La Guerra de Iquicha fue una rebelión indígena y campesina que estalló entre 1825 y 1828, enfrentando al ejército de la naciente República del Perú y los insurgentes realistas de Huanta, denominados iquichanos.
Los iquichanos defendían un régimen monárquico, corporativo, pluri-étnico y poliárquico inspirado en la monarquía tradicional y el pluralismo jurídico de los fueros del Imperio español (al que consideraban garante de su derecho consuetudinario con el pactismo de su vasallaje a la Corona española), siendo una reacción al constitucionalismo uniformizador y progresista, al centralismo limeño y a la democracia liberal (también inicialmente al bolivarianismo) por el peligro a que sus instituciones tradicionales no sean respetadas por un estado dominado por criollos y la desconfianza a la incertidumbre de las elecciones democráticas. También sería una lucha religiosa en defensa del catolicismo político contra las ideas nuevas heréticas de anticristos republicanos.Altuve-Fevres, Fernán. Los últimos estandartes del rey. Web Oocities. Reproducido de Razón Española, n.° 98, nov./dic. 1999.
Antecedentes Huanta Huanta era un partido con un sector español de antiguo raigambre y una numerosa población indígena. Su población estaba «más polarizada que mestizada». El «odio de los indios hacia los blancos era igual al desprecio de éstos por aquéllos», aunque había una suerte de status quo entre ambos sectores. Por el contrario, Huamanga contaba con una población blanca y mestiza mucho más numerosa. Según un empadronamiento de 1802, Huanta tenía blancos y mestizos y indios, en cambio, Huamanga y respectivamente; los dos partidos más poblados de la intendencia de Huamanga y con mayor porcentaje de españoles.
Eran las relaciones entre la «comunidad punta de lanza de la rebelión», en este caso San Pedro de Iquicha, y sus vecinas lo que indica cuánto se involucró cada pueblo en la guerra. Todas estaban unidas en alguna medida por lazos de parentesco, cultura, ritualidad, economía, etc. Cada comunidad indígena estaba dirigida por sus curacas, jefes o señores de lo que eran «grupos étnicos» más que «reinos» o «naciones». La lealtad del curaca a la monarquía legitimaba su estatus privilegiado de «indio noble».
El historiador Manuel Jesús Pozo indica «Los geógrafos, entre otros el comandante Stiglich, en su Diccionario Geográfico, le asigna a Iquicha, cuatrocientos veinte y dos habitantes. Nos parece que esta cifra, es reducida». Si se sumaban las demás comunidades movilizadas «Los iquichanos, sino hubiesen contado, cuando menos con diez o doce mil habitantes, dispuestos a combatir». El político ayacuchano Carlos Mendívil habla de , coincidiendo con las estimaciones del etnógrafo Abilio Vergara Figueroa y la escritora Alfonsina Barrionueva. En cambio, el historiador francés Patrick Husson de indígenas en las comunidades rebeldes.
Para Inca Garcilaso de la Vega, los iquichanos eran un aillu de los chancas, que en palabras del folklorista Víctor Navarro del Águila eran «parte de una confederación más grande de grupos» o un «grupo macroétnico» que atacó Cuzco en 1438 pero fue vencida.
Cabecillas Sin embargo, en esta rebelión la mayoría de los dirigentes eran comerciantes o arrieros, ningún cacique. De hecho, su principal caudillo fue Antonio Huachaca, arriero analfabeto y pobre pero popular entre su comunidad, conocedor de las rutas, con contactos comerciales y relaciones de parentesco que le hicieron ganarse a los pueblerinos y la gente pobre que vivía en la selva. Carismático, con años de experiencia política en la defensa de los intereses de su gente, valiente, sano físicamente, hábil militar y estratega. Apareció primero en 1813 como un líder popular, cuando los campesinos se negaron a obedecer al intendente de Huamanga para hacer cumplir la Constitución de Cádiz, que abolía el tributo indígena y el trabajo no asalariado en obras públicas (minka).
