La invasión anglo-rusa de los Países Bajos, también conocida como campaña de Holanda, expedición anglo-ruso a Holanda y expedición a Helder, fue una campaña militar de la Segunda Coalición, alianza antinapoleónica en la que participaron múltiples países europeos, encabezados por el Archiducado de Austria y el Imperio ruso, para contener a la Revolución francesa. Duró del 27 de agosto al 19 de noviembre de 1799 y consistió en la invasión por parte de unidades británicas y rusas de la región de Holanda, en la República Bátava. La campaña tenía el doble objetivo de neutralizar la flota bátava y promover un levantamiento de los partidarios del exestatúder Guillermo V de Orange-Nassau contra el Gobierno de Batavia, favorable a los franceses. Un ejército franco-bátavo de fuerza equivalente al invasor hizo frente a la ofensiva.
Desde un punto de vista táctico, el conflicto fue favorable a los ejércitos anglo-rusos inicialmente, vencedores de la batalla de Callantsoog y de Zyp. Las siguientes batallas resultaron favorables a los franco-bátavos, que vencieron en un choque disputado cerca de Bergen pese a estar en inferioridad numérica, y lograron debilitar al enemigo al aprovechar el terreno incluso habiendo perdido la batalla de Alkmaar. La última batalla, la de Castricum, costó grandes pérdidas en ambos bandos, pero constituyó una victoria decisiva para el bando republicano. El jefe del Estado Mayor británico, Federico de York, conde del Úlster y duque de York y Albany, ordenó la retirada de sus tropas al lugar donde se había verificado el primer desembarco, en el extremo norte de la península. La convención de Alkmaar negociada el 18 de octubre con el general en jefe de las tropas franco-bátavas, el general Guillaume Brune, puso fin a las hostilidades y permitió a las tropas británicas y rusas evacuar la región sin impedimentos.
Antecedentes thumb|Guillermo V de Orange-Nassau, último estatúder de las Provincias Unidas; fue expulsado por la Revolución bátava y los franceses durante la campaña de Flandes
Las Provincias Unidas tomaron parte en la Primera Coalición que se rebeló contra la República Francesa surgida de la Revolución en 1792. En 1795, al final de su campaña en Flandes, las tropas del estatúder Guillermo V y sus aliados británicos y austriacos fueron derrotados por las tropas francesas dirigidas por el general Jean-Charles Pichegru, apoyados por un contingente de revolucionarios patriotas de Batavia dirigido por general Herman Willem Daendels. El estatúder abandonó el país y marchó a Londres el 18 de enero ante al avance de las tropas francesas y la retirada de las tropas holandesas, mientras los patriotas se alzaban en las grandes ciudades; la República de Batavia se proclamó al día siguiente en Ámsterdam. La captura francesa de la flota holandesa en la noche del 23 de enero de 1795 fue uno de los principales episodios del cambio de régimen. thumb|La República Bátava en 1798|izquierda La conquista de la antigua República de las Provincias Unidas en 1795 no supuso el final de la guerra, sino un simple cambio de bando del país en el momento de máximo fragor de la contienda. Su papel cambió notablemente: Francia no tenía especial necesidad de su ejército de tierra, pero sí de su poderío naval. En 1796, como parte de la nueva alianza, los bátavos emprendieron un programa de construcción naval. La constitución de las tripulaciones era, sin embargo, problemática, ya que los oficiales de la antigua marina eran abiertamente orangistas. Varios oficiales como Jan Hendrik van Kinsbergen, héroe de la batalla del Banco Dogger se negó a servir en el nuevo ejército. El mando de las fuerzas navales se confió a oficiales favorables al nuevo gobierno como Jean-Guillaume de Winter, a pesar de su limitada experiencia, que quedó patente en la derrotas de la Bahía de Saldanha en 1796 y de Camperdown en 1797. En esta última, los dos buques holandeses, el Júpiter y el Vrijheid, causaron mucho daño, pero sufrieron pérdidas excesivas. La República tuvo que recomenzar su programa naval desde cero que, pese a todo creó una Armada suficientemente poderosa como para hacer temer a los británicos una invasión bátava de Gran Bretaña o de Irlanda junto a los franceses.Un plan de invasión de Irlanda por un escuadrón de Batavia se desarrolló y alcanzó un nivel significativo de progreso en 1797. Schama, pp. 278-279, 281
La Primera Coalición terminó en 1797, pero el Reino Unido encontró rápidamente un nuevo aliado en la persona del emperador Pedro I. Los nuevos aliados ganaron varias batallas terrestres contra los franceses, especialmente en las repúblicas hermanas cisalpina y suiza, donde los ejércitos de la Segunda Coalición lograron repeler a las tropas francesas en un amplio frente a principios de 1799. Los británicos, y en particular el primer ministro William Pitt estaban ansiosos por mantener este impulso atacando al Imperio francés en varios puntos. El príncipe de Orange abogaba intensamente por una acción militar que le permitiera recuperar el poder y la República Bátava apareció como un objetivo ideal para tal ataque. La creciente desconfianza de la población bátava respecto del régimen establecido por los franceses no dejó de atraer la atención de los servicios de espionaje británicos. Sin embargo, la información la obtenían de los enviados de Orange, que hicieron creer a los británicos que el control francés sobre la República Bátava era limitado y que un ataque preciso contra Ámsterdam podría precipitar un levantamiento general contra los franceses. El hecho de que la coalición alcanzada con Rusia 28 de diciembre de 1798 suponía, en parte, una campaña militar conjunta contra los bátavos, terminó de convencer a los británicos para acometer la campaña en los Países Bajos.
