aymara mediante la inmolación de un indígena que baila hasta morir según el rito del Jach'a Tata Danzanti. Olvidados (2015), del mexicano Carlos Bolado, trata sobre el terrorismo de Estado en Bolivia dentro del llamado Plan Cóndor para toda Latinoamérica con apoyo de la CIA en las décadas de 1970 y 1980.