La Sierra de la Plata fue un lugar legendario ubicado en el interior de Sudamérica.«Historias del Río de la Plata - Roberto Hosne (Buenos Aires, 1998)». Su historia se originó a comienzos del en las costas de Santa Catarina (Brasil), cuando originarios tupiguaraníes informaron a un grupo de náufragos de la trágica expedición de Juan Díaz de Solís sobre la existencia de una montaña llena de metal de plata en el interior del continente donde gobernaba un monarca al que llamaban Rey Blanco. El primer europeo en encabezar una expedición al mencionado lugar fue el náufrago Alejo García quien logró atravesar casi todo el continente hasta la región del Altiplano. García finalmente murió en el Paraguay durante el viaje de regreso cuando fue emboscado por indígenas de la zona, sin embargo, los sobrevivientes de la expedición lograron llegar hasta Santa Catarina con algunas muestras de metales preciosos que certificaban la historia. Esta leyenda impulsó el descubrimiento y colonización de la cuenca del Río de la Plata, que se suponía era la entrada natural a estos tesoros, aunque finalmente todas las expediciones ingresadas por esta vía concluyeron en continuos fracasos. Actualmente se considera que la leyenda de la Sierra de la Plata se basó en el Cerro Rico de Potosí (Bolivia), que fuera descubierto por los españoles procedentes del Perú en 1545.

Origen de la leyenda Luis Ramírez Una hermosa leyenda indígena afirma que existía una sierra de plata gobernada por el rey blanco, de esa manera recopiló Luis Ramírez (tripulante de la armada de Sebastián Caboto) en una carta dirigida a su padre el 10 de julio de 1528 desde el río de La Plata. Ramírez dio cuenta a su padre de los sucesos del viaje. La carta tiene el mérito de estar escrita por quien debió presenciar muchos de los acontecimientos, que refiere durante su viaje a lado de Caboto:

Esta noticiosa carta que escribió Luis a su padre, dándole cuenta de los sucesos del viaje, dice también que hubo indios que iban a confinar con una sierra, muchos de ellos acostumbraban a ir y venir de esta sierra donde había mucha cantidad oro y plata, minas a una distancia de más de 200 leguas. Fueron los indios querandís quienes dieron mayor información de la sierra y del rey blanco:

Según Herrera (1601) en su Descripción, asegura que Sebastián Caboto había había subido por el río muchas leguas, donde halló objetos de plata entre los naturales:

Realizando un seguimiento a Sebastián Caboto; estudiosos sobre la sierra de plata y el rey blanco, cuentan que durante la primera mitad del , se corrió la voz entre los españoles de que existía una montaña llena de metal plata en el interior del nuevo continente. Caboto al enterarse de las fabulosas historias, la existencia de pueblos de oro y sierras de plata, que le contase un tal Melchor Ramírez, náufrago de la expedición de Juan Díaz de Solís (1516). Desobedeciendo su mandato, remontó el río de La Plata e incursionó en el Paraná.

Juan Díaz de Solís

miniatura|derecha|300px|Mapa del Atlas Miller (1519) donde se observa la costa de Brasil y la desembocadura de los ríos Amazonas y De la Plata.

La leyenda del Rey Blanco y de la Sierra de la Plata se origina con los viajes que hace Juan Díaz de Solís por las costas de Sudamérica. En el primero de ellos, realizado en 1512,«Historia General de las Indias» (libro virtual). Capítulo LXXXIX. Francisco López de Gómara. Medina del Campo, 1553; Zaragoza, 1555. Solís bordea la costa de Brasil hasta toparse con un enorme río (hoy Río de la Plata), que Américo Vespucio, en su expedición de 1501-1502 había bautizado con el nombre de río Jordán y que los naturales del lugar llamaban Paranaguazu, que significa «río como mar» o «agua grande». Juan Díaz de Solís optó por llamarlo Mar Dulce debido a su gran amplitud. Luego de explorar la zona y suponiendo que podría tratarse de un estrecho que uniese el Atlántico con el Pacífico, Solís decide volver a España para reclamar la conquista y gobernación de aquel territorio. Convertido ya en Capitán General de esa región, vuelve al Río de la Plata en febrero de 1516 y desembarca junto con otros cincuenta hombres confiado en los gestos de amistad que le habían perpetrado desde la costa oriental los indios guaraníes. Sin embargo, una vez en tierra, Solís y sus hombres fueron asesinados, descuartizados y devorados por aquellos indios. Ante este hecho, los demás tripulantes que habían quedado en los navíos decidieron levar anclas y huir rumbo a España.

Alejo García

En el viaje de retorno a Europa, uno de los barcos de la malograda expedición de Solís naufragó frente a las costas de la isla de Santa Catalina (Brasil), quedando varados allí dieciocho hombres. Uno de ellos fue el portugués Alejo García, quien trabó amistad con los indios tupiguraníes que habitaban en aquella región. A través de estos, se enteró de que en el interior del territorio existía una gran montaña de metales brillantes.

Así, Alejo García, junto con otros náufragos y gran cantidad de indios partió desde Santa Catalina en busca de la «Sierra de la Plata», atravesando en su camino la Mata Atlántica y el Gran Chaco hasta finalmente llegar a la región del Altiplano, en los dominios del «Rey Blanco», cuyo trono estaba completamente ornamentado en plata. Tras apoderarse de algunas piezas de valor, los expedicionarios emprendieron el retorno a la costa del Brasil, sin embargo, Alejo García y los demás europeos murieron en el camino, tras ser emboscados por los indios payaguas. Los pocos tupiguaraníes que lograron salvarse contaron lo sucedido, exhibiendo algunos trozos de plata que habían obtenido del imperio del Rey Blanco.

