Se denomina epidemia de cólera de 1885 en Zaragoza al mayor foco en esa fecha, centrado en la ciudad de Zaragoza, de una de las epidemias de esa enfermedad que sufrió España durante el , tras la generalización del comercio con la India.
Desarrollo Comienzos El brote probablemente tuvo su origen europeo en el puerto de Marsella durante la quinta pandemia de cólera. Para mayo de 1885, la propagación de la enfermedad en las costas del Mediterráneo, incluyendo el Levante español, era un temor en ciertos círculos y el cólera se convirtió en un tema de debate público. El ayuntamiento de Zaragoza, junto a la Real Academia de Medicina de Zaragoza y la recientemente constituida Facultad de Medicina de Zaragoza mandaron una comisión a Valencia liderada por el concejal y catedrático de medicina Joaquín Gimeno y Fernández-Vizarra a estudiar las vacuna contra el cólera de Jaime Ferrán. Dicha vacuna era foco de debates políticos en España, que se reprodujeron en la prensa local entre los periódicos vinculados a Gimeno, La Clínica y La Derecha, y sus opositores del Diario de Zaragoza.
Al informe de esta comisión le siguieron sesiones en la Real Academia de Medicina de Zaragoza y conferencias como la de Santiago Ramón y Cajal sobre el tema. Hacía apenas dos años que Robert Koch había aislado el bacilo del cólera y sus implicaciones médicas no estaban aún claras. Más aún, Gimeno compaginaba su labor médica con publicaciones periodísticas contrarias al gobierno en el poder, y las autoridades dependientes del gobierno central se opusieron a las iniciativas de la comisión. El ministro Romero Robledo, en particular, se oponía a la vacuna y rechazaba que el cólera fuera a suponer un problema.
Las autoridades trataron inicialmente de evitar publicitar los casos para evitar que cundiera el pánico pero el alcance de la epidemia se hizo pronto evidente. Pese a los intentos por negar la epidemia, se multiplicaron las disposiciones relativas a la higiene pública: se establecieron puestos para la fumigación de viajeros en los accesos a la ciudad por carretera y ferrocarril, se destinaron presos a labores de limpieza pública y se creó una unidad de policía sanitaria. El 14 de junio, el farmacéutico Pío Cerrada Martín fue puesto a cargo de la sección especial de la policía.
Sin embargo, el ambiente político no solo enrarecía el trabajo científico sino la toma de medidas de salud pública. El 17 de junio, las lavanderas de Zaragoza protagonizaron una protesta contra los nuevos requerimientos de desinfección que se planteaba exigir para evitar la contaminación de las aguas del río, ante lo que las autoridades recularon.
Los primeros casos en Zaragoza se confirmaron el 29 de junio de 1885 después de una semana de casos bajo sospecha, y habiéndose encontrado ya previamente el bacilo en muestras de agua de la ciudad. Dadas las condiciones higiénicas de la Zaragoza del donde la mayor parte de la ciudad tomaba el agua directamente del río Ebro, pronto se multiplicaron los casos. El 3 de julio se habían agotado las existencias de desinfectantes en la ciudad.
Epidemia El 21 de julio fue declarado oficialmente el estado de epidemia y para coordinar la respuesta a la enfermedad se constituyó una junta local con sede en el Palacio de los Zaporta. Entre otras medidas, se retrasó dos semanas la Exposición Aragonesa de 1885 y se crearon puestos de socorro distribuidos por la localidad además de hospitales dedicados.
La ciudad contaba antes de la enfermedad con dos hospitales: el Hospital de Nuestra Señora de Gracia y el Hospital Militar de San Ildefonso. El primero preparó dos plantas para enfermos de la epidemia y reservó una tercera para sanitarios afectados. La sanidad militar, en cambio, destinó el cuartel de Hernán Cortés como hospital para soldados víctima de la epidemia. Las autoridades municipales adecuaron dos hospitales más: uno cerca de la calle del Coso y otro extramuros en terrenos cedidos por Manuel Sasera. Estos hospitales fueron acompañados de once puestos de socorro y por medidas de emergencia para asegurar los suministros farmacéuticos de estos.
La ciudad disponía inicialmente de 138 médicos y 29 farmacéuticos. Destacaron por su labor médicos como Félix Aramendía, que publicó unas Impresiones terapéuticas acerca del cólera. Sin embargo, pronto se reveló el hospital de Sasera como insuficiente y se generó pánico popular contra el otro hospital intramuros. En el caos de la epidemia, parte de las camas que habían sido adquiridas por el ayuntamiento para equipar los hospitales de emergencia quedaron sin usar. La Lonja de Zaragoza se convirtió en una sección especial del registro para llevar la contabilidad de las muertes.
Ante la falta de médicos para atender todos los casos, estudiantes de medicina de la Universidad de Zaragoza, bomberos, policías y religiosas actuaron como apoyo. Los sanitarios fueron en particular complementados por cuerpos municipales como los bomberos ante la carga de trabajo para disponer de fallecidos e higienizar espacios. Las pobres condiciones laborales del amplificaron los problemas, pues los artesanos de la ciudad típicamente no cobraban si no había trabajo y las compensaciones por las labores de auxilio durante la epidemia eran menores que los salarios típicos antes de esta. Así, autoridades civiles y religiosas recurrieron a campañas de beneficencia para tratar de compensar el impacto socioeconómico de la epidemia.
La epidemia fue dada por terminada el 17 de septiembre.
Mortalidad Zaragoza fue una de las ciudades españolas con peor tasa de mortalidad: 32,93 por millar, frente a la media nacional de 6,96. En muertos por día de epidemia declarada, la ciudad marcó el récord en toda España: 95,25 muertos por día. En total, la ciudad superó los 2100 fallecidos, mientras que la provincia registró más de 50.000 casos de la enfermedad y 13.526 muertos (los peores números provinciales de la epidemia en toda España).
Consecuencias El ayuntamiento de Zaragoza realizó una colecta para pagar una gratificación al cuerpo de bomberos por sus actos heróicos y humanitarios durante la epidemia. Igualmente se entregaron diversas condecoraciones a la junta municipal de salud y a las autoridades sanitarias, si bien contemporáneos e historiadores han indicado claroscuros en el proceso dado que las propias autoridades se nominaron a sí mismas para la condecoración y dieron precedencia al rango frente a la contribución personal contra la epidemia.
A raíz de dicha epidemia y de la respuesta organizada, se le concedió a la ciudad el derecho de usar las palabras "Muy Benéfica" en el escudo municipal por decreto del 13 de junio de 1886.
Brotes como el de 1834 y este, así como la prevalencia de enfermedades como el tifus y la tuberculosis, motivaron medidas higienistas en la ciudad, durante el mandato de alcaldes como el Doctor Cerrada (que había sido él mismo miembro de la comisión de la Real Academia de Medicina de Zaragoza sobre el cólera e hijo y hermano de sanitarios que también participaron en la respuesta). Como resultado, se generalizó el alcantarillado y la potabilización del agua y se crearon avenidas y zonas verdes como el Parque Grande a comienzos del .
Véase también Quinta pandemia de cólera Epidemias de cólera en España
Referencias
Bibliografía
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