La unión aduanera austro-germana fue un proyecto diseñado por Alemania y Austria en 1930 y 1931 y presentado públicamente el que preveía la eliminación de aranceles entre los dos países. Finalmente fallido, el plan se justificó como parte de los esfuerzos de recuperación económica europea durante la Gran Depresión, aunque para los países que se opusieron a este objetivo —en especial, Francia y Checoslovaquia—, se trataba de un primer paso para la unión política de los dos países, a la que se oponían rotundamente. Las presiones políticas y económicas —más efectivas desde la quiebra del Creditanstalt, el mayor banco austriaco, en mayo, que aumentó las necesidades financieras vienesas— desbarataron el proyecto, incluso antes de que el Tribunal Permanente de Justicia Internacional fallase en contra y lo declarase incompatible con las obligaciones internacionales austriacas en septiembre.

Cambio en la política exterior alemana Tres acontecimientos marcaron el cambio de la política exterior alemana a finales de la década de 1920 y principios de la de 1930: las dos conferencias de La Haya —celebradas en agosto de 1929 y enero de 1930— que modificaron el sistema de pago de compensaciones de guerra a los países vencedores de la Primera Guerra Mundial y adelantaron cinco años la evacuación francesa de la orilla izquierda del Rin —cinco años antes de lo previsto por el Tratado de Versalles—, y la muerte del influyente ministro de Asuntos Exteriores alemán, Gustav Stresemann, el . Para Stresemann, la unión con Austria, aunque deseable, no había sido prioritaria; habían tenido más importancia la retirada francesa del Rin y la posibilidad de recuperar territorio en el este.

En marzo de 1931, con la dirección de la política exterior alemana en manos de mandatarios menos hábiles que Stresemann, el mundo recibió con sorpresa la noticia del plan austro-germano de unión aduanera. Si Stresemann se había concentrado en liquidar el sistema de compensaciones de guerra y en lograr la retirada francesa del Rin, su sucesor al frente del ministerio, Julius Curtius —sin gran experiencia en política exterior, menos visión de conjunto que su predecesor y sin la habilidad de este—, decidió acelerar la revisión de las consecuencias de los tratados de paz y reforzar la relación del Reich con los países del centro y sureste europeo, en especial, con Austria.

Circunstancias Obstáculos para el Anschluss Los dos tratados de paz, el impuesto a Alemania y el rubricado por Austria, impedían en principio la absorción de la segunda por la primera (Anschluss). El artículo 80 del Tratado de Versalles obligaba a Alemania a respetar la independencia austriaca; el 88 del Tratado de Saint-Germain comprometía a Austria a mantenerse independiente y a no adoptar medida alguna que pusiese esto en riesgo sin antes contar con el beneplácito de la Sociedad de Naciones. La oposición de Francia, Checoslovaquia e Italia a tal posibilidad impedía lograr este permiso y, con él, consumar la unión, deseada en aquella época por la mayoría de la población austriaca y probablemente también de la alemana.

Los protocolos de Ginebra firmados el impedían a Austria comenzar ninguna negociación económica o financiera que amenazase su independencia y otorgar privilegios a nación alguna que suscitase tal amenaza.

Alemania admitía que, según estos tratados, incluso una unión aduanera temporal exigía el permiso de los firmantes de los protocolos, y sospechaba que estos se opondrían a la medida. Austria también entendía que el proyecto estaba prohibido en la práctica tanto por los tratados de paz como por los protocolos de 1922. La anexión seguía siendo, empero, un objetivo claro de la política exterior alemana —junto con la recuperación del «corredor» polaco—, en especial tras la evacuación francesa del Rin, que hasta entonces había tenido prioridad frente a la absorción de Austria. Para Austria, los dos motivos principales para favorecer la unión eran tanto culturales como económicos —estaba muy extendida la idea de que la pequeña república no era económicamente viable—.

El desequilibrio económico producía asimismo diferencias en el grado de interés por el proyecto: si bien Alemania era el primer socio comercial austriaco, para el Reich la república alpina apenas era el decimosegundo destino de sus exportaciones y el vigésimo en la lista de las importaciones. Los productores alemanes además tampoco estaban muy dispuestos a sacrificarse para favorecer el aumento de las importaciones austriacas, ni Alemania contaba con gran capital excedente que poder invertir en Austria.

Otros factores entorpecían el plan austro-germano: el crecimiento de la Heimwehr, cuya actitud hacia la unión con Alemania era ambigua; el posible rechazo austriaco a la anexión si Alemania demostraba ser incapaz de mejorar la situación económica de la república alpina y los planes franceses —plasmados en la propuesta de Aristide Briand de 1929 para favorecer una unión europea— para mantener el orden político y territorial de la posguerra.

Circunstancias que favorecían el plan Por otra parte, varias circunstancias favorecían la puesta en marcha del plan de unión aduanera. El Gobierno austriaco estaba presidido en ese momento por Johann Schober, al que los dirigentes alemanes consideraban favorable a la anexión, al contrario que su predecesor y figura clave de la política austriaca de la década, Ignaz Seipel. Para Schober, rival de Seipel, la unión con Alemania hubiese supuesto el desbaratamiento de los planes de este de formar una unión danubiana. Además, la crisis económica austriaca beneficiaba a los partidarios de la unión, que veían en ella un remedio o al menos un posible alivio de la apurada situación económica del país. La unión aduanera debía permitir a los austriacos acceder al gran mercado alemán en condiciones favorables al convertirla económicamente en parte de Alemania y, al mismo tiempo, evitar las reclamaciones de las naciones con las que tanto Berlín como Viena habían firmado tratados preferentes. La unión con Alemania, tanto como solución para los problemas económicos nacionales como evolución natural de Austria, contaba además con el apoyo de la oposición socialista.

