La batalla del cabo Celidonia de julio de 1616 (en italiano: battaglia di Capo Celidonia; en turco: Gelidonya Burnu muharebesi) enfrentó a una pequeña escuadra corsaria española, bajo el mando de Francisco de Ribera y Medina, que navegaba alrededor de Chipre, y a una flota otomana que la superaba varias veces en efectivos y potencia de fuego. A pesar de esto, los barcos españoles, en su mayoría galeones y naos, lograron derrotar de manera contundente a los turcos, cuya armada consistía principalmente en galeras, e infligirles pérdidas masivas.
La batalla, llamada en la historiografía una «pequeña Lepanto», resultó un punto de inflexión en la guerra naval del Mediterráneo, donde las galeras utilizadas por la armada turca quedaron obsoletas ante la robustez y artillería de las llamadas naves mancas, como los galeones y las naos, empleadas con cada vez mayor frecuencia por España y las demás naciones europeas. A partir de esta victoria, significativa por haberse luchado a las puertas del Imperio otomano y por la pequeñez de las fuerzas requeridas para vencerles, la distancia técnica y estratégica entre las marinas occidentales y las musulmanas no haría sino aumentar con el paso de los siglos.
Trasfondo En 1615, un decreto real de Felipe III prohibió a los virreyes dedicarse al corso. Esta decisión venía a poner trabas al virrey de Sicilia, Pedro Téllez-Girón y Velasco, duque de Osuna, que había logrado un gran éxito corseando contra el imperio otomano desde que obtuviera permiso para ello en 1613, ocasionando envidias en la corte que probablemente impulsaron el mencionado decreto. Osuna recurrió a sobornos para mantener sus actividades, conduciendo a su elección como virrey de Nápoles en febrero de 1616, pero así mismo decidió innovar para maximizar la eficiencia de sus operaciones. Su decisión fue armar una flota privada que le permitiera actuar a su voluntad, formada además por naves mancas, las cuales no le requerirían mantener a grandes tripulaciones de remeros como las galeras comúnmente utilizadas para la guerra en el Mediterráneo.
La opinión mayoritaria era que las naves mancas, pesadas y movidas exclusivamente a vela, eran inferiores a las ágiles y autopropulsadas galeras en las aguas mediterráneas, tal y como había quedado demostrado en eventos como la batalla de Zonchio, donde las grandes naos venecianas usadas por ambos bandos fracasaron por falta de maniobra y viento. Sin embargo, Osuna y Ribera estaban convencidos de que los avances tecnológicos occidentales en artillería y navegación habían dado la vuelta a la situación. El corsario holandés Zymen Danseker había construido para Argel algunas rudimentarias naves europeas, que resultaron difíciles de vencer. Danseker había llegado a armar una decena de naves para la armada de Túnez en mayo de 1612, pero Osuna las hizo destruir con una redada nocturna llevada a cabo por Antonio Pimentel.
A fin de comprobarlo, Osuna colocó al mando al alférez Francisco de Ribera y Medina, que penetró con dos galeones en el puerto tunecino de La Goleta en una incursión en diciembre. Ribera se cobró un bajel moro hundido y tres capturados a cambio de mínimas bajas, un asombroso éxito que corroboró sus suposiciones, y que le ganó el ascenso a capitán. Por ello, con las mejores previsiones, la flota al completo partió el 15 de junio del año siguiente hacia las aguas del Mediterráneo oriental, compuesta por seis embarcaciones de distintas clases. Su objetivo era hostigar a las naves y puertos turcos en el área entre la isla de Chipre y la histórica región de Cilicia, esperando así entorpecer a la armada otomana que se temía que ese año se dirigiese contra Calabria.
Movimientos previos thumb|Área de acción de la expedición de Ribera. Los españoles navegaron hacia Chipre, entonces bajo dominio otomano, donde Ribera dispuso que se iniciara la actividad corsaria tras haber avistado tierra. Apresaron 16 caramuzales mercantes frente al cabo Celidonia, así como un gran número de embarcaciones menores en alta mar. Además, diez buques más fueron hundidos o incendiados en el puerto de las Salinas de Chipre, cuyas defensas fueron también arrasadas por una partida de la infantería de marina española, que desembarcó y ejecutó el sabotaje en un asalto anfibio sin sufrir ninguna baja. Otros cinco corsarios enemigos, a los que Ribera esperaba combatir, optaron por atrincherarse en el puerto de Famagusta y esperar a que se marchara. Entre ellos se hallaba Sampson Denball, inglés al servicio de los berberiscos.Marcos de Guadalajara y Javier, Quarta parte de la Historia pontifical, general y catholica, 1652, páginas 302-304
El gobernador otomano de Chipre, que había sido rápidamente informado de las algaras españolas, pidió la ayuda de la real armada del sultán Ahmed I. Se envió para ello al bey de Rodas al mando de una cuarentena de galeras a la isla de Quíos, donde esperaron a juntarse con refuerzos locales, que podían ascender a veinte más. Ribera, advertido de su llegada gracias a la captura de un mercante griego procedente de Constantinopla, consideró marchar a Quíos para atacarles antes de que se reuniesen, pero al ser informado por sus pilotos de probables malos vientos causados por los etesios, decidió en su lugar esperarles en las cercanías del cabo Celidonia, por el que tendrían necesariamente que pasar. El lugar también resultaba conveniente por su relativa lejanía de Chipre, lo que impediría que Ribera se viera cogido entre dos fuegos.
Al cabo de unos pocos días, el 14 de julio, apareció ante el cabo una flota enemiga de 55 galeras con cerca de 275 cañones y 12 000 efectivos a bordo. El tamaño de la flota turca, mucho mayor del esperado, hizo pensar a Ribera en la posibilidad de retirarse, pero antes se dispuso a trabar combate con objeto de al menos causar algo de daño. Por su parte, las naves otomanas, cómodas en su superioridad numérica, se prepararon también para la batalla.
