thumb|“Los rusos en su nuevo frente en Galicia”, reparando un puente destruido y evacuando a los heridos en carreta, imágenes de la revista francesa Le Miroir, 6 de agosto de 1916.
La historia de Rusia durante la Primera Guerra Mundial fue un periodo crucial de la historia moderna del país que comenzó con la entrada de este en la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914 y acabó formalmente en marzo de 1918 con la firma del Tratado de Brest-Litovsk, tras la caída de la monarquía y la implantación del Gobierno soviético durante la Revolución de Octubre. Al final de la participación rusa en la guerra mundial le siguió la guerra civil rusa, que sumió al país en un nuevo conflicto que duró hasta 1921. La autocracia que entró en el conflicto en 1914 se transformó en el primer gobierno socialista del planeta.
En 1914, los rusos sufrieron una grave derrota en Prusia oriental en la que perdieron cien mil hombres. A comienzos de 1915, lograron algunos avances en el sector austrohúngaro, hasta que se desencadenó la contraofensiva de August von Mackensen en abril, que precipitó la gran retirada rusa del verano, en la que los rusos perdieron los territorios polacos, lituanos y parte de los bielorrusos.
Pese a que en 1917 la Entente gozaba ya de notable ventaja en hombres y armamento frente al enemigo, apenas hubo combates durante ese año en el frente ruso. El hartazgo de la población acabó con la monarquía en la Revolución de Febrero. La fallida Ofensiva de Kérenski de julio dio paso a un contraataque de los alemanes en febrero y septiembre que les permitió apoderarse de la Galicia oriental y de Riga. En noviembre los bolcheviques se hicieron con el poder en la Revolución de Octubre; en diciembre firmaron un armisticio con los Imperios Centrales y, en marzo de 1918, el Tratado de Brest-Litovsk que puso fin a la participación de Rusia en el conflicto mundial.
Desencadenamiento de la guerra mundial Situación en Europa miniaturadeimagen|Sistema de alianzas en Europa antes de la Primera Guerra Mundial: Triple Entente Triple Alianza Países neutrales
La característica principal de la política europea de principios del siglo era la tensión latente entre Francia y Alemania, que databa de la derrota de la primera a manos de la segunda en la guerra franco-prusiana de 1870-1871 y que había acabado con la fundación de una Alemania unificada que se había anexado Alsacia-Lorena. El canciller alemán Otto von Bismarck había hecho del aislamiento francés el centro de su política exterior: en 1873 logró la firma de un pacto entre Alemania, Austria-Hungría y Rusia al que en 1882 se unió Italia, la Triple Alianza. La destitución de Von Bismarck y la competición entre el Imperio austrohúngaro y el ruso por extender su influencia en los Balcanes acabó por desbaratar la liga. Alemania optó por no renovar el pacto con Rusia y respaldar a Austria-Hungría en mayo de 1891; Rusia, aislada, se acercó a Francia, con la que firmó un pacto militar en el verano de 1892 y una alianza en enero de 1894.
La alianza franco-rusa se estrechó con el tiempo, en especial por el aumento de las inversiones galas en el imperio. Por su parte, Italia, la menor de las grandes potencias, aunque mantuvo oficialmente su participación en la Triple Alianza, firmó un acuerdo secreto con Francia en el que se comprometía a permanecer neutral en una eventual guerra si la república era la parte agredida. De la década de 1890 en adelante, la política europea giró en torno a las coaliciones rivales que unían a Alemania y Austria-Hungría frente a Francia y Rusia aunque, durante veinte años, estas lograron evitar la guerra pese a las sucesivas crisis. Paradójicamente, Alemania y Rusia habían estado estrechamente unidas política y económicamente durante gran parte del siglo ; el posible enfrentamiento entre ellas no se debía a ellas mismas, sino a sus malas relaciones con sus aliados respectivos (Alemania con Francia y Rusia con Austria-Hungría).
Rusia, pese a ser aún un país fundamentalmente rural y tener una producción industrial per cápita que era un sexto de la de Alemania, era el aliado fundamental de Francia, que la necesitaba para compensar la ventaja en industria y población de la que gozaba su vecino del este. En efecto, Francia tenía una población de treinta y nueve millones en 1913 —dos tercios de la Alemania— y una producción industrial que era la mitad de la del rival. En importantes sectores bélicos como la producción de acero y carbón, la producción alemana era más del doble de la francesa. Rusia, pese a su atraso, no dejaba de tener una población de ciento setenta millones de personas y de ser la cuarta potencia industrial del mundo, inmersa en un rápido desarrollo. Alemania había adelantado en producción industrial a la potencia principal del siglo anterior, el Reino Unido, cuya producción de acero duplicaba. En conjunto, la capacidad industrial de Alemania y sus aliados era ligeramente mayor que la de sus adversarios, si bien estos contaban con unas fuerzas armadas algo más numerosas.
Rusia mantenía una relación de rivalidad con el Reino Unido en Asia central, donde los británicos temían la expansión rusa, que podía llegar a amenazar su dominio de la India, y en Persia, cuyos yacimientos petrolíferos eran la fuente principal de combustible de la Armada británica, fundamental para la defensa de un inmenso y desperdigado imperio que abarcaba aproximadamente un cuarto de la Tierra. Incapaz de defender la India con un exiguo ejército, el Reino Unido decidió eliminar la amenaza rusa mediante el pacto, mejorando relaciones primero con su aliada, Francia, con la que había competido hasta entonces en África. En 1904 se firmó la Entente Cordiale entre los dos países, que reconocía el predominio británico en Egipto y el francés en Marruecos y gran parte del Magreb; este pacto fue el preludio de otro acuerdo anglo-ruso que se rubricó en 1907. El peligro que Francia y Rusia podían suponer para sus colonias hizo que a partir de entonces el mantenimiento de buenas relaciones con ellas fuese un objetivo crucial de la política exterior británica. Esto, junto con la expansión de la Marina alemana, determinó que las relaciones entre el Reino Unido y Alemania se deteriorasen.
