José María Valiente Soriano (Chelva, 18 de noviembre de 1900-Valdecilla, 7 de diciembre de 1982) fue un jurista, abogado, profesor universitario y político carlista español. Fue presidente de la Secretaría Nacional de la Comunión Tradicionalista entre 1955 y 1960, y jefe delegado entre 1960 y 1967. Su predecesor fue Manuel Fal Conde.
Biografía Familia y juventud José María Valiente Soriano nació en la pequeña localidad valenciana de Chelva, el 18 de noviembre de 1900. Fue hijo de José Valiente Soriano —abogado y notario de profesión— y Micaela Soriano Ibáñez, matrimonio de clase media. Su padre contaba con un despacho abierto en Madrid en la calle Barquillo, Nº21. Sus abuelos paternos fueron Don José (vecino de Yecla, Murcia) y Doña Francisca. Sus abuelos maternos fueron Manuel y Carlota.
José María Valiente tenía dos hermanas. La familia se trasladó Madrid en la última etapa de la monarquía alfonsina.
Estudios y formación José María estudió el bachillerato en el Instituto de Valencia. Entre 1917 y 1921 estudió derecho en la Universidad de Madrid, donde obtuvo la licenciatura en Derecho. Entonces, presentado por Enrique Almaraz y Santos, arzobispo de Toledo, tomó posesión de la plaza de colegial en el Real Colegio de España de Bolonia, continuando sus estudios en la Universidad de Bolonia, donde obtuvo el doctorado en Derecho en 1923 con la calificación de cum laude. Se especializó en derecho bancario.
Comenzó a ejercer de abogado y académico especializado en Derecho Civil en la Universidad de Zaragoza, siendo posteriormente empleado por la Universidad de Sevilla y la Universidad de La Laguna en las Islas Canarias. Se casó con Consuelo Setién Rodríguez, santanderina de origen noble, con quien tuvo tres hijos.Mercedes Vázquez de Prada, José María Valiente Soriano: Una semblanza política, [en:] Memoria y Civilización 2012 (15), pp. 250-251
Político católico En 1927 Valiente fundó la Juventud Católica de España, una agrupación apolítica dedicada a la defensa y difusión de los valores católicos entre los jóvenes, que se asociaría en 1931 a Acción Católica, una amplia organización de católicos laicos liderada por Ángel Herrera Oria. Ese mismo año, al iniciarse el laicismo militante de la Segunda República, comenzó a actuar en política, siendo cofundador de Acción Nacional (que en 1932 cambiaría su nombre por Acción Popular), una alianza conservadora de gran alcance, aunque heterogénea, de cuyo primer Comité Nacional sería vicepresidente. Puesto que Acción Católica prohibía a sus miembros ejercer funciones de liderazgo en partidos, Valiente dimitió de su cargo en la dirección de la JCE.Vázquez de Prada 2012, p. 251
En 1933 organizó las Juventudes de Acción Popular, que presidiría él mismo. Poco después AP se incorporó a la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Las JAP pasaron entonces a constituir una rama juvenil de la CEDA aunque conservaron su nombre y estructura; Valiente permaneció al frente de la organización, llegando a ser uno de los dirigentes de la CEDA a nivel nacional. Bajo su liderazgo, las Juventudes se convirtieron en un grupo agresivamente anti-izquierdista, aunque sin llegar a ser una organización paramilitar y negando, entonces, similitud con el fascismo (aunque, posteriormente, reconocería que las JAP estaban influenciadas por esta ideología y «no tenían nada que ver con la democracia cristiana»).«La Actualidad Española», n° 946, 19 de febrero de 1970, pág. 11. En las elecciones a Cortes de 1933 Valiente, gracias a sus vínculos familiares en la provincia de Santander, logró figurar en la candidatura local de Unión de Derechas Agrarias, siendo fácilmente elegido por el distrito de Santander.Indice Historico de Diputados disponibile aqui
