La batalla de Lérida se enmarca en la ofensiva de Aragón de la guerra civil española. Tuvo lugar entre el 27 de marzo y el 3 de abril de 1938 y acabó con la victoria del bando sublevado que tomó la ciudad de Lérida, que desde el principio de la guerra había permanecido bajo el control de la República. Fue la primera localidad catalana importante tomada por las tropas franquistas ―y la única capital catalana ocupada tras una batalla―. Sin embargo, las tropas «nacionales» no cruzaron el Segre para ocupar la pequeña parte de la ciudad situada en su margen izquierda por lo que hasta finales de diciembre de 1938, en que las fuerzas franquistas lanzaron la definitiva ofensiva de Cataluña, el río constituyó la línea divisoria entre los dos bandos. El otro lado del río sería definitivamente ocupado el 7 de enero de 1939.
Desarrollo El 7 de marzo de 1938 el Generalísimo Francisco Franco ordenó una ofensiva desde Aragón en dirección al mar para aislar a Cataluña del resto de la zona republicana. Para ello desplegó cinco cuerpos de ejército ―«lo mejor del Ejército nacional», según Stanley G. Payne― mandados cada uno por los generales José Solchaga, José Moscardó, Antonio Aranda, José Enrique Varela y Juan Yagüe. Las tropas al mando de este último, el Cuerpo de Ejército Marroquí, avanzaron siguiendo el Ebro y el 23 de marzo cruzaban el río entre Quinto y Gelsa. El 25 de marzo, tras invadir Fraga, ya habían alcanzado la línea divisoria entre Aragón y Cataluña mientras que las fuerzas republicanas se retiraban de forma desordenada.
Los cinco cuerpos de ejército, que formaban el Ejército del Norte al mando del general Fidel Dávila, sumaban veintiséis divisiones y un total de 110 000 hombres, incluyendo también el Corpo di Truppe Volontarie italiano. Frente al Ejército del Norte sublevado se encontraba el Ejército del Este republicano al mando del general Sebastián Pozas que contaba con veintidós divisiones y 60 000 hombres. El cuartel general de Pozas estaba situado en la ciudad de Lérida.
El 27 de marzo las tropas sublevadas toman Masalcorreig, la primera localidad catalana ocupada por los fascistas ―«el primer pueblo catalán que tuvo la fortuna en esta guerra de ver izada sobre su caserío la bandera nacional», según escribió meses después un cronista ― y la Granja de Escarpe. El 29 se «liberó» Serós, Aitona y Soses y el 30 Alcarrás. Ante la llegada de los sublevados muchas personas de estas poblaciones huyeron para ir a refugiarse a Lérida, pero la mayoría no permanecieron allí porque la ciudad también estaba siendo abandonada por sus habitantes que se marchaban a casas de la huerta o más lejos ―a las cuatro de la tarde del día 27 salió el último tren en dirección a Tarragona, lleno hasta los topes―.
Nada más producirse la entrada de las tropas fascistas en Cataluña el presidente de la Generalidad de Cataluña Lluís Companys pronunció un discurso en catalán en el que, tras anunciar que «los ejércitos extranjeros están a las puertas de nuestra casa» hizo un llamamiento a los catalanes «a luchar, a trabajar y a resistir, porque resistir es el triunfo» y porque «no podríamos vivir sin libertad» ―si ganara el enemigo «nuestro idioma sería perseguido, nuestras instituciones escarnecidas, nuestra gente sometida, nuestras costumbres burladas»―.
miniaturadeimagen|izquierda|Fachada del Palacio de la Paeria donde se instaló el cuartel general de la 46.ª División republicana al mando de Valentín González El Campesino.
Para hacer frente a las tropas fascistas al mando del general Yagüe, el ejército republicano desplegó la 46ª División comandada por Valentín González El Campesino con la misión de defender Lérida. Contaba con unos diez mil hombres gracias a que había incorporado efectivos de las divisiones 16.ª y 27ª. Llegó a Lérida el día 30 de marzo y el puesto de mando se instaló en el Palacio de la Paeria, sede del Ayuntamiento, en el centro histórico de la ciudad. Las unidades de la División fueron desplegadas en la huerta de los alrededores estableciendo un perímetro defensivo.