Situación y planes militares
Francia dependía de la rápida movilización rusa para equilibrar las fuerzas ante un posible ataque alemán. Para Rusia, el principal adversario era Austria-Hungría y el más fácil de atacar, pero la supervivencia de Francia requería que Rusia concentrase sus fuerzas en acometer a Alemania y no permitirle que reuniese todas sus fuerzas en una ofensiva contra los franceses, pues la derrota de estos conllevaría a continuación la suya.
Rusia había tenido que rearmarse tras el desastre de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905. En 1909, aún era demasiado débil para librar incluso una contienda puramente defensiva, pero en 1914 el proceso de rearme había alcanzado un punto que permitió creer a sus mandos militares que el país podría disputar un conflicto de entre dos y seis meses, la duración que todos los jefes militares europeos esperaban que tuviese. El país destinaba el 7 % del presupuesto anual a la Armada y al Ejército de Tierra, el 22 % en vísperas de la guerra.
Un aspecto crucial era la velocidad de movilización de los ejércitos rusos, que debía ser lo más rápida posible para ser efectiva contra Alemania. En 1910-1912 y gracias en parte a las inversiones francesas que mejoraron las redes ferroviarias, se calculaba que el Ejército estaría completamente movilizado en treinta días; dos tercios de las tropas estarían listas en los primeros dieciocho días. Los rusos se comprometieron a atacar Alemania a los quince días de estallar la guerra. Si la paz continuaba y seguían los planes de mejora, para 1917 los rusos podrían estar completamente listos en tan solo dieciocho días, tres más que los alemanes. La mejora de la situación militar rusa perjudicaba a Alemania, que basaba su victoria en poder derrotar primero a Francia y luego vencer a Rusia, y hacerlo por separado, gracias a la lenta movilización rusa. Los mandos alemanes creían que una guerra en dos frentes, como auguraba la veloz movilización rusa, eliminaba las posibilidades de vencer. Este convencimiento de que el tiempo empeoraba su situación militar fomentaba que algunos mandos sopesasen la conveniencia de librar una guerra cuanto antes, antes de que la ventaja de los adversarios resultase insuperable.
Crisis balcánica El detonante de la guerra mundial fue la crisis de los Balcanes. La inestabilidad de la región databa de la decadencia del Imperio otomano que había comenzado a finales del siglo . El imperio, que había dominado la zona desde el siglo , había ido cediendo territorios a Rusia y Austria-Hungría y admitiendo la independencia de diversos pueblos que enseguida se enzarzaron en reclamaciones territoriales nacionalistas. Estas y el aumento de la influencia rusa en los Balcanes ponían en peligro la estabilidad del Imperio austrohúngaro, multinacional. Si durante los treinta años que siguieron al Congreso de Berlín de 1878 la debilidad política y económica de los nuevos Estados balcánicos evitó grandes crisis, la anexión austrohúngara de Bosnia en 1908, en un momento de debilidad rusa, empeoró la situación. Los nacionalistas serbios la rechazaban pues esperaban integrar el territorio en Serbia y la debilidad otomana que la había permitido —Bosnia había sido parte del imperio, incluso si los austrohúngaros administraban el territorio desde 1878— impelió tanto a Italia —que se apoderó de Libia en 1911— como a los Estados balcánicos a tratar de expandirse a costa del imperio.
Rusia fomentó la creación de la Liga Balcánica, que englobó a Serbia, Bulgaria, Montenegro y Grecia, y que derrotó al Imperio otomano en la primera guerra balcánica en 1912. Este pudo recuperar Tracia oriental en 1913 gracias a la disgregación de la liga, cuyos componentes se enfrentaron entre sí en la segunda guerra balcánica, en la que Serbia, Grecia y Rumanía vencieron a Bulgaria. Aunque estas guerras cambiaron el equilibrio de poder existente en los Balcanes, los diplomáticos de las grandes potencias lograron que no se transformasen en un conflicto mundial; la renuencia de las potencias a apoyar decididamente a sus clientes balcánicos evitó una contienda entre ellas.
Pese a ello, una serie de crisis menores indicaban el peligro constante que suponía la región para la paz europea, en especial por la actitud cada vez más intransigente del Imperio austrohúngaro con los Estados balcánicos. En abril de 1913, había logrado la retirada de los montenegrinos de Escútari mediante la amenaza de intervención militar; en octubre, hizo lo propio para forzar la retirada de las tropas serbias que se habían internado en Albania. Solo la falta de apoyo de Francia y Rusia a los serbios había evitado entonces un conflicto más grave.
En noviembre de 1912, durante la primera guerra balcánica, se había producido además un incidente preocupante, una situación similar a la que en 1914 llevó a la guerra. Ante el estallido del conflicto, tanto Rusia como Austria-Hungría decidieron llevar a cabo una movilización parcial de sus fuerzas armadas. En Rusia fueron los ministros civiles los que convencieron al zar Nicolás II para anular la orden, dado el riesgo de originar una guerra con Alemania y la falta de planes para una movilización parcial. Las conclusiones que las dos potencias sacaron de la crisis eran inquietantes: Austria-Hungría percibió el gran coste de la movilización —gastó todo el presupuesto militar del año en ello— y la desmoralización que causaba la posterior desmovilización de las tropas, y dedujo la conveniencia de emplear el ejército una vez puesto en marcha; por su parte, Rusia decidió que convenía preparar rápidamente las unidades destinadas a combatir a los austrohúngaros, ya que no había sido capaz de detectar a tiempo las maniobras militares de estos durante la crisis.