Alfonso Fernández de Montemayor (m. Córdoba, 1390) fue un ricohombre castellano de la casa de Córdoba e hijo de Martín Alfonso de Córdoba el Bueno, señor de Dos Hermanas y de Montemayor, y de Aldonza López de Haro, señora de Fernán Núñez y de Abencalez.

Fue señor de Dos Hermanas, Montemayor, Alcaudete, Andújar, Arjona, Bailén, Linares, Salvatierra, Hornachuelos y Albendín y llegó a ocupar los cargos de adelantado mayor de la frontera de Andalucía y de alcalde mayor de Córdoba, siendo además caballero de la Orden de la Banda y vasallo de los reyes Enrique II y Juan I de Castilla.

El prestigioso genealogista Luis de Salazar y Castro afirmó que fue uno de los ricoshombres «de mayor valor y autoridad de su tiempo», y otros historiadores han destacado que llegó a ser, por su destacada participación en la primera guerra civil castellana, un «miembro reconocido de la nobleza andaluza».

Orígenes familiares Fue nieto por parte paterna de Alfonso Fernández de Córdoba, señor de Cañete de las Torres y adelantado mayor de la frontera de Andalucía, y de Teresa Ximénez de Góngora. Y por parte materna era nieto de Lope Gutiérrez de Haro el Viejo, mayordomo mayor del rey Alfonso X de Castilla y alcalde mayor de Sevilla, y de su segunda esposa, María.

Fue hermano, entre otros, de Lope Gutiérrez de Córdoba, que fue señor de Guadalcázar, de Diego Alfonso de Córdoba, que fue señor de las Cuevas de Guadarromán y Veinticuatro de Córdoba, y de Inés Alfonso de Montemayor, que fue señora de Fernán Núñez y de Abencalez.

Biografía Juventud y actuaciones durante la primera guerra civil castellana miniatura|Vista aérea de Montemayor y de su castillo (Córdoba) Se desconoce su fecha de nacimiento. A la muerte de su padre, ocurrida en 1349, Alfonso Fernández asumió la jefatura de la Casa de Montemayor, y como todos los miembros de su linaje, comenzó sirviendo al rey Pedro I de Castilla, y desde su castillo de Montemayor hizo frecuentes entradas en tierras del reino nazarí de Granada, aunque también combatió contra los aragoneses en la Guerra de los Dos Pedros. Y Francisco Fernández de Béthencourt señaló que Alfonso Fernández de Montemayor fue uno de los caballeros que se quedaron en Murviedro en 1364 para defenderla con Gómez Pérez de Porras, gran prior de la Orden de San Juan de Jerusalén, con Pedro Manrique, que era el adelantado mayor de Castilla, y con Álvar Pérez de Castro y otros grandes personajes, siendo todo ello relatado en la Crónica del rey Don Pedro:

Cuando en 1366 Pedro I de Castilla salió de Burgos «desamparado de la mayor y mejor parte de los señores castellanos», aún tenía a su servicio a cuatro miembros de la poderosa Casa de Córdoba, y entre ellos figuraban Alfonso Fernández de Montemayor, su hermano Lope Gutiérrez, que era señor de Guadalcázar, Gonzalo Fernández de Córdoba, que era el señor y la cabeza de toda la Casa de Córdoba y señor de Aguilar de la Frontera, y el hermano de este último, Diego Fernández de Córdoba, que fue señor de Chillón y alcaide de los Donceles, según consta en la Crónica del rey Don Pedro.En un pasaje de la Crónica del rey Don Pedro constan los nombres de los caballeros que permanecieron con el monarca cuando salió de Burgos: «E fueron con el Rey Don Pedro estonce Don Martin López de Córdoba Maestre de Alcántara, é Iñigo López de Orozco, é Pero González de Mendoza, é Pero López de Ayala, é Juan González de Avellaneda, é Lope Ochoa su hermano, é Juan Rodríguez de Torquemada, é Pero Ferrandez Cabeza de Vaca, é Don Alfonso Ferrandez de Montemayor, é Lope Gutiérrez su hermano, é Don Gonzalo Ferrandez de Córdoba, é Diego Ferrandez Alcayde de los Donceles su hermano». Cfr. López de Ayala et al (1779), pp. 404-405.

