La invasión italiana de Francia (también conocida como la Ofensiva de los Alpes o Batalla de los Alpes) fue una operación militar durante la Segunda Guerra Mundial, que marcó la entrada del Reino de Italia en el conflicto, el 10 de junio de 1940, poco después de la derrota de las fuerzas francesas frente a la Alemania nazi. El enfrentamiento se desarrolló principalmente en la región de los Alpes, en la frontera entre Italia y Francia.
A pesar de las expectativas de un avance significativo por parte de las fuerzas italianas, la invasión fue de alcance limitado. Bajo el mando del general Rodolfo Graziani, el ejército italiano lanzó ataques contra las posiciones francesas a lo largo de las montañas, pero enfrentó una feroz resistencia por parte del ejército francés, que, aunque debilitado por la caída de París y la retirada de la mayoría de sus fuerzas, aún mantenía una defensa sólida en la región montañosa.
El objetivo de Italia era presionar a Francia en un momento crítico y asegurar territorios fronterizos, además de obtener una victoria que fortaleciera su posición dentro del Eje, liderado por la Alemania nazi. Sin embargo, la ofensiva italiana fue poco exitosa y estuvo marcada por la lentitud en el avance, las dificultades logísticas y el terreno desafiante. A pesar de algunas victorias locales, las fuerzas italianas no lograron romper las líneas francesas de manera decisiva.
La Batalla de los Alpes se desarrolló paralelamente a los acontecimientos más grandes de la guerra, como la caída de Francia en junio de 1940 y la posterior ocupación del país por las fuerzas alemanas. La invasión italiana se vio eclipsada por la Batalla de Francia y no tuvo un impacto estratégico importante en la guerra, ya que el frente occidental quedó casi completamente dominado por las fuerzas alemanas.
En términos políticos, la ofensiva italiana sirvió como una presión adicional para el gobierno de Vichy, que ya se encontraba colaborando con los nazis. Además, evidenció las tensiones dentro del Eje, ya que la falta de éxito italiano resultó en frustración entre los líderes del Tercer Reich.
Aunque la invasión no fue decisiva, marcó el inicio de la participación activa de Italia en la guerra, un conflicto que, para el Reino de Italia, resultaría en numerosas derrotas hasta la caída del fascismo en 1943.
El 10 de junio de 1940, Italia declaró la guerra a Francia y al Reino Unido. A lo largo del primer día, ambos bandos sufrieron bombardeos aéreos hasta que adoptaron una táctica defensiva a lo largo de la frontera franco-italiana. No obstante, se produjeron varias escaramuzas a lo ancho de la Línea Alpina. El 17 de junio, la administración francesa anunció que buscaría firmar un armisticio con el III Reich para el día 21. Una vez firmado, los italianos lanzaron una ofensiva a gran escala a lo largo del frente alpino. El ataque principal se dirigió al sector septentrional mientras que el resto de la avanzadilla se dirigió por la costa. Luego de penetrar algunos kilómetros, hicieron frente a una tenaz resistencia que les impidió alcanzar sus objetivos primarios. Como conquista más importante, ocuparon la localidad costera de Menton.
En la tarde del 24 de junio se firmó el armisticio en Roma y entró en vigor a la medianoche del día 25. Si bien Francia logró una victoria defensiva, Italia obtuvo el derecho de ocupar los territorios capturados durante los combates y el control económico de estos se extendió al sureste del río Ródano además de ciertas concesiones sobre algunas colonias francesas. También se estableció un área desmilitarizada en la frontera por el lado francés.
Las tropas francesas volverían a enfrentarse con los italianos en la frontera alpina hacia fines de 1944, y recuperarían todo el territorio perdido en la Segunda batalla de los Alpes, entre marzo y mayo de 1945.
Trasfondo Ambiciones imperiales italianas
Hacia fines de los años 20, el primer ministro italiano, Benito Mussolini, se expresó con cada vez mayor urgencia sobre la expansión imperial, aduciendo que Italia necesitaba una válvula para su población sobrante y que ayudar a Italia en dicha empresa estaría en los mejores intereses de otros países. La aspiración más inmediata de Roma era «la hegemonía política en las regiones mediterránea, danubiana y balcánica», en tanto que Mussolini imaginaba, más grandiosamente, la conquista «de un imperio desde el Estrecho de Gibraltar al Estrecho de Ormuz». La hegemonía sobre el Danubio y los Balcanes estaba dictada por la dominación romana en la Antigüedad. Los designios del Duce incluían la creación de un protectorado en Albania y la anexión de Dalmacia, así como el control económico y militar sobre Yugoslavia y Grecia. El régimen también buscó convertir en Estados clientes a Austria, Hungría, Rumania y Bulgaria, los cuales se hallaban en los límites de la esfera de influencia europea. Pese a no estar entre sus objetivos públicamente anunciados, Mussolini buscaba disputar la supremacía francesa e inglesa en el Mediterráneo, al que se consideraba estratégicamente vital debido a que era la única vía de comunicación entre Italia, y los océanos Atlántico e Índico.
