thumb|300px|Vista actual del Arco de Constantino.
La cultura de la antigua Roma, también llamada cultura latina, incluye un conjunto de creencias, tradiciones, costumbres, usos, creaciones literarias y lúdicas, desarrolladas a partir del siglo por el pueblo latino hasta entrado el siglo . El desarrollo de esta cultura estuvo influido por la cultura griega, culturas locales y las culturas desarrolladas en Oriente Próximo (Mesopotamia y Egipto), que contribuyeron a formar la cultura y el arte de los romanos.
La sociedad romana era eminentemente agraria, y el sector primario era el que ocupaba a la mayor parte de las personas; la población urbana si bien era responsable principal de ciertas manifestaciones, en realidad era minoritaria dentro de la sociedad romana.
Uno de los factores que más contribuyó a la universalización de la cultura latina, que de pronto fue la de todo el imperio romano, fue el uso de las lenguas clásicas (el latín y el griego helenístico) como lenguas intergrupales entre todos los pueblos sometidos a Roma.
Una de las principales prioridades que proporcionaba el senado romano era el reconocimiento y valoración de los ciudadanos que se alistaban al ejército, de forma que se centraron en llevar a cabo una homogeneización del servicio militar. De este modo, generó un ejército del cual se valió para conquistar y mantener un imperio que abarcaba toda la cuenca del mar Mediterráneo, y con él mantuvo al imperio unido durante varios siglos. Los senadores romanos competían intensamente por el prestigio, los cargos públicos y la gloria personal. La vida política se concebía como una lucha constante por superar tanto a los contemporáneos como a las generaciones anteriores. Incluso fuera de los periodos electorales, buscaban exhibir sus méritos, ampliar sus redes de clientela y reforzar su reputación pública. Algunos cultivaban una imagen de refinamiento helenístico, mientras otros, como Catón y Mario, promovían una supuesta austeridad tradicional "italiana". La conmemoración de logros mediante monumentos, templos y ceremonias públicas —incluidos eventos familiares como bodas y funerales— formaba parte central de esta estrategia de proyección social y política.
El Imperio romano contaba con una población estimada de entre 59 y 72 millones de habitantes hacia el año 165 d. C. y se extendía desde la actual Portugal y la costa atlántica por el oeste hasta Armenia por el este, desde la frontera con Escocia por el norte hasta el sur de Egipto. Abarcaba aproximadamente 4 millones de kilómetros cuadrados e incluía territorios con gran diversidad geográfica, cultural y de desarrollo.
Ninguna otra cultura de la antigüedad alcanzó un dominio territorial tan amplio y duradero como la romana. A finales del , el latín era la lengua oficial desde Anatolia hasta las islas británicas y desde Germania hasta el norte de África, con Roma como centro político y cultural. Los propios romanos eran conscientes de su poder, y desde la época de Augusto la ideología oficial promovió la expansión y el dominio territorial como objetivos fundamentales.
Arte
Las primeras manifestaciones del arte romano nacieron bajo el influjo del arte etrusco, enseguida contagiado del arte griego, que Roma conoció en las colonias de la Magna Grecia del sur de Italia, las cuales conquistó en el proceso de unificación territorial de la península durante los siglos y . La influencia griega se acrecentó cuando, en el , Roma ocupó Macedonia y Grecia.
Lengua y cultura letrada
Lenguas del imperio
El latín de la ciudad de Roma se impuso a otras variedades de otros lugares del Lacio, de las que apenas quedaron algunos en el latín literario. Esto hizo del latín una lengua con muy pocas diferencias dialectales, al contrario de lo que pasó en el idioma griego . En la mitad oriental aunque el griego siguió manteniendo variantes regionales, en gran medida, estas fueron desplazadas por el griego helenístico.
En Hispania, la sustitución de las lenguas prerromanas por el latín no fue un proceso coercitivo, sino gradual y motivado por circunstancias sociales y culturales. Los habitantes adoptaron rápidamente el latín, ya que les permitía acceder de manera más eficaz a las nuevas leyes y estructuras impuestas por la metrópoli. Además, el latín era percibido como una lengua más rica y prestigiosa que las lenguas vernáculas, lo que transformó el bilingüismo inicial en una diglosia que acabó desplazando a las lenguas autóctonas. La transición lingüística fue, por tanto, principalmente resultado de la elección de los propios hablantes.
La mitad oriental del imperio tenía una economía más desarrollada (ver economía del imperio romano) y una densidad de población más alta. Como el griego en general no fue desplazado por el latín, durante toda la época imperial el griego helenístico tuvo más hablantes que el latín, que era la lingua franca sólo en la mitad occidental del imperio, cumpliendo esta función en la mitad oriental el griego. Considerando la población del imperio el número de hablantes de latín debió estar entre 15 y 20 millones y era algo mayor para el griego.
Educación y escritura
Roma introdujo el alfabeto latino en el A.C., a través de los etruscos, los cuales lo habían importado de los griegos de Sicilia y perfeccionado después. Se escribía con una tachuela en bronce (scríbere) o se pintaba (línere o píngere) sobre una hoja (folium) vegetal, sobre cortezas (líber, de donde viene la palabra española "libro") o maderas (tábula o tabla, álbum o madera 'blanca') y más tarde sobre cobre (aes) y sobre lienzos. La palabra "escritura" procede de scriptura, que era la marca que se hacía al ganado que se enviaba a pastar. Una de las características de la escritura romana es que el sonido de la vocal u se conseguía con la letra v. Por ejemplo "Avgvstvs" se pronunciaba Augústus.
