Illapa (conocido también como: Apu Illapa, Ilyapa, Chuquiylla, Catuilla, Intillapa o Liviac) es la divinidad del rayo, el trueno, el relámpago, la lluvia y la guerra en la mitología incaica. Constituía una de las deidades de mayor jerarquía del panteón andino, cuyo culto se extendía por todo el área andina bajo diversas denominaciones regionales: Yana Raman o Liviac entre los Yaros o Llacuaces; Pariacaca, entre los Yauyos; Apocatequil, entre los pueblos de Cajamarca; Tumayricapac, entre los Yaros de Chinchaycocha; y Pusikaqcha en el altiplano sur, entre otras advocaciones. Durante la expansión del Tahuantinsuyo, estas divinidades locales pasarían a convertirse en variantes regionales de Illapa.

Etimología El término que designa a esta deidad tiene su origen en la lengua quechua y su significado literal es rayo.

A pesar de que su denominación evoca una estrecha vinculación con el fuego celeste, Illapa no puede ser circunscrito exclusivamente a la figura del dios del rayo. Por el contrario, se erige como una deidad multifacética, portadora de un cúmulo de atribuciones incontables que trascienden lo meramente atmosférico. Estas prerrogativas lo consagran como el dios supremo del cielo visible, regidor de los fenómenos meteorológicos y soberano de la guerra, entre otras potestades. Cronistas como Polo de Ondegardo consignan que Illapa era reverenciado como el señor absoluto de la atmósfera y, en consecuencia, el dueño incontestable del clima, ejerciendo un dominio total sobre las fuerzas celestes.

Posteriormente, durante la época de conquista, los pobladores indígenas asemejaron las características del fuego celeste con la capacidad de las armas de fuego portadas por los conquistadores españoles (arcabuces y mosquetes). A raíz de esto, dichas armas y la artillería en general fueron conocidos bajo el nombre de Illapas o Yllapas.

Dentro del Vocabulario de lengua quechua escrito por Diego Gonzales Holguín, figura el término Yllappa como: rayo, arcabuz y artillería.

Concepto miniaturadeimagen|Santiago Apóstol, versión cristianizada (o sincretista) del dios Illapa.|454x454pxSe reconoce a Illapa como una deidad de carácter pluridimensional, puesto que posee innumerables prerrogativas que trascienden sus potestades fundamentales, lo que refleja su complejidad y amplitud funcional dentro del panteón. En virtud de esta condición, Illapa no se limitaba a personificar la energía pura del rayo, sino que personificaba al mismo Cielo y los fenómenos atmosféricos que en él se originan. Como divinidad soberana del clima, estaba en su voluntad crear las condiciones óptimas para la vida. A manera de hacer escarmentar a la humanidad, la divinidad manifestaba su decepción enviando cataclísmicas tormentas, granizadas e inundaciones para aniquilar a los transgresores y acabar con los cultivos que son la base del sustento del imperio. De lo contrario, la divinidad proveerá la caída del líquido celeste para la fertilización de la Tierra y, de esta manera, las cosechas y cultivos pueden considerarse fructíferos. Este último punto vincula a la deidad celeste con la creación de la vida, la agricultura y la fertilidad.

Otra de las atribuciones más emblemáticas de Illapa radicaba en su papel como deidad de la guerra. En este sentido, el dios celeste desempeñaba un rol primordial dentro de los escenarios bélicos del imperio. Su figura no solo simbolizaba la fuerza y el poder militar, sino que también encarnaba la protección divina fundamental para las campañas expansionistas del incipiente Tahuantinsuyo. En virtud de esta condición, Illapa fue reconocido como el principal numen protector de las huestes incas, cuya intervención espiritual legitimaba y auspiciaba la conquista, así como la consolidación territorial. Esta estrecha vinculación entre la divinidad y el ámbito militar revela la profunda interrelación entre lo sagrado y lo político, una característica sustancial del Estado incaico.

Al tratarse del dios del clima y de la guerra, Illapa encarna las fuerzas fundamentales que equilibran y transforman la existencia. Su poder y autoridad no solo influyen en la naturaleza, sino también en el destino de los hombres. Por esta razón, Illapa fue venerado hasta tal extremo, que llegó a ser considerado el tercer dios más importante dentro del panteón incaico. El culto consagrado a esta divinidad era superado únicamente por el culto en torno a Viracocha (el creador) y a Inti (la fuente de luz y vida).

Illapa como fruto de tradiciones anteriores Illapa es el dios incaico del rayo, el trueno, el relámpago, la lluvia y la guerra. Los orígenes de esta deidad se retrotraen a tiempos anteriores al incanato. El dios Illapa es fruto de la concepción de los antiguos pueblos andinos que, al contemplar la irreprimible fuerza del rayo, intuyeron que dicho fenómeno debía ser provocado por una divinidad que fuera digna de profunda veneración. De esta manera, surgieron cultos consagrados a divinidades que son el vivo reflejo de los caóticos fenómenos meteorológicos. El culto en torno al fuego celeste fue universal dentro de los Andes y, de manera general, era considerado el dios creador y/o principal de numerosos grupos étnicos. Dichos grupos étnicos lo adoraban bajo múltiples nombres como: Catequil, Pariacaca, Libiac, Tumayricapac, Pusikaqcha, etc. Todos estos dioses del rayo regionales poseen características semejantes entre sí, así como también, diferencias palpables en el concepto. Por lo general, los dioses andinos del rayo se destacan por su impetuosidad, sus múltiples atribuciones y su estructura (se desdoblan en un grupo de tres o más dioses atmosféricos que constituyen una entidad absoluta). Posteriormente, dichas divinidades serían integradas de manera oficial dentro del panteón incaico bajo la figura del dios Illapa.

