El Tratado de Londres para la pacificación de Grecia lo firmaron el 6 de julio de 1827 los representantes del Reino Unido, Francia y Rusia. Austria y Prusia, invitadas a las negociaciones que condujeron al pacto, se negaron a participar.
Este tratado concernía a Grecia, entonces en plena guerra de independencia contra el Imperio otomano. Su objetivo era poner fin al conflicto y al derramamiento de sangre. No obstante, contravenía los principios de la Santa Alianza, que de hecho debilitó. Efectivamente, implicaba el reconocimiento de un nuevo país (Grecia) y desbarataba así el equilibrio europeo establecido en el Congreso de Viena y del que la Santa Alianza era garante.
Este tratado reflejaba tanto el interés de Europa por la causa griega como la voluntad de cada uno de los países firmantes de estar presente en el Mediterráneo oriental con el fin de no entregar el dominio de la región a las dos otras potencias. Preveía la mediación de los tres firmantes con los beligerantes para hacer cesar las hostilidades.
Aceptado por Grecia pero rechazado por la Sublime Puerta, suscitó el envío de una flota británica, francesa y rusa, para «mantener la paz». Una operación naval en el oeste del Peloponeso, encuadrada en la aplicación de este tratado, precipitó la batalla de Navarino. Para completar la aplicación de este tratado, Francia envió posteriormente una «fuerza de interposición» terrestre, que se conoce como la expedición de Morea.
Circunstancias thumb|El juramento de Aghia Lavra. Este cuadro de Theodoros Vryzakis conmemora el alzamiento del 25 de marzo de 1821. En 1821, los griegos se alzaron contra la Administración otomana. Lograron al principio numerosas victorias y proclamaron la independencia en enero de 1822. Los triunfos griegos resultaron, empero, efímeros, en parte porque los insurgentes se dividieron rápidamente en facciones rivales que se enfrentaron en dos guerras civiles. El sultán había llamado también en su auxilio a su vasallo egipcio Mehmet Alí que, en 1824, despachó a Grecia a su hijo Ibrahim bajá con una flota y ocho mil soldados, a los que luego reforzó con otros veinticinco mil. La intervención de Ibrahim resultó decisiva para desbaratar a los insurrectos: reconquistó el Peloponeso en 1825; tomó Mesolongi en 1826 y se apoderó de Atenas en 1827. Ya no le quedaba entonces a Grecia sino Nauplia, Hidra y Egina.
La posición de las potencias europeas era entonces equívoca, igual que la de sus representantes en el Levante. El alzamiento griego, considerado liberal y nacional, no convenía al Imperio austríaco de Von Metternich, principal artífice de la política de la Santa Alianza. No obstante, Rusia, otro gendarme reaccionario de Europa, era favorable a la insurrección por solidaridad religiosa ortodoxa y por su interés geoestratégico en dominar los estrechos de los Dardanelos y del Bósforo. Francia, otro miembro activo de la Santa Alianza, mantenía una posición ambigua: los griegos, en efecto liberales, pero eran primeramente cristianos y su alzamiento contra los otomanos musulmanes podía parecer una nueva cruzada. El Reino Unido, país liberal, se interesaba sobre todo por la situación de la región debido a su relación con la ruta a la India, y deseaba por tanto poder ejercer un cierto control sobre ella.
El protocolo de San Petersburgo left|thumb|La muerte de lord Byron en Mesolongi. La matanza de Quíos, la muerte de lord Byron y la caída de Mesolongi habían emocionado suficientemente a las opiniones públicas occidentales para que los Gobiernos se preocuparan, inquietud que se reflejó primero en acciones diplomáticas. Además, el mes de agosto de 1824, el Gobierno griego había solicitado al Reino Unido que interviniese con el fin de acabar con el conflicto. El 4 de abril de 1826 (24 de marzo del calendario juliano), Wellington, en San Petersburgo, firmó con Nesselrode y Lieven un protocolo anglo-ruso que preveía una mediación entre griegos y otomanos para solventarlo. El protocolo era el primer reconocimiento político de Grecia, cuyo nombre aparecía escrito por primera vez en un documento diplomático. Era también un primer desafío a la Santa Alianza, ya que esta, durante el Congreso de Verona, se había pronunciado contra las reivindicaciones griegas.