La búsqueda Sebastián Caboto

miniatura|derecha|300px|Cuenca del Río de la Plata.

En 1526 partió desde España el veneciano Juan Sebastián Caboto con el objetivo de llegar a las Islas Molucas (Indonesia) a través del estrecho de Magallanes. Durante su escala en Pernambuco, al norte del Brasil, Caboto escuchó las primeras versiones sobre una tierra muy rica en metales preciosos ubicada en el interior del continente, a la cual se podría acceder a través de un enorme estuario ubicado más al sur, que se apodaba Río de la Plata, por ser el camino natural a aquellas riquezas. La idea de abandonar la ardua misión original y encaminarse rumbo a las fáciles riquezas del interior sudamericano se impuso rápidamente en la cabeza del veneciano, asumiendo que las autoridades reales serían indulgentes si el botín alcanzado era importante.

La confirmación de estas versiones la obtuvo Caboto en Santa Catalina, donde los náufragos Melchor Ramírez y Enrique Montes le informaron sobre la aventura de Alejo García y le enseñaron los metales rescatados de aquella saga. Totalmente convencido de arriesgarse en esta travesía, Sebastian Caboto avanzó hacia el Río de la Plata donde desembarcó para proceder a la reparación de dos naves que se habían averiado tras una fuerte tormenta. Allí la expedición se cruzó con el ex grumete Francisco del Puerto, único sobreviviente de la trágica avanzada que Juan Díaz de Solís había encabezado en tierra firme. Del Puerto, que por aquel entonces convivía con los indios, ratificó las historias sobre la Sierra de la Plata y ofreció a Caboto sus servicios de guía e intérprete.

Tras su ingreso en el Río de la Plata la expedición se dividió en dos: Caboto continuaría por el río Paraná y el maestre Antón de Grajeda remontaría el río Uruguay. A la altura de la confluencia de los ríos Paraná y Carcaraña, Caboto fundaría en junio de 1527 el fuerte de Sancti Spiritu, primer asentamiento europeo en la cuenca del plata y futura escala del posible itinerario hacia las tierras del Rey Blanco. Por aquel entonces, el hambre y las enfermedades ya estaban afectando a la expedición y como el camino por tierra era imposible, continuaron navegando hacia el norte hasta desembarcar en una isla a la que llamaron Año Nuevo. En ella intercambiaron con los indios timbúes vidrios de colores a cambio de comida, que para Caboto resultó ser muy poca, por lo que ordenó matar a los aborígenes, quemar sus chozas y despojarlos de todos los alimentos. thumbnail|left|550px|Detalle Nro. 7 del mapamundi realizada por Sebastián Caboto, Piloto mayor de Carlos IFuertes L., José Antonio: Potosí en los albores del virreinato. Siglo XVI, 2023

En febrero de 1529 llegaron a un pueblo indígena al que llamaron Santa Ana, donde fueron recibidos con hospitalidad, comieron en abundancia y fueron informados sobre la presencia de otros «blancos» que venían subiendo por el río, aún más atrás que ellos, según se había propagado la noticia entre las tribus. Caboto, sin embargo, continuó con su plan e ingresó por el río Paraguay, donde fue detenido por las fuertes correntadas. Allí dispuso adelantar un bergantín al mando de Miguel de Rifos. Aproximadamente, a la altura del río Pilcomayo, Rifos decidió desembarcar con algunos hombres confiado en la cordial recepción que le habían tributado los indios de la orilla. Desde allí los europeos avanzaron por la selva hasta el pueblo de los indígenas, donde sorpresivamente fueron emboscados. Según se cree, la trampa habría sido urdida entre Francisco Del Puerto y el cacique de la tribu, quienes habían estado dialogando en lengua aborigen durante el trayecto. La traición de Del Puerto se habría justificado en el rechazo de Caboto a otorgarle una mayor parte del futuro botín, que este habría exigido por su habilidad para negociar con los indios.

Los que habían aguardado en el bergantín lograron escapar hasta donde estaba Sebastián Caboto, quien en vistas de la difícil situación decidió emprender el regreso a Sancti Spiritu. En el camino, su flota se cruzó con la de Diego García, sobre la que los indios le habían advertido. García, al igual que Caboto, tenía el encargo de viajar a las Molucas, pero había decidido desertar al escuchar las versiones del Rey Blanco. Tras una breve disputa, ambos capitanes decidieron unir sus fuerzas para encontrar la Sierra de la Plata, quedando Caboto al mando de la flota unificada.

En Sancti Spiritu, se encomendó al capitán Francisco César para explorar la región adyacente junto con otros quince soldados. Tres meses después César retorno con la mitad de la gente y el rumor de que cerca de allí existía una gran ciudad llena de riquezas que desde entonces pasó a conocerse como la Ciudad de los Césares.

Cuando Caboto y García decidieron partir hacia la definitiva conquista de la Sierra de la Plata, los indios que rodeaban Sancti Spiritu aprovecharon la oportunidad para arrasar el fuerte español. Este hecho terminó por generalizar el escepticismo entre los capitanes y soldados, debiendo admitir Caboto su fracaso.

Pedro de Mendoza

miniatura|derecha|300px|Santa María del Buen Ayre, poco después de su fundación en 1536.

En 1534 el rey de España autorizó a don Pedro de Mendoza a «conquistar y poblar las tierras y provincias que hay en el río de Solís que algunos llaman de la Plata». Con catorce navíos y unos mil doscientos hombres, fue por aquel entonces, la expedición más importante y numerosa que hubiese salido desde Europa hacia América, dando prueba de las fabulosas riquezas que se pretendían conquistar.« Fundaciones de Ciudades (Felipe Pigna)- Página web El Historiador».