Respecto a lo anterior, el padre Arriaga expone lo siguiente:

Muchos de los elementos y/o características de los dioses que preceden al culto de Illapa fueron asimiladas por él. Del mismo modo, se establece al dios Illapa como etéreo y, de manera simultánea, inmanente: la representación antropomorfa del dios evoca elementos lejanos e inasibles (como el cielo, el clima, la guerra, etc.) que, al mismo tiempo, se encuentran personificados en la deidad misma; no obstante, el universo se encuentra radicalmente inmerso en el constante accionar de la deidad celeste, manifestando así su supremacía no solo sobre la génesis y la aniquilación de la vida, sino también sobre la transformación del mundo.

Posteriormente, a raíz de la expansión del Tahuantinsuyo, los nuevos dominadores les impusieron como máxima deidad a su dios patrono: el Inti (Sol). Por eso, las crónicas cusqueñas se refieren a Illapa como una divinidad que ocupaba el tercer lugar en importancia después de Viracocha (el creador) y del Inti (Sol), lo cual muestra la visión propia de los incas como superiores en relación con los conquistados, quienes tenían como dios supremo e incluso como ancestro al Rayo.

No obstante, la posición de Illapa como tercer dios primordial se consolidó a partir de la universalidad del culto consagrado al rayo. Por ello, los incas conquistadores continuaron venerando al fuego celestial, elevándolo a la categoría de dios privilegiado y de alto rango (generalmente, como el tercer dios más importante y poderoso dentro del imperio). Esta omnipresencia del culto en torno al rayo fue incluso destacada por muchos cronistas y/o extirpadores de idolatrías en sus obras correspondientes.

Sincretismo de Illapa bajo la figura de Santiago Apóstol A finales del , los conquistadores españoles asemejaban a Illapa con la figura de Santiago Apóstol. La figura del santo apareció en el cielo e iba produciendo truenos con el galope de su caballo.

Al respecto, Guamán Poma de Ayala escribe:

El testimonio anterior expresa el inicio del proceso de sincretismo religioso entre la figura del dios celeste y el afamado apóstol. Los factores que determinaron dicha conversión van más allá de su asociación con el fuego celeste, puesto que tanto Illapa como Santiago comparten el papel de entidades bélicas y protectoras. Todos estos elementos favorecieron dicha asimilación, que fue institucionalizada con dos propósitos específicos: como una manera de mantener perenne el culto del dios Illapa y, simultáneamente, se logre concretar con mayor facilidad la aceptación del cristianismo por parte de la población indígena. De igual manera, este proceso de sincretismo religioso se manifestó en otras deidades incaicas. Un ejemplo destacado es Pachacámac, reconocido como el "Señor de los Temblores". Los conquistadores españoles asimilaron la figura de este dios telúrico con el Cristo de Pachacamilla, asociando el ancestral poder sobre los movimientos sísmicos con la nueva fe cristiana. De este modo, la devoción logró preservar la esencia de la deidad prehispánica bajo la efigie de Pachacamilla, permitiendo que el culto al control de la Tierra perdurara a través de los siglos.

A raíz de este sincretismo, el culto consagrado a estas antiguas divinidades logró sobrevivir. Prosiguiendo con Illapa, resulta notable que muchos conceptos atribuidos al dios celeste hayan perdurado bajo el manto cristiano, simbolizado por Santiago Apóstol. En tiempos actuales, dentro del área andina, se le rinde tributo al apóstol cada 25 de julio. Los pobladores contemporáneos lo consideran como el "Protector de la Tierra". A raíz de ello, cada 25 de julio, se le implora al santo la protección de las comunidades, la multiplicación del ganado y la fecundidad de los cosechas. Estas dos últimas facultades resultan ajenas y desconectadas de la postura católica del santo; por lo que son, en realidad, los ecos persistentes del dios Illapa que resuenan, ocultos tras la figura de Santiago. Es menester resaltar que, la efemérides de Santiago parece coincidir con la fecha de realización de los antiguos ritos agrícolas de los pobladores andinos (estos también se efectuaban a finales de julio).

Relación entre Illapa y los arcabuces miniaturadeimagen|343x343px|Al contemplar el potencial de las armas de fuego de los conquistadores españoles, los pobladores andinos equipararon dichas armas con el rayo. Durante el proceso de conquista del imperio incaico, los indígenas asemejaron los arcabuces portados por los conquistadores españoles con el dios atmosférico. La raíz de dicha comparación radica principalmente en estos factores: al igual que el rayo, el arcabuz tiene la capacidad de matar personas; el sonido producido por el trueno y el arcabuz son indudablemente semejantes; y la chispa generada por el fogonazo del arcabuz se asemejaba al relámpago.

Múltiples cronistas hacen énfasis en dicha equiparación. Uno de ellos es Juan de Betanzos, quien escribió la descripción de los primeros indígenas que contemplaron dicha arma.

De manera más explícita, Titu Cusi Yupanqui dejó traslucir la designación del arcabuz bajo el nombre del rayo por los pobladores andinos. En su Instrucción al Licenciado Don Lope García de Castro, el monarca manifiesta la siguiente información:

Representación

Illapa como deidad única Illapa es representado como un poderoso e imponente hombre de brillantes vestiduras que empuñaba una maqana y una warak'a doradas. Dichas armas divinas simbolizaban su poder absoluto sobre el clima y su facultad como dios bélico del imperio.

Según el cronista Bernabé Cobo, otra representación que los incas le daban a Illapa era la de un guerrero formado por estrellas en el Hanan Pacha (mundo celestial). En su obra Historias del Nuevo Mundo: obras del padre Bernabé Cobo, él menciona lo siguiente: