miniaturadeimagen|William Miller, granjero bautista. El Movimiento Millerita fue un movimiento religioso milenarista estadounidense de los años 1840 basado en las ideas de William Miller, quien predijo que el segundo advenimiento de Cristo ocurriría en 1844. Tras el Gran Chasco, algunos de sus seguidores formaron la Iglesia Adventista del Séptimo Día, la Iglesia de Dios (Séptimo Día) y otras organizaciones religiosas independientes.
Orígenes Miller era un granjero próspero, un predicador laico bautista y un estudiante de la Biblia , que vivía en el noreste de Nueva York . Miller pasó años de estudio intensivo del significado simbólico de las profecías de Daniel , especialmente Daniel 8:14 (Hasta dos mil trescientos días, luego se purificará el santuario), la profecía de 2300 días.
Miller creía que la limpieza del santuario representaba la destrucción de la Tierra por fuego en la Segunda Venida de Cristo. Utilizando el método de interpretación profética de todo el día, Miller se convenció de que el período de 2.300 días comenzó en 457 AC con el decreto para reconstruir Jerusalén por Artajerjes I de Persia . El cálculo simple indicó entonces que este período terminaría alrededor de 1843. En septiembre de 1822, Miller declaró formalmente sus conclusiones en un documento de veinte puntos, incluido el artículo 15, "Creo que la segunda venida de Jesucristo está cerca, incluso en la puerta, incluso dentro de veintiún años, en o antes de 1843."
Miller afirma que comenzó sus conferencias públicas en el pueblo de Dresden, condado de Washington, Nueva York, a unas 16 millas de su casa, en "el primer sábado de agosto de 1833". Sin embargo, como señala Sylvester Bliss, "El artículo impreso del cual se copia esto fue escrito en 1845. Al examinar su correspondencia, parece que debe haber empezado a dar una conferencia en agosto de 1831. De modo que esta fecha es un error de la impresora o un error en la memoria del Sr. Miller."
Doctrinas miniaturadeimagen|Cartel profético millerita sobre las profecías de Daniel y Revelaciones del año 1843. Los milleritas originalmente tenían adeptos a través de líneas denominacionales, especialmente de iglesias Bautistas, Presbiterianas , Metodistas y Campbellitas , formando denominaciones distintas solo después del Gran Chasco. Estaban unidos por una creencia en el regreso inminente de Jesucristo: la Segunda Venida. Después de la gran decepción del 22 de octubre de 1844, la discusión de las creencias comenzó a fragmentar a los milleritas, que alguna vez estuvieron unidos. Dunton señala que había cuatro doctrinas divisivas principales discutidas por los milleritas alrededor de la época de la Conferencia de Albany:
Profecías bíblicas relacionadas con los judíos . La mayoría de los milleritas creían que estas profecías encontrarían una realización espiritual más que literal; sin embargo, los adventistas de Age to Come dirigidos por Joseph Marsh creían en un retorno judío literal y físico a Palestina antes del regreso de Cristo. La inmortalidad condicional no se discutió en la Conferencia de Albany, pero fue una fuente de controversia poco después. La doctrina del sábado fue uno de los temas cismáticos debatidos en las conferencias de Albany. El sábado de séptimo día fue rechazado por los delegados en la Conferencia de Albany, quienes aprobaron una resolución para "no tener comunión con las fábulas y los mandamientos judíos del hombre, que se apartan de la verdad". El sabatismo siguió siendo una posición minoritaria entre los milleritas, pero la doctrina recibió un impulso significativo cuando Thomas Preble publicó un tratado sobre el tema. El tratado, titulado, A Tract, que muestra que el séptimo día debe ser observado como el día de reposo, en lugar del primer día" (A Tract, Showing that the Seventh Day Should Be Observed as the Sabbath, Instead of the First Day) , fue ampliamente leído por los seguidores de William Miller. Después de la decepción del 22 de octubre, hubo una discusión considerable sobre la posibilidad continua de la conversión de los pecadores. La doctrina que excluía esta posibilidad se conoció como la puerta cerrada. Miller mismo creyó esto por un corto tiempo, aunque luego lo cambió y lo repudió. centro|miniaturadeimagen|700x700px|Capilla donde predicaba William Miller en Estados Unidos.
