thumb|Mujeres lavando ropa en una vasija griega atribuida a Pan, artista ático de la cerámica de figuras rojas activo en el círculo de los llamados manieristas entre 480 y 450 a. C.. Museo del Louvre.

Una lavandera es la mujer cuyo oficio es el lavado de ropa. Mencionadas ya en la Biblia, y asociada su tarea de forma tradicional al ama de casa, como oficio casi exclusivo de la mujer tuvo especial desarrollo durante los siglos y . Aunque desaparecido prácticamente como oficio en la sociedad occidental y occidentalizada, continúa ocupando a un sector importante de las mujeres del tercer mundo y aún en los países más desarrollados se conserva como ocupación por horas retribuida.

Las lavanderas han sido también motivo de una extensa iconografía pictórica y escultórica, con puntuales apariciones en la obra de maestros como Francisco de Goya, Toulouse-Lautrec o Gaudí. El tema, desaparecido como motivo pictórico en la segunda mitad del , continúa representándose en composiciones escultóricas de casi todo el mundo. thumb|Las lavanderas esenciales del pintor ruso Abram Arkhipov (hacia 1883). Galería Tretiakov de Moscú.

En la historia Un clásico en la distribución de los llamados “oficios tradicionales de la mujer”, presente en algunos ritos populares de la tradición simbólica de Occidente desde el Renacimiento,Así, por ejemplo, en la representación plástica del nacimiento de Jesucristo, la lavandera es una de las figuritas más características del belenismo. la Revolución industrial multiplicó el espectro sociológico del trabajo de lavandera, y generó un modelo de oficio femenino subsidiario de la prosperidad de las clases burguesas.

Las lavanderas de Borrow El «cortesano, aventurero e iluminado» viajero inglés George Borrow, conocido en España como Jorgito el inglés, en el relato de sus andanzas como vendedor de biblias en caló por la España de la primera mitad del siglo diecinueve (1836-1840), describe de forma emotiva su encuentro con las lavanderas del río Guadiana, en la raya de Portugal, entre Elvas y Badajoz:

Fueron lavanderas las madres de Stalin, del político español Pablo Iglesias, y del escritor danés Hans Christian Andersen, entre otros.

Lavanderas de oficio thumb|Mujeres en un lavadero de Ciudad de México hacia 1900, fotografiadas por William Henry Jackson.

Grandes capitales como París, Lisboa, Madrid, Roma o Buenos Aires, han contado con importantes sectores laborales dedicados al oficio del lavado sistemático de la ropa, formando grupos sociales marginados que por lo general carecieron de organización gremial o sindical.

El oficio y las herramientas

El oficio de lavandera requiere cinco operaciones básicas en el proceso del lavado de la ropa, además de la tarea previa de clasificación de las prendas por tejidos, colores, calidad, grado de suciedad, etc.: La primera operación que facilitará luego la eliminación de manchas y suciedad, es el remojado ("dejar la ropa en remojo"). Aquí comienza ya a ser importante la calidad y propiedades del agua. La lavandera doméstica puede disponer de otras ventajas o complementos, como calentar el agua para el remojo, que hará más fácil el lavado a mano (aunque el contraste calor-frío puede producir irritaciones cutáneas como los sabañones). La segunda operación, asociada a la primera del remojado, es la solución en una capa de cenizas. La tercera operación será el vertido de agua hirviendo sobre las cenizas. Este proceso libera sus álcalis o potasio soluble en agua caliente y lo filtra lentamente hasta el fondo de la pila de lavado, o el recipiente utilizado. Cuando la lavandera podía permitírselo, recogía (recuperaba) el agua de este proceso y volvía a calentarla y echarla de nuevo sobre la colada. Con el descubrimiento de la pastilla de jabón (de fabricación casera a partir del aceite, o de producción comercial industrial), a medida que avanzó el , se incluiría en algunos pasos de este proceso el añadido .solución de la colada con añil, o la utilización de lejías para determinados tejidos blancos. La cuarta operación tras un primer aclarado, será el restregar, golpear y frotar determinadas zonas de las prendas sobre la tabla de lavado (o las piedras del río en los casos más primitivos). Nuevo enjabonado y el correspondiente enjuague darán paso, tras verificar la limpieza y blancura de la ropa, a un opcional frotado con trapos o bolsitas conteniendo ceniza, tras lo cual se enjuaga y se escurre la colada varias veces. La quinta operación requeriría el uso de una máquina de rodillos que permite el giro de y la torsión de los tejidos más gruesos. A este proceso puede añadirse el uso de un batidor de madera para exprimir tanto como sea posible la colada. Bien escurrida, la ropa todavía húmeda se traslada en una cesta o una carretilla hasta el lugar de secado.

Otras dos operaciones subsiguientes al lavado de la ropa, eran el secado y plegado de las ropas y su traslado a los domicilios que hubieran contratado los servicios de la lavandera.En algunos países existía la costumbre, quizá superstición, de tender la ropa de noche "sobre todo con luna llena", si bien lo más frecuente fue –y de alguna manera sigue siendo en zonas rurales– hacerlo al sol, en cuerdas o bien sobre la hierba o los arbustos. Estos portes podían ser realizados por muchachos u hombres, muchas veces hijos, hermanos y maridos o amancebados de las lavanderas. En conjunto, todo el proceso era remunerado con cantidades irrisorias.En el País Vasco español, por ejemplo, ha quedado noticia de que en la década de 1930, se pagaba a un tanto la pieza, así por ejemplo el lavado de toallas grandes de felpa se pagaba a 0,25 pesetas por unidad, y la docena de servilletas a 0,30 pesetas.

