thumb|Antonio Abad (251-356), también conocido como Antonio el eremita o el ermitaño, es considerado el padre del monacato cristiano. Obra: San Antonio Abad de Francisco de Zurbarán. El monacato cristiano hace referencia a la forma de vida de un determinado número de fieles de las diferentes denominaciones cristianas, caracterizada por la separación, sea radical o más o menos radical, del mundo. La raíz del concepto de monacato deriva del griego monos que significa «solo», ya que en sus orígenes el monacato nació con la idea de la soledad o aislamiento de los eremitas en el desierto. Esta experiencia del eremita fue evolucionando en diferentes formas de vida, no todas necesariamente en la radical opción de la soledad en el desierto, desde el anacoretismo hasta el cenobitismo, esta última, que agrega la característica de la vida en comunidad, esta se hace sin perder el elemento que la hace monástica: separación del mundo o de la sociedad. Al cristiano que practica el monacato se le llama monje o monja, y el lugar donde habita, si es en completa soledad, se llama ermita o yermo; o si en comunidad, se llama monasterio.
Conceptos básicos thumb|left|El lugar donde vive el monje que hace vida cenobítica se llama monasterio. Los ermitaños o eremitas viven en yermos o ermitas. Se da el caso en que un monasterio puede poseer ermitas para los monjes que quieran vivir en soledad. Imagen: Monasterio de El Parral, de la Orden de San Jerónimo en Segovia (España). Los monjes pueden dividirse en varias clases: eremitas, que viven solos en el desierto; anacoretas, que practicaban la vida solitaria pero no necesariamente en el desierto; reclusos, que viven en una celda cuya comunicación con el exterior se da solo a través de una ventanilla; y cenobitas, que viven en comunidad. Existen igualmente monasterios mixtos, donde se puede practicar uno u otro estilo de monacato.
Los términos relativos al monacato, como monje, monja, monasterio, etc., se ha extendido erróneamente para significar el estado religioso de otras formas de vida consagrada en el cristianismo. Por ejemplo, a los miembros de Órdenes y Congregaciones religiosas no monásticas. En la Iglesia católica existe una división de la vida consagrada y las Órdenes monásticas forman parte de los Institutos religiosos, estos a su vez pertenecen a los Institutos de vida consagrada. Como se ve, no toda Orden o Congregación religiosa es monacal. Además no toda forma de vida monacal está integrada en los Institutos de vida consagrada, como es el caso de los eremitas que viven en soledad.
Controversias sobre el origen del monacato cristiano A lo largo de los siglos se ha discutido si el monacato cristiano, es una institución que ahonda sus raíces en la predicación de Jesús de Nazaret, o en la primitiva comunidad apostólica, o es de origen pagano y se cristianizó, o fue trasportado de las religiones más antiguas y que claramente tenían formas de vida monásticas ya establecidas. Muchas han sido las argumentaciones en favor o en contra de lo propiamente cristiano de una institución que presenta paralelismos e incluso semejanzas bien afirmadas con otras religiones o filosofías. A mediados del , prácticamente estas controversias entre los historiadores o autores de las denominaciones cristianas antiguas han cesado. Es más, muchas de ellas tienen al interior de sus respectivas iglesias, formas de vida monásticas.
Autores de la Iglesia primitiva thumb|Jerónimo (c. 340-420), escribe una vida de Pablo de Tebas (c. 228-342), a quien considera el primer eremita. Sin embargo su vida está llena de muchos elementos legendarios que han puesto en discusión su existencia. Imagen: San Antonio visita a san Pablo de Diego Velázquez. La antigua literatura monástica daba por descontado que el monacato era una institución de Jesús o por lo menos que surgió en tiempo de los apóstoles. Entre ellos se encuentra Eusebio de Cesarea, quien en su Historia EclesiásticaEusebio, Historia Eclesiástica, II, 17, 2-7 identificó a los «terapeutas» descritos por Filón de Alejandría en De vita contemplativaFilón de Alenjandría, De vita contemplativa, 34. con los «hombres apóstolicos» del Nuevo Testamento,Hechos 4,34. a quienes reconocía además, como predecesores de los anacoretas y cenobitas de su tiempo. La historiografía actual demuestra que Eusebio se equivocó al identificar a los monjes de su tiempo con los terapeutas de Filón, dejando claro que al historiador cristiano le fue fácil confundirse por la familiaridad existente entre los dos modos de vida, uno al parecer judío, y otro cristiano.
