El Siglo Pintoresco fue una revista editada en Madrid entre 1845 y 1848.
Historia
Primera época (abril de 1845-junio de 1846) El primer número de El Siglo Pintoresco aparece en abril de 1845. Su fundador es Vicente Castelló, quien dirige la parte artística de la revista y encarga al joven Francisco Navarro Villoslada y a M. M. B. la dirección de la parte literaria. En julio de 1846 la propiedad de la misma pasa a manos de Baltasar González y la dirección literaria recaerá en manos de Ángel Fernández de los Ríos. A pesar del cambio de directores y propietarios, la publicación se estampará siempre en la imprenta de la Calle Hortaleza, n.º 89, primero propiedad de Vicente Castelló, quien había fundado su «Imprenta y establecimiento de grabado» a finales de 1844; más tarde, a partir de julio de 1846, en la de Baltasar González, bien en la «Imprenta y establecimiento de grabado de don Baltasar González, editor», bien en la «Imprenta de don Baltasar González, editor». Se vendía por tres reales el cuaderno para los lectores madrileños y 12 reales por tres cuadernos para las provincias, y su frecuencia de aparición era mensual.
La anteportada contiene un grabado firmado por Francisco Lameyer (F. L.), que había empezado a trabajar en el estudio de Castelló en 1839, y del mismo Castelló. Representa a dos hombres: el de la izquierda, de pie y de lado, mira al lector mientras sostiene una pluma de ave; sentado a la derecha, otro individuo sujeta una pluma y un pliego de papel. En el suelo se descubren dos pipas, un tintero, una paleta con pinceles, y a la derecha un bastidor.
La portada del año 1845 incluye los siguientes datos: «El / Siglo Pintoresco,/ Periodico universal / ameno é instructivo al alcance de todas las clases. / Fundado y publicado / por don Vicente Castello, / dirigido por el mismo en la parte artistica / y en la parte literaria / por don Francisco Navarro Villoslada / y D. M. M. Bartolomé. / Tomo I / Madrid / Establecimiento de Grabado é imprenta de D. Vicente Castelló / Calle Hortaleza, número 89 / 1845». La disposición de la información de la portada en los años 1846 y 1847 será la misma. Sin embargo, el cambio de propietario explica que varíen los datos de directores, el sello que se encuentra entre el número de tomo, y el lugar, imprenta y año. En 1845 se estampa el sello de Vicente Castelló, que representa un busto, mientras que en las portadas de 1846 y 1847 se imprime uno con las iniciales del propietario, B. G. (Baltasar González).
La gran mayoría de los números constan de 23 páginas, aunque se editaron algunos dobles de 47. El texto se dispone a dos columnas en una caja de 232 × 153 mm. y cada ejemplar suele contener entre cinco y ocho artículos. La cantidad de grabados en madera es muy variable: hasta 23 durante la dirección artística de Vicente Castelló; entre 5 y 13 en los meses en que la dirección artística y literaria corre a cargo de Ángel Fernández de los Ríos. Los números de la revista no contaban con cabecera, como ocurre con muchas de las publicaciones pintorescas, señal de la importancia de la encuadernación por tomos. Se inician con un grabado que ilustra el primer artículo. El resto de ilustraciones pueden insertarse entre las columnas o bien ocupar el espacio de ambas. Como se advertía, título y subtítulo reúnen dos términos encarados que determinan los rasgos esenciales de la publicación que se incorpora al mercado de los magacines del . Así, su primer director literario, Francisco Navarro Villoslada, señala en la «Introducción» que el principal propósito de El Siglo Pintoresco