A las cinco de la tarde del día 27 Lérida fue bombardeada por la aviación sublevada, especialmente por aparatos de la Legión Cóndor alemana. No era la primera vez que la ciudad era bombardeada. Cinco meses antes, el 2 de noviembre de 1937, la Aviación Legionaria italiana había atacado Lérida.
Los jesuitas de Lérida, que habían conseguido sobrevivir a la revolución, explicaron en la «Memoria de la Casa» los efectos del bombardeo, dejando claro según su criterio, que el objetivo de tal ataque era desmoralizar a la población civil:
Tras los bombardeos, según la "Memoria" de los jesuitas, «Lérida quedó poco menos que desierta; no llegarían a dos mil los habitantes civiles». La ciudad se quedó sin suministro de luz y de agua y el éxodo de la población continuó dirigiéndose de nuevo en su mayoría a las casas de campo de la huerta. Las autoridades también la abandonaron y las diversas instituciones provinciales y de la Generalidad fueron trasladadas a Solsona, incluido el cuartel general del Ejército del Este ―al mismo tiempo que el general Pozas era sustituido en el mando por el teniente coronel Juan Perea Capulino―. Según un testigo, «la ciudad presentaba un aspecto que llegaba al alma. Calles desiertas y no pocas intransitables por los escombros; reinaba un silencio que aturdía y sobrecogía a la vez».
El día 31 comenzó el ataque de las tropas «nacionales» al perímetro defensivo alrededor de Lérida establecido por El Campesino, produciéndose durante ese día y los dos siguientes violentos enfrentamientos, en los que también intervino la artillería y la aviación. El día 2 las tropas de Yagüe tomaban el estratégico cerro del Gardeny y al día siguiente los combates ya se produjeron en el núcleo urbano, luchándose calle por calle y casa por casa. Hacia las cinco de la tarde las tropas atacantes ya controlaban la estación del ferrocarril y el cerro de la Seo Vieja. En ese momento El Campesino dio la orden a sus tropas, que habían mantenido «una audaz y valiosa resistencia», de cruzar el río Segre y abandonar la ciudad, con lo que ese 3 de abril caía en poder de los sublevados la primera capital de provincia catalana. Ese mismo día el ministro franquista Ramón Serrano Suñer manifestó en un discurso: «la guerra toca a su fin». En el parte de guerra del Cuartel General del Generalísimo de Salamanca se decía:
El mismo 3 de abril por la tarde entraba victorioso en la ciudad el jefe de las fuerzas atacantes, el general Juan Yagüe, dirigiéndose a la delegación de la Generalidad de Cataluña en la localidad. Allí tras izar la bandera rojigualda se dirigió a la multitud que se encontraba frente al edificio con un mensaje, que tras todo lo ocurrido durante los últimos años de República y guerra, constituía toda una declaración de intenciones: «Vengo en nombre del Caudillo a daros el Pan, la Paz y la Justicia».
En su retirada las tropas republicanas incendiaron edificios y volaron los puentes del Segre, tanto el de la carretera (el Puente Viejo) como el del ferrocarril, impidiendo así que los atacantes cruzaran el río y se apoderaran de la pequeña parte de la ciudad de Lérida situada en la margen izquierda ―los barrios de Cappont y La Bordeta donde se atrincheraron las fuerzas republicanas para intentar detener el avance «nacional»―. En sus memorias el comunista José del Barrio Navarro, jefe de la 27ª División, criticó duramente la estrategia y las órdenes dadas por El Campesino responsabilizándolo de la caída de Lérida. Para Del Barrio la retirada de la ciudad había sido más bien una huida, opinión en la que coincidió el también comunista y militar Antonio Cordón quien afirmó que El Campesino, a la postre jefe de la 46ª División republicana, abandonó la ciudad de forma precipitada, siendo sustituido en el mando por Pedro Mateo Merino.