Durante su servicio en el ejército realista alcanzó el grado de general de brigada. Destacó durante al enfrentarse a los rebeldes de Cuzco como jefe de guerrillas bajo las órdenes del hacendado y comandante de milicias Pedro José Lazón. La principal acción fue la exitosa defensa de Huanta el 1 de octubre de 1814, cuando el coronel rioplatense Manuel Hurtado de Mendoza atacó la ciudad.
Otro cabecilla fue el «Excelentísimo coronel» Tadeo Chaccche (Chacche), indio letrado y con hacienda en las punas. Se destacan a los jefes Francisco Garay, el vasco-francés o español Nicolás Soregui (o Zoregui), Francisco Lanche y Prudencio Huachaca, hermano del brigadier. También hubo sacerdotes que cambiaron sus hábitos religiosos para dirigir las guerrillas «con sable en mano y pistola de chispa al cinto», como el «capellán del ejército iquichano», presbítero Mariano Meneses.
Tendencias monárquicas y republicanas Durante la rebelión de Túpac Amaru II (1780-1783), los indios de Huanta contribuyeron con hombres para sofocarla. El miedo a un «deslizamiento etnicidiario» llevó a muchos no indígenas a negarse a apoyar la rebelión. Décadas después, en la rebelión de Cuzco (1814-1815), la administración virreinal liberal y la aristocracia de Huamanga se aliaron con unos rebeldes que se alzaron en nombre de la Constitución española de 1812. Los huantinos movilizaron sus fuerzas para detener a los rebeldes en su avance sobre Huamanga. Su importancia estratégica radicaba en que ambas urbes eran claves para las comunicaciones entre Cuzco y Lima.
A la larga, Huanta se volvió el foco realista y Huamanga el patriota, marcando la historia de la región durante esa época como un epicentro de grandes batallas, lo que llevó a los patriotas huantinos a huir a Huamanga y los realistas huamanguinos a Huanta. La villa recibió el lema «la fiel e invencible ciudad de Huanta» para su blasón el 22 de febrero de 1821. También hubo un fuerte apoyo indígena a la causa realista en otras regiones como Puno, Arequipa, Oruro y Cuzco.
Entre 1821 y 1824, la intendencia de Huamanga se convirtió en un bastión del ejército monárquico pero donde surgieron feroces guerrillas patriotas de morochucos de Cangallo. Su resistencia a los realistas era natural, pues las necesidades del ejército recaían sobre sus ganados, arruinándolos económicamente. Durante el período 1820-1824, los Andes peruanos fue el principal campo de batalla entre patriotas y realistas que devastaron el territorio, especialmente en la intendencia. Después de una década de conflictos, Huamanga acabó arruinada.
El 15 de febrero de 1825, por decreto de Bolívar, la ciudad de Huamanga pasó a llamarse Ayacucho en honor a la victoria final sobre los realistas; lo mismo sucedió con la provincia y el departamento homónimos. Orden cuyo cumplimiento quedó a cargo del ministro José Faustino Sánchez Carrión.
Causas de la rebelión En cambio, los campesinos de Huanta eran cultivadores de coca principalmente y la situación poco los afecto. Además, algunas fuentes indican que nunca pagaron tributo y por ello fueron «decididos partidarios de la Corona de España».
La mayoría no era muy favorable a las ideas liberales, en parte porque no había grandes propietarios agrícolas deseosos de reformas (los grandes terrenos particulares solo se multiplicaron en la región entre finales del e inicios del ). Después de la independencia, los indios de Huanta debieron soportar el castigo por apoyar a los monárquicos: era el pago de un impuesto de pesos que todo el partido homónimo debía reunir (excepto los pueblos de Quinua, Guaychán y Acosvinchos) que exigió el mariscal Antonio José de Sucre «por haberse rebelado contra el sistema de la Independencia y de la libertad». El dicha imposición alteró los precios de la coca y causó una crisis económica.