Las ideas de Eusebio fueron aceptadas por otros autores que se ocuparon de los orígenes de la vida monástica cristiana. Entre otros, Jerónimo, Epifanio de Salamina, Sozomeno y Pseudo Dionisio Areopagita. Jerónimo, en su obra De viris illustribus, es más explícito que Eusebio, en identificar a los monjes de su tiempo con los hombres apostólicos de los Hechos.
Casiano depende también de lo dicho por Eusebio, a la hora de explicar el origen de la vida monástica. Sin embargo, el autor rumeno tiene dos versiones diferentes, una versión llamada alejandrina y otra jerosolimitana. En la primera, Casiano coloca el origen en conexión con Marcos el Evangelista, como obispo de Alejandría. Estos monjes, mencionados por Casiano, practicaban el estilo de vida de la comunidad primitiva, vivían en extrema austeridad y se apartaban a lugares solitarios de los suburbios de las ciudades, su error consiste en haber citado el anacronismo de Eusebio en «Historia Eclesiástica», e identificarlos como herederos o sucesores de los terapeutas de Filón. En su versión jerosolimitana, Casiano pone el origen del monacato cristiano en la misma comunidad apostólica de Jerusalén, cuando a la muerte de los Apóstoles, las comunidades cristianas se entibiaron en la práctica de la fe y de las costumbres, según él, un grupo de cristianos más fervientes se separaron de la comunidad para vivir radicalmente el Evangelio, a ellos, se les llamó monjes.
Aunque si es anacrónico identificar a la primera comunidad cristiana con los monjes de la época de Casiano, lo cierto es que estos pretendían a todos los efectos vivir con la austeridad y el modelo del cristianismo apostólico. Por ello, los historiadores o autores cristianos de los primeros siglos vieron reflejado en los Hechos de los Apóstoles, el modelo de vida monástica por excelencia. En fin, de estos primeros "monjes", Casiano hace derivar la vida cenobita, y de esta, a los anacoretas, de los que Antonio Abad y Pablo el Ermitaño, serían los iniciadores. Casiano comete, en esta versión, otros dos errores reconocidos por la historiografía actual. En primer lugar, los anacoretas precedieron a la vida cenobítica y no al contrario; aunque no todos los expertos estén de acuerdo con esta opinión. En segundo lugar, los supuestos monjes separados de la primera comunidad cristiana, fueron en verdad, miembros de la secta de los ebionitas y otras afines que se alejaron de las ciudades para no contaminarse con el resto de los creyentes relajados y traidores de las costumbres judías. Aun así, Casiano no se equivocó al identificar el origen del monacato cristiano con una "protesta" contra la decadencia de la Iglesia. Pues la vida monástica surgió como un afán al retorno de la vida primitiva, como una renovación espiritual.
Autores medievales thumb|left|Jan Hus (1369-1415) criticó los excesos del monacato medieval, pero exaltó el ascetismo y la virginidad como realidades cercanas a Cristo. En la Edad Media intentaron remontar el origen del monacato al mismo Jesús. Para Bernardo de Claraval, por ejemplo, Pedro hizo su profesión en nombre de los doce, cuando dijo «he aquí que lo hemos dejado todo y te hemos seguido»,Mateo 14,27. en ese sentido la comunidad de Jesús, según el, era una comunidad monacal.