Según Stanley G. Payne, una de las claves del éxito de la ofensiva fue que los sublevados «conservaron el control del aire» y «la utilización de su poder aéreo táctico fue especialmente destructora y llevó el pánico a numerosas unidades republicanas». Así lo constató un capitán del ejército republicano que afirmó: «el terror de los ataques aéreos del enemigo era mayor que el que inspiraban los revólveres de nuestros oficiales». Hugh Thomas añade dos factores más para explicar el triunfo de los franquistas («la superioridad artillera y una estrategia eficaz») pero coincide con Payne en que «la superioridad aérea influyó decisivamente en la victoria».
En cuanto al número de bajas se estima que la 13.ª División franquista sufrió un 10 % mientras que en la 46ª División republicana el número de bajas fue muy superior, alrededor de un 40 %.
Consecuencias Lérida línea del frente entre abril y diciembre de 1938 El general Franco decidió dar prioridad al avance sobre el delta del Ebro para alcanzar el mar por lo que en la segunda semana de abril dio la orden al general Yagüe, «que estaba ansioso por avanzar profundamente en Cataluña», según Stanley G. Payne, para que detuviera su avance, a pesar de que el camino hacia Barcelona parecía estar abierto y la inminente caída de la capital catalana y española, hubiera supuesto «un golpe mortal para la República». Según Hugh Thomas, la decisión de no proseguir el avance en Cataluña fue «probablemente un error estratégico» y desde luego supuso un duro golpe para el general Yagüe ―y para otros jefes militares― porque estaba convencido de que no encontraría mucha resistencia hasta llegar a Barcelona.
El 15 de abril de 1938, día de Viernes Santo, fue cuando culminó la ofensiva de Aragón con la llegada de las tropas del general Aranda al mar en Vinaroz. La zona republicana acababa de quedar dividida en dos. El diario franquista ABC de Sevilla tituló: «La espada victoriosa de Franco partió en dos la España que aún detentan los rojos».
miniaturadeimagen|Vista de Lérida desde Cappont en la margen izquierda del río Segre. Al fondo la Seo Vieja.
Tras haber aislado Cataluña del resto de la zona republicana, el Generalísimo Franco decidió dirigir sus fuerzas contra Castellón y Valencia, por lo que hasta finales de diciembre de 1938 en que se reanudó la ofensiva de Cataluña la ciudad de Lérida estuvo en la línea del frente, siendo el Segre la frontera fluvial que separaba a los dos bandos. Así durante nueve meses Lérida, situada casi totalmente en la margen derecha, fue tiroteada y bombardeada desde la margen izquierda que controlaban las fuerzas republicanas, ataques que fueron respondidos por las tropas franquistas que defendían la ciudad. Un testigo franquista recordaba así aquellos meses:
A causa de la posición de Lérida en plena línea del frente la población que había huido no retornó tras el fin de la batalla, como se recogía en un informe de la comisión gestora municipal dirigido al gobernador civil en el que justificaba que esta circunstancia había hecho muy difícil la actividad de propaganda que se le había asignado. Sin embargo, sí que se habían organizado actos religiosos en homenaje a los Caídos por Dios y por España.
La ocultación del número de víctimas de los bombardeos y la represión Cuando los franquistas entraron en la ciudad intentaron borrar las pruebas del horror de los bombardeos ―el recuerdo del bombardeo de Guernica de abril del año anterior estaba todavía vivo― y se dirigieron al Registro Civil apoderándose de dos tomos de defunciones en los que constaban las víctimas de los ataques.
Los periódicos de la zona sublevada recibieron con júbilo la «vuelta de Lérida a España» pero algunos sugirieron que eso debería tener un precio para los leridanos. Esto es lo que decía el diario Voluntad, órgano de FET y de las JONS de Gijón: