miniatura|300px|Voltaire (1694-1778), autor de una copiosa correspondencia —unas 20 000 cartas a lo largo de su vida— que se conserva en la actualidad. República de las letras o república literaria () es la denominación utilizada para designar a la amplia comunidad de intelectuales de Europa y América formada a finales del y durante el , una de cuyas principales características fue el uso sistemático para sus comunicaciones de cartas manuscritas. Estas cartas (de las que la comunidad recibe su nombre, de acuerdo con la acepción en desuso de la palabra letra como sinónimo de carta) permitían salvar las largas distancias geográficas que podían separar a sus miembros, y posteriormente han permitido documentar (en ocasiones con gran detalle) las relaciones entre sus integrantes. La lengua franca inicialmente utilizada era el latín, aunque con el paso del tiempo, el francés fue ganando importancia.
Surgió del interés de los intelectuales de la Ilustración (o philosophes, como se los llamaba en Francia) de fomentar la comunicación entre ellos. La república de las letras surgió en el como una comunidad autoproclamada de académicos y figuras literarias que se extendió a través de fronteras nacionales, pero respetando las diferencias en el lenguaje y la cultura. Estas comunidades que trascendían las fronteras nacionales formaron la base de una «república metafísica». Debido a las limitaciones impuestas por la sociedad de la época sobre las mujeres, la república de las letras estuvo integrada sobre todo por hombres.
La circulación de cartas manuscritas era necesaria para este propósito, ya que permitía a los intelectuales comunicarse entre sí a grandes distancias. Todos los ciudadanos de la república de las letras en el mantuvieron correspondencia por carta, intercambiando artículos y folletos impresos, y consideraban que su deber era incorporar a otros miembros a la república a través de la expansión de la correspondencia.
La primera aparición conocida del término en su forma latina (respublica literaria) figura en una carta dirigida por el humanista italiano Francesco Barbaro a Poggio Bracciolini, fechada el 6 de julio de 1417.Sin embargo, hay algunos historiadores que no están de acuerdo, y en ocasiones se ha ido tan lejos como para afirmar que su origen se remonta a la República, de Platón. La expresión fue cada vez más utilizada en los siglos y , de modo que a finales de este último siglo ya aparece en los títulos de varias importantes publicaciones periódicas. En la actualidad, el consenso es que Pierre Bayle tradujo por primera vez el término al francés en su diario Nouvelles de la République des Lettres, en 1684. Parte de la dificultad en la determinación de su origen es que, a diferencia de una academia o sociedad literaria, la república de las letras solo existía en la mente de sus miembros.
Los historiadores debatieron la importancia de la república de las letras por su influencia en la Ilustración. La mayoría de los historiadores anglo-americanos, cualquiera que sea su punto de partida en el debate, comparten un terreno común: la república de las letras y la Ilustración fueron hechos significativamente distintos entre sí.
Academias
miniatura|izquierda|200px|Edificio del Instituto de Francia La primera mitad del había visto como la comunidad de estudiosos daba sus primeros pasos tentativos hacia la institucionalización, con el establecimiento de academias literarias y científicas permanentes en París y Londres, bajo el patrocinio real. La fundación de la Royal Society en 1662, con su política de puertas abiertas, era particularmente importante para legimitar la república de las letras en Inglaterra; llegaría a constituirse en el centro de gravedad europeo del movimiento, promoviendo principalmente el desarrollo de las ciencias (llevado a cabo inicialmente por caballeros poseedores de medios económicos que actuaban de forma independiente). La Royal Society creó sus estatutos y estableció un sistema de gobierno. Su líder más famoso fue Isaac Newton, presidente desde 1703 hasta su muerte en 1727. Otros miembros notables incluyen al diarista John Evelyn, al escritor Thomas Sprat, y al científico Robert Hooke, primer conservador de los experimentos de la institución. La Sociedad desempeñó un notable papel internacional en la adjudicacíon de hallazgos científicos, y publicó la revista Philosophical Transactions, editada por Henry Oldenburg.
A partir de las primeras décadas del , se comenzó a fundar academias en el continente europeo. En la segunda mitad, hubo un nuevo enfoque institucional para la república de las letras, virtualmente con miembros en cada ciudad importante de Europa —e incluso en Filadelfia, en el caso del continente americano—. Se produjo una notable proliferación de centros académicos cada vez más especializados, llevada al extremo en París, donde, además de Academia Francesa y la Academia de Ciencias, fundadas en 1635 y 1666 respectivamente, se realizaron otras tres fundaciones reales en el : la Academia de Inscripciones y Bellas Letras (1701), la Academia de Cirugía (1730), y la Sociedad de Medicina (1776).