Pero después de la batalla de Nájera, que se libró en 1367, y habiendo llegado Pedro I a Córdoba, el monarca se mostró receloso de la «lealtad y firmeza» de los miembros de la Casa de Córdoba, así como de «la mayor y mejor parte de la nobleza cordobesa», como indicó Fernández de Béthencourt, ya que en 1358 había ordenado ejecutar en dicha ciudad a Pedro Ponce de Cabrera y a Fernando Alfonso de Gahete. Y el rey Pedro I ordenó en secreto la muerte de Alfonso Fernández de Montemayor y de algunos de sus parientes y también la de dieciséis de los más destacados caballeros de la ciudad de Córdoba, aunque el maestre de la Orden de Calatrava, Martín López de Córdoba, que era el encargado de ejecutar las sentencias de muerte, les avisó a tiempo y pudieron escapar, por lo que el maestre se limitó a demoler las casas principales de los Mesías, Argotes y Hoces, siendo parte de ello relatado en la Crónica del rey Don Pedro: miniatura|Miniatura medieval del que representa la batalla de Nájera, Crónicas de Jean Froissart

Cuando Enrique de Trastámara, que era hijo de Alfonso XI de Castilla y hermanastro de Pedro I, volvió a la península ibérica ayudado sobre todo por los mercenarios franceses, y fue proclamado en Burgos rey de Castilla y León, la ciudad de Córdoba comenzó a apoyarle y también los miembros de la Casa de Córdoba, entre los que figuraba Alfonso Fernández de Montemayor.

En 1367 o en 1368, según otros autores, el rey Pedro I de Castilla comenzó a sitiar la ciudad de CórdobaEl asedio de Córdoba fue relatado en la Crónica del rey Don Pedro. Cfr. López de Ayala et al (1779), pp. 525-527. Y para más información sobre el asedio y sobre la legendaria batalla del Campo de la Verdad, véase el libro La Mezquita, Catedral de Córdoba, de Miguel Salcedo Hierro. Cfr. Salcedo Hierro (2000), pp. 115-119. auxiliado por las tropas del rey Muhammed V de Granada, y Alfonso Fernández de Montemayor estuvo a la cabeza de los defensores durante el sitio. Y durante el asedio, como señaló Fernández de Béthencourt, se distinguieron todos los miembros de la Casa de Córdoba y también Gonzalo Fernández de Córdoba, señor de la Casa de Córdoba y de Cañete de las Torres, Diego Fernández de Córdoba, señor de Chillón y alguacil mayor de Córdoba, y también los Gutiérrez de los Ríos, los Saavedras, los Góngoras, los Sotomayor, los Bocanegras, los Frías, los Sousas, los Ruedas, los Jarabas y los Montoyas, según consta en un privilegio de franquicias que Enrique de Trastámara concedió a la ciudad de Córdoba el día 6 de noviembre de 1367 y que es mencionado por algunos autores.miniatura|Torre de la Calahorra y puente romano de Córdoba

Los sitiados de Córdoba solicitaron la ayuda de Gonzalo Mexía, maestre de la Orden de Santiago, de Juan Alonso Pérez de Guzmán, que posteriormente sería el primer conde de Niebla, de Álvar Pérez de Guzmán, alguacil mayor de Sevilla, y de Pedro Ponce de León, señor de Marchena, que se hallaban en Llerena en esos momentos y que acudieron desde allí con algunas tropas en auxilio de Córdoba. Y Pedro I de Castilla, por su parte, estableció su campamento «sobre los Visos y cerca del Campo», como indicó Fernández de Béthencourt, y mientras se hallaba allí los sitiados le comunicaron que estaban dispuestos a recibirle en la ciudad como a su rey legítimo siempre que entrara sólo y sin la presencia de sus aliados musulmanes del reino de Granada, a lo que el monarca dio una respuesta «cruda y llena de amenazas».

Los moros granadinos lucharon esforzadamente y consiguieron apoderarse primero del castillo del Puente y posteriormente del conocido como Alcázar Viejo, en el que abrieron seis brechas o portillos y donde llegaron a izar sus «estandartes, medias lunas y pendones», por lo que en aquellos momentos los sitiados quedaron consternados y desalentados, según consta en la Crónica del rey Don Pedro. Y a instancia de las mujeres de la ciudad, que animaban a los defensores a luchar sin denuedo, los habitantes de Córdoba encomendaron la jefatura de la defensa a Alfonso Fernández de Montemayor, que era «el de más autoridad para caso tan apurado».

