Atendiendo a criterios puramente semánticos, el Diccionario de la lengua española, elaborado por la Real Academia Española, define naturalismo, en su tercera acepción, como la "corriente literaria del que intensifica los caracteres del realismo inspirándose en la ciencia experimental y en la concepción determinista de las actitudes humanas". El corpus teórico del naturalismo literario fue establecido por É. Zola (prólogo a la segunda edición de Thérèse Raquin, 1868) como resultado de la conjugación de la literatura realista (Balzac, Stendhal, Flaubert) con el cientificismo positivista (Comte, Taine, C. Bernard). Aplicando a la literatura métodos científicos, el naturalismo pretendía reproducir la realidad con la máxima objetividad y en todos sus aspectos, incluso en los más vulgares.

Narrativa

Narrativa naturalista en Francia Los naturalistas propiamente dichos desarrollaron o parecieron desarrollar principalmente una faceta de Balzac, pero abandonaron casi por completo su elemento romántico. En primer lugar aspiraban a la delineación exacta y casi fotográfica de los percances de la vida moderna, y en segundo lugar a una no supresión aún más intransigente de las características y funciones esenciales de esa vida que generalmente son suprimidas. Esta escuela puede estar principalmente representada por cuatro novelistas (en realidad tres, ya que dos de ellos eran hermanos que escribieron juntos hasta la muerte bastante prematura de uno de ellos): Émile Zola (1840-1902), Alphonse Daudet (1840-1897), y Edmond (1822-1896) y Jules (1830-1870) de Goncourt.

thumb|right|260px|Folleto publicitario de la novela Thérèse Raquin (c. 1867). Tras la publicación en 1867 de su terrible pero poderosa novela Thérèse Raquin, Émile Zola (1840-1902) proyectó, con su energía característica, algo más importante: la creación de un mundo propio, como el de La comedia humana de Balzac: la historia de una familia en sus diversas ramificaciones durante el Segundo Imperio. La historia de esta familia, los Rougon-Macquart, era narrada en una serie de novelas que contenían un estudio científico de la herencia ―la ciencia siempre fue el ignis fatuus de Zola― y un cuadro de la vida y la sociedad francesas. La primera novela de la serie, La Fortune des Rougon (La fortuna de los Rougon), apareció en formato de libro a finales de 1871. Fue seguida por La Curée (La jauría, 1874), Le Ventre de Paris (El vientre de París, 1874), La Conquête de Plassans (La conquista de Plassans, 1875), La Faute de l'Abbé Mouret (La culpa del abate Mouret, 1875), Son Excellence Eugène Rougon (Su Excelencia Eugène Rougon, 1876), libros todos ellos indiscutiblemente de una inmensa capacidad, y en cierta medida exitosos, pero no grandes éxitos populares. Después vino L'Assommoir (La taberna, 1877), la epopeya de la bebida, y el autor hizo fortuna. Zola se convirtió en el novelista más discutido, más leído y más vendido en Francia: las ventas de La taberna fueron incluso superadas por las de Nana (1880) y La Débâcle (El desastre, 1892). Desde La fortuna de los Rougon hasta Docteur Pascal (El doctor Pascal, 1893) hay aproximadamente una veintena de novelas en la serie de los Rougon-Macquart, cuya segunda mitad incluye las poderosas novelas Germinal (1885) y La Terre (La tierra, 1888). El conjunto es una obra gigantesca, fruto de una inmensa labor, de una tenacidad admirable ―tantas páginas escritas, mañana tras mañana, sin interrupción, durante unos treinta años―.

Zola era un idealista, pero mientras que otros idealistas idealizan los elementos más nobles de la naturaleza humana, así él, en su mayor parte ―sus libros tardíos, sin embargo, muestran una mejoría―, ha idealizado los elementos que resultan brutales. Veía la lujuria, la codicia y la gula del hombre, como en una visión, magnificada, abrumadora, portentosa. Y lo que veía lo presentaba con formidable poder. Es posible que su estilo carezca de las cualidades clásicas de la prosa francesa: luminosidad, delicadeza, lustre; ciertamente no tiene el colorido y la felicidad del tacto de Daudet. La primera impresión que produce puede ser de pesadez; pero para representar el sombrío horror de los temas en los que más se deleita ―acumulando detalle sobre detalle hasta que el resultado sea abrumador―, Zola no tiene quien le supere. Algunas de sus descripciones de muchedumbres en movimiento nunca han sido superadas. La extrema repulsión que emana de gran parte de sus obras, y el exagerado detallismo de casi todas ellas, causaron un gran perjuicio en su contra.

El periodista y escritor Jules Vallès (1832-1883) volvió a publicar en 1866 gran parte de su obra periodística en Refractaires, formando el volumen una novela de la cara sórdida de la vida parisina. En 1878 comenzó en Le Siècle la publicación por entregas de su principal obra, Jacques Vingtras, una extensa novela autobiográfica.

Escribiendo siempre conjuntamente, hasta la muerte del más joven, la ambición de los hermanos Goncourt ―Edmond (1822-1896) y Jules (1830-1870)― era no ser meramente novelistas, inventando un nuevo tipo de novela, sino historiadores. Poseían un don para la investigación rigurosa y esmerada, y ese don lo trasladarían, y el mayor de ellos continuaría haciéndolo después de la muerte de su hermano, a la escritura de novelas (Renée Mauperin, Germinie Lacerteux, Chérie, etc.) añadiendo un extraordinario cuidado por un lenguaje peculiar y, como ellos lo llamaban, "personal". Son sus novelas la obra por la cual pervivirán como artistas. Aprendiendo algo de Flaubert, y enseñándole casi todo a Zola, inventaron un nuevo tipo de novela, y sus novelas son el resultado de una nueva visión del mundo, en la que el elemento mismo de visión se descompone, como en un cuadro de Monet. Una novela de los Goncourt se compone de un número infinito de detalles, colocados uno al lado del otro, cada detalle igualmente destacado. Una novela de los Goncourt está escrita en breves capítulos, en ocasiones de no más de una página, y cada capítulo es una notación separada de algún acontecimiento significativo, alguna emoción o sensación que parece proyectar una súbita luz sobre la imagen de un alma.

Amigo íntimo de Edmond de Goncourt (que murió en su casa), de Flaubert, de Zola, Alphonse Daudet (1840-1897) pertenecía esencialmente a la escuela de ficción naturalista. Sus propias experiencias, su entorno, los hombres con los que había estado en contacto, varias personas que habían desempeñado un papel, más o menos público, en la vida parisina: todos entraron en su arte. Pero él vivificaba los materiales suministrados por su memoria. Su mundo posee el gran don de la vida. Daudet mezclaba con algo de naturalismo una cantidad de fantasía e ingenio mucho mayor de lo que sus compañeros se permitían a sí mismos o tal vez de lo que podían alcanzar. En 1872 produjo el famoso Aventuras prodigiosas de Tartarín de Tarascón. Pero Fromont jeune et Risler aîné (Fromont hijo y Risler padre, 1874) conquistó el mundo de inmediato. El libro exploró una vía, no ciertamente nueva en la literatura inglesa, pero relativamente nueva en la francesa. En él aparecía un escritor que poseía el don de la risa y las lágrimas, un escritor no solo sensible al patetismo y al sufrimiento, sino también a la belleza moral. Sus personajes eran reales y también típicos. El libro estaba vivo. Daba la impresión de un mundo real. Jack, la historia de un hijo ilegítimo, mártir del egoísmo de su madre, que siguió a aquel en 1876, solo sirvió para profundizar la misma impresión. Desde entonces en adelante su carrera fue la de un muy exitoso hombre de letras, publicando novela tras novela ―Le Nabab (1877), Los reyes en el exilio (1879), Numa Roumestan (1881), Safo (1884) , El inmortal (1888)―. Sus novelas han sido juzgadas de manera diversa, habiendo en algunas de ellas algo extrañamente parecido al plagio, y en otras, de hecho en la mayoría, un uso desmedido del privilegio del novelista consistente en introducir personas reales más o menos disfrazadas.

Aunque Daudet se defendió a sí mismo de la acusación de imitar a Dickens, resulta difícil creer por completo que tantas similitudes de espíritu y maneras no fueran buscadas. Sin embargo, lo que era puramente suyo era su estilo. Es un estilo que con razón puede llamarse "impresionista", pleno de luz y colorido, no descriptivo según la moda antigua, sino que destella su efecto deseado mediante una yuxtaposición magistral de palabras que son como pigmentos. Tampoco transmite, como el estilo de los Goncourt, por ejemplo, una constante sensación de esfuerzo. Está lleno de felices ocurrencias y de encanto ―"un encantador", lo llamaba Zola―.

Desde finales de la década de 1870, Joris-Karl Huysmans (1848-1907) produjo una serie de novelas de la vida cotidiana, como Les Sœurs Vatard (1879), En Ménage (1881) y À vau-l'eau (1882), en las que superó a Zola en su realismo minucioso y sin concesiones. Sin embargo, fue influido más directamente por Flaubert y los hermanos Goncourt que por Zola. Huysmans dio su obra más característica en 1884 con A contrapelo. À Rebours, la historia de los morbosos gustos de un aristócrata decadente, Des Esseintes, causó sensación en el ambiente literario, encubriendo su caricatura del simbolismo literario y artístico buena parte de las creencias reales de los líderes de la revuelta esteticista.