Oscar Smith (Villa Domínico, provincia de Buenos Aires, Argentina 8 de enero de 1932-1977) fue un sindicalista perteneciente al gremio de Luz y Fuerza que fue secuestrado por dictadura cívico-militar autodenominada Proceso de Reorganización Nacional el 11 de febrero de 1977 y nunca fue hallado. Se especula que fue asesinado dos o tres meses después de su secuestro si bien existe una versión conforme la cual su muerte se habría producido entre el 8 y el 10 de enero de 1978.

Según información producida por un compañero suyo, sobreviviente, sostiene que fue asesinado por uno de los militares de un disparo a la cabeza, por un juego llamado “ruleta rusa”.

Después que terminó los estudios secundarios en una escuela técnica, su padre le consiguió empleo en Segba, la empresa productora de electricidad en la que aquel trabajaba. Siguió viviendo hasta su desaparición en el barrio donde había nacido. Se casó con Ana María Pérez, con quien tuvo dos hijas.

Actividad sindical Trabajaba en el edificio de Alsina entre Defensa y Bolívar y en 1963 fue elegido delegado gremial de su sector por el Sindicato de Luz y Fuerza, que agrupaba a los trabajadores de empresas productoras de electricidad. Smith participó en las tomas de establecimientos que formaban parte del Plan de Lucha con el cual el sindicalismo peronista participaba en el desgaste del presidente Arturo Umberto Illia y el secretario general de Luz y Fuerza Juan José Taccone fue uno de los sindicalistas que estuvo presente cuando, ya derrocado el presidente constitucional por el golpe de Estado de 1966 asumió su cargo el dictador Juan Carlos Onganía. Cuando el sindicalismo se dividió entre “combativos” y “participacionistas” –estos últimos liderados por Augusto Timoteo Vandor– el Sindicato de Luz y Fuerza se adhirió a esta última corriente. En 1970 Smith fue elegido secretario gremial en una lista encabezada por Taccone como secretario general de la seccional de Capital Federal del Sindicato de Luz y Fuerza. En las elecciones siguientes fue designado secretario de organización de la Federación nacional de sindicatos de Luz Fuerza.

A fines de 1973, ya elegido Juan Domingo Perón como presidente, Taccone fue nombrado por el gobierno para dirigir la empresa estatal Segba, y al año siguiente Smith fue elegido secretario general de la seccional Capital. Para esa época las organizaciones guerrilleras habían establecido muchas veces como uno de los blancos de sus ataques armados a sindicalistas peronistas acusados de “burócratas gremiales” y, por otra parte, se habían multiplicado los ejércitos de guardaespaldas que custodiaban a los principales jefes gremiales.

Oscar Smith rechazaba la utilización de custodios cuyo despliegue, por otra parte, causaba desagrado en la población.

En junio de 1975 los sindicatos entraron en conflicto con el gobierno de María Estela Martínez de Perón cuando este quiso limitar los incrementos salariales que se habían pactado en medio de una crisis económica hiperinflacionaria. Los dirigentes Lorenzo Miguel (metalúrgico) y Casildo Herrera (textil) tenían frente al gobierno una política menos crítica que la de otros dirigentes entre los que se encontraban Armando Cavallieri (empleados de comercio), José Rodríguez (mecánicos), Délfor Giménez (textil) y el propio Smith, entre otros. Este grupo sostenía vínculos cada vez más sólidos con el Ejército a través del secretario general del arma, coronel Carlos Cúneo, que era el jefe visible de un grupo de oficiales interesado tanto por la política como por la estrategia en la lucha contra las organizaciones guerrilleras cuyos actos de violencia eran cada vez más numerosos. Con el correr del tiempo, fue viendo una incapacidad manifiesta del gobierno nacional para evitar el avance de dichas organizaciones en todos los frentes.

Si bien Smith y los demás sindicalistas sabían que en el curso del Operativo Independencia en la provincia de Tucumán había habido gremialistas peronistas secuestrados y torturados por el Ejército cuando se negaban a colaborar con sus fuerzas, las argumentaciones antisubversivas de los militares no sonaban desmesuradas ni las consideraban ideológicamente criticables.

A partir del asesinato de José Ignacio Rucci por guerrilleros el 25 de septiembre de 1973 se había hecho evidente un agravamiento del enfrentamiento –incluyendo asesinato de dirigentes y activistas de ambos bandos- entre las organizaciones guerrilleras –o “zurdos infiltrados” según sus oponentes- y los sindicalistas, tildados como “burocracia sindical” por el otro bando. Si bien en Luz y Fuerza el sindicato mantenía un sólido control de las representaciones sindicales en el nivel de delegados de fábrica, en otros gremios surgían comisiones de reclamo integradas por militantes de izquierda que no respondían a los dirigentes adscriptos al sindicalismo peronista tradicional que, en varios casos con apoyo de la guerrilla, planteaban conflictos sobre la base de reclamos que erosionaban el poder de los mismos.

Oscar Smith estaba convencido de que el gremialismo tradicional debía apoyar al gobierno y este, a su vez, debía otorgar más poder a las Fuerzas Armadas así como ayudar a los sindicalistas no coartándolos en sus negociaciones con los empresarios; sin embargo, cuando esto último no ocurrió y se puso techo a las pretensiones salariales no vaciló en enfrentar al gobierno a riesgo de una crisis inevitable con un desgaste político gubernamental de alcance imprevisible. La Confederación General del Trabajo convocó, en un clima con los más variados rumores sobre renuncias y cambios en el elenco gubernamental, a una marcha a realizarse el 27 de junio en Plaza de Mayo reclamando la homologación de los convenios colectivos que habían sido firmados con aumentos muy superiores a la pauta salarial fijada por el gobierno. En esa manifestación las consignas centrales fueron las de “Afuera, afuera, Rodrigo y López Rega” e “Isabel coraje, al Brujo dale el raje”. Esa misma tarde la Presidenta convocó a los dirigentes gremiales a su residencia de Olivos para exponer sus reclamos y tras oírlos en una breve audiencia transmitida por radio y televisión les requirió que dieran por terminada la concentración pues al día siguiente les respondería.

