miniaturadeimagen|250px|El chicanismo parte de la idea de que los chicanos son nativos de la tierra y no inmigrantes, y para ello sitúa Aztlán en el suroeste de Estados Unidos. El chicanismo () es la conciencia cultural que sustentó al movimiento chicano, la movilización por los derechos civiles que la población de origen mexicano emprendió en Estados Unidos durante las décadas de 1960 y 1970. Su rasgo central es la identificación de los chicanos con sus raíces indígenas americanas, que alimenta la idea de que son nativos de la tierra y no inmigrantes.

El movimiento del que forma parte nació de la situación que vivía la comunidad mexicano-estadounidense: discriminación generalizada, escasa movilidad económica y social, instituciones educativas deficientes y miedo a perder su cultura. Frente a ello, el chicanismo reclamó la unidad de todos los chicanos con independencia de su clase social y convirtió la organización comunitaria en su principal herramienta. De esa etapa proceden el Plan Espiritual de Aztlán y El Plan de Santa Bárbara, ambos de 1969, las huelgas estudiantiles de Los Ángeles y Denver y la Moratoria Chicana contra la guerra de Vietnam. El segundo de esos documentos estableció la definición habitual del chicanismo: separó dos actitudes: el chicano reconstruye su herencia indígena, el mexicano-estadounidense la deja de lado y busca la asimilación. También introdujo los estudios chicanos en la universidad.

El chicanismo antepone la afirmación de la identidad propia a la integración, da el primer papel a la juventud estudiantil y sitúa Aztlán, el lugar de origen de los aztecas, en el suroeste de Estados Unidos. Ese nacionalismo cultural busca la liberación del grupo, no la integración en la sociedad estadounidense. Los barrios, los vecindarios de clase trabajadora, funcionaron como centros culturales de la comunidad, y el movimiento rechazó la americanización y la asimilación por considerarlas una forma de destrucción cultural.

Entre las figuras asociadas al chicanismo destacan Rodolfo «Corky» Gonzales, autor del poema I Am Joaquín y fundador de la Cruzada por la Justicia; César Chávez y Dolores Huerta, organizadores del sindicalismo agrícola; José Ángel Gutiérrez, cofundador del Partido de La Raza Unida; Reies López Tijerina, que pidió la devolución de las tierras mexicanas en Nuevo México; y Mirta Vidal, que denunció la posición subordinada de las chicanas dentro del propio movimiento. El chicanismo impulsó también un arte propio —muralismo, literatura, prensa y grafiti— que sus estudiosos describen como un renacimiento cultural. El xicanisma, término que la escritora Ana Castillo acuñó en 1994 para nombrar un feminismo chicano de raíz indígena, se ha descrito como una prolongación del chicanismo.

Orígenes y contexto del movimiento chicano Durante los primeros años de las décadas de 1960 y 1970, numerosos mexicano-estadounidenses se agruparon por todo Estados Unidos para exigir cambios sociales y políticos. Ese impulso recibió el nombre de movimiento chicano y puede definirse como un movimiento social nacido en la década de 1960 para protestar por la situación en que vivía la comunidad mexicano-estadounidense. Fue un movimiento reformista, cargado de emotividad y mayoritariamente pacífico, que reunió varias preocupaciones de peso para esa comunidad. Entre ellas estaban el miedo a perder su cultura, la falta de movilidad económica y social, una discriminación generalizada y unas instituciones educativas deficientes. El movimiento cambió la manera en que los mexicano-estadounidenses se veían a sí mismos dentro de la sociedad. Esa pregunta había surgido en la comunidad por las barreras de opresión que sus miembros percibieron al llegar a Estados Unidos. Para combatir ese aislamiento, el movimiento chicano buscó unir a todos los chicanos con independencia de su clase social. El fortalecimiento colectivo resultaba esencial, porque los chicanos eran una minoría dentro de la sociedad estadounidense. Por ello la organización comunitaria se volvió la vía para sacar adelante su agenda de manera conjunta. El movimiento giró en torno a una pregunta: qué significaba ser mexicano en la sociedad estadounidense. La cultura chicana reunió una multiplicidad de ideas presentes en la comunidad mexicano-estadounidense. Los intelectuales y demás participantes, entre ellos artistas y escritores, crearon formas nuevas de arte que recogían esa cultura. Entre los ejemplos figuran las virtudes de la herencia indígena mexicana y las obras literarias bilingües, a veces incluso plurilingües. Parte del propósito del movimiento consistió en construir un relato histórico que cuestionara la victimización de los mexicano-estadounidenses mediante la crítica de la asimilación a la sociedad y la cultura estadounidenses.