Influencias Los Estudiantes de Biblia, que resultarán más tarde en los Testigos de Jehová, han sido grandemente influidos por ellos, por lo tanto pueden ser considerados herederos indirectos del Movimiento Millerita. Charles Russell, el fundador de los Estudiantes de Biblia, debe una gran parte de su doctrina a de las adventistas independientes como Jonas Wendell, Georges Storrs y Nelson Barbour.
Movimiento paralelo mundial Así como en el caso de la gran Reforma del siglo XVI, el movimiento adventista (millerita) surgió simultáneamente en diferentes países de la cristiandad. Tanto en Europa como en América, hubo hombres que fueron inducidos a estudiar las profecías, y que al escudriñar la biblia, hallaron pruebas convincentes de que el fin de todas las cosas era inminente. En diferentes países había grupos aislados de cristianos, que por el solo estudio de las Escrituras, llegaron a creer que el advenimiento del Señor estaba cerca.
Dr. Joseph Wolff (Alrededor del mundo) En 1821, tres años después de haber llegado Miller a su modo de interpretar las profecías que fijan el tiempo del juicio, el Dr. Joseph Wolff, “el misionero universal”, empezó a proclamar la próxima venida del Señor. Wolff había nacido en Alemania, de origen israelita, pues su padre era rabino. Desde muy temprano se convenció de la verdad de la religión cristiana. Dotado de inteligencia viva y dada a la investigación, solía prestar profunda atención a las conversaciones que se oían en casa de su padre mientras que diariamente se reunían piadosos correligionarios para recordar las esperanzas de su pueblo, la gloria del Mesías venidero y la restauración de Israel. Un día, cuando el niño oyó mencionar a Jesús de Nazaret, preguntó quién era. “Un israelita del mayor talento—le contestaron—; pero como aseveraba ser el Mesías, el tribunal judío le sentenció a muerte”. “¿Por qué entonces—siguió preguntando el niño—está Jerusalén destruida? ¿y por qué estamos cautivos?” “¡Ay, ay!—contestó su padre—. Es porque los judíos mataron a los profetas”. Inmediatamente se le ocurrió al niño que “tal vez Jesús de Nazaret había sido también profeta, y los judíos le mataron siendo inocente” (Travels and Adventures of the Rev. Joseph Wolff, tomo 1, p. 6).
Wolff creía inminente la venida del Señor. Según su interpretación de los períodos proféticos, la gran consumación debía verificarse en fecha no muy diferente de la señalada por Miller. A los que se fundaban en el pasaje: “Del día y hora nadie sabe”, para afirmar que nadie podía saber nada respecto a la proximidad del advenimiento, Wolff les contestaba: “¿Dijo el Señor que el día y la hora no se sabrían jamás? ¿No nos dio señales de los tiempos, para que reconociéramos siquiera la proximidad de su venida, como se reconoce la cercanía del estío por la higuera cuando brotan sus hojas? Mateo 24:32. ¿No conoceremos jamás ese tiempo, cuando él mismo nos exhortó no solo a leer la profecía de Daniel sino también a comprenderla? Y es precisamente en Daniel donde se dice que las palabras serían selladas hasta el tiempo del fin (lo que era el caso en su tiempo), y que ‘muchos correrán de aquí para allá’ (expresión hebraica que significa observar y pensar en el tiempo), y ‘la ciencia’ respecto a ese tiempo será aumentada. Daniel 12:4. Además, nuestro Señor no dice que la proximidad del tiempo no será conocida, sino que nadie sabe con exactitud el ‘día’ ni la ‘hora’. Dice que se sabrá bastante por las señales de los tiempos, para inducirnos a que nos preparemos para su venida, así como Noé preparó el arca”. Wolff, Researches and Missionary Labors, 404, 405.
