Esquema del psicoanálisis es una obra póstuma e inacabada de Sigmund Freud escrita en 1938 y publicada en alemán en 1940 con el título Abriss der Psychoanalyse en Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse-Imago (volumen 25, número 1, páginas 7-67). Bajo el nombre de An Outline of Psycho-Analysis, fue traducida al inglés por James Strachey ese mismo año, versión que vio la luz en el International Journal of Psychoanalysis (volumen 21, número 1, páginas 27-82). La primera traducción al castellano, realizada por Ludovico Rosenthal bajo el título por el que actualmente se la conoce, data de 1951. Algunas traducciones posteriores llevan por título Compendio del psicoanálisis. La obra está incluida en el tomo XXIII de las Obras Completas de Amorrortu Editores (traducción de José Luis Etcheverry), a saber, Moisés y la religión monoteísta, Esquema del psicoanálisis y otras obras (1937-1939), en el que aparecen también “Análisis terminable e interminable” y “La escisión del yo en el proceso defensivo”.

Según Ernest Jones, Freud habría comenzado su redacción en Viena en abril o mayo de 1938. Sin embargo, en la opinión de Strachey, el hecho de que la primera página del manuscrito llevara la fecha “22 de julio” respaldaría el parecer de los editores alemanes que afirmaban que la escritura de la obra se había iniciado en julio de 1938, cuando Freud ya se encontraba en exilio en Londres. Su redacción se vio interrumpida por una cirugía seria a principios de septiembre y su posterior fallecimiento en 1939.

El libro presenta una síntesis de los principales ejes del pensamiento del autor: el aparato psíquico, la teoría de las pulsiones, la sexualidad, el inconsciente, la interpretación de los sueños y la técnica psicoanalítica. El propio Freud reconoce en el prólogo de la obra que su propósito no es otro que el de compendiar los principios en los que se sustenta el psicoanálisis para exponerlos sintéticamente. Si bien Strachey lo inserta en “la larga serie de obras de divulgación que escribió Freud”, señala que el Esquema tiene la particularidad de ser el único en dicha serie que no está dirigido a un público ajeno al psicoanálisis, sino que constituye “más bien un «curso de repaso» para estudiantes avanzados” y llega a considerarlo “un epílogo sumamente fascinante” concebido “para quienes ya se mueven a sus anchas entre los escritos de Freud”. Pese a ser un texto claro y conciso, contiene algunos pasajes apenas comprensibles para los no iniciados. El Esquema ha sido comparado con Psicología del niño de Jean Piaget (escrito en colaboración con Bärbel Inhelder) por cuanto lo que Freud habría hecho en aquel respecto de su psicología dinámica se asemeja al esfuerzo de Piaget por ofrecer en ese libro “una presentación definitiva de la psicología evolutiva” cuya elaboración le había llevado las últimas cuatro décadas.

Contenido

El libro está dividido en tres partes: “La psique y sus operaciones”, “La tarea práctica” y “La ganancia teórica”, subdividida la primera de ellas en cinco apartados (“El aparato psíquico”, “Doctrina de las pulsiones”, “El desarrollo de la función sexual”, “Cualidades psíquicas” y “Un ejemplo: La interpretación de los sueños”), la segunda, en dos (“La técnica psicoanalítica” y “Una muestra de trabajo psicoanalítico”) y la tercera, en otras dos (“El aparato psíquico y el mundo exterior” y “El mundo interior”).

Strachey informa que Freud no le había puesto título a la primera parte de la obra y que los editores alemanes la habían bautizado “Die Natur des Psychischen”, esto es, “La naturaleza de lo psíquico”. Él, en cambio, en su traducción al inglés adoptaba un título “algo más general” (“La psique y sus operaciones”). Por otro lado, la mayor brevedad del último capítulo (“El mundo interior”) condujo al traductor a afirmar que:

El aparato psíquico

thumb|250px|left|La metáfora del iceberg superpone los términos de la primera tópica freudiana (conciencia, preconsciente e inconsciente) y los de la segunda (ello, yo y superyó).

El modelo de aparato psíquico delineado en el Esquema retoma los postulados centrales de lo que dio en llamarse la “segunda tópica freudiana” —que incluye las instancias del ello, el yo y el superyó—, la cual se distingue de una “primera tópica”, que comprende la conciencia, el inconsciente y el preconsciente. Freud denomina ello a la más primitiva provincia del aparato anímico, cuyo contenido concierne a lo heredado, lo innato o lo constitucional y atañe en particular a las pulsiones. La incidencia del mundo exterior alteraría una porción del ello destinada a convertirse en el yo, porción descrita como “un estrato cortical dotado de los órganos para la recepción de estímulos y de los dispositivos para la protección frente a estos” que de allí en más tomará la función de mediar entre aquella otra instancia y el mundo exterior. El yo gobernaría los movimientos voluntarios y tendría a su cargo bregar por la autoconservación del individuo mediante la evitación, el dominio y la cancelación de los estímulos procedentes del exterior, así como también a través del sometimiento de los reclamos pulsionales provenientes del ello, respecto de los cuales debe determinar si se ha de satisfacerlos —y, en caso de ser así, en qué condiciones— o sofocarlos. Así como a partir del ello se originaría del yo, dentro de él nacería más tarde una nueva entidad psíquica (el superyó) consistente en el relicto de la etapa en la que el individuo no ha superado aún el desamparo infantil y se mantiene todavía en estrecha dependencia respecto de sus figuras parentales, cuyos designios pasan a incorporarse en la constitución de esta tercera instancia. El autor argumenta que la relación entre el yo y el superyó de determinado individuo debe su naturaleza a la que le precedió entre el niño y sus padres, quienes, además las idiosincrásicas peculiaridades de sus propios ideales, trasmiten a su hijo “el influjo, por ellos propagado, de la tradición de la familia, la raza y el pueblo, así como los requerimientos del medio social respectivo”.

Doctrina de las pulsiones

thumb|250px|Edición en alemán de 1921 de Más allá del principio de placer, obra en la que Freud había introducido su nueva concepción del dualismo pulsional a partir de la distinción entre pulsión de vida y pulsión de muerte.

Freud define las pulsiones como “las fuerzas que suponemos tras las tensiones de necesidad del ello”, y —conforme a las innovaciones que en la doctrina de las pulsiones había introducido en Más allá del principio de placer— destaca el carácter conservador que manifiestan pese a constituir ellas la causa de cualquier actividad, en tanto la progresiva complejización que un organismo conquistase abriría paso a una contrapuesta tendencia a regresar a una forma de organización más elemental. Distingue dos tipos de pulsiones fundamentales (Eros y pulsión de destrucción) y ubica dentro de la primera “la oposición entre pulsión de conservación de sí mismo y de conservación de la especie”, es decir, la que media entre la pulsión de autoconservación y la pulsión sexual, “así como la otra entre amor yoico y amor de objeto”, la cual stricto sensu no consiste en una oposición —sino, en todo caso, en una suerte de complementariedad— dado que el propio Freud establece en Introducción del narcisismo que narcisismo y amor objetal se nutren de las mismas fuentes y cuanto más se enriquece uno más se empobrece el otro. Mientras que Eros pugnaría por constituir unidades de creciente complejidad (ligazón), su contraparte tendría por objeto la disolución de tales nexos y encontraría su fin último en la tarea de “trasportar lo vivo al estado inorgánico”, razón por la cual también es conocida como pulsión de muerte. La libido (energía de Eros), cuyo monto íntegro se concentra al principio sobre el yo, es luego utilizada para investir o catectizar representaciones de objeto, lo cual supone una superación de la etapa narcisista y la trasposición de libido narcisista en libido de objeto. Sin embargo, el yo seguirá cumpliendo la función de almacenarla: de él partirán las nuevas investiduras objetales y a él regresarán cuando un objeto sea resignado o desinvestido.

El desarrollo de la función sexual

thumb|250px|left |Edipo y la esfinge (1864), de Gustave Moreau. El complejo de Edipo (hito de la fase fálica, última etapa del desarrollo psicosexual infantil antes del período de latencia), que toma su nombre de la tragedia de Sófocles, representa una de las más célebres teorizaciones freudianas.

Freud discute la diseminada opinión de su época referida a que el corazón de la sexualidad humana concerniría a los quehaceres genitales que acontecieren entre personas de distinto sexo y de que la aspiración por llevar a cabo actos sexuales normalmente no sobrevendría sino hasta la pubertad o el advenimiento de la madurez genésica. Le contrapone tres hechos que no cuadran con tal concepción: la existencia de la homosexualidad, el caso de aquellas personas cuyas apetencias sexuales no aparecían enlazadas a los genitales o a su empleo considerado normal y que por lo mismo recibían el marbete de “perversas” y, por último, el interés que numerosos niños ―que terminaban cayendo en la categoría de “degenerados”― manifestaban respecto de sus propios genitales y su excitabilidad. El autor atribuye la oposición que el psicoanálisis había encontrado al hecho de que hubiera puesto la lupa sobre esas tres situaciones y de que desestimara las entonces más ampliamente aceptadas ideas sobre la sexualidad para arribar a las siguientes conclusiones:

Freud sostiene que son palpables ya en la niñez manifestaciones de una vida sexual de pleno derecho cuyo desarrollo se produce con total regularidad y que guardan relación con los fenómenos psíquicos que dominarán la posterior vida erótica de la adultez, entre los que cabe mencionarse la fijación a ciertos objetos y los celos. El desarrollo de la actividad sexual infantil llegaría a su apogeo al final del quinto año de vida, que precede al período de latencia, caracterizado por un aquietamiento pulsional y finalizado el cual el erotismo reemerge durante la pubertad. Freud atribuye un importante papel en el proceso de hominización a tal acometida en dos tiempos de la sexualidad, aparentemente privativa de nuestra especie: menciona la teoría de que el hombre sería descendiente de algún animal cuya maduración genésica habría advenido a los cinco años y agrega que por obra de una importante contingencia ambiental aquel ininterrumpido desarrollo sexual se habría visto perturbado y esto, provocado, entre otras consecuencias, la supresión del carácter periódico de los impulsos libidinales, tan frecuente en el mundo animal. El olvido en el que cae la vasta mayoría de los acontecimientos correspondientes al primer florecimiento de la vida sexual (amnesia infantil) guarda estrecha relación con las hipótesis psicoanalíticas sobre la etiología de las neurosis, así como también con aspectos técnicos del trabajo terapéutico.

Cualidades psíquicas

thumb|250px |Theodor Lipps, filósofo alemán admirado por Freud, es mencionado en el Esquema por haber sido un importante partidario de la idea de inconsciente.