Además, después de vivir la guerra sin mayores problemas económicos, el nuevo sistema republicano promovió indirectamente a Huánuco como un competidor comercial de Huanta al permitir a sus soldados saquear, arrestar, forzar a la fuga y secuestrar los bienes de muchos habitantes. Al mismo tiempo, el liberalismo económico imponía condiciones para eliminar las tierras comunales y sólo dejar propiedades individuales, lo que chocaba directamente con la supervivencia de las comunidades y la autonomía de sus autoridades étnicas. Tampoco desapareció el tributo colonial, convertido en una «exacción fiscal de la República» en 1826, después de dos años sin pagar tributos.
Huanta se volvió el punto de reunión de numerosos opositores al «nuevo sistema», especialmente españoles demasiados pobres para volver a la metrópolis y soldados realistas que se dispersaron después de la Capitulación de Ayacucho. Huachaca mantuvo importantes vínculos con aquellos militares. Debe mencionarse que cuando los monárquicos se retiraron de Lima a la sierra ante San Martín, muchos soldados, casi todos indios peruanos indiferentes a quién les mandará, realistas o patriotas, se refugiaron en Iquicha. La mayoría carecían de sus armas y sus oficiales apenas portaban sus espadas. Militares como estos fueron los principales instigadores de la revuelta junto con sacerdotes realistas.
También había muchos peruanos temerosos de quedar subordinados a los intereses de la Gran Colombia. Por último pero no menos importante, estaba la cosmovisión de la figura mistificada del rey como un «Inca Católico» al que se debía lealtad según la tradición y la religión. «El problema era de principios: la república era considerada por los andinos como enemiga de su pueblo y de su fe».
Debido a estos eventos, los rebeldes de Huanta reclamaron su intención de «Expulsar a los opresores, rechazar el tributo, y defender a la religión católica».
Ejército rebelde Organización El movimiento rebelde se constituía de arrieros, curas, campesinos y hacendados locales apoyados por soldados, oficiales y comerciantes españoles. Los criollos y mestizos solían dedicarse a la organización y propaganda de la rebelión. Después de la derrota muchos culparon a los indios de obligarlos a participar, descargando sobre ellos el peso de la culpa.
Huachaca fue nombrado «Gran Jefe de la División Restauradora de la Ley». Su ejército inmediatamente empezó a buscar estructurar su jerarquía de mando exactamente igual que el Ejército Real del Perú, que era su punto de referencia. El funcionamiento interno de cada comunidad llevaba a los individuos a seguir las decisiones del colectivo como si fueran una sola voz, lo que facilitaba la movilización masiva de combatientes.
En cuanto al armamento, su caballería era numerosa, iba armada de lanzas, rejones, huaracas (hondas) y cocobolos (boleadoras andinas) y se organizaba en los Lanceros de Santiago. Desde los tiempos de la rebelión de Cuzco, cuando lucharon agrupados en el Cuerpo de Milicias de Huanta, los iquichanos demostraron ser tan buenos jinetes como sus eternos rivales, los morochucos. Su infantería estaba relativamente escasa de fusiles y sables, pero la mayoría contaban con porras y otras armas tradicionales. Vestían ujutas, medias, pantalones cortos azules, montera y ponchos y usando cabelleras largas trenzadas.
Fuerzas En su interrogatorio, el prisionero español Manuel Gato afirmaba que «había mil quinientos hombres, mil que venían de las punas y el resto de Huanta» participaron en el asalto de Huanta el 12 de noviembre de 1827. Por su parte, el político peruano Aurelio García y García escribió muchos años después que «más de cuatrocientos soldados y más de cuatro mil Iquichanos» participaron en el ataque contra Ayacucho del 29 del mismo mes. Sin embargo, para Husson, el primero es el relato de alguien deseoso de disminuir su culpa y la magnitud del alzamiento en que participó y el segundo deseaba exagerar la heroica defensa republicana. Por eso cree que realmente eran entre 2000 y 3000 combatientes, principalmente indígenas.