En la segunda mitad del , la situación era muy diferente. A medida que las universidades de toda Europa abandonaron la filosofía natural aristotélica y la medicina galenista en favor de las nuevas ideas mecanicistas y vitalistas, se produjo un mayor énfasis en el aprendizaje a través de la comprobación de los hechos. Por todas partes, la enseñanza de las ciencias y de la medicina pasó de la rutina monótona de conferencias dictadas a ser complementada (y, a veces, a ser totalmente reemplazada) por cursos prácticos de experimentación física, astronomía, química, anatomía, botánica, materia médica, e incluso geología e historia natural. El nuevo énfasis didáctico en la práctica significaba que la Universidad ofrecía ahora un ambiente mucho más acogedor a la república de las letras. Aunque la mayoría de los profesores y maestros todavía no estaban interesados en afiliarse, los cambios ideológicos y pedagógicos de todo el siglo crearon las condiciones en las que la búsqueda de la curiosidad en el mundo universitario se hizo mucho más factible e incluso atractiva.
Estas instituciones —academias, revistas, sociedades literarias— se hicieron cargo de algunos de los roles, funciones y actividades originales de los estudiosos dentro de la república. La comunicación, por ejemplo, no tenía por qué ser de persona a persona; podía tener lugar entre las academias, y pasar de allí a los eruditos; o estar contenida en revistas literarias, para ser difundida entre toda la comunidad académica. Los agentes literarios, trabajando para las bibliotecas, pero compartiendo los valores de la comunidad, pasaron a profesionalizarse.
Salones Los salones, tanto literarios como científicos, desempeñaron un papel destacado en el establecimiento del orden dentro de la república de las letras durante el período de la Ilustración. A partir del , los salones sirvieron para reunir a los nobles e intelectuales en un ambiente de civilidad y de confraternización con el fin de educar a unos, refinar a otros y crear un medio común de intercambio cultural basado en la noción compartida de «honestidad» (honnêteté), basada en el aprendizaje combinado con las buenas costumbres, y el arte de la conversación. Sin embargo, los salones requerían un cierto grado de gobierno, ya que, mientras que la república de las letras se estructuró en la teoría de los principios igualitarios de la reciprocidad y el intercambio, la realidad de la práctica intelectual en los salones muchas veces quedó muy lejos de este ideal. Los hombres de letras franceses, en particular, se encontraron cada vez más divididos, implicados en auténticas peleas en lugar de debates constructivos. Con el establecimiento de París como la capital de la república de las letras, los hombres de letras francesas habían enriquecido las relaciones epistolares tradicionales con las relaciones verbales directas. Es decir, que los que se encontraban en la capital comenzaron a reunirse y hacer que su colaboración con el proyecto de la Ilustración fuese directa; y, por lo tanto, sufrieron las consecuencias de renunciar a la mediación que la palabra escrita proporcionaba. Sin este tipo tradicional de mediación formal, los philosophes necesitaban un nuevo tipo de gobernanza.
Los salones parisinos dieron a la república de las letras el origen de un cierto orden político en la persona de la salonnière, encargada de organizar tanto las relaciones sociales entre los invitados del salón como los temas que se trataban. Cuando Marie-Thérèse Geoffrin lanzó sus cenas semanales en 1749, la república de las letras de la Ilustración encontró su «centro de unión». Como una reunión formal regular, regulada y conducida por una mujer en su propia casa, el salón parisino pudo servir como un foro independiente y el locus de la actividad intelectual de una república de las letras bien gobernada. Desde 1765 hasta 1776, los hombres de letras y los que querían ser contados entre los ciudadanos de su república podían reunirse en distintos salones parisinos cualquier día de la semana.
miniatura|Presunto retrato de Madame Geoffrin, por Marianne Loir (National Museum of Women in the Arts, Washington, D. C.). Los salones eran instituciones literarias que se basaban en una nueva ética de la sociabilidad educada basada en la hospitalidad, la distinción y el entretenimiento de la elite. Estaban abiertos a los intelectuales, que los utilizaron para encontrar protectores y patrocinadores y darse forma a sí mismos como «hommes du monde». Sin embargo, a partir de 1770, surgió en los salones una crítica radical de la mundanidad, inspirada en Jean-Jacques Rousseau. Estos radicales denunciaron los mecanismos de sociabilidad educada y llamaron a un nuevo modelo de escritor independiente, que se ocuparía de lo público y del estado de las naciones.
Pues los salones nunca proporcionaron un espacio igualitario. Por el contrario, solo proporcionaban una forma de sociabilidad, donde la cortesía y la simpatía de los aristócratas mantenía una ficción de igualdad que nunca disolvió las diferencias sociales, pero que, sin embargo, las hizo soportables. Los nobles de alto rango solo practicaban el juego de la estima mutua siempre y cuando mantuviesen su ventaja. Los hombres de letras eran muy conscientes de esta regla, y no confundían la cortesía de los salones con la igualdad en la conversación.
A su vez, las ventajas que los escritores obtenían de los salones que visitaban se extendían a la protección brindada por parte de sus anfitriones. Los salones proporcionaban un apoyo crucial en la carrera de un autor, no porque fueran instituciones literarias, sino porque, al contrario, permitieron que los hombres de letras que surgían de estos círculos accediesen a los recursos del mecenazgo aristocrático y real. Como resultado, en lugar de ser el escenario de la oposición entre la corte y la república de las letras, los salones se convirtieron en una colección de espacios y de recursos constituidos como centros de poder y de distribución de favores.