Un relato legendario afirma que cuando Alfonso Fernández, que iba armado y montado a caballo, pasó por delante de la Mezquita-catedral de Córdoba, le salió al encuentro su madre, Aldonza López de Haro, que le dijo que tenía entendido que iba a entregar la ciudad a los musulmanes y que debía recordar que en la familia Haro «no había habido jamás traidor alguno». Y Alfonso Fernández, bajándose del caballo y besando las manos a su madre con «extraordinaria reverencia» le respondió: «Señora, al Campo vamos y allí se verá la Verdad», aunque otra versión del relato asegura que Aldonza López le dijo a su hijo: «Por la leche que mamaste de mis pechos, que no entregues la ciudad». Después, los cordobeses abandonaron sus posiciones y, después de atacar vigorosamente, consiguieron recuperar el castillo del Puente, que es el lugar que en la actualidad ocupa la torre de la Calahorra.

Alfonso Fernández de Montemayor ordenó cortar o demoler dos de los arcos del puente romano de Córdoba, para hacer imposible la retirada de sus tropas, y cruzó el río con las mismas por un vado conocido como Vado del Adalid. Y en la batalla que se libró a continuación, que es conocida popularmente en Córdoba como la batalla de los Piconeros u oficialmente como batalla del Campo de la Verdad, los cordobeses derrotaron completamente a sus enemigos y consiguieron capturar un riquísimo botín, siendo parte de ello relatado en un pasaje de la Crónica del rey Don Pedro:miniatura|Campo de la Verdad-Miraflores

Después de la victoria los cordobeses repararon los muros de la ciudad y la fortificaron convenientemente y esa noche celebraron el triunfo con «fiestas, danzas y luminarias». Y al día siguiente los musulmanes granadinos volvieron sobre Córdoba y permanecieron algunos días a la vista de la ciudad aunque sin atreverse a atacarla, y después el monarca castellano volvió encolerizado a la ciudad de Sevilla y el rey de Granada se dirigió con sus tropas a Jaén y arrasó la ciudad, ya que quemó sus iglesias, derribó sus puertas y destruyó gran parte de sus murallas. Y posteriormente el monarca granadino, que se hallaba ufano por su triunfo en Jaén, regresó a Córdoba con más tropas y dispuesto a tomarla, pero al darse cuenta de que los defensores, que seguían dirigidos por Alfonso Fernández de Montemayor, estaban bien fortificados y preparados para repeler cualquier ataque, ni siquiera llegó a formalizar el asedio.miniatura|Retrato imaginario del rey Pedro I de Castilla, por Joaquín Domínguez Bécquer, en 1857 (Ayuntamiento de Sevilla)

El rey Muhammed V de Granada volvió a Andújar, de la que no logró apoderarse, y desde allí se dirigió a Úbeda, cuya ciudad incendió aunque no pudo tomar su castillo, pero en cambio sí consiguió tomar las poblaciones de Bélmez, Cambil, Alhabar, Turón, Ardales, Cañete la Real, El Burgo y Las Cuevas, y después se dirigió a Utrera, consiguiendo capturar durante toda la campaña a más de once mil cristianos. Y mientras tanto el rey Pedro I permaneció «indiferente» en Sevilla, según Fernández de Béthencourt, y reuniendo tropas para combatir a su hermanastro, Enrique de Trastámara, que ya había conseguido apoderarse de la mayor parte de Castilla.

En 1368, según Luis Vicente Díaz Martín, Alfonso Fernández de Montemayor fue nombrado adelantado mayor de la frontera de Andalucía por Enrique de Trastámara, aunque Rogelio Pérez-Bustamante afirmó que en esos momentos el cargo era ocupado por Pedro Muñiz de Godoy, maestre de la Orden de Calatrava. Y durante todo el reinado de Enrique II, que falleció en 1379, Alfonso Fernández y Pedro Muñiz de Godoy ocuparon «alternativamente», como indicó Pérez-Bustamante, el adelantamiento de la Frontera.