Como parte de este acuerdo, el emperador Pedro I primero puso cuarenta y cinco mil soldados rusos a disposición de la coalición, a cambio de subsidios británicos. La alianza se plasmó en un acuerdo que se anunció el 22 de junio de 1799; Pedro I se comprometió suministrar diecisiete batallones de infantería, dos compañías de artillería, una compañía de ingenieros y un escuadrón de húsares para la «Campaña de Holanda»: 17 593 hombres en total. A cambio, el Reino Unido prometió aportar inicialmente ochenta y ocho mil libras esterlinas y luego otras cuarenta y cuatro mil mensuales cuando las tropas entrasen en campaña. Debía aportar asimismo trece mil soldados y proporcionar la mayor parte de los buques de transporte y escolta.
Desarrollo de la campaña thumb|right|upright=1.5|Mapa del teatro de operaciones en Holanda del Norte Tan pronto como estalló el conflicto, se acordó que la expedición conjunta no debía limitarse a un mero conflicto militar. Pitt supuso que, al igual que las poblaciones suizas e italianas, los bátavos apoyarían con entusiasmo una invasión contra los franceses. Según el historiador británico Simon Schama En última instancia, estas previsiones resultaron erróneas.
Preparativos Las fuerzas británicas se reunieron en el área de Canterbury al mando del teniente general Ralph Abercromby. Consistían principalmente en voluntarios de las milicias, a quienes recientemente se les había permitido unirse a los regimientos tradicionales. Una flota de transporte británica dirigida por el almirante Popham fue enviada a Revel para recoger al contingente ruso, mientras las tropas británicas se reunían gradualmente. Finalmente el mando británico decidió no esperar el regreso de Popham y enviar una división al mando de Abercromby para establecer una cabeza de puente en la cual las tropas rusas, acompañadas por una segunda división británica mandada por el jefe de Estado Mayor, el duque de York, podría desembarcar fácilmente más adelante. thumb|Sir Ralph Abercromby, teniente general a cargo de la concentración de las tropas británicas|izquierda Se había de estudiar el mejor lugar para el desembarco; se sopesaron distintas opciones en la costa holandesa. Muchos estrategas abogaron por la desembocadura del Mosa, o por algún lugar próximo a Scheveningen, ya que los dos permitirían desplegar tropas rápidamente para desbaratar las líneas de suministro del ejército ocupante francés en la República de Batavia. Sin embargo, los bajíos de la costa holandesa hacían la navegación peligrosa y representaban un riesgo significativo para ambas ubicaciones. Por el contrario, el extremo norte de la península de Holanda, donde la navegación era más fácil, permitiría a la flota británica que operaba en el mar del Norte colaborar en el desembarco. Las débiles fortificaciones de esta zona eran una ventaja añadida. Además, el hecho de que una gran parte de la flota de Batavia, que era un objetivo importante de la expedición, se hallase en estas aguas permitía aprovechar la operación para derrotarla u obligarla a retirarse. La presencia de un puerto hacía que se creyese posible un rápido avance hacia Ámsterdam, uno de los objetivos principales de la ofensiva. En consecuencia, finalmente se eligió la zona al sur del Den Helder para desembarcar un primer contingente de entre diecisiete y veinte mil soldados al mando de Abercromby.
Los británicos no trataron de ocultar sus preparativos, de los que tanto las autoridades francesas como las bátavas tuvieron noticia. Desconocían, empero, la ubicación exacta del desembarco, lo que les obligó a distribuir los batallones en varios lugares para proteger todos los posibles lugares donde podía darse el ataque. Por entonces, el ejército bátavo consistía en dos divisiones, compuestas por unos diez mil hombres cada una; la primera la mandaba el teniente general Daendels y la segunda, el teniente general Jean-Baptiste Dumonceau. Este último se encargó de defender el mar de Wadden, en el departamento de Ems, y de evitar un posible asalto desde el este. Daendels, por su parte, estaba apostado en el norte de Holanda, con una base en Schagen. Las tropas francesas, que eran apenas unos diez o doce mil soldados pese a que el Tratado de La Haya había dispuesto que fuesen veinticinco mil,Hay una mención de 15 000 soldados franceses en The Campaign in Holland, 1799, p. 5-6 estaban dispuestas entre Zelanda (otro punto de desembarco potencial donde se verificó la expedición Walcheren de 1809) y el centro del país, entre la costa y Nimega. El mando del conjunto de las fuerzas franco-bátavas correspondió al general francés Guillaume Brune. Este admitió que su ejército estaba mal organizado, en particular debido a las deficiencias del suministro. Consciente de las dificultades, el Gobierno de Batavia se dirigió secretamente a Prusia para negociar la neutralidad de la joven república. Esta maniobra no escapó a los franceses y acentuó la desconfianza de estos hacia los bátavos, pese a la actitud amistodas del embajador Florent Guiot.
Desembarco en Callantsoog y la rendición de la flota de Batavia thumb|right|Desembarco británico en Callantsoog.
La invasión se decantó rápidamente a favor de los británicos. La flota de Batavia, dirigida por el contraalmirante Samuel Story, menguada, evitó el combate y permitió que las tropas británicas desembarcasen sin oposición cerca de Callantsoog el 27 de agosto de 1799. Obligado a dividir sus tropas en dos debido a la naturaleza del campo de batalla, que consistía en una estrecha franja de dunas bordeada por las playas del mar del Norte por un lado y las marismas por el otro, el general Daendels resultó vencido en la batalla de Callantsoog, en la que trató de evitar que la división del general Abercromby estableciese una cabeza de puente. Debido a problemas de comunicación, su flanco derecho no pudo en ningún momento participar plenamente en la lucha, mientras que el izquierdo combatió desordenadamente al enemigo. La flota británica se acercó a la costa y castigó duramente a las unidades de Daendels, a las que infligió grandes pérdidas.