thumb|Bandera de España, según lo establecido en el artículo 4.1. de la Constitución Española de 1978 y en el Real Decreto 2964/1981 (plaza de Colón de Madrid). La historia del nacionalismo español comienza a principios del con la llamada Guerra de la Independencia Española -durante la que se produce el nacimiento de la nación española en el sentido moderno del término- pero tiene sus antecedentes en la Edad Moderna en la que se define una «identidad prenacional» española y un «protonacionalismo» español. El nacionalismo español desde sus orígenes ha atravesado diversas etapas que coinciden con la historia política de España durante los siglos XIX, XX y XXI.
Antecedentes
La «identidad prenacional» española en la Monarquía Hispánica (siglos -) thumb|Escudo de armas de los Reyes Católicos tras la conquista del reino de Granada en 1492. De la unión dinástica de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón surgió la Monarquía Hispánica, una monarquía compuesta integrada por diversos Estados que mantenían unas leyes, costumbres e instituciones diferenciadas nacidas en la Edad Media.
La Monarquía Hispánica, surgida a finales del de la unión dinástica de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón, era una monarquía compuesta integrada por diversos Estados que mantenían unas leyes, costumbres e instituciones diferenciadas nacidas en la Edad Media. En esta monarquía, como en todas las monarquías compuestas, la lealtad dinástica era esencial pues no existía «otro nexo político común entre las diferentes provincias». Así, «la lealtad a un mismo rey (y con frecuencia a una misma religión, que por lo general encarnaba asimismo el monarca) era, en efecto, el único lazo susceptible de mantener unidas las distintas partes del conjunto».
Este «dinasticismo» ―es decir, este «sentimiento de lealtad, adhesión e incluso devoción (en la acepción sacra del término) a un monarca y a su (muy a menudo) augusta dinastía», por lo que, por ejemplo, «ser austríaco significaba más que nada pertenecer a la Casa de Austria; una forma, pues, de lealtad dinástica antes que una adscripción territorial o nacional»― no era exclusivo de las élites sino que se extendía por todas las capas de la sociedad, especialmente en las ciudades. Así se refleja, por ejemplo, en las memorias de Miquel Parets, un artesano de Barcelona de comienzos del , en las que escribió que Felipe IV y su hermano el cardenal infante don Fernando eran el «sol y resplandor de la inextinguible… Cathòlica, Cesàrea, Imperial, Real y sempre Augusta Casa de Austria», para escribir más adelante que todos los habitantes de Barcelona (y él a la cabeza) estaban dispuestos a servir al rey hasta dar sus propias vidas por la patria.
En la Monarquía Hispánica, como en el resto de monarquías europeas de los siglos y , «no había conciencia de unidad nacional, y menos de unidad política, tal como hoy la entendemos». En ella no existía una naturaleza española ni una única nación legal española, sino que la naturaleza de cada súbdito del rey era la del reino al que pertenecía. «Un rey, una fe y muchas naciones», así define Xavier Gil Pujol a la Monarquía española de los siglos y . «Un mismo rey era el factor decisivo compartido por todos los súbditos en los diferentes reinos y territorios que constituían la Monarquía, el que les relacionaba entre ellos y el que hacía de ellos, según se solía decir, un “cuerpo místico”», añade Gil Pujol. Así, el término «España» no tenía un significado político sino que era utilizado con un sentido geográfico equivalente al conjunto de la península ibérica. Era empleado especialmente por los extranjeros, sobre todo por aquellos que lanzaron sobre sus habitantes, los «españoles», una serie de estereotipos sobre todo negativos como sucedió con la Leyenda Negra.
El intento del conde-duque de Olivares de llevar a cabo la unificación política, cuyo primer paso sería la Unión de Armas, fracasó al producirse en 1640 la rebelión de Cataluña y la rebelión de Portugal, la primera fracasada ―el Principado de Cataluña continuó dentro de la Monarquía― y la segunda triunfante ya que supuso la separación del reino de Portugal de la Monarquía Hispánica.
Sin embargo, a lo largo de los dos siglos de existencia de la Monarquía Hispánica se fue fraguando una identidad prenacional española: un sentimiento de «lealtad hacia una patria común española», encarnada en las instituciones de la Monarquía, que trascendía «cada vez más la mera adhesión a la dinastía reinante» y que se vio «reforzada por una expansión imperial» y por «los continuos enfrentamientos bélicos, diplomáticos y religiosos de esa Monarquía con sus vecinas europeas». Sin embargo, se desconoce cuál sería el alcance social y territorial de esa identidad prenacional española.
thumb|left|Retrato del rey Felipe II. En la Monarquía Hispánica, como en todas las monarquías compuestas, la lealtad dinástica era esencial pues no existía «otro nexo político común entre las diferentes provincias». Así, «la lealtad a un mismo rey (y con frecuencia a una misma religión, que por lo general encarnaba asimismo el monarca) era, en efecto, el único lazo susceptible de mantener unidas las distintas partes del conjunto». Asimismo bajo la Monarquía de los Austrias se produjo un proceso de «castellanización» que afectó especialmente a las élites del resto de reinos peninsulares que adoptaron el castellano, desde Barcelona hasta Lisboa, como la lengua culta y literaria común. Y al mismo tiempo se fue definiendo el concepto de «español» entendido como súbdito de la monarquía en los reinos hispánicos, condición que no dependía exclusivamente del lugar de nacimiento sino que se podía adquirir «mediante el arraigamiento en la comunidad y la aceptación del resto de los vecinos».
