El Movimiento de Liberación de las Mujeres (WLM, por sus siglas en inglés) fue un movimiento político de mujeres y del intelectualismo feminista que surgió a finales de la década de 1960 y se extendió hasta la década de 1980, fundamentalmente en los países industrializados del mundo occidental, y que generó una gran transformación (política, intelectual, cultural) en todo el mundo. La rama WLM del feminismo radical, basada en la filosofía contemporánea, estaba compuesta por mujeres de trasfondos racial y culturalmente diversos que planteaban que, para que las mujeres dejasen de ser ciudadanas de segunda clase en sus respectivas sociedades, era necesaria su libertad económica, psicológica y social.
Con el fin de hacer posible la igualdad de la mujer, el WLM ponía en duda la validez cultural y legal del patriarcado y la validez práctica de las jerarquías sociales y sexuales que se usan para controlar y limitar la independencia física y legal de las mujeres en la sociedad. Los liberacionistas de las mujeres afirmaban que el sexismo—(la discriminación legal basada en el sexo, formal e informal, con sus fundamentos en la existencia de la construcción social del género)—era el problema político más importante en las dinámicas de poder de sus respectivas sociedades. En general, el WLM proponía cambios socioeconómicos desde la izquierda política, rechazaba la idea de que la igualdad no sistemática, por y según la clase social, eliminaría la discriminación sexual contra las mujeres y promovía los principios del humanismo, sobre todo el respeto a los derechos humanos de todas las personas. En las décadas en las que floreció el Movimiento de Liberación de las Mujeres, los liberacionistas cambiaron con éxito la forma en la que se percibía a las mujeres en sus respectivas culturas, redefinieron el papel político y socioeconómico de la mujer en la sociedad y transformaron la sociedad en su conjunto.
Historia
Antecedentes thumb|400px|El Movimiento de Liberación de las Mujeres organizó actividades políticas tales como manifestaciones exigiendo igualdad ante la ley para las mujeres en los Estados Unidos (26 de agosto de 1970) Las teorías cíclicas de desarrollo social (como la ley del ciclo social) sostienen que a los periodos intensos de actividad social les siguen periodos de remisión, en los que se aísla y se margina sistemáticamente a los activistas que estuvieron intensamente involucrados en las movilizaciones. Este sería el caso del movimiento por los derechos de la mujer, que después del periodo intenso de la lucha por el sufragio femenino, el interés común que había unificado a los feministas de todo el mundo, se quedó sin ningún tema en el que enfocarse y en el que todos estuviesen de acuerdo. Las diferencias ideológicas entre radicales y moderados provocaron una ruptura y un periodo de desradicalización, en el que los grupos mayoritarios de activistas de los derechos de la mujer lideraron movimientos con el objetivo de educar a las mujeres sobre sus nuevas responsabilidades como votantes. Hubo organizaciones como la Liga Femenina del Congreso Nacional Africano, la Asociación de Amas de Casa de Irlanda, la Liga de Mujeres Votantes, el Townswomen's Guilds y el Women's Institutes que apoyaron a las mujeres y trataron de educarlas sobre cómo usar sus nuevos derechos para incorporarse al sistema político establecido. Mientras, otras organizaciones que se centraron en asuntos laborales, ya que estuvieron involucradas en la incorporación masiva de la mujer en el mercado laboral durante la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial y, cuando la guerra terminó, en su salida posterior a través de medidas oficiales coordinadas dedicadas a la reincorporación a la vida familiar. La Asociación Cristiana de Mujeres Jóvenes y Zonta International lideraron estos esfuerzos, y movilizaron a mujeres para recopilar información sobre la situación de las mujeres trabajadoras y organizar programas de asistencia. Las organizaciones radicales, como el National Woman's Party estadounidense, fueron cada vez más marginadas por los medios de comunicación, que acusaban al feminismo y a sus partidarias de ser "graves neuróticas responsables de los problemas de la sociedad". Aquellas que todavía estaban apegadas a los temas radicales de la igualdad, por lo general, no estaban casadas, tenían trabajo, eran privilegiadas social y económicamente y la sociedad en general tenía la impresión de que eran anormales.
En muchos países a lo largo de África, Asia, el Caribe, Oriente Medio y Sudamérica, el afán de descolonización y de eliminar a los regímenes autoritarios, que gran parte de ellos se remontan hasta la década de 1950 y se prolongaron hasta la década de 1980, se tradujo inicialmente en que el estado asumió el papel de los feministas radicales. Por ejemplo, en Egipto, con la Constitución de 1956, se eliminaron las trabas de las mujeres al trabajo, a la educación y al acceso a la política mediante disposiciones sobre la igualdad de género. Las mujeres en Argentina, Brasil, Chile, Cuba, Nicaragua y otros países latinoamericanos habían sido parte de los movimientos para acabar con las dictaduras en sus respectivos países y, a medida que esos gobiernos viraban hacia políticas socialistas, se propusieron eliminar la desigualdad de género mediante la intervención del estado. A medida que la ideología en Asia, África y el Caribe se desplazaba hacia la izquierda, las mujeres en países recién independizados y todavía colonizados percibieron que la lucha contra el imperialismo debía ser un objetivo común. Centraron sus esfuerzos en hacer frente a los desequilibrios de poder que existían entre géneros, en su lucha por el respeto a los derechos humanos y por sus intereses nacionalistas. Este movimiento mundial, a favor de la descolonización y de la alineación de la política internacional en bandos durante la Guerra Fría, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, sustituyó al afán por la liberación de las mujeres, ya que las metas de los activistas cambiaron hacia el sufragio universal y la independencia nacional. Una percepción de identidad panafricana, y el reconocimiento de que el hecho de ser negro sirve como elemento unificador para su lucha, llevó a que muchos grupos marginados se diesen cuenta de que era posible politizar su opresión. El movimiento del Poder negro y los movimientos estudiantiles en todo el mundo protestaron contra los dobles raseros aparentes de la época y contra la naturaleza autoritaria de las instituciones sociales. Desde Checoslovaquia hasta México, en diversos lugares como Alemania, Francia, Italia y Japón, entre otros, los estudiantes protestaron contra las desigualdades civiles, económicas y políticas, así como contra la participación en la guerra de Vietnam. Muchos de los activistas que participaron en estas causas participarían también en el movimiento feminista.