Se estima que el uso del alfabeto respondía a las mismas necesidades administrativas y políticas que las ciudades griegas, tratándose de un instrumento vinculado al poder, principalmente al religioso.
No se conoce con precisión la tasa de alfabetización, aunque las estimaciones coinciden en que era una minoría el número de personas que sabían leer y escribir. William V. Harris estima que la tasa de alfabetización estaría alrededor del 10 % y casi con seguridad estaría por debajo del 20 %.
Las bibliotecas públicas en Roma surgieron a comienzos del Imperio como una evolución de las bibliotecas privadas republicanas, pero introdujeron cambios significativos en su concepción, organización y función cultural. Su diseño, uso y distribución de fondos reflejaron un nuevo modelo institucional, con un papel reforzado en la canonización literaria. Impulsadas por los emperadores, se consolidaron como herramientas clave para promover la literatura latina en igualdad con la Literatura griega, influyendo en la configuración del sistema literario romano y, de forma indirecta, en el griego.
La influencia de la enseñanza romana fue uno de los factores que mayoritariamente contribuyeron a la estabilización y conservación del espíritu tradicional romano. Al estar principalmente dirigida a los hijos de las clases «ilustradas», se encargaba de formar a los futuros gobernadores de las provincias, así como a los grandes administradores, a los jefes militares, a los jueces, y a todos los ciudadanos que algún día llegarían a formar parte del senado para representar a la elite del Imperio.
Literatura
Tras las invasiones bárbaras, la cultura latina alcanzó en Europa su mayor consolidación durante la Edad Media. Lejos de imponerse por la fuerza, la latinidad fue ampliamente aceptada como signo de superioridad cultural y espiritual, convirtiéndose en el eje de la civilización medieval. La Iglesia, fiel al latín, desempeñó un papel central al integrar el mensaje cristiano con la herencia clásica grecolatina (Homero, Platón, Aristóteles, Cicerón, Virgilio), preservando y transmitiendo ese legado. El latín, por su carácter universal, claro y expresivo, fue adoptado por la Iglesia como lengua de unificación, comunicación y liturgia, lo que permitió conservar y difundir tanto la cultura clásica como la tradición intelectual cristiana durante siglos.
Teatro, poesía y prosa En muchos aspectos, los escritores de la República romana y del Imperio romano eligieron evitar la innovación en favor de la imitación de los grandes autores griegos. La Eneida de Virgilio emulaba la épica de Homero, Plauto seguía las huellas de Aristófanes, Tácito emulaba a Tucídides, Ovidio exploraba los mitos griegos. Por supuesto, los romanos imprimieron su propio carácter a la civilización que heredaron de los griegos. Solo la sátira es el único género literario que ya los romanos identificaron como específicamente suyo. La prosa se utilizaba para la oratoria política, la filosofía o la historia, pero hubo algunos ejemplos de prosa literaria de ficción, como El asno de oro de Apuleyo.
Historiografía
Filosofía
Derecho
La verdadera innovación de los romanos fue la sistematización y la enseñanza del derecho, que no existía entre los griegos.
El derecho romano, es uno de los grandes aportes de Roma como civilización, supuso la primera recopilación científica de las normas por las que debían regirse las relaciones de los ciudadanos en todos los aspectos fundamentales: privados y públicos, familiares, laborales, etc, además del sistema jurídico más completo que ha producido la humanidad. A partir de Augusto la ciencia del derecho tuvo una gran importancia y hubo notables jurisconsultos, como Gayo, Ulpiano y Papiniano. Los jurisconsultos romanos se distinguían entre los siguientes: Ius publicum (derecho público) que regulaba las relaciones entre los ciudadanos y el Estado; Ius privatum (derecho privado) que regulaba las relaciones de los ciudadanos entre sí; Ius getium (derecho internacional) que regulaba las relaciones entre los distintos pueblos.
Al principio, se trataba de un sistema jurídico pragmático, que se enfocaba en solventar problemas particulares, estrechamente relacionado con la vida cotidiana y cercano al individuo.
La plebe romana fue el conjunto de ciudadanos libres que no pertenecían a la aristocracia patricia y carecían de privilegios, aunque gozaban de derechos civiles. Su surgimiento histórico se documenta desde el , diferenciándose claramente de la clientela y de las gentes nobles de Roma.
En Roma, se consideraba ciudadano a quien formaba parte de la civitas o comunidad política, distinguiéndose por el nomen romanum incluso fuera de la ciudad. Originalmente, los habitantes libres se llamaban quirites. Roma estableció alianzas con la confederación latina, reconociendo a los antiguos latinos derechos como el ius commercii, el conubium y la posibilidad de ser herederos de ciudadanos romanos. Los latini coloniarii eran los habitantes de colonias latinas tras la desaparición de la liga latina (338 a. C.), mientras que los latini iuniani, libertos manumitidos sin solemnidad según la lex Iunia Norbana (19 d. C.), eran libres pero carecían de ciudadanía. Los extranjeros, denominados peregrinos, se dividían entre los que pertenecían a ciudades preexistentes y los dediticios, de pueblos rendidos o sin organización urbana. La ciudadanía podía concederse individual o colectivamente; Augusto la otorgaba como privilegio, y finalmente Caracalla la extendió a todos los súbditos libres del Imperio, culminando un proceso de igualdad legal.
Economía