El convencimiento del Gobierno alemán de que necesitaba de un triunfo en política exterior para reforzar su prestigio en el país también estimulaba la puesta en práctica de la unión. A Brüning, que se enfrentaba a la oposición cada vez más fortalecida de los nacionalsocialistas, le convenía que fructificase el plan.

Interpretaciones del plan El objetivo del plan fue muy controvertido. Para unos, era una medida planteada para aliviar la grave crisis económica, parte del «plan Briand» para formar una unión europea; para otros, era un primer paso para la absorción alemana de Austria, presentada por el Gobierno alemán con el objetivo de obtener réditos políticos de un posible éxito en política exterior. La unión aduanera de los Estados alemanes el siglo anterior había conducido a la formación del imperio. A pesar de los desmentidos alemanes, el Ministerio de Asuntos Exteriores germano consideraba el plan como un sustituto temporal de la anexión y un primer paso en esta dirección. Esta eventual absorción de la república austriaca, junto con una serie de acuerdos bilaterales con las naciones balcánicas en los que Alemania ofrecía aranceles reducidos y que por entonces se estaban tratando, podría haber conducido al dominio germano del sureste europeo. A largo plazo, la presión económica podría forzar a Checoslovaquia a ingresar en la unión aduanera —en conjunto, Austria y Alemania acaparaban el 35 % de las exportaciones checoslovacas— y esta, reforzada con nuevos tratados con las repúblicas bálticas, obligar a su vez a Polonia a claudicar y entregar los territorios deseados por Berlín.

Las consecuencias económicas de la unión se preveían dispares: la industria alemana esperaba extenderse por Austria —situación que preocupaba a muchos industriales austriacos—, mientras que los agricultores veían con malos ojos la competencia austriaca. Aunque la industria austriaca deseaba mejorar su acceso al gran mercado alemán, parte de ella hubiese preferido recuperar el antiguo mercado austrohúngaro que tener que enfrentarse a la competencia alemana. Se cree que posiblemente la unión aduanera hubiese favorecido a la economía alemana en su conjunto casi de inmediato, mientras que solo hubiese beneficiado a la austriaca a largo plazo, tras considerables ajustes. Dado el deseo de los dos países de forjar una unión política, se considera probable que la unión aduanera hubiese facilitado el establecimiento de una sola nación —en realidad, la absorción de Austria por Alemania, que hubiese reforzado su poderío industrial y militar—.

Negociaciones bilaterales austro-germanas Primeros contactos y paralización del plan

Si bien las primeras acciones para estrechar las relaciones económicas austro-germanas se habían producido en 1927, estas habían sido mínimas. Fueron los diversos contactos con varios países del ministro de Asuntos Exteriores austriaco Schober —en especial su visita a Mussolini a comienzos de 1930 para resolver la crisis del Tirol meridional— los que alarmaron tanto a los austriacos partidarios de la unión con Alemania como a los mandatarios de esta, que decidieron aprovechar la visita del ministro a Berlín en febrero de 1930 para plantear la posibilidad de una unión aduanera entre los dos países. Esta debía evitar que Austria optase por una unión alternativa —bien con Italia, bien con los países de la cuenca del Danubio— para tratar de resolver sus problemas económicos que frustrase una futura unión política con Alemania.

Las negociaciones entre Schober y Curtius comenzaron con la visita de aquel a Berlín a finales de febrero de 1930. Aunque los representantes austriacos plantearon la cuestión de la unión aduanera con escasas esperanzas pues preveían que los países vencedores de la guerra mundial se opondrían, Curtius abogó con éxito por comenzar a estudiar la viabilidad del proyecto. En los meses siguientes, sin embargo, el plan no avanzó, al tiempo que los mandatarios alemanes recibían con recelo las negociaciones del Gobierno austriaco con Francia, Italia y los países del este europeo, que temían podían conducir al desbaratamiento de la unión. En caso de que Austria escogiese solicitar ayuda a Francia o a otras naciones, incluso a cambio de aceptar condiciones políticas perjudiciales para los intereses alemanes, el Reich, cuya situación económica había empeorado notablemente desde comienzos de 1930 —con el fin de la concesión de los créditos de los que tanto dependía e incluso el cobro anticipado de algunos de ellos—, no podría ofrecer una alternativa que lo evitase. En marzo dimitió el último gabinete alemán con mayoría parlamentaria de la historia de la República de Weimar, el presidido por el socialdemócrata Hermann Müller. El nuevo Gobierno del centrista católico Heinrich Brüning adoptó una política deflacionaria para afrontar la crisis económica que le permitió obtener un último crédito internacional, pero a finales del verano la situación política y económica alemana había vuelto a empeorar. Las elecciones de septiembre confirmaron el descontento popular y los nacionalsocialistas aumentaron enormemente su número de escaños.

A finales del verano de 1930 y por iniciativa de los austriacos, se retomaron las negociaciones. Curtius y Schober se reunión en Ginebra y se avanzó en perfilar los detalles del plan, pero la dimisión del gabinete Schober el 25 de septiembre debido a un escándalo supuso un contratiempo. El nuevo Gobierno, presidido por Carl Vaugoin y con Seipel como ministro de Asuntos Exteriores, no era favorable a continuar con las negociaciones, o así lo creía el Ejecutivo alemán. Durante los dos meses de este efímero gabinete, el plan de unión aduanera quedó paralizado.

Se retoma el proyecto