La expresión «Estado campamental» fue acuñada por el parlamentario Ramón Serrano Suñer para definir la embrionaria primera organización gubernamental del general Franco que este implantó tras su nombramiento como jefe del gobierno por las fuerzas rebeldes durante la guerra civil española. La compleja estructura institucional fue impuesta tras la toma de posesión de Franco el 1 de octubre de 1936, y se mantuvo hasta que el general nombró su primer gobierno propiamente dicho el 31 de enero de 1938. Se caracterizó por su vocación de provisionalidad y por su dispersión tanto geográfica como funcional. Sin embargo, fue lo bastante eficiente como para apoyar a las fuerzas armadas en el curso victorioso de la guerra.
Contexto
Tras el fallecimiento en accidente aéreo del líder de la sublevación militar, general Sanjurjo, los generales Mola y Cabanellas crearon una Junta de Defensa Nacional encabezada por el segundo, que se ocuparía tanto de dirigir las operaciones militares como de encabezar políticamente el movimiento rebelde. Sin embargo, pronto surgieron movimientos partidarios de centralizar el mando. Como resultado, el 30 de septiembre de 1936 se publicó en el Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España el nombramiento del general Franco como generalísimo de los ejércitos y como jefe del gobierno del Estado. La acumulación de poder suponía, de hecho, la implantación de una dictadura en el territorio controlado por los rebeldes, que crecía de día en día. No se habló de retornar a la Monarquía ni de mantener la República. Se hablaba de la creación de un «nuevo Estado», pero no se precisaban cuáles habían de ser sus características. Para Franco, la precedente Junta de Defensa Nacional había gozado de una legitimidad totalmente nueva, basada en el apoyo del pueblo y del Ejército.
El 1 de octubre Franco tomó posesión oficialmente de sus cargos. Aunque solo había sido nombrado jefe de Gobierno, todos los medios oficiales hablaron desde el principio de «jefe del Estado», aumentando así su poder. Un poder que, en aquel momento, no tenía límites, pero que los colegas que le habían elegido consideraban provisional, hasta la pronta victoria militar que tendría lugar con la toma de Madrid. El nuevo gobernante comenzó a definir sus principios de gobierno de forma negativa: eliminación de la democracia liberal, de los partidos políticos, del socialismo, del comunismo y de la masonería. Pese a que su mayor prioridad era alcanzar la victoria militar, de inmediato creó una Junta Técnica del Estado para que le ayudase a gestionar las labores de gobierno. En aquel momento, la toma de Madrid parecía inminente y, con ella, la victoria definitiva. El 2 de octubre el rebautizado como Boletín Oficial del Estado publicó la ley que creaba este y otros organismos. El preámbulo de dicha norma revela el talante de la misma:La temporalidad de la nueva organización quedaba de manifiesto al añadir: «sin tomar como definitiva la que actualmente se implanta, aunque sea anuncio de la permanente a establecer una vez dominado todo el territorio nacional». Tanto la terminología como la provisionalidad de la institución son propias del lenguaje castrense, que busca la creación de una especie de intendencia de retaguardia que solucione los problemas más inmediatos, pero supeditada al objetivo fundamental que es obtener la victoria militar. La nueva Junta no era un auténtico gobierno. Probablemente se consideraba que sería un instrumento de apoyo civil a los militares hasta el final de la guerra, que entonces se preveía próximo.
A los tres meses del golpe de Estado, la España rebelde mostraba la apariencia de ser un Estado nuevo en el que todas las tendencias colaboraban en un proceso de centralización, unidad y eficacia, a diferencia de la división y el derroche de recursos presentes en el bando contrario. El posterior año 1937 sería difícil en el plano militar pero de gran consolidación del poder político del neófito dictador.
Ideología
150px|thumb|derecha|La invocación de un pasado glorioso fue una característica del nuevo régimen.
La ideología de Franco y muchos de sus seguidores era una mezcla de nacionalismo, antiliberalismo historicista y catolicismo tradicional. Su notorio antiliberalismo no era de índole fascista —que consideraba al liberalismo superado por la historia— sino más bien de índole tradicionalista, al añorar un pasado absolutista y católico derribado por el liberalismo. En este sentido, el pensamiento del dictador estaba más próximo al de la Comunión Tradicionalista que al de Falange Española de las JONS.
El nacionalismo se hallaba muy vinculado al antiliberalismo. Se consideraba que la decadencia de España había venido marcada por el liberalismo y que la lucha contra marxistas y liberales devolvería el pasado imperial a la nación. Se recordaba a caudillos históricos como don Pelayo, el Cid o Hernán Cortés. Aunque exagerado, este nacionalismo contribuyó a proporcionar a Franco un fuerte apoyo interclasista, mientras que sus enemigos tardaron tiempo en recurrir a él para cohesionar a sus seguidores. En un discurso pronunciado el 19 de enero de 1937, Franco declaró que había que acabar con el sufragio universal y la autonomía regional y formuló una hábil mezcla de ideas falangistas y tradicionalistas. Pero evitó definir la naturaleza del futuro régimen.
Por último, el catolicismo predominante en las jerarquías eclesiásticas de la Iglesia católica estaba muy próximo al nacionalismo de Franco. La visión de la Historia era muy similar. Y Franco hacía pública su religiosidad mientras sus propagandistas le forjaban una imagen de «gran cruzado católico».
Franco y su cuartel general
250px|thumb|izquierda|Franco se instaló en el Palacio Episcopal de Salamanca.
Franco estableció su cuartel general en Salamanca, ciudad situada lejos del frente y que se convirtió en el centro del poder nacionalista. Parece que la pequeñez de Burgos y la necesidad de atender varios frentes de combate fueron las razones para dividir la administración entre estas dos ciudades. Tras su nombramiento como jefe del gobierno del Estado, pronto fue objeto de adulación por parte de la disciplinada prensa de la zona rebelde, que le ensalzaba de un modo sin precedentes en la historia de España. Aunque algunos partidarios le denominaron «dictador», el calificativo fue pronto abandonado en beneficio del de «Caudillo», mucho más de su gusto y que evocaba la tradición castellana y al mismo tiempo resultaba equivalente a los de «Duce» y «Führer».
Rápidamente, Franco se rodeó de signos de boato y protocolo: se estableció en el palacio episcopal que le cedió su titular, el obispo Pla y Deniel; a las dos semanas ya exigía a los visitantes que vistieran chaqué; era escoltado por la vistosa Guardia Mora; su fotografía era omnipresente y junto a ella se estampaban divisas del tipo de «Los Césares eran generales invictos. ¡Franco!». Cuando el 1 de marzo de 1937 recibió al embajador italiano, lo hizo con ocho bandas militares, las distintas milicias, y tropas españolas, marroquíes e italianas en un gran desfile que atravesó la Plaza Mayor de Salamanca. El Generalísimo llegó escoltado por la Guardia Mora y fue recibido con los habituales vítores de «¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!». Pese a que ningún otro general podía rivalizar con él, Franco había sido nombrado por sus pares y su poder no estaba todavía consolidado. Confiaba en un reducido número de personas, entre las que destacaba su hermano Nicolás. En aquel momento había diversos sectores que eran de la opinión de que Franco debería dedicarse exclusivamente a las cuestiones militares, dejándoles a ellos las cuestiones políticas.
El Generalísimo dormía, comía y recibía a sus visitantes en la primera planta del palacio y trabajaba con su Estado Mayor en la segunda. En la planta baja estaba la secretaría diplomática que dirigía José Antonio Sangróniz y el departamento de Prensa y Propaganda primero dirigido por Juan Pujol y luego por Millán Astray. En el último piso se instalaron los radiotelegrafistas. Era una organización sencilla pero eficaz. Además de Nicolás Franco, eran también personas importantes y próximas a Franco su jefe de Estado Mayor, coronel Martín Moreno; su asesor jurídico, coronel Martínez Fuset; el coronel Vigón; el comandante Barroso; el general Kindelán y el almirante Cervera. Allí acudían generales que venían del frente, los embajadores alemán e italiano, y llegaban los informes de diplomáticos y espías. La centralización y eficacia del gobierno rebelde contrastaba en el mismo período con la división existente en el bando republicano; división que no solo enfrentaba a unos partidos con otros, sino internamente a algunos partidos.
150px|thumb|Unamuno fue uno de los visitantes del cuartel general.
El ritmo de trabajo de Franco por entonces era extenuante, debido a que tenía que atender tanto sus obligaciones militares como las políticas. Como no tenía suficiente tiempo para estas, solía delegar en su hermano. La jornada de trabajo del Caudillo comenzaba sobre las ocho de la mañana, pero se interrumpía a las 9:30 horas para asistir a misa. Aunque esta era una práctica personal que respondía a sus convicciones, se extendió a todos los actos oficiales del nuevo régimen. Comenzaba leyendo los informes que había elaborado el servicio de guardia nocturno y dictaba órdenes y correspondencia. Sobre las 11:00 se reunía con su Estado Mayor. A las 12:30 recibía a distintos mandos hasta la hora de comer. Esta era oficialmente las 15:00 horas, pero muchas veces se retrasaba hasta las 17:00 o 18:00. Después de almorzar, daba un paseo por los jardines del palacio en compañía de ayudantes u oficiales con los que no había podido estar por la mañana. Seguía trabajando hasta las once y media, hora a la que cenaba. Posteriormente, la jornada se prolongaba hasta las 2:00 de la madrugada.
Además de los mandos militares, también acudían intelectuales afectos a los sublevados: José María Pemán, Jesús Pabón, Manuel Torres López, Manuel Sacristán, Melchor Fernández Almagro o el propio Miguel de Unamuno. No obstante, Franco no permaneció atado al cuartel general, sino que viajó con frecuencia, visitó frentes de combate y supervisó operaciones militares menores. Esos viajes no estuvieron exentos de riesgo.
El poder de Franco se reforzaría con la unificación política y, posteriormente, con un decreto del 4 de agosto de 1937 que le permitía designar a su propio sucesor. El Generalísimo comenzó a usar también el uniforme de almirante y las paredes de toda la España nacionalista se llenaron de carteles con su imagen sonriente y el eslogan «Franco, caudillo de Dios y de la Patria». Otros visibles franquistas eran el periodista Joaquín Arrarás, el novelista Mauricio Carlavilla y el médico El Tebib Arrumí. Aunque Franco hablara a través de Serrano, de Jordana o del duque de Alba, estaba siempre claro que él tenía la suprema autoridad y la capacidad de decisión, a diferencia de lo que ocurría en el bando contrario.
En agosto de 1937 —antes de que culminara la conquista del norte— Franco trasladó su Cuartel General a Burgos, donde se estableció en la quinta de los condes de Muguiro o Palacio de Isla, una residencia más amplia y adecuada que el palacio episcopal salmantino. La ciudad pronto se vio desbordada por la llegada de las muchas personas vinculadas a la organización estatal y se convirtió en centro administrativo, político, militar y diplomático. Allí, Serrano Suñer se instaló en el palacio de la Diputación y continuó trabajando en sus fines de institucionalización del régimen. El 25 de noviembre de 1937, Franco concedió una entrevista al diario japonés Asahi en la que decía que, una vez que terminara su misión, se retiraría al campo para hacer vida de familia.
Organismos
200px|thumb|derecha|La Casa del Cordón de Burgos albergó la Junta Técnica del Estado.