En el prólogo del «Gran Exordio» de Conrado de Claraval, el autor expuso casi una copia del pensamiento de Casiano, coloca como fundadores de la Orden Cisterciense a los mismos Apóstoles. Los monjes medievales identificaban la vida monástica con la vida apostólica, con ello intentaban demostrar la continuidad de ininterrumpida de la vida perfecta prescrita en los Evangelios y la practicada por ellos en sus monasterios. De ahí surgió el concepto de la vida monástica, más adelante de la vida religiosa, como «estado de perfección», al punto que algunos autores medievales, como Gilberto Crispin, aseguraban que nadie se salvaba sino se conformaba, al menos en parte, a la vida del monje. Este pensamiento, al menos en la Iglesia católica durará hasta el Concilio Vaticano II.
Algunos autores se alzaron contra la pretensión medieval de colocar el origen del monacato cristiano en la comunidad primitiva, más aún, de pretender colocar su fundación en boca de los mismos apóstoles. Entre los principales se encuentran Jan Hus y Juan Wiclef. Estos negaban toda fundamentación evangélica y apostólica del monacato. Wiclef (†1384) fue el primero que planteó una crítica radical contra la institución del monacato, no solo contra sus pretensiones evangélicas sino contra su misma estructura. Para el reformador inglés observar una regla monástica vuelve inepto e inhábil al cristiano a la hora de cumplir los mandamientos de Dios. Asegura además que los santos que instituyeron dichas órdenes pecaron con ello, que los monjes y frailes no son de religión cristiana y los trata de diabólicos. Wiclef afirmaba que la prescripción de los consejos evangélicos era obligatoria para todo cristiano, por lo tanto no debían existir comunidades élites que se abrogaran el derecho a sí mismos de ser perfectos y diferentes.
Jan Hus no fue tan radical como Wiclef a la hora de criticar el monacato. El reformador checo no consideraba que las instituciones humanas fueran contrarias a aquellas del Evangelio y en algunas ocasiones llegó a relacionar el ideal monástico con la vida de María. Exaltó incluso el ascetismo y la virginidad como realidades muy cercanas a Cristo, aunque si en este sentido, hacía referencia al ideal en general y no a la vida monástica en sí misma.
Autores modernos thumb|Martín Lutero (1483-1546), en su obra De votis monasticis iudicium declaró los votos monásticos como una obra humana que porta al hombre a una esclavitud. Imagen: Retrato de Martin Lutero de Lucas Cranach el Viejo. Martín Lutero no se opone a los votos monásticos al principio de su reforma, de hecho en 1519 exalta la vida monástica como un estilo de vida que hunde sus raíces en la consagración bautismal. En sus obras «A la nobleza de la nación alemana», «La libertad del cristiano» y «De la cautividad babilónica de la Iglesia», todas de 1520, habla de los votos monásticos sin condenarlos, recomienda no hacerlos pero no niega su validez. Será en 1521, cuando por primera vez el reformador alemán, en su obra «Temas sobre los votos», contrapone la obligación de la observancia de los votos a la libertad del Evangelio. Sin embargo, en la misma obra aclara que «los votos deben vivirse con entera libertad», por lo tanto no hay todavía una condena formal de su parte.
Lutero atacó directamente la profesión de los votos monásticos en su obra De votis monasticis iudicium («Juicio sobre los votos monásticos»), declarándolos como obra humana y situación que porta al cristiano a una esclavitud que contradice la libertad de Cristo. El sentido teológico de los votos, no fue cuestionado por él, sino la obligación misma de cumplirlos que coartaba la libertad del cristiano. Algunos autores modernos señalan que el reformador alemán escribió dicha obra bajo presión de Andreas Karlstadt y Melanchton. La condena de Lutero fue suficiente para abolir la vida monástica y las órdenes religiosas de las Iglesias nacidas en el seno de la Reforma. Habría que esperar hasta bien entrado el para que se restablecieran formas de vida monásticas en la Iglesia luterana.