miniatura|Símbolo antifacista.
El antifascismo ha sido un movimiento político de oposición a las ideologías, los grupos y las personas fascistas. Surgido en los países europeos durante la década de 1920, alcanzó su mayor relevancia en los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial y durante el propio conflicto, cuando las potencias del Eje se enfrentaron a numerosos países integrados en los Aliados y a decenas de movimientos de resistencia de todo el mundo. El antifascismo ha estado presente en movimientos de muy distinto signo a lo largo del espectro político y ha aglutinado posturas tan diversas como el anarquismo, el comunismo, el pacifismo, el republicanismo, la socialdemocracia, el socialismo y el sindicalismo revolucionario, además de planteamientos centristas, conservadores, liberales y nacionalistas.
El fascismo, ideología de extrema derecha y ultranacionalista, cobró importancia a partir de la década de 1910 y se asocia sobre todo con los fascistas italianos y los nacionalsocialistas alemanes, más conocidos como nazis. La oposición organizada al fascismo arrancó en torno a 1920. En Italia, el fascismo se convirtió en ideología oficial del Estado en 1922; en Alemania, en 1933. Ese ascenso disparó la actividad antifascista y dio lugar, entre otras formas de oposición, a la resistencia alemana al nazismo y a la resistencia italiana al fascismo. La guerra civil española (1936-1939), que anticipó la Segunda Guerra Mundial, tuvo también al antifascismo como uno de sus ejes; la posterior dictadura del general Franco (1939-1975) prolongó el conflicto y articuló en España un antifascismo de oposición de larga duración.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Occidente no se había tomado en serio la amenaza fascista y al antifascismo se lo asociaba a veces con el comunismo. El estallido de la Segunda Guerra Mundial cambió esa mirada de raíz: el fascismo pasó a verse como amenaza existencial no solo para la Unión Soviética socialista, sino también para los Estados Unidos y el Reino Unido liberal-democráticos. Las potencias del Eje fueron, en líneas generales, fascistas, y la guerra contra ellas se planteó en clave antifascista. Surgió resistencia al fascismo en todos los países ocupados y desde todo el arco ideológico. Con la derrota del Eje terminó, en términos generales, el fascismo como ideología de Estado.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el movimiento antifascista siguió activo en los lugares donde el fascismo organizado perduraba o reaparecía. En la década de 1980 se produjo un resurgimiento del antifa en Alemania como respuesta a la entrada de neonazis en la escena punk. Esta corriente influyó en el movimiento antifa en Estados Unidos de finales de la década de 1980 y de la de 1990, también ligado al mundo punk. Ya en el , ganó visibilidad como reacción al renacimiento de la derecha radical, en especial tras la elección de Donald Trump en 2016 y 2024.
Orígenes miniaturadeimagen|izquierda|upright=0.30|Símbolo moderno del fasces.
El fasces (del latín fascis, «haz»; en italiano fascio littorio) es un manojo atado de varas de madera que en muchas representaciones incluye un hacha —en ocasiones dos— con la hoja sobresaliendo. Se trata de un símbolo de origen italiano que procede de la civilización etrusca y pasó después a la antigua Roma, donde representaba la potestad del rey romano para castigar a sus súbditos y, más tarde, la potestad y jurisdicción de un magistrado. Los fasces eran portados en procesión junto al magistrado por los lictores, quienes también empleaban las varas de abedul como castigo para imponer la obediencia a las órdenes magistrales. En el lenguaje y la literatura corrientes, los fasces se asociaban con determinados cargos: a los pretores se los designaba en griego como hexapelekys («seis hachas») y a los cónsules como «los doce fasces», por metonimia literaria. Además de ser una insignia del cargo, el fasces también simbolizaba la República romana y su prestigio.
Tras el periodo clásico y con la caída del Estado romano, los pensadores europeos perdieron de vista el «terror psicológico que generaban los fasces romanos originales» en la Antigüedad. Hacia el Renacimiento se produjo una confusión entre el fasces y una fábula griega que Babrio recogió por primera vez en el d. C., en la que una vara aislada se rompe con facilidad, pero un haz de ellas no. Esta historia es común a toda la cultura eurasiática y en el d. C. ya aparecía recogida en la Historia secreta de los mongoles. Aunque no existe conexión histórica entre los fasces originales y dicha fábula,: «Debe subrayarse que, en términos históricos, no hay conexión estrecha entre los fasces romanos y la fábula de Esopo [...] más allá de la atractiva coincidencia de que cada uno involucra un haz de varas». hacia el d. C. los fasces quedaron «inextricablemente ligados» a interpretaciones de la fábula como expresión de unidad y armonía. El fascismo italiano, que toma su nombre del fasces, fue probablemente quien más utilizó este simbolismo en el .
Con el desarrollo y la expansión del fascismo italiano —es decir, el fascismo original—, la ideología del Partido Nacional Fascista encontró una oposición cada vez más combativa por parte de comunistas y socialistas italianos. Organizaciones como Arditi del Popolo«Gli Arditi del Popolo (Birth)» (en italiano). y la Unión Anarquista Italiana surgieron entre 1919 y 1921 para combatir el auge nacionalista y fascista del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial.
Según el historiador Eric Hobsbawm, a medida que el fascismo se expandía fue gestándose un «nacionalismo de izquierdas» en las naciones amenazadas por el irredentismo italiano, en particular en los Balcanes y, sobre todo, en Albania. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, las resistencias albanesa y yugoslava jugaron un papel decisivo en la acción antifascista y en la lucha clandestina. Esa mezcla de nacionalismos enfrentados y partisanos de izquierda forma las raíces más tempranas del antifascismo europeo. Variantes menos combativas surgirían más adelante. En la Gran Bretaña de los años treinta, «los cristianos —en especial la Iglesia de Inglaterra— aportaron tanto un lenguaje de oposición al fascismo como una inspiración para la acción antifascista». El filósofo francés Georges Bataille consideraba a Friedrich Nietzsche precursor del antifascismo por su desprecio hacia el nacionalismo y el racismo.
El historiador Michael Seidman sostiene que el antifascismo se ha tenido tradicionalmente por terreno de la izquierda política, aunque esa lectura se ha cuestionado en los últimos años. Seidman distingue dos tipos: revolucionario y contrarrevolucionario.
El antifascismo revolucionario se expresó entre comunistas y anarquistas, que identificaban como enemigos al fascismo y al capitalismo y apenas diferenciaban entre fascismo y otras formas de autoritarismo de derecha. No desapareció tras la Segunda Guerra Mundial, sino que fue empleado como ideología oficial del bloque soviético, con el Occidente «fascista» como nuevo enemigo. El antifascismo contrarrevolucionario era de naturaleza mucho más conservadora. Seidman argumenta que Charles de Gaulle y Winston Churchill representaron este tipo y que ambos buscaron atraer a las masas a su causa. Los antifascistas contrarrevolucionarios deseaban asegurar la restauración o continuidad del antiguo régimen previo a la guerra, y a los conservadores les disgustaba que el fascismo borrara la distinción entre las esferas pública y privada. Al igual que su contraparte revolucionaria, sobreviviría al fascismo una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial.
Pese a sus diferencias, Seidman apunta semejanzas entre ambas corrientes. Las dos terminaron viendo la expansión violenta como rasgo intrínseco del proyecto fascista. Ambas rechazaron también que el Tratado de Versalles estuviera detrás del ascenso nazi y, en su lugar, atribuyeron la guerra al impulso expansivo del propio fascismo. A diferencia de este, ninguna prometía una victoria rápida, sino una lucha prolongada contra un enemigo poderoso. Durante la Segunda Guerra Mundial, los dos antifascismos respondieron a la agresión fascista cultivando un culto al heroísmo que relegaba a las víctimas a segundo plano. Acabada la guerra, sin embargo, se abrió una brecha entre ambos: la victoria de los Aliados occidentales permitió reinstaurar en Europa occidental los viejos regímenes de democracia liberal, mientras que la soviética hizo posible en Europa oriental la implantación de nuevos regímenes antifascistas revolucionarios. Algunos grupos antifascistas justifican la violencia política como reacción a la violencia de sus adversarios, aunque se ha demostrado que esto rara vez ocurre.
Antifascismo liberal y conservador
El antifascismo liberal y conservador designa la oposición al fascismo asentada en la defensa del orden constitucional y la estabilidad nacional. Su prioridad fue preservar la democracia liberal ante la amenaza fascista, en lugar de buscar las transformaciones sociales radicales que reclamaban los antifascistas revolucionarios.
Esta variante suele asociarse con Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Charles de Gaulle, que se enfrentaron al autoritarismo fascista a la vez que mantenían a raya a la izquierda revolucionaria. La sostuvo una amplia coalición de capitalistas, sindicalistas, socialdemócratas, socialistas reformistas y conservadores moderados, unidos por su rechazo al fascismo y su apuesta por la estabilidad política.
El antifascismo contrarrevolucionario perseguía neutralizar las ideologías y los movimientos fascistas para preservar las estructuras democráticas existentes y dar estabilidad a la sociedad. Apostaba por reforzar la confianza en la gobernanza democrática y por contener a los movimientos extremistas, en contraste con el antifascismo revolucionario, que aspiraba a cuestionar el orden capitalista.
En Gran Bretaña, los antifascistas conservadores se concentraron sobre todo en mantener el sistema Westminster de gobierno parlamentario, marginando a los grupos fascistas mediante vías legales e institucionales como la Ley de Orden Público de 1936, que actuó con dureza contra la Unión Británica de Fascistas. Por su parte, los antifascistas del Partido Laborista y del Partido Liberal se opusieron a los fascistas de manera activa mediante campañas en los medios, peticiones, debates parlamentarios y discurso público. Ambas corrientes reconocían el fascismo como una amenaza para la Constitución y ambas se acercaron con cautela a las ideologías revolucionarias, incluido el comunismo. El antifascismo contrarrevolucionario británico de los años treinta se moldeó a partir de una alianza que trascendió las divisiones políticas tradicionales. El liderazgo de Churchill resultó decisivo para construir un frente antifascista que incluía a figuras conservadoras y socialdemócratas. Esa coalición rechazaba el argumento de que el fascismo fuera la única defensa frente al comunismo y, en su lugar, defendía la constitución británica. A través de organizaciones como el Consejo Antinazi, el movimiento antifascista contrarrevolucionario aglutinó a élites de todo el espectro político —sindicalistas y clérigos incluidos— para oponerse al fascismo y preservar la democracia liberal. Esta visión más amplia del antifascismo, separada de los enfoques socialista y comunista, ayudó a definir la resistencia británica frente a la agresión nazi.