La escultura de Costa Rica es aquella que se ha producido por artistas nacidos en este país, o bien, artistas extranjeros que han residido en él y cuya obra ha tenido influencia determinante en el arte nacional o ha sido reconocida como parte del mismo.
La tradición escultórica costarricense cuenta con sólidas raíces ancestrales que se remontan a la época prehispánica, cuyo epítome son las esferas de piedra de Costa Rica por su síntesis formal, es decir, que para una cultura en que lo común eran las formas altamente elaboradas y llenas de pictogramas, la conceptualización de la esfera como síntesis artística, simbólica y formal denota un grado de madurez plástico único.
Luego de la conquista y colonización española, la escultura costarricense comenzará a plasmarse primero en los talleres de imaginería, de donde saldrán los primeros escultores laicos de la historia del país. Hacia finales del siglo , surgen los primeros escultores educados en la tradición académica europea, pero a partir de 1930, una nueva generación de artistas con fuerte sentimiento nacionalista abogará por un arte más cercano a las raíces indígenas, con el uso de materiales autóctonos como la piedra volcánica en lugar del mármol, y temáticas vernáculas, del pasado prehispánico y de la fauna nacional, reinterpretando la estética precolombina en la escultura moderna.
En los años 1960 y 1970, con la introducción del arte abstracto, la escultura costarricense se abrirá a nuevos estilos, búsquedas, lenguajes y materiales, dividiéndose en dos corrientes temáticas: la naturalista/realista y la simbólica abstracta. La escultura en piedra y madera, no obstante, mantendrá su vigencia hasta nuestros días.
Entre los grandes escultores de la historia costarricense, sobresalen los nombres de Juan Ramón Bonilla, Juan Rafael Chacón, Francisco Zúñiga, Juan Manuel Sánchez Barrantes, Juan Portuguez Fucigna, Néstor Zeledón Varela, Néstor Zeledón Guzmán, Hernán González Gutiérrez, Ólger Villegas, Crisanto Badilla, Mario Parra, Leda Astorga, José Sancho, Aquiles Jiménez, Domingo Ramos, Herbert Zamora, Ibo Bonilla y Jorge Jiménez Deredia.
Periodización
Escultura precolombina
La cultura costarricense produjo abundancia y diversidad artística durante la época precolombina. Costa Rica, por su posición geográfica, fue puente entre las culturas de Mesoamérica y Suramérica, por lo que su arte prehispánico tiene influencias de ambas regiones, sin embargo, los artistas y artesanos de los pueblos autóctonos desarrollaron sus propios cánones y estilo, caracterizado por su gran capacidad de síntesis, expresando a la vez conceptos con gran vitalidad y delicadeza. En sus manifestaciones, los artistas precolombinos lograron crear obras de arte armoniosas donde se descubren tanto formas abstractas y geométricas como figuras zoomorfas y antropomorfas. Utilizaron diversidad de técnicas y materiales: cerámica, hueso, lítica, jade, oro, concha, etc.
Para su estudio, la arqueología de Costa Rica se ha dividido en tres regiones: Gran Nicoya, formada por la provincia de Guanacaste y norte de Puntarenas, recibió gran influencia mesoamericana; Región Atlántica y Central del país, perteneciente al Área Intermedia de América, con influencia del Caribe colombiano; y Región del Diquís, en el sureste del país, forma una unidad con la región Gran Chiriquí en Panamá y pacífico colombiano.