A principios de 1934 Valiente viajó en secreto en al menos dos ocasiones a Francia para hablar con Alfonso XIII. Su objetivo era negociar los términos de la colaboración entre sus partidarios monárquicos alfonsinos y la CEDA —oficialmente definida como accidentalista—, además de solicitar al depuesto rey que se abstuviese de hacer declaraciones que pudiesen perjudicar el éxito de la CEDA. No está del todo claro en qué medida había sido acordada esta misión con el líder del partido, José María Gil-Robles, ya que ambos dieron versiones contradictorias del suceso.Martin Blinkhorn, Carlism and Crisis in Spain 1931-1939, Cambridge 1975, ISBN 9780521207294, p. 113 No obstante, suele aceptarse que el último, cuando menos, estaba informado del asunto y no se opuso. Cuando las conversaciones de Fontainebleau se filtraron a la prensa, la CEDA se vio acorralada bajo la acusación de estar conspirando contra la República, a pesar de sus reiteradas declaraciones de lealtad a la misma. La CEDA acabó presentando el suceso como un complot monárquico dentro de la propia organización.Blinkhorn 1975, p. 335 Valiente (al parecer, con su consentimiento) se convertiría en el chivo expiatorio y sería expulsado del partido. Es posible que la militancia de las JAP, percibida por algunos cedistas como comprometedora, contribuyese a las duras medidas tomadas contra Valiente, que abandonaría también las JAP, siendo reemplazado en su liderazgo por José María Pérez de Laborda.Vázquez de Prada 2012, pp. 252–257
Tradicionalista 180px|thumbnail|José María Valiente A finales de 1935, en pleno apogeo de popularidad, Valiente decidió unirse a la Comunión Tradicionalista. Para los carlistas se trataba una valiosa adquisición: la militancia de las JAP y el episodio monárquico —del que se avergonzaba la CEDA, partidaria de la legalidad vigente— eran credenciales de bienvenida para los tradicionalistas, que no ocultaban su intención de acabar lo antes posible con aquel «régimen ateo». En las elecciones a Cortes de 1936 se presentó como candidato en la lista tradicionalista de la circunscripción de Burgos, de electorado más bien conservador, resultando elegido. La posición política de Valiente en la escena política nacional quedó de manifiesto cuando llevó a hombros el féretro de José Calvo Sotelo durante su funeral.Vázquez de Prada 2012, p. 257
En la conspiración anti-republicana el papel de Valiente se redujo a las negociaciones con los posibles aliados alfonsinos de la provincia de Burgos, donde residía cuando se produjo el golpe de Estado del 18 de julio. Pasó a ser miembro de la Junta Nacional Carlista de Guerra, donde se hizo cargo de los asuntos religiosos. Cuando el general Franco expulsó de España a Manuel Fal Conde, jefe delegado de la Comunión Tradicionalista, Valiente actuó como su sustituto. En 1937, frente a la presión de Franco para unir a tradicionalistas y falangistas, no compartió ni la presteza del Conde de Rodezno ni la intransigencia de Fal Conde. Fue uno de los once carlistas que entraron en el Consejo Nacional (de cincuenta miembros) de la nueva organización —aunque no se trataba de una Junta Política— y asumió la jefatura provincial de Burgos, renunciando a su puesto en la Junta de Guerra.Blinkhorn 1975, p. 290 Más que una asimilación dentro del variopinto grupo creado de manera artificial por los militares, Valiente temía la división del carlismo entre rodeznistas y falcondistas.Vázquez de Prada 2012, pp. 257-258 240px|thumbnail|left|Emblema del Requeté Con la autorización personal del regente de la Comunión Tradicionalista, Don Javier, Valiente permaneció en el Consejo Nacional falangista (hasta 1942),Blinkgorn 1975, p. 278 aunque rechazó la oferta de Rodezno, que había aceptado el Ministerio de Justicia en el primer gabinete franquista de 1938 y pidió a Valiente ser su subsecretario (el puesto lo asumiría en su lugar Luis Arellano). Valiente parecía esperar que se lograse un acuerdo con las autoridades vencedoras hasta 1942, cuando Franco ignoró la propuesta de Don Javier de formar un gobierno carlista-franquista. A partir de entonces, pasaría a oponerse a Franco. En 1945, a raíz de las manifestaciones carlistas antifranquistas en Pamplona, fue detenido y temió ser llevado a un pelotón de fusilamiento, aunque finalmente las sanciones adoptadas contra él fueron relativamente leves, especialmente en comparación con la represión empleada contra la izquierda.Vázquez de Prada 2012, p. 257