En julio de 1825, las instituciones griegas se dirigieron nuevamente al Gobierno británico con el fin de pedirle que intercediese ante el Imperio otomano. El protocolo de San Petersburgo, el cuatro de abril siguiente, concretó esta tentativa de mediación. El texto disponía que: Grecia, cuyo territorio sería definido posteriormente, quedaría como dependencia del Imperio otomano. Esta dependencia quedaría reflejada en el pago de un tributo anual. Asimismo, aunque los griegos tenían el derecho de disponer de sí mismos y de escoger su Gobierno, este tendría que contar con el beneplácito de la Sublime Puerta. Con el fin de evitar conflictos futuros, se realizaría algún tipo de intercambio de poblaciones y los griegos tendrían que adquirir las propiedades de los otomanos. Si el Imperio otomano rechazaba los términos del acuerdo, los embajadores británico y ruso en Constantinopla tendrían que continuar empleando su influencia para convencerlo de aceptarlos. Rusia y el Reino Unido no aprovecharían en ningún caso la situación para aumentar sus territorios.
Negociaciones thumb|George Canning Este protocolo, sin cláusulas militares, sirvió, a George Canning como base de las negociaciones siguientes con los demás países europeos, a los cuales se envió inmediatamente.
Primeras reacciones La primera reacción de Metternich fue esperar que el acuerdo anglo-ruso «naciese muerto, fuese un brindis al sol» y alegrarse de que no incluyese cláusulas militares. Trató entonces con Francia, a la que comunicó por medio de su embajador que el protocolo iba en contra de la Santa Alianza y amenazaba el equilibrio europeo establecido en 1814-1815. Por su parte, Canning hizo todo lo posible para conseguir el respaldo francés. El texto del protocolo se comunicó oficialmente al Gobierno francés el , aunque el Times lo había publicado ya a mediados de abril. En septiembre de 1826, parecía cada vez más probable que el intento de mediación anglo-ruso iba a fracasar cuando Carlos X comenzó a manifestar interés personal en la causa griega. Convino con su almirante Henri de Rigny, destinado en el Egeo, que las potencias occidentales tendrían que intervenir para lograr la pacificación de Grecia. A finales de septiembre, Canning llegó a París en visita privada. Se reunió sin embargo largamente con Villèle, el presidente del Consejo de Ministros. También se le invitó frecuentemente a cenar de modo informal en las Tullerías con Carlos X. El caso griego se trató, entre otras cuestiones. Francia consintió en adherirse al protocolo de San Petersburgo siempre y cuando los austríacos, así como los prusianos, lo aceptasen también, es decir, que su aplicación se hiciera en el marco de la Santa Alianza. El Imperio otomano por su parte rechazó el protocolo, en el cual no veía sino la mano de Canning, e indicó: «nuestros asuntos nos conciernen únicamente a nosotros y a nadie más». Para los otomanos, en efecto, la insurrección griega seguía siendo un problema interno del imperio. thumb|El zar Nicolás I de Rusia. Rusia acrecentó la presión sobre el Imperio otomano mediante la Convención de Akkerman cuya firma Nicolás I había impuesto prácticamente a los otomanos, el . El zar parecía querer acelerar los acontecimientos y, sobre todo, no ceder en nada. Canning sugirió amenazar a la Sublime Puerta con la llamada a consultas de los embajadores y el reconocimiento oficial de Grecia. Los rusos, empero, querían un acuerdo que no solo incluyese una mera amenaza de retirar los embajadores de Constantinopla, sino que contuviese también la posibilidad de emprender una intervención militar. Se convocó una conferencia de diplomáticos ingleses, rusos y franceses en Londres para discutirlo. El 18 de diciembre, Francia había anunciado que rubricaba el protocolo. La Austria de Metternich, en vez de rechazar todo en bloque y encontrarse así excluida del proceso, quizá de tener incluso que presenciar la desaparición de la Santa Alianza, decidió seguir las negociaciones y ralentizarlas todo lo posible. Prusia adoptó el punto de vista austriaco.
