El Patronato de Protección a la Mujer, originalmente Patronato Real para la Represión de la Trata de Blancas, fue una institución española pública activa entre 1902 y 1985, dependiente del Ministerio de Justicia.
En origen, fue un organismo bajo la protección de la Corona española y presidido por la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena que tenía como objetivo organizar la lucha contra la trata de personas, principalmente de mujeres, pero la institución fue modificada sustancialmente durante la dictadura de Francisco Franco, por lo menos sobre el papel, intentando centrarse en el control y eliminación del ejercicio de la prostitución clandestina de menores de edad; aunque en realidad se centró en el internamiento de adolescentes que no comulgaran con la moral del régimen y fue un elemento destacado de la represión franquista contra las mujeres y de control de la sexualidad, si bien se mantuvo activo hasta el final de la Transición.
Durante el periodo franquista, esta institución disponía de centros de internamiento de carácter cerrado y regentado generalmente por órdenes religiosas que podían encerrar a quienes se encontraban «caídas o en riesgo de caer», es decir, disidentes del estereotipo de mujer nacionalcatólica, como fueron niñas rebeldes, con problemas de salud mental o lesbianas. Las jóvenes podían ingresar en estos centros llevadas allí por redadas de la policía en prostíbulos, por «conducta inmoral», denuncias de familiares y particulares, a petición de las autoridades civiles y religiosas colaboradoras o a solicitud de la propia interesada o sus padres.
El patronato se estructuraba en una Junta Nacional cuya presidenta de honor era la esposa de Franco, Carmen Polo, y en cincuenta Juntas Provinciales.El vicepresidente de la Junta de Pontevedra fue varios años Cándido Conde-Pumpido Ferreiro, hasta su traslado a Madrid en 1974.
Historia
Origen En 1902, un Real Decreto de 11 de julio creó en el Ministerio de Justicia el «Patronato Real para la Represión de la Trata de Blancas», entidad abolicionista de la prostitución que fue después reformado en 1904 y 1909. Aunque la prostitución era el punto de partida que justificó la creación de la institución pronto funcionó como control social y adiestramiento moral.
Con la llegada de la Segunda República española se reorganizó en 1931 con el nombre de «Patronato de Protección a la Mujer» de carácter laico. La Junta quedó formada por María Lejárraga, Matilde Huici, Regina García, Victoriana Herrero y Clara Campoamor pero la falta de medios económicos hizo que se disolviera en 1935, encomendando sus facultades al Consejo Superior de Protección de Menores.
Dictadura Instalada la dictadura franquista tras la victoria del bando sublevado en la guerra civil española, por Decreto de 6 de noviembre de 1941, se volvió a crear el Patronato de Protección a la Mujer, siendo su presidenta de honor Carmen Polo. En el mismo decreto se creó la Obra de Redención de Mujeres Caídas cuyo objetivo era reformar y regenerar a las prostitutas clandestinas reincidentes. Según este artículo, la finalidad del Patronato era la dignificación moral de la mujer, especialmente de las jóvenes, para impedir su explotación, apartarlas del vicio y educarlas con arreglo a las enseñanzas de la religión católica. Sin embargo, dicha educación era en realidad mínima o inexistente. Sus funciones se aplicaron en dos líneas fundamentales: el intervencionismo estatal en la intimidad y la persecución y reeducación de la mujer desviada.
Tenía la facultad de adoptar medidas protectoras y tutelares, denunciar los hechos delictivos y proponer las reformas legislativas que estimara necesarias. Para ello se estableció que en cada capital de provincia hubiera una Junta de Protección a la Mujer y fueran creadas en otras ciudades.
El Patronato se encargaba de la protección de las menores de 16 a 21 años, o hasta 25 en casos especiales. Las jóvenes podían pasar a la tutela del Patronato por varios cauces: tribunales, particulares u otras autoridades. En caso de prostitución solían ser recluidas por mandato judicial; en otros casos eran recogidas de las calles por la Policía por estar huidas de casa o encontrarse en establecimientos de dudosa moralidad. También podían ser internadas por sus padres o podían ingresar por su propia voluntad, pasando el Patronato a suplir las funciones de la familia.
En los centros la correspondencia estaba censurada, no existía libertad para realizar llamadas telefónicas ni salir a la calle, las internas tampoco podían hablar con compañeras de otros pabellones. Estaban sometidas a un adoctrinamiento religioso severo con cuartos de aislamiento y celdas de castigo.
Las internas lesbianas fueron a menudo trasladadas al psiquiátrico de Ciempozuelos o al de Arévalo (Ávila). En las llamadas «maternidades» del Patronato, destacó la Maternidad de Nuestra Señora de la Almudena en el barrio de Peñagrande de Madrid, en funcionamiento entre 1955 y 1984.
