El negacionismo ha sido definido como el rechazo de conceptos básicos, aceptados y fuertemente apoyados por la evidencia que forman parte del consenso científico en determinada área en favor de ideas que son radicales y controvertidas. Un ejemplo usual es el creacionismo de la Tierra joven y su disputa con la evolución.
Luego de que en 2003 el Congreso de la Nación Argentina declarara la nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, y algunos jueces comenzaran a declarar inconstitucionales los indultos referidos a crímenes de lesa humanidad,Declaran nulos e inconstitucionales los indultos de Menem a represores, La Capital, 20 de marzo de 2004 fue ganando peso la definición de negacionismo del terrorismo de Estado en Argentina para todas las opiniones que intentan negar, relativizar o minimizar el terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico-militar argentina autodenominada "Proceso de Reorganización Nacional" (1976-1983). Como estas opiniones han ido tomando diferentes formas a través del tiempo, también el mote de "negacionista" le fue asignado tanto a quienes negaban la existencia de desaparecidos, como a quienes justificaron los hechos cometidos u opinaron que se trató de una guerra sucia «entre dos sectores equivalentes que habrían producido daños simétricos», e incluso a quienes cuestionaron la cifra de 30.000 desaparecidos popularizada por las organizaciones de Derechos Humanos.
El Negacionismo del terrorismo de Estado en la historia Durante todo el Proceso de Reorganización Nacional, los militares intervinientes negaron haber ejercido terrorismo de Estado. Así se cita que, ya en 1977, Jorge Rafael Videla, el entonces presidente de facto, afirmaba que «en toda guerra hay personas que sobreviven, otras que quedan incapacitadas, otras que mueren y otras que desaparecen. Argentina está finalizando esta guerra y, consiguientemente, debe estar preparada para afrontar sus consecuencias. La desaparición de algunas personas es una consecuencia no deseada de esta guerra». Luego, en 1979, profundizaría esa idea:
Ya en democracia y en el año 1984, condenado por crímenes de lesa humanidad, Videla reconocería la intención de ocultar los delitos afirmando que:«no se podía fusilar. Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina, cambiante, traicionera, no se hubiere bancado los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta 5000, 10 000, 30 000. No había otra manera. Había que desaparecerlos».Seoane, María (2001): El dictador (pág. 215). Buenos Aires: Sudamericana, 2001.El Documento Final de la Junta Militar sobre la guerra contra la subversión y el terrorismo marcó el tono del negacionismo frente al terrorismo de Estado.
De esta manera, la propia Junta Militar negaba su responsabilidad en los crímenes cometidos. Esta negación, en tanto era sostenida por los mismos agentes de los delitos negados y formaba parte de su estrategia defensiva, no cabe en el concepto de "negacionismo" como fenómeno social. No obstante ello, el sociólogo argentino Daniel Eduardo Feierstein, en la primera década del , enlazó ambos fenómenos dentro de una construcción teórica a la que denominó Prácticas Sociales Genocidas. En el marco de la misma, se entiende al genocidio no ya como un "exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad" (según la definición clásica de Raphael Lemkin), sino como una tecnología de poder (partiendo del marco teórico del posestructuralista Michel Foucault) que lleva en sí la ambición de una extensión en el tiempo. Esto lo convierte en una herramienta distinta a su expresión jurídica (el término genocidio) ya que incluye además las prácticas sociales previas necesarias para su construcción (estigmatización, hostigamiento, aislamiento, debilitamiento sistemático) como también las consecuencias posteriores (y entre estas es donde gana importancia la "realización simbólica" que lleva al concepto de negacionismo).
En su obra "El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina", publicada en 2007, Feierstein aún no utiliza el concepto de negacionismo, pero sí desarrolla el concepto de "realización simbólica", como fase final de lo que él llama el "proceso genocida". La "realización simbólica" sería, en este marco teórico, el mecanismo social por el cual se busca borrar la memoria del grupo aniquilado o impedir que el lazo social destruido pueda volver a tener presencia. Este proceso de "anulación social" y "distorsión del pasado", en tanto Feierstein lo encuentra presente en el discurso de los militares durante el Proceso de Reorganización Nacional, constituye la base de lo que posteriormente se etiquetó como "negacionismo del terrorismo de estado" en el debate público. Feierstein sostiene que, al igual que en otros casos de terrorismo de Estado, el Proceso de Reorganización Nacional planificó los crímenes de lesa humanidad de manera de poder instalar en la sociedad, en una etapa posterior, estos discursos "negacionistas", y entiende que es por eso que se utilizaron centros clandestinos de detención y tortura.