El movimiento chicano

miniaturadeimagen|250px|Vista aérea de los disturbios que siguieron a la manifestación de la Moratoria Chicana contra la guerra de Vietnam, en el este de Los Ángeles, en agosto de 1970. El movimiento chicano de la década de 1960, conocido también como El Movimiento, se basó en el empoderamiento de los mexicano-estadounidenses. Se sustentaba en la organización comunitaria y en el nacionalismo entendido como afirmación cultural, y concedía además una importancia simbólica a los lazos ancestrales con Mesoamérica. Entre las reformas que reclamaba figuraban la restitución de las mercedes de tierras, los derechos de los trabajadores agrícolas y el acceso a mejores oportunidades educativas. El movimiento giraba en torno a la unidad de la extensa población mexicana de Estados Unidos. De él surgieron varios acontecimientos y organizaciones de peso. Sus integrantes participaron en distintas huelgas estudiantiles, entre ellas las del este de Los Ángeles en marzo de 1968 y las de Denver en marzo de 1969. Esas huelgas influyeron mucho en la lucha por la igualdad en las escuelas y por unas condiciones mejores para los chicanos. El movimiento organizó también la Moratoria Chicana, una campaña contra la guerra de Vietnam que denunciaba el hecho de que los chicanos morían en el frente en una proporción mucho mayor que la de su población. A esa desproporción contribuían la exclusión de la enseñanza superior y unas escuelas públicas deficientes, que dejaban a los jóvenes mexicano-estadounidenses sin el aplazamiento del servicio militar que conseguían los estudiantes universitarios. Las primeras marchas se celebraron en el este de Los Ángeles en diciembre de 1969, con más de mil participantes, y en febrero de 1970, con unos tres mil. La convocatoria nacional del 29 de agosto de 1970 reunió en Whittier Boulevard a entre 20.000 y 30.000 manifestantes, y otra docena de ciudades se sumaron a la protesta ese mismo día. Ninguna otra comunidad étnica del país había organizado hasta entonces una movilización contra la guerra de tamaño comparable.

La marcha empezó de forma pacífica, pero el departamento del sheriff del condado de Los Ángeles la declaró reunión ilegal y la disolvió con gas lacrimógeno y porras. Tres personas murieron aquel día, aunque algunos recuentos elevan la cifra a cuatro. Entre ellas estaba el periodista Rubén Salazar, columnista de Los Angeles Times y director de informativos de la emisora en español KMEX. Salazar se había refugiado en un bar de Whittier Boulevard cuando un agente disparó al interior del local un proyectil de gas lacrimógeno que lo alcanzó en la cabeza y lo mató al instante. El forense calificó la muerte de homicidio, pero la fiscalía nunca procesó al agente; una comisión civil independiente concluyó en 2011 que no existían pruebas de que el disparo fuera premeditado. Numerosos activistas sostuvieron que las fuerzas de seguridad vigilaban a Salazar, y su muerte lo convirtió en un símbolo del movimiento chicano. La comunidad respondió con nuevas movilizaciones, que unieron la oposición a la guerra con la denuncia de la brutalidad policial. Entre los grupos que convocaron la marcha estaban los Boinas cafés, una organización chicana fundada en 1967. El movimiento chicano llegó incluso a presentar a los vietnamitas como camaradas frente a las fuerzas imperialistas blancas estadounidenses. Otro acontecimiento de gran importancia fue la Conferencia Nacional de Liberación de la Juventud Chicana, organizada por primera vez por Rodolfo «Corky» Gonzales. La conferencia se reunió durante varios años consecutivos y su papel como elemento unificador de los chicanos de todo el país fue muy importante. En su primera edición se redactó el Plan Espiritual de Aztlán, que se convirtió en una especie de hoja de ruta del movimiento chicano. El documento comienza por plantear que los chicanos deben emplear su nacionalismo como «denominador común para la movilización y la organización de masas». Enumera siete objetivos organizativos: la unidad en la conciencia del pueblo para la liberación de La Raza; el control económico de sus propias vidas y comunidades sin explotación; una educación adaptada a los chicanos; instituciones al servicio del pueblo como compensación por lo ocurrido en el pasado; una autodefensa basada en la fuerza conjunta de la comunidad; el uso de los valores culturales para reforzar la base moral del movimiento; y la liberación política mediante la acción independiente. El texto detalla además las acciones que debían emprenderse: informar a la población, realizar grandes manifestaciones y huelgas, crear partidos políticos y ejercer la democracia participativa. Algunos consideran que el movimiento chicano terminó en la década de 1970, mientras que otros sostienen que ese cambio de intensidad se debió a un renacimiento cultural dentro del propio movimiento.

Formulación ideológica: El Plan de Santa Bárbara En abril de 1969, un mes después de la conferencia de Denver, el Consejo Coordinador Chicano para la Educación Superior (Chicano Coordinating Council on Higher Education) reunió en la Universidad de California en Santa Bárbara a un centenar de estudiantes, profesores y representantes de la comunidad. De ese encuentro salió El Plan de Santa Bárbara, un documento de 155 páginas pensado como plan para crear programas de estudios chicanos en las universidades estadounidenses. Si el Plan Espiritual de Aztlán había marcado el impulso nacionalista del movimiento, el Plan de Santa Bárbara fue el texto que definió el chicanismo como ideología.

El documento define el chicanismo por el compromiso con la lucha por la liberación chicana, y lo describe como un concepto que integra la conciencia de uno mismo con la identidad cultural, paso previo a la conciencia política. Sobre esa base establece la distinción que constituye el núcleo de la ideología: la que separa una mentalidad «mexicano-estadounidense» de una mentalidad «chicana».

El Plan llama «mexicano-estadounidense» a una actitud y «chicano» a otra, y advierte que una misma persona puede pasar de la primera a la segunda. No son dos palabras para un mismo grupo, ni dos orígenes, ni dos nacionalidades: son dos maneras de situarse ante la propia herencia cultural. Según el documento, el mexicano-estadounidense carece de respeto por su herencia étnica y cultural. Inseguro de sí mismo, busca la asimilación como salida a una posición social degradada. Por esa razón, dice el texto, no consigue ninguna fuerza política. El chicano, en cambio, se define por el respeto y el orgullo hacia esa misma herencia. Actúa con confianza, tiene muchas más opciones en política y es capaz de crear una ideología eficaz a través de la acción.