Al tratarse de uno de los principales seguidores de mediana edad de Don Javier y de su jefe delegado, Fal Conde, fue muy solicitado por el Conde de Rodezno, que lo invitó a unirse a los carlistas juanistas, teóricamente leales a la regencia de Don Javier, pero partidarios de la candidatura de Don Juan, el hijo de Alfonso XIII, como futuro rey tradicionalista. Valiente se negó a adherirse, ignorando también a la facción mucho menor que abogaba por los derechos dinásticos de Carlos Pío de Habsburgo, nieto de Carlos VII, que se presentó como Carlos VIII y era aparentemente popular entre algunos sectores de la Falange. Valiente también mantuvo su lealtad a Don Javier —aunque sin demasiado entusiasmo— en 1952, cuando este decidió poner fin a la regencia y anunció su derecho al trono.Vázquez de Prada 2012, p. 258
Carlista colaboracionista miniaturadeimagen|240px|Valiente con la princesa Irene de los Países Bajos en la concentración anual del Cerro de los Ángeles en Madrid (1966) A mediados de la década de 1950 el creciente sentimiento entre los javieristas era que la intransigente oposición a Franco perseguida por Manuel Fal Conde había producido pocos o ningún resultado. Don Javier parecía estar de acuerdo con este planteamiento. Tras la dimisión de Fal Conde en 1955, creó la Secretaría Nacional, un nuevo órgano de gobierno colegiado de la Comunión, nombrando presidente a Valiente.Francisco Javier Caspistegui Gorasurreta, El naufragio de las ortodoxias. El carlismo, 1962-1977, Pamplona 1997; ISBN 9788431315641, p. 79 Este se opuso enérgicamente a los planes de unidad monárquica de José María Arauz de Robles, diseñando una orientación más colaboradora con el franquismo. El momento parecía particularmente oportuno en 1957, cuando los planes totalitarios del líder falangista José Luis Arrese fueron rechazados por Franco, que comenzó a hacer referencias al tradicionalismo y a la Comunión. La Ley de Principios del Movimiento Nacional, adoptada en 1958, declaró que España era una Monarquía Tradicional.Vázquez de Prada 2012, p. 259, Mercedes Vázquez de Prada, El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967), Madrid 2016, ISBN 9788416558407, pp. 32-51
La nueva estrategia de posibilismo fue recibida con sentimientos encontrados entre los carlistas; los veteranos junteros regionales se quejaban y un joven navarro, disfrazado de sacerdote, llegó a agredir a Valiente en una calle de Pamplona. Su aliado clave contra la oposición interna resultó ser el hijo de Don Javier, Carlos Hugo, que tuvo una entrada fulminante como Príncipe de Asturias en la concentración anual carlista de Montejurra de 1957.Manuel Martorell Pérez, Carlos Hugo frente a Juan Carlos. La solución federal para España que Franco rechazó, Madrid 2014, ISBN 9788477682653, pp. 73-88, Vázquez de Prada 2016, pp. 51-88 El príncipe saludó a la juventud en medio de una explosión de entusiasmo, pronunciando su Proclama de Montejurra que, además de novedades sociales, presagiaba la modernización del partido, además de una política más activa que podía interpretarse como una oferta a Franco. Cuando Carlos Hugo se trasladó de manera permanente a Madrid desde Francia, cooperó estrechamente con Valiente, que sería nombrado jefe delegado en 1960.Vázquez de Prada 2012, pp. 259-260