es «contribuir á la ilustracion española», siguiendo la estela de otros países como Alemania, Inglaterra y Francia, y la sitúa en la larga cadena de revistas cuyo objetivo es difundir las luces de manera amena, variada e instructiva, y fomentar las artes poniéndolas al alcance de todas las clases sociales. Por su parte, impone desde el inicio el principio moralizador que guía la selección de contenidos, pues aspira a «llenar sus páginas con artículos de elevadas tendencias, de sanas doctrinas y de rígida moral, en armonía con la moral, doctrinas y tendencias verdaderas del siglo».(Navarro Villoslada, «Introducción», 1845, p. 2)
Dos rasgos más definirán El Siglo Pintoresco: por un lado, su carácter religioso («porque si la religion es el lazo que une al cielo con la tierra, el cristianismo, es el vínculo que une á los hombres entre sí, y a la humanidad entera en el regazo del Señor»); por otro, su espíritu social («ya que tan profundamente se mueven en nuestros dias estas ideas»). Como era de esperar, según el director, el carácter «ameno y exclusivamente literario» de la revista requiere una mirada templada, alejada de las controversias ideológicas y políticas. Así, por un lado, el cristianismo del periódico se manifestará en la vertiente más cercana a Chateaubriand o Lamartine («Otras publicaciones cumplirán su mision defendiendo el dogma; la nuestra tratará de llenar su deber buscando lo bello, lo dulce y civilizador de la moral cristiana; especie de perfume suave y deleitoso que exhalará todas las páginas de esta obra»). Por otro,
Siguiendo, pues, los modelos de los magacines universales, El Siglo Pintoresco evitará la polémica y, aunque debiera manifestarse claramente apolítica, como toda publicación pintoresca, la mentalidad conservadora de su director literario se impone. A continuación, Navarro Villoslada presenta la organización general de cada número que pretende no convertirse en un «almacen desordenado de producciones que mútuamente se rechacen, sino en una série de artículos enciclopédicos, tan metódica como pueda serlo una revista mensual». En consecuencia, cada uno de ellos empezará con uno o dos artículos de literatura, historia o economía social. Le seguirá «alguno de costumbres, novelas y poesías originales modernas ó inéditas de nuestros antiguos escritores, de los cuales tenemos una preciosa é inestimable coleccion que iremos dando poco a poco a nuestros lectores». Finalmente, se incluirá «una revista mensual de todo el globo, y principalmente de España». La revista incorpora, por consiguiente, una sección de actualidad informativa en las páginas finales de cada número. De esta forma, El Siglo Pintoresco reúne en sus páginas lo español y lo universal, por un lado; el pasado nacional y la crónica de actualidad, por otro.
Nueve meses después, al concluir el tomo del año 1845, Vicente Castelló, su director, firma el 31 de diciembre en la última página del cuaderno una nota «A los suscriptores» con la única voluntad de dar las gracias a los abonados por su fidelidad, asombrado por el éxito de la publicación (ya que ha debido reimprimir hasta en tres ocasiones los primeros números) y a los colaboradores por su dedicación. En esta circunstancia se mencionan autores de textos y dibujantes a la par. Entre los primeros se encuentran Francisco Navarro Villoslada, M. M. Bartolomé, Juan Eugenio de Hartzenbusch, El Solitario, Agustín Durán, Ramón de Navarrete, José Amador de los Ríos, Antonio Ferrer del Río y Benito Maestre; entre los dibujantes, Francisco Lameyer, Francisco Sainz y Fernando Miranda.