Desde el punto de vista social, la explosión de natalidad que ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, el crecimiento económico relativo que se produjo en todo el mundo durante los años de posguerra, la expansión de la industria de la televisión, que provocó que las comunicaciones mejoraran, y el acceso a la enseñanza superior, tanto para las mujeres como para los hombres, produjeron una concienciación sobre los problemas sociales a los que se enfrentaban las mujeres y sobre la necesidad de un cambio cultural. En aquella época, las mujeres dependían económicamente de los hombres y no existían ni el concepto de patriarcado ni una teoría coherente sobre las relaciones de poder entre los hombres y las mujeres en la sociedad. Si eran trabajadoras, los puestos que tenían disponibles eran por lo general en industria ligera o en trabajo agrícola, y en un rango limitado de puestos en el sector de servicios, como, por ejemplo, en contabilidad, en tareas domésticas, en enfermería, como secretarias, como oficinistas, en ventas al por menor o en enseñanza en colegios. Se esperaba que trabajasen por sueldos más bajos que los de los hombres, y que abandonasen sus puestos de trabajo después de casarse. A las mujeres no se les concedían cuentas o créditos bancarios, lo que hacía que les fuese imposible alquilar una casa sin el permiso de un hombre. En muchos países, tenían prohibido, además, acceder a espacios públicos sin un acompañante masculino.
Las mujeres casadas procedentes de países que formaban parte del sistema colonial británico, y, por lo tanto, con códigos legales basados en el Derecho inglés, estaban obligadas por ley a tener sexo con sus maridos cuando ellos lo solicitasen. Todavía no existía el concepto de violación conyugal, ya que, según la ley, las mujeres ya habían dado su consentimiento a mantener relaciones sexuales periódicamente cuando se casaron. El Estado y la Iglesia ejercían una presión enorme sobre las mujeres jóvenes para que conservasen su virginidad. La aparición de la píldora les hizo pensar a muchos hombres que, como las mujeres no se podían quedar embarazadas, no podían decir que no a las relaciones sexuales. A pesar de que en la década de 1960 la píldora ya era bastante asequible, se controlaba estrictamente su prescripción y, en muchos países, era ilegal la difusión de información sobre métodos anticonceptivos. Incluso después de la legalización de la píldora, los métodos anticonceptivos siguieron estando prohibidos en gran cantidad de países, como en Irlanda, donde los condones estaban prohibidos y la píldora solo se podía prescribir para controlar los períodos menstruales. La Iglesia Católica publicó la encíclica Humanae vitae, en 1968, reiterando que prohibían los anticonceptivos artificiales. El aborto requería a menudo el consentimiento del esposo, o la autorización de una junta, como en el caso de Canadá, en donde a menudo la decisión de permitir el aborto giraba en torno a si el embarazo representaba o no una amenaza a la vida o a la salud de la mujer en cuestión.
A medida que las mujeres recibían más formación y se incorporaban al mercado laboral, en general, no hubo cambios sobre sus responsabilidades en el hogar. A pesar de que las familias dependían cada vez más de los ingresos de los dos cónyuges, las mujeres cargaban también con la mayor parte de la responsabilidad del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos. La sociedad en general, era consciente desde hace mucho tiempo de las desigualdades en las libertades civiles, socioeconómicas y políticas entre las mujeres y los hombres. Sin embargo, fue durante el Movimiento de Liberación de las Mujeres que, por primera vez, se aceptó de forma generalizada la idea de luchar contra el sexismo. Se creó un clima en el cual las mujeres empezaron a cuestionar la autoridad que otros ejercían sobre las decisiones que tomaban con respecto a sus cuerpos y a sus moralidades debido a la publicación de bibliografía científica sobre sexo, como el Informe Kinsey, y al desarrollo y a la distribución de la píldora anticonceptiva. Muchas de las mujeres que participaron en el movimiento se alinearon con políticas de izquierdas y, después del año 1960, en el contexto del auge de la polarización mundial debido a la Guerra Fría, se inspiraron en la teoría maoísta. Transformaron eslóganes como "trabajadores del mundo, uníos" en "mujeres del mundo, uníos" y algunas de sus características claves, como los trabajos de sensibilización y las políticas de igualdad basadas en el consenso, "estuvieron inspiradas por técnicas similares a las que se usaban en China".