En 1935, Italia lanzó una segunda aventura colonial sobre Etiopía. La campaña dio lugar al optimismo acerca de la posibilidad de crear un ejército etíope nativo que contribuyera a la conquista del Sudán angloegipcio. La guerra también marcó el cambio de rumbo hacia una política exterior italiana cada vez más agresiva al tiempo que expuso las debilidades de los franceses y británicos. Esto creó la oportunidad que Mussolini necesitaba para comenzar a realizar sus ambiciones imperiales. En 1936 estalló la guerra civil española, en la que Italia tuvo una importante participación desde su comienzo. La contribución militar fue tan grande que jugó un papel decisivo en la victoria del bando nacionalista liderado por Francisco Franco. Mussolini se había embarcado en una «guerra externa a gran escala» debido a la insinuación de una posible sumisión futura por parte del España hacia el Imperio Italiano, y también como manera de moldear a Italia según los lineamientos de una «cultura guerrera». La gran consecuencia de la guerra con Etiopía fue el descongelamiento de las relaciones ítalo-germánicas, que condujo a la firma de un tratado en octubre de 1936. Mussolini se refirió a este acuerdo como un Eje Roma-Berlín, alrededor del cual Europa giraría en torno. El tratado también era resultado del aumento de la dependencia del carbón alemán luego de que la Liga de las Naciones impusiera sanciones a Italia, políticas similares entre ambos países respecto de la guerra civil en España, y simpatías alemanas hacia Italia luego de la reacción de resto de Europa ante la invasión de Etiopía. El acuerdo significó la caída de Mussolini bajo la influencia de Adolf Hitler, de la cual «nunca escapó».
miniaturadeimagen|400px|El Gran Consejo Fascista durante la proclamación del Imperio Italiano, el 9 de mayo de 1936.
En octubre de 1938, tras los Acuerdos de Múnich, Italia comenzó a exigir concesiones de parte de Francia. Estas incluyeron una zona franca en Yibuti, el control del Ferrocarril Adís Abeba–Yibuti, participación italiana en el manejo de la Compañía del Canal de Suez, un condominio francoitaliano sobre el protectorado francés de Túnez y la preservación de la cultura italiana en Córcega juntó con la no asimilación de su pueblo por parte de Francia. París rechazó las demandas, aduciendo que la verdadera intención de Mussolini era hacerse con Niza, Córcega, Túnez y Yibuti. El 30 de noviembre de 1938, el Ministro de Asuntos Exteriores italiano, Galeazzo Ciano, habló en la Cámara de Diputados acerca de las «aspiraciones naturales del pueblo italiano» y fue respondido con exclamaciones de «¡Niza, Córcega, Saboya, Túnez, Yibuti y Malta!». Ese mismo día, Mussolini dio un discurso ante el Gran Consejo Fascista «sobre lo que él llamó los objetivos inmediatos del 'dinamismo fascista'». Estos eran Albania; Túnez; Córcega, parte integral de Francia; el Ticino, un cantón de Suiza; y «todo el territorio francés al este del río Var», incluyendo Niza, pero no Saboya.
A partir de 1939, Mussolini expresó la necesidad de Italia de disponer de acceso irrestricto a los océanos y rutas marítimas del mundo a fin de asegurar su soberanía nacional. El , Mussolini mantuvo una sesión a puertas cerradas en el Gran Consejo. Allí dio un largo discurso sobre asuntos internacionales y los propósitos de su política exterior, «comparable con la marcada predisposición de Hitler, registrada por el coronel Hossbach». Comenzó afirmando que la libertad de un país es proporcional al poder de su marina, seguido por «el lamento cotidiano de que Italia es una prisionera en el Mediterráneo». Se refería a Córcega, Túnez, Malta y Chipre como «los barrotes de esta prisión», y describía a Gibraltar y Suez como los guardias. Para anular el control británico, sus bases en Chipre, Gibraltar, Malta y en Egipto (que controlaba el Canal de Suez) debían ser neutralizadas. El 31 de marzo, Mussolini declaró que «Italia no será verdaderamente una nación independiente mientras tenga a a Córcega, Bizerta, Malta como los barrotes de su prisión mediterránea y a Gibraltar y Suez como sus muros.» La política exterior fascista dio por sentado que las democracias —Francia e Inglaterra— habrían de ser combatidas en el futuro. Por medio de la conquista militar serían unidos la Libia italiana con el África Oriental Italiana —separados por el Sudán anglo-egipcio—, y destruida la prisión mediterránea. Entonces, Italia podría marchar ya sea hacia el océano Índico a través de Sudán y Abisinia, al Atlántico por el norte de África, en manos de los franceses.
Ya en septiembre de 1938 el Regio Esercito estudiaba invadir Albania. El 7 de abril de 1939, tropas italianas penetraron en territorio albanés y al cabo de tres días ocuparon casi todo el territorio. Albania representaba un territorio del que Italia podía apropiarse como un espacio vital para reducir la presión demográfica, así como la punta de lanza necesaria para emprender otras campañas expansionistas en los Balcanes. El 22 de mayo de 1939, Italia y Alemania firmaron el Pacto de Acero, quedando ambas naciones unidas por una alianza militar. El tratado era el punto cúlmine del fortalecimiento de las relaciones desde 1936 y no era defensivo en su naturaleza, sino que había sido más bien concebido para una guerra conjunta contra Francia y el Reino Unido, si bien los italianos consideraban que semejante contienda no tendría lugar hasta varios años. Sin embargo, pese a la impresión italiana, el pacto no hacía referencia alguna a dicho período de paz, y Alemania prosiguió con sus planes para invadir Polonia.
thumb|Carbón alemán ingresando a Italia a través del Paso del Brennero. El problema del abastecimiento carbonífero había sido largamente discutido en los círculos diplomáticos durante la primavera de 1940.