miniatura|250px|Caricatura burlándose del rey de Prusia y de los emigrantes

La Emigración hace referencia a la partida de al menos personas fuera del territorio de Francia entre 1789 y 1800, como consecuencia de la Revolución francesa que comenzaba el 14 de julio de 1789 con la toma de la Bastilla. Estos emigrantes, favorables a la monarquía y al Antiguo Régimen, y creyentes en el absolutismo de los monarcas, temieron las consecuencias de la Revolución. La mayoría de estos emigrados tenían su origen en la aristocracia, aunque existía asimismo una notable cantidad de ricos burgueses y de prelados, cuyo punto de contacto era la hostilidad hacia el nuevo gobierno revolucionario. Algunos emigraron para combatir la Revolución desde el exterior y otros simplemente para salvar sus vidas durante las convulsiones políticas, especialmente en el periodo del Terror.

La Revolución (1789-1799) Adversarios a la Revolución francesa Apenas tres días tras la Toma de la Bastilla, el 17 de julio de 1789, el conde de Artois, el futuro Carlos X de Francia, acompañado de Jules de Polignac y algunos otros grandes señores de la corte de Luis XVI, fueron los primeros aristócratas franceses en emigrar al extranjero. Se reunieron primero en Turín, en la corte del Reino de Cerdeña, cuyo monarca era suegro del conde de Provenza, en dicho lugar se les unieron el conde de Artois y su hermana Clotilde de Francia y después se trasladaron al Electorado de Tréveris, donde reinaba el tío materno del conde de Artois, Clemente de Sajonia. El marqués de Bouillé, Charles Alexandre de Calonne, el príncipe de Bourbon-Condé y la mayoría de los aristócratas cercanos a la corte francesa no tardaron en seguirlos.

miniatura|El conde de Provenza, ya convertido en Luis XVIII, rey de Francia en el exilio

Conforme los Estados generales de Francia primero y la Asamblea Nacional después, empezaban a reducir sustancialmente el poder efectivo de Luis XVI, aumentaba la alarma entre la aristocracia francesa, en tanto los cambios políticos incluían la notable reducción de la influencia de la nobleza francesa en el poder. Desde 1789 el marqués de Bouillé incitó a los partidarios a la corona a que se trasladasen masivamente al extranjero, y para tal fin estableció despachos en París y en las principales ciudades de Francia para acelerar la emigración. También empezaba el exilio de oficiales del ejército y de la marina hostiles a la Revolución, así como de prelados católicos que rechazaban la Constitución civil del clero, votada por la Convención Nacional el 12 de julio de 1790 (y rechazada por el Papado ).

La fallida fuga de Varennes y el posterior arresto de Luis XVI el 21 de junio de 1791 provocó una nueva ola de partidas, ante la hostilidad creciente de jacobinos y girondinos contra el rey Luis y la aristrocracia. Se constató que alrededor de personas se marcharon de Francia entre julio de 1789 y el 10 de agosto de 1792, fecha del asalto revolucionario a las Tullerías. Por su parte, el conde de Provenza, futuro Luis XVIII, no se marchó de Francia sino hasta la tarde del 20 de junio de 1791, en la misma jornada de la tentativa de fuga de Luis XVI, pero siguiendo otro itinerario: el de los Países Bajos Austríacos.

Finalmente, los que emigraron más tarde (tras la Masacres de septiembre de 1792 y el principio del Terror) fueron aquellos que se oponían a la Primera República francesa pero que procedían de todo tipo de grupos sociales: artesanos, comerciantes y un gran número de pequeños propietarios campesinos cuyas opiniones políticas causaban riesgo a sus vidas. En su obra Memorias de ultratumba, François-René de Chateaubriand describía "este conjunto confuso de hombres adultos, ancianos que bajaron de sus palomares, "[...] viejos caballeros [...] con capa rasgada, [...] que se arrastran con un bastón y apoyados por el brazo de uno de sus hijos".François-René de Chateaubriand, Mémoires d'outre-tombe, Tome 1, Livre IX, Chap. 9-11. Le Livre de Poche (París, 2003). ISBN 978-2253132738

Las zonas de establecimiento de los emigrantes Los diferentes lugares de asentamiento de estos emigrados dependen especialmente de dónde provienen geográficamente los emigrantes, de ahí que sean muy variados:

El Bajo Canadá (colonia británica). Gran Bretaña, donde el gobierno británico autoriza la apertura de capillas católicas en Londres debido al gran flujo de emigrantes franceses, especialmente en el sur del país (Southampton) y las islas anglonormandas de Jersey y Guernsey; Suiza, principalmente los cantones de Neuchâtel, Friburgo, Berna y Basilea. Se cuentan 3700 franceses en el cantón de Friburgo en 1793, siendo dos tercios de ellos eclesiásticos; Alemania, en ciudades como Hamburgo, Colonia y sobre todo en la zona de Tréveris, fronteriza con Francia y donde reinaba el tío materno de Luis XVI de Francia; España, hacia las entonces Provincias Vascongadas o Cataluña; Italia, como en Trieste, Palermo y Turín; Estados Unidos, como el caso de Talleyrand.

La política del gobierno republicano ante los emigrados Si en 1789 y 1790 era relativamente fácil emigrar desde Francia, incluso portando los fugitivos sus bienes y dinero en efectivo, esto se hizo mucho más complicado a partir de 1791. Las autoridades revolucionarias temieron una fuga de capitales en gran escala que podría ser nefasta para la economía francesa si continuaba. Además, los emigrantes pronto se dedicaron a hacer propaganda contra el gobierno revolucionario de Francia, promovieron la Primera Coalición para que otros estados europeos se enfrentasen al nuevo régimen por las armas y restablecieran el absolutismo real y desde mediados de 1792 formaron el Ejército de los emigrados para apoyar militarmente a la Primera Coalición.

Ante ello, la Asamblea Nacional emitió leyes para restringir la movilización de posibles emigrantes: el 28 de junio de 1791 quedaba prohibido salir de Francia sin pasaporte, emitido por las autoridades revolucionarias tras invetigar al solicitante, y el 31 de octubre de 1791, por un decreto se ordenó a los emigrantes su regreso antes del primero de enero de 1792 bajo amenaza de ser declarados rebeldes y privados de sus derechos ciudadanos. Un segundo decreto, firmado el 1 de febrero de 1792, reforzaba la obligatoriedad del pasaporte.

Continuando tales esfuerzos, el gobierno revolucionario ordenó el 9 de febrero de 1792 el retorno de los emigrantes bajo pena de una condena a pagar una triple contribución, además de quedar declarados como traidores, y se ordenó a los funcionarios públicos, a la Guardia Nacional y a los soldados del ejército revolucionario francés que arrestaran a todas las personas que fuesen atrapadas intentando salir de Francia sin permiso. Igualmente se prohibió -sin permiso del gobierno revolucionario- sacar de Francia dinero en efectivo, así como objetos de oro y plata, y hubo retenciones de armas, municiones, coches y caballos.

Se tomaron medidas especiales para todos aquellos "cómplices" de ayudar a los emigrantes, se ordenó la confiscación de sus bienes (30 de marzo de 1792), e incluso la pena de muerte para todos los emigrados sorprendidos "llevando armas encima". Muy pronto se formó fuera de Francia el Ejército de los emigrados, compuesto por realistas ansiosos de aprovechar la primera oportunidad que se les brindara para derrocar a la joven República.

En mitad de este proceso, la Asamblea Nacional Constituyente promulgó el 3 de septiembre de 1791 la Constitución francesa de 1791, la primera constitución escrita de la historia francesa, aprobada por Luis XVI, estableciendo una monarquía constitucionaly suprimiendo el absolutismo.

Pocos emigrantes, sin embargo, volvieron a Francia, y continuaron su organización en la frontera. El Legislativo recurrió a duras medidas cuando advirtió de sospechas serias de conspiración contra los franceses más allá de las fronteras del país, llegando a dictar la pena de muerte contra los gobernantes y funcionarios públicos del Estado residentes fuera del reino, así como contra todo aquel que se alistara en el ejército realista.

thumb|right|El futuro Carlos X de Francia, conde de Artois, uno de los protagonistas de la Emigración. Los emigrantes se repartieron por casi todos los países de Europa. Aunque fue más especial en las zonas de Alemania, Austria, Rusia, Inglaterra, o en ciudades como Niza, Turín y Coblenza, así como en zonas al otro lado del Atlántico, en la región del Canadá. Sin embargo, con el apoyo de Prusia y Austria, pronto se levantaron un pequeño ejército, y para mediados de 1792, 4000 de ellos llegaron a Trier y se reunieron con los prusianos. Ese mismo año, los emigrantes asolaron las fronteras del noreste.

Durante la sesión del 20 de octubre de 1792, Pierre Victurnien Vergniaud explica delante de la Asamblea Nacional Constituyente el poco temor que deben inspirar "estos rebeldes tan ridículos como insolentes [cuyo] aumento de número no hace más que [...] acrecentar más rápidamente la penuria más absoluta". Afirma que: "Pronto veremos a estos maravillosos mendiants expiar en la vergüenza y la miseria los crímenes de su orgullo.»Buchez et Roux, Histoire parlementaire de la révolution française, Vol. XII, p.183. Éditorial Paulin, París 1834. En línea https://books.google.fr/books?id=H-XTtsqQGz8C&vq=mendians&hl=fr&source=gbs_navlinks_s De todos modos, la Convención Nacional el 22 de octubre de 1792 castiga a los emigrados vetándolos permanentemente del territorio de la República, condenándolos a muerte si regresan. Estos emigrados ya habían sido condenados a la misma pena de muerte (guillotina) por un decreto precedente. Otro decreto anula después las donaciones realizadas por ellos el 1 de julio de 1789 y una carta del Ministro del Interior dispone la demolición de sus castillos.

Después de la ejecución de Luis XVI el 21 de enero de 1793, los emigrantes proclamaron "Rey de Francia" en la ciudad alemana de Willengen al joven delfín Luis XVII, que estaba prisionero en la Torre del Temple. La Convención determinó la gravedad de dicha situación, redoblando los esfuerzos para acabar con los emigrados y sus posibles "cómplices" con una nueva ola de arrestos masivos. La radicalización de la Revolución durante el Terror, junto a los triunfos militares de los revolucionarios en la Batalla de Valmy (setiembre de 1792) y la Batalla de Jemappes (noviembre de 1792) habían reducido la fuerza de la coalición antifrancesa y disminuido la importancia militar de los emigrados, a quienes desde setiembre de 1793 era aplicable la Ley de los Sospechosos, que autorizaba arrestos (y condenas) basados en simples sospechas de "actividad contrarrevolucionaria".

A pesar de estas medidas, los leales a la corona que no habían emigrado empezaron revueltas en los departamentos de Francia, como en la Guerra de la Vendée, y la Guerra de los Chuanes, pero la mayor expedición militar ejecutada solamente por el Ejército de los emigrados terminó en fracaso siendo vencidos en el desembarco de Quiberon el 20 de julio de 1795/2 de termidor del año III.

Cuando Robespierre cayó en julio de 1794 y la Reacción termidoriana puso fin al Terror jacobino, muchos emigrantes regresaron con el objetivo de restaurar en el trono de Francia a Luis XVII y por un tiempo la desaparición del joven infante levantó efímeras esperanzas de que hubiera podido huir, hasta que su muerte fue confirmada. Sin embargo, este episodio acabó quedando a un lado, pues en Francia el objetivo de la restauración había quedado a un margen debido a las luchas entre los insurrectos contra la Convención, que acabó estallando en la Insurrección realista del 13 vendimiario del año IV.