La prueba es una novela corta del escritor argentino César Aira publicada en 1992 por Grupo Editor Latinoamericano. Aparece en un momento de grandes cambios a nivel político y económico en Argentina.

Argumento La historia de la novela es sencilla: una joven llamada Marcia, un día de camino hacia su casa es interceptada por dos chicas punk, Mao y Lenin, diciéndole: “— ¿Querés coger?”. Si bien, al inicio Marcia se rehúsa y duda, finalmente acepta por curiosidad. Las tres se dirigen hacia un restaurante y establecen una charla. El tema de esta conversación se centra en el interés de Marcia por conocer detalles acerca de estas dos chicas punk y entender a dos seres tan diferentes a ella. La historia da un giro imprevisto, cuando las tres chicas deciden llevar a cabo una prueba de amor y entran a un supermercado. Mao y Lenin bloquean las entradas del lugar y empiezan a aterrorizar a los clientes que allí se encontraban, quemando a algunos, matando a otros: todo en nombre de la prueba de amor.

Contexto Histórico El 9 de julio de 1989 en Argentina se convierte en presidente Carlos Saúl Menem. Se trataba de la primera sucesión constitucional desde 1928, y de la primera vez, desde 1916, que un presidente dejaba el poder al candidato opositor, todo hablaba de la consolidación del régimen democrático y republicano restablecido en 1983. Pero su trascendencia quedó oscurecida por una gran crisis económica. La hiperinflación, desatada en el mes de abril de 1989 llegó en el mes de julio al 200%, y en diciembre todavía se mantenía en un 40%. Con un estado en bancarrota, moneda licuada, sueldos inexistentes y violencia social, quedó expuesta la incapacidad que en ese momento tenía el estado para gobernar y asegurar el orden.

No fue sólo el veredicto de las urnas sino una compleja trama de negociaciones las que rodearían el retorno del justicialismo al gobierno, a trece años del golpe que había puesto fin a su anterior gestión (1973-1976). El 14 de mayo, la fórmula justicialista compuesta por Carlos Menem y Eduardo Duhalde se había impuesto al binomio radical que encabezaba Eduardo César Angeloz y al que acompañaba Juan Manuel Casella. Las cifras fueron contundentes: 7.862.475 (47,30 por ciento) contra 5.391.944 (32,40). En tercer lugar se ubicó la Alianza de Centro, que postulaba al ucedeísta Álvaro Alsogaray y al demoprogresista Alberto Natale. No hubo necesidad de negociaciones en el Colegio Electoral que, por tratarse hasta entonces de elecciones indirectas, era el encargado de elegir al futuro presidente. Las elecciones tuvieron un marco que reflejarían estos planos: una profunda crisis económica que terminó con el ministro Juan Vital Sorrouille, reemplazado por Juan Carlos Pugliese, poco después sucedido en el cargo por Jesús Rodríguez y, al final de mayo, hiperinflación y asalto a supermercados en el conurbano, Rosario y otras ciudades. El resultado electoral y estos hechos tornaban muy lejana la fecha del 10 de diciembre para la transferencia del poder. Finalmente, se negoció una entrega anticipada, lo cual se concretó el 8 de julio. Ese día, Menem juró y brindó su primer mensaje ante la Asamblea Legislativa, seguido con mucha atención desde la Casa de Gobierno, hacia donde luego se dirigió para recibir la banda y el bastón de mando de parte de Alfonsín.

Hiperinflación El proceso por el cual la inflación se transformaría en hiperinflación comenzó cuando el 6 de febrero de 1989, el ministro de Economía, Juan Vital Sorrouille, anuncia una reforma cambiaria. Con una inflación que en enero alcanzó al 8,9 % y una situación social tensa, caldeada aún más por los cortes energéticos realizados en pleno verano, el Plan Primavera había colapsado. El anuncio de devaluación que realiza Sorrouille dispara el precio del dólar. Nuevamente la especulación domina el mercado cambiario. La zona de la City porteña se puebla de vendedores ambulantes llamados “arbolitos” que venden moneda estadounidense regateando los precios. Eduardo Angeloz, gobernador de Córdoba, del partido radical que está en el Gobierno, exige la renuncia de Sorrouille. El 31 de marzo, asume Juan Carlos Pugliese en reemplazo del gestor del Plan Austral. En abril, la inflación trepa al 33 % y se agita el fantasma del estallido social. A mediados de mayo, la inflación, que alcanza el 78,4 % mensual, se convierte en hiperinflación. Pugliese es reemplazado por Jesús Rodríguez. En tanto, ya no hay precios, salvo en dólares, se corta la cadena económica y hay desabastecimiento. La desvalorización es tan rápida que la gente se defiende cambiando su dinero por alimentos apenas cobra su salario. Tras el triunfo electoral en los comicios presidenciales del 14 de mayo, a fines de ese mes se producen saqueos a supermercados que son fuertemente reprimidos. Alfonsín debe dejar el mando seis meses antes de lo previsto. El 8 de julio, asume Carlos Saúl Menem. En la cartera económica es nombrado Miguel Ángel Roig, directivo de la empresa Bunge y Born. El nuevo ministro fallece a los pocos días de asumir y lo reemplaza Nestor Rapanelli del mismo grupo empresarial. El flamante titular de la cartera económica aumenta un 500 % el precio de la nafta y un 350 % las tarifas de los servicios públicos. También se decreta un aumento salarial del 130 %, tras lo cual se dispone un congelamiento de precios por 90 días. En diciembre recrudece la hiperinflación. El dólar pasa de 650 a 1.800 australes. Rapanelli debe abandonar su cargo y el nuevo ministro es Erman González, hombre de confianza del presidente Menem.