Proyectos left|thumb|El rey Carlos X de Francia. Los meses que siguieron se dedicaron al retoque del acuerdo, labor que conllevó continuas visitas a las tres capitales. Cada una de las potencias deseaba estar presente en las negociaciones, pues cada una temía a las otras dos y creía correr el riesgo de ser expulsada por ellas del Mediterráneo oriental. Francia propuso un borrador de tratado (y ya no de protocolo) el . Se inspiraba claramente en el texto del protocolo de San Petersburgo, pero añadía las ideas de Canning: la amenaza de llamar a consultas a los embajadores, e incluso de reconocer oficialmente a Grecia en caso de que los otomanos rechazasen de la mediación. La propuesta francesa no incluía ninguna mención de recurrir a la fuerza. La idea era obtener el apoyo británico al tiempo que se tranquilizaba a Austria. No obstante, Rusia exigió en una contrapropuesta presentada en enero de 1827, un verdadero calendario de represalias contra Constantinopla: cuándo retirar los embajadores, cuándo reconocer a Grecia y, sobre todo, qué hacer si los otomanos persistían en rechazar la mediación. El proyecto francés descartaba la guerra; el ruso la devolvía a la mesa de negociaciones. Canning declaró a finales de febrero que el proyecto ruso era «más positivo» que el francés y que iba a tratar de conciliar ambos en un nuevo borrador. Este, redactado con Lieven, el embajador ruso, partía del principio que Austria no lo aceptaría. Por tanto, no se la tuvo en cuenta a partir de entonces, justo cuando Metternich sugería que se aclarase primero qué contingentes participarían en una hipotética intervención armada. París anunció entonces (para no quedar rezagada) que compartía la posición de Rusia y Reino Unido, abandonando toda preocupación por la actitud de Prusia y Austria.
Los acontecimientos se aceleraron después de la toma de posesión de Canning como primer ministro el 12 de abril de 1827 y luego con la toma de Atenas el 5 de junio por las tropas otomanas. El Gobierno de Canning se constituyó a finales de abril; el 11 de mayo, un borrador de proyecto estaba listo y fue aceptado por el Gobierno británico el 22 de mayo. Sus artículos eran prácticamente los mismos que los del tratado definitivo. Casi idéntico al protocolo de San Petersburgo y al proyecto francés, contenía un artículo más, al principio secreto, inspirado en el proyecto ruso, que concedía un mes al Imperio otomano para aceptar la mediación; si no lo hacía, se llamaría a consultas a los embajadores, se reconocería oficialmente a Grecia y se implantaría un bloqueo naval. El 1 de junio, Carlos X dio el visto bueno al documento. El 6 de junio, Metternich anunció sus reservas, similares las que había expresado con respecto al protocolo de San Petersburgo. Surgieron dificultades de última hora debidas al embajador francés Polignac, que advirtió que el bloqueo previsto en el documento aprobado contravenía una ley británica que defendía la libertad total de comercio. Se consultó entonces el parecer de algunos juristas sobre la validez del plan. Mientras, la flota de interposición rusa zarpó del puerto de Kronstadt; se informó de ello el 6 de julio a los negociadores reunidos en Londres. Por fin, se decidió pasar inmediatamente el documento a la firma eliminando toda referencia al bloqueo; la cláusula que lo mencionaba se sustituyó por otra que concedía libertad a los almirantes de las flotas de interposición para emplear los medios que juzgasen oportunos para cumplir su misión.
Tratado