Entre el 500 y 700 d.C., los pueblos autóctonos de Costa Rica elaboraron piezas de jade a partir de jadeíta, nefrita, serpentina y otras piedras verdes, utilizando técnicas y motivos autóctonos, aunque con algunas influencias foráneas (olmecas, mayas, Cultura San Agustín). Se usaron como ornamento personal y luego se destinaron como parte del ajuar funerario de los individuos, asociados a individuos con rango social y/o con presencia de elementos mítico-religiosos. Se decoraban usando acción abrasiva con piedras y agua, raspado o esgrafiado, en el cual se realizaban incisiones, calado (acanalado) y pulido. Las figuras representaban chamanes, aves, murciélagos, lagartos y otros. Más tardíamente, el jade sería reemplazado por el oro como símbolo de poder entre 700 y 1502 d.C. Las tallas en oro, elaboradas en una aleación de oro y cobre mediante martillado y fundición, son propias de la región Central Atlántica y del Diquís. La temática se caracterizó particularmente por el predominio de la figura humana como tema central, pero combinando ésta con la presencia de elementos animales (águilas, cocodrilos, ranas, venados, saínos, animales marinos, tortugas, jaguares, etc). Las piezas de oro se distinguen por su mayor tamaño, algunas de ellas articuladas en dos y hasta tres secciones. Abundan los elementos decorativos en la figura principal. Hay gran producción de objetos martillados como discos, pectorales y diademas. Existió una homogeneidad entre el uso de materias primas locales y el acabado de los objetos.
La cerámica nicoyana fue el arte más representativo de la Gran Nicoya. Logró un avanzado estado de calidad y acabado, por lo que fue utilizada como bien de intercambio local y regional, hallándose piezas en distintos lugares de Mesoamérica y Surámerica. Especialmente apreciada por la cerámica policromada que empezó a fabricarse a partir de 800 d.C., con el arribo de los chorotegas a Guanacaste. Sus motivos combinan elementos de las culturas chibchoides (el cocodrilo, el jaguar, la serpiente, el zopilote, el murciélago) con motivos mesoamericanos (la Serpiente Emplumada, Mixcóatl, Tláloc, Tezcatlipoca). Elaborada en arcilla, se utilizaban tres pigmentos (rojo, terracota y negro), usando técnicas de modelado, incisión, punzonado y pastillaje. La cerámica nicoyana es patrimonio nacional y se sigue elaborando en algunos pueblos de Guanacaste con las mismas técnicas y materiales utilizados por los ancestros nicoyanos.
Otro tipo de cerámica que destaca es la cerámica de la región Caribe Central, con la elaboración de jarrones trípodes entre 300 a.C. a 800 d.C. Estas piezas se utilizaron en rituales funerarios, y se caracterizan por los adornos de sus soportes, cuya temática engloba temas como los animales, la figura humana y la muerte.
La escultura en piedra alcanzó una vasta producción, con fino acabado. El material más utilizado fue la andesita, obtenida de los volcanes, y se practicaron técnicas de lasqueado y pulimento, alcanzando a elaborar gran cantidad de piezas como metates ceremoniales, guerreros, chamanes, esclavos, animales, cabezas-trofeo, asientos, lápidas, remates de bastones, etc.
En la Gran Nicoya se elaboraron una serie de metates ceremoniales. Se caracterizan por un plato rectangular cóncavo y tres patas con los extremos puntiagudos, con cabeza de jaguar o guacamaya. Cabeza y patas presentan una fina decoración geométrica, con calados en una elaborada filigrana. En el vientre del plato es frecuente observar grabados. El metate ceremonial nicoyano fue una expresión artística única en Mesoamérica.
En la región Central Atlántica, el metate trípode de panel colgante se distingue como una manifestación cultural única y distintiva de las culturas prehispánicas de Costa Rica. Generalmente trípodes, presenta distintas representaciones simbólicas asociadas a la agricultura, la religión y el dominio de las sociedades indígenas unas sobre otras. Se elaboraron mediante abrasión y pulido, y su uso fue estrictamente ceremonial. La estatuaria fue abundante, destacándose especialmente los guerreros con cabezas-trofeo.
La cultura de Diquís elaboró gran cantidad de estatuas, algunas de ellas monumentales, caracterizadas por su base en forma de espiga, para colocarlas delante de los templos o casas principales. También elaboraron metates de plato ovalado, tetrápodes, con cabezas de jaguares, así como esculturas de animales como el búho, el murciélago y el cocodrilo.