Respecto al sistema popular de interpretar, o mejor dicho de torcer las Sagradas Escrituras, Wolff escribió: “La mayoría de las iglesias cristianas se ha apartado del claro sentido de las Escrituras, para adoptar el sistema fantástico de los budistas; creen que la dicha futura de la humanidad consistirá en cernerse en el aire, y suponen que cuando se lee judíos, debe entenderse gentiles; y cuando se lee Jerusalén, debe entenderse la iglesia; y que si se habla de la tierra, es por decir cielo; que por la venida del Señor debe entenderse el progreso de las sociedades de misiones; y que subir a la montaña de la casa del Señor significa una gran asamblea de los metodistas”. Journal of the Rev. Joseph Wolff, 96.
Durante los veinticuatro años que transcurrieron de 1821 a 1845, Wolff hizo muchísimos viajes: recorrió en África, Egipto y Abisinia; en Asia, Palestina, Siria, Persia, Bokara y la India. Visitó también los Estados Unidos de Norteamérica, y de paso para aquel país predicó en la isla de Santa Elena. Llegó a Nueva York en agosto de 1837, y después de haber hablado en aquella ciudad, predicó en Filadelfia y Baltimore, y finalmente se dirigió a Washington. Allí, dice, “debido a una proposición hecha por el ex presidente John Quincy Adams, en una de las cámaras del congreso, se me concedió por unanimidad el uso del salón del congreso para una conferencia que di un sábado, y que fue honrada con la presencia de todos los miembros del congreso, como también del obispo de Virginia, y del clero y de los vecinos de Washington. El mismo honor me fue conferido por los miembros del gobierno de Nueva Jersey y de Pensilvania, en cuya presencia di conferencias sobre mis investigaciones en el Asia, como también sobre el reinado personal de Jesucristo”. Ibíd., 398, 399.
El Dr. Wolff visitó los países más bárbaros sin contar con la protección de ningún gobierno europeo, sufriendo muchas privaciones y rodeado de peligros sin número. Fue apaleado y reducido al hambre, vendido como esclavo y condenado tres veces a muerte. Fue atacado por bandidos y a veces estuvo a punto de morir de sed. Una vez fue despojado de cuanto poseía, y tuvo que andar centenares de millas a pie a través de las montañas, con la nieve azotándole la cara y con pies descalzos entumecidos por el contacto del suelo helado.
Cuando se le aconsejó que no fuera sin armas entre tribus salvajes y hostiles, declaró estar provisto de armas: “la oración, el celo por Cristo y la confianza en su ayuda”. “Además—decía—, llevo el amor de Dios y de mi prójimo en mi corazón, y la Biblia en la mano”. W. H. D. Adams, In Perils Oft, 192. Doquiera fuese llevaba siempre consigo la Biblia en hebreo e inglés. Hablando de uno de sus últimos viajes, dice: “Solía tener la Biblia abierta en mis manos. Sentía que mi fuerza estaba en el Libro, y que su poder me sostendría”. Ibíd., 201.
Perseveró así en sus labores hasta que el mensaje del juicio quedó proclamado en gran parte del mundo habitado. Distribuyó la Palabra de Dios entre judíos, turcos, parsis e hindúes y entre otros muchos pueblos y razas, anunciando por todas partes la llegada del reino del Mesías.
En sus viajes por Bokara encontró profesada la doctrina de la próxima venida del Señor entre un pueblo remoto y aislado. Los árabes del Yemen, dice, “poseen un libro llamado Seera, que anuncia la segunda venida de Cristo y su reino de gloria, y esperan que grandes acontecimientos han de desarrollarse en el año 1840”. Journal of the Rev. Joseph Wolff, 377. “En el Yemen [...] pasé seis días con los hijos de Recab. No beben vino, no plantan viñas, ni siembran semillas, viven en tiendas y recuerdan las palabras de Jonadab, hijo de Recab; y encontré entre ellos hijos de Israel de la tribu de Dan, [...] quienes, en común con los hijos de Recab, esperan que antes de mucho vendrá el Mesías en las nubes del cielo”. Ibíd., 389.
Un misionero en Tartaria