Fuerzas enfrentadas La armada de Ribera se componía de seis embarcaciones: los galeones Nuestra Señora de la Concepción, de 52 cañones y buque insignia, y Almiranta, de 34 cañones y mandado por el alférez Manuel Serrano; las naos Buenaventura o "Capitana", de 27 y por Íñigo de Urquiza, y Carretina, de 34 y por Juan de Valmaseda; la urca San Juan Bautista o "Urqueta", de 30 y dirigida por Juan de Cereceda; y el patache Santiago, de 14 cañones y mandado por Garraza. La tripulaba una marinería joven, con abundantes marinos vascos entre los tripulantes. A bordo de los barcos había en total unos 1600 soldados españoles e italianos, de los cuales 1000 eran mosqueteros. thumb|left|240px|Galeón español. Cornelis Verbeeck, . El historiador naval Julian Corbett atribuyó a Osuna el haber imitado y sobrepasado a conciencia varias convenciones de la marina inglesa. El Nuestra Señora de la Concepción no sólo era del mismo tamaño que el gran Prince Royal, botado en 1610 como uno de los mejores buques ingleses, sino que también le superaba ampliamente en armamento. La flota de Osuna además aumentaba su capacidad de embarcar soldados empleándolos como dotaciones artilleras, mientras que los ingleses tradicionalmente destinaban a la marinería esta ocupación.
Aunque algunas fuentes apodan a la flota de Ribera Las Cinco Llagas, en realidad este nombre fue dado posteriormente por Osuna a otros cinco navíos de su propiedad, que fueron puestos bajo el mando de Jacques Pierres, corsario normando de larga carrera en las flotas toscanas y saboyanas antes de pasar al servicio de Osuna. Según fuentes, exclusivamente francesas, Pierres estaba en aquel momento a bordo de la flota de Ribera y prestó su experiencia para las operaciones que se realizaron.
Por su parte, la flota otomana se componía de 55 galeras, comandadas por el bey de Rodas y secundariamente por el bey de Caramania. Una crónica española identifica al primero de ellos con el almirante Jafar Bajá, a todas luces por error, ya que Jafar habría fallecido unos años atrás. Con ellos iba el buque insignia de la armada otomana, que podría haber sido comandado por el futuro Kapudan Pasha o gran almirante Güzelce Alí Bajá.
Entre todas las galeras, los otomanos dispondrían de alrededor de 250-275 cañones contando sus armas de crujía y pedreros, aunque a causa de su disposición en la proa de las embarcaciones, probablemente la flota turca no podía apuntar contra la española más que cincuenta cañones al mismo tiempo en una formación holgada. Sus piezas eran además mucho más ligeras que las españolas. En todo caso, la armada otomana, por entonces al servicio de las políticas del gran visir Damat Halil Bajá, venía de una derrota menor en Negroponte ante el almirante toscano Jacopo Inghirami y necesitaba con urgencia restablecer su prestigio.
Orden de batalla Las galeras otomanas formaron en una gran media luna para tratar de envolver a las naves hispánicas. Las galeras de los beys se hallaban a los extremos de los cuernos, mientras que la galera insignia de la marina otomana iba en el centro exacto. Por su parte, la formación exacta de Ribera es motivo de debate. Fernández Duro interpretó que los buques españoles formaron en lo que habría sido la primera instancia histórica de línea de batalla, con cuatro barcos en línea delante y dos detrás, cada uno de ellos unido por la proa a la popa del siguiente. Sin embargo, puesto que Ribera escribió en su informe que maniobró con sus barcos alineados a la manera de galeras, Corbett creyó que la armada española más bien cargó en línea de frente, aunque sin duda en formación de cuatro y dos. Anderson postuló que Ribera avanzó de esta manera y en el último momento ordenó a los barcos virar a la vez para presentar los costados, aunque cree que las naves operaban en grupos de tres.
El galeón Concepción fue situado en el cuerno derecho, seguido del Buenaventura y cerca del patache Santiago, mientras los otros tres barcos permanecían al otro extremo. Para evitar que sus buques quedasen aislados entre sí por la deriva y fuesen abrumados individualmente, Ribera ordenó a todos los navíos mantenerse juntos, ayudándose de botes de remos para reposicionarlos en falta de viento, y dando orden que se tendieran cabos entre unos y otros si fuera necesario. Sus órdenes exactas no están claras ("se diesen cabo por los costados tres"), por lo que Anderson interpretó que Ribera pensaba atar los barcos de tres en tres formando triángulos, como fuertes de carros. De cualquier manera, su informe menciona que hubo viento, por lo que presumiblemente no fue necesario atar ningún buque.
La batalla Primer día El enfrentamiento comenzó a las 9 de la mañana, cuando las galeras musulmanas recibieron la orden de avanzar hacia los barcos españoles y abrir fuego sobre ellos. A diferencia de los turcos, que comenzaban a disparar desde la lejanía, Ribera no dio orden de abrir fuego hasta encontrarse los musulmanes a la distancia más cercana posible, tomándoles así de lleno, un movimiento conocido como fuego a la española, también llamado a tocapenoles o a la veneciana. Utilizando balas convencionales, balas rojas o incendiarias y balas encadenadas, los españoles mantuvieron a raya a los turcos hasta el ocaso, dejando ocho galeras a punto de hundirse y otras muchas gravemente dañadas antes de que los atacantes se retirasen a sus posiciones iniciales. Al caer la noche, los hispanos encendieron los fanales y mantuvieron la flota junta con ayuda de los botes. thumb|300px|Galeones españoles contra galeras berberiscas. Cornelis Vroom, 1615. Segundo día