La manifestación artística por excelencia de la escultura precolombina costarricense son las esferas de piedra. Procedentes en su mayoría de la región del Diquís, son megalitos de gabro o granodiorita, datados entre 300 a.C. y 300 d.C. Se han encontrado hasta 200 piezas de distinto tamaño (de pocos centímetros hasta 2.5 m de diámetro) en 34 sitios arqueológicos de todo el país. Fabricadas con técnicas de abrasión e instrumentos de piedra, aunque aún no se tiene claro del todo cómo se elaboraron. Se les ha atribuido distintos significados a través del tiempo: símbolos de rango, marcadores territoriales, jardines astronómicos, ayudas de memoria, sin faltar las teorías esotéricas, sobrenaturales y atribución a extraterrestres. La hipótesis más reciente, elaborada mediante reconstrucción etnohistórica, apunta a un significado mítico religioso, asociada con el dios del trueno Tlachque y los dioses del viento y los huracanes (serkes) de la mitología talamanqueña.
Las esferas de piedra se consideran un hito del pasado prehispánico costarricense en general, y de la escultura precolombina en particular. Su síntesis formal, la concepción de la esfera como motivo artístico, denota un grado de madurez plástico único en el continente. Por esto, se les considera símbolos nacionales de Costa Rica y han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Periodo colonial: los maestros imagineros
Durante el periodo colonial, el arte escultórico estuvo centrado básicamente en el tema religioso. Es en los talleres de imaginería que surgirán los primeros maestros escultores, que serán los precursores de la escultura contemporánea costarricense. Este hecho es significativo: la escultura nacional será producto de los talleres de imaginería y no de la Academia de Bellas Artes, que no se fundará hasta 1897.
La imaginería costarricense recibió mucha influencia de la escuela de imaginería guatemalteca. Al menos desde finales del siglo (1700), existía ya en Costa Rica una tradición escultórica en la imaginería religiosa. No obstante, la mayoría de los maestros imagineros realizaron su obra de forma anónima, dado que ésta se tomó como un servicio hacia la Iglesia Católica. La importancia de la imaginería religiosa costarricense se acrecienta si se toma en cuenta que cada templo debía tener, al menos, seis imágenes básicas (Cristo crucificado, Cristo yacente, el santo patrono, la Virgen María, el Nazareno y el San Juan), lo que aumentaba la demanda de esculturas, más si se toma en cuenta el número cada vez creciente de parroquias.
Los maestros imagineros costarricenses más conocidos son aquellos que desarrollaron su trabajo en el siglo . Muchos de ellos fueron, a su vez, maestros de los que posteriormente serían los primeros escultores laicos del país. Entre los imagineros, destacan los nombres de Mercedes Guillén, Ramón Ramírez Guillén, Serapio Ramos, Manuel Rodríguez Cruz, Fadrique Gutiérrez, Ramón Ramírez Solano, Miguel Ramos Chacón, Juan Mora González, José Valerio Argüello, José Dolores Zamora Zamora, conocido como Zamora el Viejo, Pedro Pérez Molina, Lisímaco Chavarría, Alfredo Jiménez y Manuel María Zúñiga. thumb|left|120px|Escultura de la Virgen de los Ángeles, aleación de jade, grafito y andesita. Hacia 1660. Manuel Rodríguez Cruz está reconocido como el más grande maestro imaginero costarricense del siglo , así como uno de los primeros escultores reconocibles de la plástica costarricense. Logró dar a su obra un carácter personal, que devino en un sello propio. Sus obras reflejan gran manejo del material, simetría anatómica y expresividad. Su obra más conocida es la imagen del Cristo yacente que se encuentra en la Catedral Metropolitana de San José, la cual se ha considerado una verdadera obra maestra de la imaginería nacional. Es el maestro imaginero más renombrado y citado en obras especializadas. Su obra se considera de gran valor histórico y cultural.