Fin del Patronato En septiembre de 1983, la adolescente de 15 años Inmaculada Valderrama falleció presuntamente al intentar escapar del reformatorio de San Fernando de Henares en Madrid. Lo intentó descolgándose con unas sábanas atadas a través de una ventana de uno de los centros del Patronato dirigido por las Cruzadas Evangélicas. Tras el hecho, el presidente del Consejo Superior de Menores, Enrique Miret, visitó el lugar y emitió un informe sobre las malas condiciones de las adolescentes recluidas. A partir de entonces, las competencias en materia de protección a la mujer fueron transfiriéndose a las comunidades autónomas. El Patronato desapareció definitivamente en 1984.
Funcionamiento Al ser detenida la joven era enviada a un Centro de Observación y Clasificación ubicado en una ciudad grande. En este accedía a un protocolo de clasificación que incluía pruebas médicas, psicológicas y de conducta, con las que se decidía si era enviada un centro de prevención, de rehabilitación o vigilancia.
Los centros de prevención eran los hogares-taller o las casas de familia de régimen menos severo. Los hogares-taller eran centros de reeducación donde la libertad era limitada y la rutina estricta. Se daban cursos de costura, bordado, plancha y labores domésticas. No se pagaba nada por los trabajos realizados. Las casas de familia eran residencias destinadas a chicas de buena conducta que por motivos laborales o familiares tenían que abandonar su entorno y desplazarse a otros ciudades.Podían salir para trabajar pero con un horario de llegada. En ocasiones actuaban como espacios de tránsito entre la reclusión y la reintegración. Los centros de rehabilitación eran para las jóvenes consideradas moralmente desviadas, entre ellos el de San Fernando de Henares fue el más temido. El objetivo de estos centros era reeducar y readaptar a las jóvenes consideradas caídas o en riesgo de corrupción. Tenían un régimen de internamiento duro sin salida ni contactos con el exterior. Las condiciones de vida eran muy duras. Fueron los más numerosos y mejor dotados de toda la red.
Si la joven estaba embarazada era enviada a un centro maternal que funcionaba en la práctica como un reformatorio. Llegaban para ser atendidas ante la soledad de un embarazo no deseado pero podían ser retenidas con estancias que podían las llegar a ser de años. Entre las condiciones de vida de Peñagrande se ha constatado bebés robados, trabajos forzados de gestantes, separación de los hijos, aglomeración, ausencia de personal especializado e infraestructura insuficiente. Siempre con problemas económicos, quienes los sufrieron fueron las internas.
El funcionamiento interno del Patronato, el modelo de intervención y sobre todo el objeto de su actividad ha sido estudiado en la ciudad de Málaga. Durante los tres primeros años de funcionamiento, la Junta Provincial abrió 93 expedientes en 1943; 193 en 1944 y 100 en 1945. En la mayoría de los cuales el resultado final es el del internamiento en cualquiera de los establecimientos que de naturaleza, benéfica, asistencial o disciplinaria existían en la ciudad, sin excluir en casos puntuales, la prisión provincial. En Málaga funcionaban como establecimientos auxiliares de esta institución, los colegios de los Ángeles Custodios, San Carlos y el de las Trinitarias, los dos últimos compartían con las Adoratrices su naturaleza preventiva. Por otra, era el nivel de peligrosidad o corrupción moral alcanzado por las mayores de 16 años lo que determinaba el tipo de centro que debía acogerlas. El colegio de las Adoratrices fue en Málaga el principal centro colaborador del Patronato, si bien las restricciones para el acogimiento de las tuteladas son significativas. Para ser aceptadas, las muchachas debían presentar unas circunstancia tan amenazantes para su moralidad que impidieran su vida en el exterior, pero su grado de contaminación en las experiencias que consumadas o no la habían degradado no debían superar un nivel que impidiera su recuperación. En las Adoratrices no eran aceptadas prostitutas clandestinas, ni las legales que de forma puntual fueron denunciadas. De igual forma se rechazaba a «las pérdidas» que ya estaban embarazadas o a las muchachas con algún tipo de enfermedad o minusvalía. Se trataba por tanto de un centro de reeducación conductual demandado no solo por el Patronato para sus tuteladas sino también por familias de nivel medio y acomodado que buscaban en la institución la garantía de una educación moralmente solvente para sus hijas. Personal El personal del Patronato era de dos tipos: administrativo, que atendía la secretaría, y técnico. A este último pertenecía el servicio médico y psicológico, los delegados, las celadoras y las religiosas.
Hay tres puestos fundamentales para el funcionamiento del Patronato:
Los delegados. Eran cargos no oficiales y sin retribución económica. Los delegados eran agentes intermediarios entre el Patronato y las mujeres. Su función era de carácter moralizador. Debían trabajar directamente con el párroco de la ciudad y con el alcalde. Los lugares a los que acudían eran los bailes, cines y bailes públicos, ya que era donde se consideraba que había un gran riesgo de inmoralidad. Perseguían otros actos tenidos por inmorales como la homosexualidad, el comportamiento poco religioso, las relaciones entonces ilícitas, las mujeres corrompidas o en riesgo de corrupción y las víctimas de incesto o de violación,... Las religiosas. Se tenían que ocupar de las mujeres tuteladas por patronato. Eran las encargadas de su vigilancia, formación y reeducación. Esa formación era fundamentalmente religiosa