Isabel Perón respondió por radio y televisión ratificando el tope salarial y la CGT el 2 de julio dispuso un paro general por 48 horas para el 7 y 8 de ese mes; antes que finalizara la segunda jornada de huelga el gobierno anunció que homologaría los convenios y que los ministros Celestino Rodrigo y José López Rega habían renunciado.

Los dos sectores sindicales integrantes de la CGT mantuvieron visiones diferentes sobre la situación del país. El encabezado por Lorenzo Miguel consideraba esencial defender al gobierno para protegerse de las fuerzas de izquierda en tanto el otro, del que formaba parte Smith, compartía los temores de Lorenzo sobre el avance de la guerrilla pero para contrarrestarlo privilegiaba fortalecer el sindicalismo aceptando e impulsando los reclamos de sus trabajadores representados, cada vez más desencantados con el gobierno.

Oscar Smith tomaba nota, en el ínterin, que desde fuentes militares partían mensajes contrapuestos, unos asociando a los sindicatos con el gobierno y resaltando la “corrupción gremial” y otros afirmando que el principal problema del país era la guerrilla y sus mejores defensores, las Fuerzas Armadas y el sindicalismo organizado. Dentro de ese panorama Smith impulsó la realización de un homenaje de la CGT a los caídos en la “lucha contra la subversión” colocando una placa en el patio de armas del Comando en Jefe del Ejército.

Durante el resto del año y primeros meses de 1976 se barajaron en los medios políticos distintas propuestas para cambiar un rumbo que muchos ya veían como inevitable hacia una intervención de las Fuerzas Armadas, pero todas ellas naufragaron entre otras razones porque la Presidenta se negaba a dejar su cargo y recurría en cambio a reiteradas licencias por razones de salud.

El 5 de marzo de 1976 el ministro de Economía Emilio Mondelli anunció el “Plan de Emergencia Económica” que en sus principales medidas disponía aumentos en las tarifas de los combustibles, servicios públicos y transporte de hasta el 150%, un incremento salarial del 12%, una devaluación del peso del 22%, así como también una “tregua social” de 180 días durante la cual los diferentes sectores “deberían postergar todas las reclamaciones”.Diario Clarín 6 de marzo de 1976, págs. 8 a 10.-

Al día siguiente distintas regionales del interior de la CGT (entre las que se encontraban principalmente las de las provincias de Mendoza, Santa Fe y San Juan) manifestaron su rechazo a las medidas y se desencadenó una ola de paros. El 9 de marzo Oscar Smith anunció que adhería a la posición de Lorenzo Miguel de “apoyo crítico” al Plan. La explicación de este cambio de Smith dada por algunos colaboradores cercanos fue que el sindicalista no quería el golpe de Estado y pensaba que podía ser una vía de racionalidad para que subsistiera el gobierno. Sus críticos afirman que sabedor de la inevitabilidad del derrocamiento del gobierno consideró que oponerse al Plan significaba un desgaste inútil. Lo cierto es que en las dos semanas siguientes la mayor parte de la población siguió con indiferencia el proceso de derrumbe de un gobierno desprestigiado.

En la madrugada del 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas se hicieron cargo del gobierno, detuvieron a un gran número de funcionarios, políticos y sindicalistas. Ese día y los subsiguientes se registraron también muchos secuestros ilegales de personas. Desde días antes, y gracias a sus contactos militares, Smith sabía que entre las medidas del nuevo gobierno para el sector público estaba la de “restablecer la disciplina laboral, recortando el poder de los sindicatos”. La posición del sindicalista era que se debía profundizar la relación con el Ejército para poder resguardar “la estructura” del sindicato.

En el marco del reparto de áreas de responsabilidad entre las distintas fuerzas durante el dictadura militar surgida el 24 de marzo de 1976 la empresa estatal de energía fue adjudicada a la Armada en tanto el Ministerio de Trabajo era del Ejército. Smith se encontró con una nueva situación con conflictos con la conducción de las empresas eléctricas –o sea con la propia Armada- a raíz de las medidas tomadas con el personal.

Intervención al sindicato Ante la perspectiva de que el sindicato fuera intervenido y se pusiera al frente un hombre de la Marina, a fines de abril de 1976 Smith se entrevistó con el ministro de Trabajo Liendo quien, a su pedido, dispuso la intervención del Sindicato de Luz y Fuerza de la Capital Federal y el nombramiento del teniente coronel Héctor Saumel para llevarla a cabo. Al ser informados de la gestión, los dirigentes del sindicato convinieron en que el abogado de la organización y hombre de suma confianza fuera nombrado “gerente administrativo”, que Smith renunciara y el resto de la conducción se mantuviera en sus puestos.

En el ínterin un destacamento de la Marina ocupó el edificio donde tenía su sedela Federación de Luz y Fuerza, el sindicato de segundo grado que agrupaba a las filiales de todo el país –incluida la de Capital Federal- y un hombre de esa fuerza fue nombrado interventor. El comandante en jede del arma, almirante Emilio Massera supo de la maniobra realizada por Smith, no pudo modificar la situación y quedó fastidiado con el general Viola y, en particular, con el dirigente gramial que, a todo esto, había retornado a su trabajo como empleado de Segba sin dejar de actuar reservadamente en los temas sindicales.

Inicio del conflicto