Les blanchisseuses parisinas

El Sena, lavadero público de la capital francesa durante siglos, fue marco y escenario de una singular página de la mujer obrera francesa en la vida cotidiana y el entramado social del París de los siglos y . Los populares «bateaux-lavoirs» (‘barcos-lavadero’) concentraron la actividad de las lavanderas de oficio,«...lavandière, laveuse, buandière, blanchisseuse...» dentro de un fenómeno preindustial que había crecido como alternativa masiva a la lavandera doméstica de siglos anteriores. La lavandera idealizada por Greuze, se consolidó como un estamento gremial que, lejos de conseguir derechos laborales, tuvo su máxima gloria en la llamada marcha de las lavanderas durante el carnaval parisino y la elección de la Reina de las Lavanderas. thumb|Elección de la Reina de las Lavanderas en el gran «lavoir» de la «rue neuve Saint-Médard», en 1866. Antes de 1871, el novelista y comunero Jules Vallès contaba alrededor de ciento veinte 'barcos-lavadero', además de los lavaderos públicos y gratuitos y las ochenta barcazas del canal Saint-Martin. Las cifras de Jules Vallès son referidas por Francis Magnard en la primera columna de un artículo de Le Figaro, del 22 marzo de 1873, en la página 3, París día a día]. Como en otras grandes capitales del mundo occidental, las lavanderas parisinas y los «bateaux-lavoirs» desaparecieron a lo largo del primer cuarto del siglo . De su presencia en la llamada Mi-Carême ha quedado una colorista fiesta de vocación feminista.La «Mi-Carême», noticias en la La Presse del 24 de marzo de 1838 (página 3, tercera columna)En Extremadura (España) se organizan festejos con la iconografía y la cultura de las lavanderas, coincidiendo también con el Carnaval. Pueden destacarse los de Cáceres y las de Bótoa en la frontera con Portugal.

Una a menudo idealizada iconografía de las lavanderas parisinas puede contemplarse en el Museo de Orsay contrastando quizá con las lavanderas rurales arlesianas pintadas por Gauguin.

Los lavaderos del Manzanares

Por su parte, el río Manzanares, de tan menguado caudal que desde el siglo viene presentado como «aprendiz de río», también sirvió de escenario a campamentos de lavanderas, cuyos tendederos sirvieron de motivo pictórico recurrente a muy diversos pintores a lo largo de tres siglos y luego a maestros pioneros de la fotografía. Tras estas visiones (amables, casi bucólicas, en el caso de Goya, o descriptivas) queda noticia oficial de una realidad muy distinta, como puede deducirse del Decreto de 1790, en el que se dictan estas ordenanzas:

Al final del siglo , los censos dan noticia de un centenar de lavaderos y casi cuatro mil lavanderas. En 1871, la reina María Victoria, esposa de Amadeo de Saboya dispuso la creación de un Asilo de Lavanderas atendido por las Hijas de la Caridad, cercano al río, en la glorieta de San Vicente, donde las que ejercían este oficio podían "dejar a sus hijos menores de cinco años", mientras ellas trabajaban; con un pequeño hospital de seis camas para las accidentadas. thumb|Los lavaderos del Manzanares, fotografiados por Baldomero Gili hacia 1915 (fondos del Museo de Arte Jaime Morera). La mayoría de los lavaderos ocupaban ambas riberas del Manzanares, entre el Puente de Segovia y el Puente de Toledo , distribuidos con denominaciones casi oficiales como Lavadero de la Cruz, Lavadero de la Soledad, o Lavadero de San Juan de Dios, entre los más populares y populosos. Este impresionante conjunto subindustrial fue destruido durante la guerra civil española y recuperado como casa de caridad en 1944 (en su nuevo emplazamiento en la intercesión del Paseo Imperial con el Paseo de los Pontones), hasta principios de la década de los sesenta; abandonado durante dos décadas, se dispuso la rehabilitación del edificio en 1980.

Tanto las lavanderas como los lavaderos del Madrid histórico tienen representación, junto a las de otras geografías, en el Museo del Prado, con obras como el idílico cartón de Goya (1780), o el óleo costumbrista de Eusebio Pérez Valluerca, junto a otras representaciones del tema en otros ríos y parajes.

“Lavanderas Unidas”

thumb|Lavanderas del Buenos Aires de 1880, en una foto del Archivo General de la Nación Argentina. Tal era el nombre del local (especie de asociación sindical socialista) que, al final de la avenida Pueyrredón en Buenos Aires, albergaba una especie de sindicato de este y otros oficios, y que, ya al comienzo de la década de 1920, tanto impresionó a la poetisa Alfonsina Storni, y que en la narración de la poetisa, entonces muy joven, queda determinada por su sorpresa al penetrar en un local gremial donde la práctica totalidad de los seres humanos que allí había eran «negros y mulatos», en su mayoría mujeres, y que la llevó a escribir el poema Tu me quieres blanca.

El local de las Lavanderas Unidas, puede enunciarse como uno más de los muchos episodios que relatan la historia de uno de los gremios más duros y masivos entre las mujeres y obreras de la ciudad de Buenos Aires en la segunda mitad del siglo , drama común a otras metrópolis iberoamericanas, como la vecina Montevideo y las lavanderas de Pocitos, Punta Carretas, arroyo Malvin, arroyo de la Estanzuela o playa Ramírez, protagonistas de innumerables documentos fotográficos, pintadas por Faustino Brughetti, cantadas por el tanguista Raúl Berón, estudiadas por Alberto Moroy y homenajeadas después en los callejeros de sus ciudades.

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