Los grabados de Vicente Castelló abundan en los primeros números de la revista y serán mucho menos frecuentes a partir de julio de 1846. Se encarga de las ilustraciones del romance publicado por Agustín Durán en los números 2 y 3 de 1845, basados en los dibujos de Lameyer (L. F. Lameyer o L. F.); comparte con este último y con Carlos Mújica Pérez (C. M. o Mugica) la ilustración de la novela histórica La princesa de Viana de Navarro Villoslada. Francisco Sainz (F. Sainz o Saynz), que colaboró tanto en El Siglo Pintoresco como en el Semanario Pintoresco Español e ilustró algunas de las obras que salían del taller de Castelló (Casado Cimiano, 2006: 183), fue el dibujante de las ilustraciones de Misterios del corazón de Ramón de Navarrete, también junto a Castelló, y del artículo sobre Velázquez. Por su parte, Fernando Miranda es el dibujante de los «Recuerdos de Cataluña» de Víctor Balaguer. En general, los números respetan la disposición establecida en la «Introducción». Salvo excepciones, a los artículos dedicados a las materias relacionadas con pensamiento y cultura le siguen los textos literarios. Así, el primer número viene encabezado por un artículo firmado por M. M. de B[artolomé] sobre la vida de san Ignacio de Loyola; el segundo de mayo de 1845, con un trabajo de Pedro de Madrazo sobre «Velázquez y sus obras» y una descripción de «El hospital del rey» de Rafael Monje; y el tercero del mes de junio se inicia con la primera entrega de «Homero y la ciencia» de Alfredo Adolfo de Camús. Se alterna, por tanto, la historia con la ciencia, la biografía con las artes, considerando el carácter misceláneo de la revista. Convive igualmente el pasado con el presente: así, en sus páginas encontramos la biografía de Pizarro y la de Zumalacárregui (n.º 9 de diciembre de 1845 y 2 de febrero de 1846); la de fray Pablo Sarpi y la del duque de Rivas (n.º 8 de noviembre de 1845). En cuanto a los textos literarios alternan los contemporáneos con los antiguos, tal y como señalaba la «Introducción», aunque predominan los primeros. Así, en el primer número de abril de 1845 se edita El abencerraje de Antonio de Villegas al que sigue la primera entrega de la novela de Ramón de Navarrete titulada Misterios del corazón. En el número siguiente se imprime la segunda entrega de la novela y a continuación la primera del «Romance caballeresco» de la Infantina de Francia rescatado por Agustín Durán de un códice, al parecer, de finales del ; en el número cuarto se inicia la publicación de las Costumbres españolas del siglo XVII de Juan de Zabaleta, texto «abreviado por J. E. Hartzenbusch».
Debe tenerse en cuenta que Navarro Villoslada había trabajado con Juan Eugenio Hartzenbusch en El Arpa del Creyente (1842)(Mata Induráin 1995: 33-35) y coincidido también entre 1844 y 1845 con Agustín Durán y Benito Maestre como colaboradores del Semanario Pintoresco Español. Este último aporta dos documentos históricos relacionados con el reinado de los Reyes Católicos que se editan en los números 3 y 4 de junio y julio de 1845. Les une a todos ellos la empresa romántica de recuperación de la literatura y del pasado nacional. A estos ejemplos debe sumarse la labor de Isidoro Gil al publicar «Miragaya (Tradición portuguesa)», quien aclara en la nota al pie que sirve de presentación a la composición: «El traductor, ó mas exactamente el recopilador, ha seguido puntualmente la narrativa oral del pueblo, y se ha propuesto sobre todo ser fiel al estilo, modos y tonos de cantar y contar de aquel»,(n.º 48 de abril de 1847, p. 91) utilizando semejante procedimiento de «restauración» que Agustín Durán. En ese mismo empeño deben comprenderse los estudios artísticos e históricos de Ivo de la Cortina o de José Amador de los Ríos, en la línea del tradicionalismo artístico.
En esta primera época encontramos entre los narradores contemporáneos a Ramón de Navarrete (que colabora con su ya mencionada novela Misterios del corazón), Francisco Navarro Villoslada (con su novela histórica La princesa de Viana, además del artículo de costumbres «El arriero»), Serafín Estébanez Calderón (que firma como «El Solitario» un artículo de costumbres) y dos cuentos: «Un cuento de pescador» y «La reina Egilona» de A. La revista también reproduce un fragmento de Guatimozín, la novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda que estaba a punto de ver la luz. Además, se incluyen tres artículos de viajes de Heriberto García de Quevedo y uno de Nemesio Fernández Cuesta.
En las poesías, que ocupan la última parte de los textos literarios, alternan, no se mezclan, una antología de poesías del padre Ignacio Buendía, titulada «Varias poesías del siglo XVI»(n.ºs 4 y 5 de julio y agosto de 1845) con composiciones de Antonio Arnao, Carlos Mestre y Marzal, Juan Valera, José Grijalva, A. Hurtado y J. de Góngora y Palacio.