Este marco teórico tuvo una gran influencia en la segunda oleada de juicios de lesa humanidad. El juez federal Daniel Rafecas, además de citarlo en sus fallos, también participó junto a Feierstein en la exposición Genocidio y Negacionismo: disputas en la construcción de la Memoria, en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). En esa ocasión afirmó que «Los discursos negacionistas son inherentes a los procesos genocidas» y advirtió que dichos discursos buscan la impunidad de los represores. Rafecas fue el juez investigó la Megacausa del Primer Cuerpo de Ejército donde manifestó: «La implementación de los centros clandestinos de detención tiene que ver con la preparación de la impunidad posterior: eran escondidos, ocultos. La forma de exterminio masivo como los vuelos de la muerte son parte de esta idea de esconder. Y todo esto coronado por la conferencia de prensa de Videla en la que ante periodistas extranjeros esboza esta teoría negacionista». El concepto de prácticas sociales genocidas también fue utilizado en otras sentencias de primera instancia de esa misma época, como ser las del Tribunal Oral Federal n º 1 de La Plata (Causas “Etchecolatz”, “Von Wernich”, “Manacorda”, “Vañek” entre otras), del Tribunal Oral Federal de San Luis (Causa “Fiochetti”), Tribunal Oral Federal de Mar del Plata (Causas “Rezett”, “Base Naval III y IV” entre otras), Tribunal Oral Federal n º 1 de Mendoza (Causas “Menéndez Sánchez” y “Furio”) Tribunal Oral Federal de Bahía Blanca (Causa “Bayon”, “Cabezón” y “Fracassi”), Tribunal Oral Federal de Entre Ríos (Causas “Harguindeguy y Díaz Bessone” y “Céparo”), Tribunal Oral Federal de Jujuy (Causas “Álvarez” y “Vargas”), Tribunal Oral Federal de Formosa (Causa “Camicha” y “Domato”), Tribunales Orales Federales n º 1 y n º 2 de Rosario (Causas “Guerrieri” y “Nast”), entre otros.
Feierstein comenzó a utilizar el término "negacionismo" de manera explícita en conferencias y artículos poco después de 2007, y lo profundizó en obras posteriores como "Los dos demonios (recargados)" (2018). El término también fue usado, por la misma época, por Mario Ranalletti, en una ponencia presentada en las XII Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia (2009). Este documento se considera una de las primeras conceptualizaciones académicas argentinas en usar el término explícitamente para este fenómeno, definiendo al Negacionismo del terrorismo de Estado en la Argentina como una "empresa política tendiente a promover una desnaturalización del pasado reciente, caracterizando al terrorismo de Estado aplicado en Argentina como una 'guerra'". Ranalletti se refiere, como primer acto consciente de negacionismo en ese sentido, a "La otra campana del Nunca Más", libro del expolicía bonaerense (que luego sería condenado a cadena perpetua en más de una oportunidad por múltiples delitos de lesa humanidad) Miguel Etchecolatz. En él se afirmaba que el informe de la CONADEP era una mentira «fabricada por los perpetradores de la “guerra subversiva”», cuando ya la Justicia había juzgado los hechos y los había considerado probados.
A medida que avanzaba la segunda oleada de juicios, el concepto se fue haciendo presente cada vez con mayor frecuencia en trabajos académicos, artículos periodísticos y discursos políticos. Al tiempo que ganaba espacio, también se fue ampliando el campo de acciones a las que se le aplicaba. Así, no sólo fueron acusados de negacionistas los que negaban la existencia de los crímenes probados ante la Justicia, sino también quienes se mostraban partidarios de la llamada Teoría de los Dos Demonios (idea que ya estaba expresada en el prólogo del "Nunca Más" y que, sin negar los delitos cometidos por agentes estatales como parte del terrorismo de Estado, plantea su equivalencia a los actos de violencia cometidos por las organizaciones guerrilleras) e incluso a quienes, desde un punto de vista historiográfico, pusieron en duda la cifra de 30.000 desaparecidos popularizada por las organizaciones de Derechos Humanos.
En este punto surgieron los primeros cuestionamientos al concepto de negacionismo, principalmente a través de historiadores. Se advirtió sobre el riesgo de que se lo termine usando como arma política para silenciar cualquier crítica o cuestionamiento a la "historia oficial" establecida por los organismos de Derechos Humanos y que, en ese momento, era sostenida por el Estado. Se argumentó que, al aplicar esta etiqueta tan fuerte a la simple discusión de cifras o la veracidad de ciertos testimonios, se criminalizaba la investigación histórica y el legítimo derecho a la duda. El historiador y politólogo Matías Saidel lo definió como un "mecanismo de clausura de la discusión" y una herramienta para "deslegitimar" a quienes cuestionan las cifras o la historia oficial, incluso si su intención no es negar la represión sistemática en su totalidad. También critica el uso del término "negacionismo" para "sacralizar" ciertas narrativas de la memoria:
"El carácter instrumental de la categoría, y el peso de su connotación —que la acerca a la barbarie nazi—, son las principales causas de su eficacia en el ámbito público: acusar de negacionista a un actor político o intelectual implica deslegitimarlo inmediatamente. Sin embargo, su eficacia política deviene en un arma de doble filo, pues su ambigüedad semántica puede clausurar el debate respecto de algunas cuestiones históricas que permanecen abiertas a la investigación y la reflexión. En este sentido, la sacralización de la cifra y la reducción de la historia a una batalla por la memoria en la que 'todo vale', dificultan el necesario trabajo de clarificación del pasado, abonando a una instrumentalización política que no siempre sirve a los fines de la justicia.
Modalidades de las expresiones a las que se acusa de "negacionismo"
Las expresiones que han sido catalogadas como "negacionistas" se manifiestan en diversos escenarios, que varían en función de las personas involucradas y los medios de comunicación utilizados, entre otros factores. Existen variadas acciones a las que se ha tildado de "negacionistas", yendo de la lisa y llana negación de los hechos a mecanismos más sutiles, con sofisticados abordajes de racionalización, relativización y trivialización. Desde la primera década del , cuando comienza a utilizarse esta categoría en el discurso público, se aplicó no sólo a quienes rechazaran que hayan existido violaciones de los derechos humanos en el país, sino también a quienes intentaban compararlo con otras experiencias violentas como forma de «reducir» los hechos al contexto general de violencia del . Finalmente las acusaciones de negacionismo se hicieron extensivas también a otras dos expresiones:
Argumento de la «guerra sucia» y "Teoría de los Dos Demonios"