Según Xavier Gil Pujol, aunque «el lazo recíproco de tener un mismo rey no bastaba para que enraizara una idea auténtica y universal de comunidad, dentro de la cual ningún súbdito del rey español fuera extranjero para otro», sí que se desarrolló «una idea de una comunidad más estrecha, aunque no homogénea, entre Castilla y la Corona de Aragón, y esa comunidad era España». Así por ejemplo, a finales del la comunidad «española» asentada en Roma que hasta entonces se había diferenciado entre la nación «castellana», «aragonesa» y «portuguesa», pasó a llamarse «la nación española». Para consolidar esa identidad española se fundó la Cofradía de la Santísima Resurrección, a la que el rey Felipe II le envió la carta siguiente, en la que aparece sin embargo la imprecisión del término «nación española» —nótese que incluye Cerdeña y las Indias―:
Que el término «nación» se aplicaba tanto a España como a sus regiones se puede comprobar también en el caso del jurista catalán de Perpiñán Andreu Bosch (1570-1628), que al referir los lugares de España en los que se hablaba la lengua castellana, enumeraba «las nacions de Castella, Toledo, Leó, Esturies, Estremadura, Granada» y aludía también a Portugal. En la misma obra hacía constar que los catalanes compartían las virtudes atribuidas a «tota la nació espanyola, de la qual son part, causa y membre tant principal com ninguna altra Provincia».
La independencia de Portugal de la Monarquía Hispánica en 1688 circunscribió la noción de «España» y «español» al conjunto de las coronas de Castilla y de Aragón. Pero subsistieron ambigüedades. Así, un grupo de mercaderes catalanes residentes en Cádiz se quejaron en 1674 de que se les tratara como «extranjeros» alegando que no se debían nombrar cónsules ―como se hacía con las naciones «extranjeras»― para aquellas naciones «que son inmediatos vasallos de una corona, como lo son los cathalanes de la real corona de su Magestad, las quales, como a propios vasallos, son y se nombran españoles, siendo como es indubitado que Cataluña es España».
thumb|Fragmento de los Fueros de la provincia de Guipúzcoa (1696), donde se afirmaba que sus habitantes habían conservado «sus propiedades, lenguaje, y buenas costumbres en tan dilatados siglos, para mayor honra de la nacion Española, servicio de sus Reyes, y Señores, y grande estimacion de su Patria».
Sin embargo, la identidad prenacional española se entremezclaba con identidades (y lealtades) prenacionales subestatales (catalana, gallega, valenciana, mallorquina, vizcaína, navarra, guipuzcoana, etc.) muy arraigadas y anteriores a la común española, especialmente en aquellos territorios que tenían instituciones diferenciadas propias y que poseían lenguas y culturas no castellanas. Esto era especialmente evidente en Cataluña, Valencia, Aragón y Mallorca (los Estados de la Corona de Aragón), y en Navarra y en cada una de las tres Provincias Vascongadas, además de Galicia.
Así se puede decir que en los siglos y se desarrolló una identidad prenacional «centrífuga», basada en la fidelidad a los diversos «reinos» o «provincias» que componían la monarquía, y otra «centrípeta», basada en la fidelidad a la dinastía y en la unidad católica, las dos fuentes fundamentales de legitimidad del poder monárquico.
Una prueba de la pujanza de las identidades y lealtades ‘’subestatales’’ nos la proporciona el siguiente texto de 1604 ―fecha en la que el reino de Portugal estaba integrado en la Monarquía Hispánica― del clérigo y viajero francés Barthélemy Joly referido a «los españoles»:
thumb|Escudo de armas de la Monarquía Hispánica entre 1580 y 1668 con la incorporación del reino de Portugal. En la Monarquía Hispánica, «no había conciencia de unidad nacional, y menos de unidad política, tal como hoy la entendemos». En ella no existía una naturaleza española ni una única nación legal española, sino que la naturaleza de cada súbdito del rey era la del reino al que pertenecía. En el caso del Principado de Cataluña, por ejemplo, «ser o devenir catalán significaba, ante todo, vivir bajo la jurisdicción de unas leyes de ámbito catalán, así como gozar de las mismas, por supuesto. Tal como se enfatizaba en las correspondientes solicitudes coetáneas de naturalizaciones catalanas, si algunos extranjeros querían ser considerados catalanes, ello era a fin de poder “disfrutar” de “todos aquellos privilegios y gracias de que se alegran aquellos que son catalanes naturales”; o bien, a fin de compartir aquellas “prerrogativas, privilegios e inmunidades que muchos catalanes gozan”. La verdadera diferencia, pues, entre los catalanes y los habitantes de cualesquiera otros países y provincias de la Monarquía Hispánica no era, después de todo, la lengua o cualquier rasgo “protonacionalista”; ni siquiera un supuestamente distintivo humor [carácter] catalán. La identidad catalana de la época moderna tenía su anclaje más firme en el derecho vigente en el Principado ―las leyes o constitucions― antes que en las peculiaridades étnicas de la “nación”». Así el verdadero «patriota» catalán (aunque el término más usado durante la sublevación de 1640 fue el de «patricio») era el que estaba dispuesto a morir en defensa de las leyes o constitucions catalanas.
Estas identidades prenacionales subestatales estuvieron presentes también en la Guerra de Sucesión Española . Entonces, como ha destacado Xavier Gil Pujol, «en unas apremiantes circunstancias de guerra civil e internacional, una serie de escritores y políticos de la Corona de Aragón, y en particular de Cataluña, hablaron de la patria en un sentido abiertamente cívico y constitucional, como la encarnación de sus leyes y privilegios privativos, y argumentaron con claridad inusual que la patria debía ser amada por encima del rey y que estaban dispuestos a morir en defensa de la misma y de la de sus fueros».
El nacimiento del «protonacionalismo» español bajo la Monarquía borbónica ()