Plan de medidas económicas para combatir la hiperinflación Lo nuevo no era la crisis, sino la violencia. Para enfrentarla existía una mágica receta; facilitar la apertura de las economías nacionales, para posibilitar su adecuada inserción en el mercado globalizado y desmontar los mecanismos del Estado interventor y benefactor, tachado de costoso e ineficiente. En el caso de la Argentina, y de América Latina en general, esas ideas se habían decantado en el llamado Consenso de Washington, las agencias del gobierno norteamericano y las grandes instituciones internacionales de crédito, como el FMI y el Banco Mundial , transformaron estas fórmulas en recomendaciones o exigencias, cada vez que venían en ayuda de los gobiernos para solucionar los problemas coyunturales del endeudamiento. Economistas, asesores financieros y periodistas se dedicaron con frecuencia a difundir el nuevo credo, y gradualmente lograron instalar estos principios simples en el sentido común. Su éxito coincidió con la convicción generalizada de que la democracia por sí sola no bastaba para solucionar los problemas económicos.

Según él diagnóstico dominante, la economía argentina era poco eficiente debido a la alta protección que recibía el mercado local, y al subsidio que, bajo formas variadas, el Estado otorgaba a distintos sectores económicos; todos los que en la larga puja distributiva habían logrado asegurar su cuota de asistencia. A la ineficiencia productiva, que dificultaba la inserción en la economía mundial globalizada, se suma el déficit crónico de un Estado excesivamente pródigo, que para saldar sus cuentas recurría de manera habitual a la emisión monetaria, con su consiguiente secuela de inflación. Se cuestionaba todo un modo de funcionamiento, iniciado en 1930 y consolidado con el peronismo. Algunos discutían si la crisis era intrínseca a ese modelo, o si se debía al prodigioso endeudamiento externo generado durante el Proceso, que coloco al Estado a merced de los acreedores y banqueros. Pero la conclusión era la misma: la inflación y el endeudamiento, que sirvieron durante mucho tiempo para postergar la solución de problemas y consecuentemente su agravamiento, finalmente había desembocado en el colapso de 1989.

La receta que difundía el FMI, el Banco Mundial y los economistas de prestigio era simple. Consistía en reducir el gasto del Estado al nivel de sus ingresos genuinos, retirar su participación y su tutela de la economía y abrirla a la competencia internacional: ajuste y reforma. En lo sustancial, ya había sido propuesta por Martínez De Hoz en 1976, aunque su ejecución estuvo lejos de estos supuestos. Pero era difícil de aceptar. La resistían todos los que aun vivían al calor de la protección estatal, incluyendo a los grandes grupos económicos, partidarios genéricos de estas medidas, pero reacios a aceptarlas en aquello que les afectara específicamente. También la enfrentaron quienes – no sin razones- asociaban las reformas propuestas con la pasada dictadura militar. Bajo el gobierno de Alfonsín, en su último tramo, se admitió la necesidad de encarar ese programa: hubo una cierta apertura comercial, y un proyecto de privatizar algunas empresas estatales, que chocó en el Congreso con la oposición del revitalizado peronismo y la reluctancia de muchos radicales. La crisis de 1989 allanó el camino a los partidarios de la receta reformista según un consenso generalizado, había que optar entre algún tipo de transformación profunda o la simple disolución del Estado y la sociedad.

El nuevo presidente fue uno de los conversos. Menem encauzó la crisis como una oportunidad de cambio: la conmoción social era tan fuerte, había tanta necesidad de orden público y estabilidad, que la medicina hasta entonces rechazada resultaría tolerable hasta apetecible. Por otra parte, esa medicina era de agrado de las instituciones internacionales de crédito y del selecto grupo de gurues que las asesoraba, es decir, de las fuerzas capaces de agitar o calmar las aguas de la crisis.

Para emprender el camino hacia el ejercicio efectivo del poder, Menem debía ganarse su apoyo. Un punto tenía a su favor: su incuestionable voluntad política. En la campaña electoral prometió el ´´SALARIAZO´´ y la ´´REVOLUCIÓN PRODUCTIVA´´, según el más tradicional estilo peronista, ese que por entonces procuraba modificar los ´´RENOVADORES´´. En suma, con el parecía retornar el viejo peronismo.

Aunque pronto sacrificó buena parte del bagaje ideológico y discursivo del peronismo, Menen fue fiel a lo más esencial de este: el pragmatismo. En un giro copernicano, se declaró partidario de la economía popular de mercado, abjuró del estatismo, alabó la apertura, proclamó la necesidad y bondad de las privatizaciones y se burló de quienes se habían quedado en el 45. Urgido por ganar esa confianza y extender su escaso margen de maniobra, Menem apelo a gestos casi desmedidos, se abrazó con el almirante Rojas, se rodeó de los Alsogaray – padre e hija- y confío el Ministerio de Economía sucesivamente a dos gerentes del más tradicional de los grupos económicos- Bunge y Born-, que según se decía traía un plan económico mágico y salvador.