El antiguo convento de la Encarnación de San Cristóbal de las Casas (actualmente, templo del Carmen), en la localidad homónima de San Cristóbal de Las Casas, es uno de los conjuntos arquitectónicos más bellos, emblemáticos y relevantes del estado de Chiapas. La fundación del convento se remonta a la última década del , y su construcción se encuentra estrechamente vinculada con el desarrollo de la organización social, política, económica y cultural de aquella zona de la entonces provincia de Guatemala.
Fundación del convento
La fundación del convento de la Encarnación fue resultado, en buena medida, de las solicitudes de los habitantes españoles, entre ellos los encomenderos de Ciudad Real, a las autoridades (1587) para acomodar a sus hijas o “descendientes legítimas” y proporcionarles la protección (a sus honras), cuidados y la educación correspondiente a su posición dentro de la sociedad. Así mismo podía asistírseles y prepararlas para la vida en matrimonio o bien en el mejor de los casos, educarlas para la vida conventual. María Elena Guerrero Gómez, “El camino de la salvación de las mujeres en Ciudad Real, Chiapas”, 2012, pp. 97-100 Desde luego, el convento de la Encarnación recibió a mujeres de diversas calidades y edades, como hijas de españoles “ricos”, que entraban con sus asistentes domésticas, así como jóvenes que planeaban ser monjas y que compartían el espacio y la vida religiosa con algunas solteras y viudas (españolas, criollas y ocasionalmente indígenas). María Elena Guerrero Gómez, "Importancia del convento de la Encarnación de Ciudad Real, Chiapas", Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, Tesis de licenciatura inédita, usada con autorización del autor, 1983, p. 22.
La petición de los habitantes de Ciudad Real fue atendida con prontitud por las autoridades reales, y el Rey Felipe II autorizó la fundación del monasterio por Real Cédula fechada el 30 de noviembre de 1595:
El convento quedó bajo la advocación de Nuestra Señora (o Virgen) de la Encarnación, y al cuidado de religiosas de la orden de la Inmaculada Concepción o Concepcionistas franciscanas, Esta orden, fundada en 1489, tenía ese nombre por seguir la regla estipulada por los franciscanos: obediencia, castidad, pobreza y clausura. La orden Concepcionista llegó a Nueva España en el año de 1540. que para ese entonces ya habían fundado otros claustros en Nueva España, buena parte de ellos ubicados en la Ciudad de México, Siguiendo el cuadro de Guerrero Gómez: Ciudad de México: La Concepción (1540), Regina Coeli (1573), Jesús María (1580), Nuestra Señora de la Encarnación (1594), Santa Inés (1600), San José de Gracia (1610), Nuestra Señora de Balvanera o Jesús de la penitencia (1580 o 1617), San Bernardo y Nuestra Señora de Guadalupe (1636 y 1690). Ibid, pp. 24-32. Véase también Josefina Muriel, Conventos de monjas, 1995, pp. 25-167. pero que también los hubo en Guadalajara, Nuestra Señora de la Concepción (1568). Guerrero Gómez, "Importancia…", p. 32. Mérida, Nuestra Señora de la Consolación (1596). Ibid, p. 32. Oaxaca, Regina Coeli (1593). Ibid, p. 32. y Puebla, Nuestra Señora de la Encarnación (1610). Ibid, p. 32. y otro en Guatemala. San Jerónimo y Santa Catarina Mártir (1577). Ibid, p. 32.
Éstas primeras inquilinas, tres monjas dirigidas por la madre superiora María de la Concepción, que habitaron en el convento fueron traídas del de San Jerónimo de Guatemala, a petición del obispo de Ciudad Real, fray Andrés de Ubilla. Su traslado recayó en el chantre de la Catedral de San Cristóbal, don Gabriel de Avendaño, y del prebendado Cristóbal de Velasco. Ibid, pp. 49-51. El 1 de mayo del año de 1610 se verificó el ingreso solemne de las monjas en su nueva casa de oración y recogimiento, conducidas en procesión por las órdenes de Santo Domingo y San Francisco, las autoridades civiles y habitantes del pueblo en general con una fiesta y un Te Deum. Véase “Testimonio de la entrada de las monjas fundadoras a Ciudad Real a primero de marzo de mil seiscientos diez años”, (traslado), tomado de Guerrero Gómez, "Importancia…", pp. 177-178.
Construcción
El espacio concedido para fundar el convento correspondió a los predios pertenecientes al que en ese entonces era el templo de San Sebastián Mártir (1595), de quien, según indicaciones, se conservaría “la memoria, advocación e devoción…”; “Testimonio de la fundación del convento de la Encarnación” (traslado), tomado de Guerrero Gómez, "Importancia…", p. 171. seguidamente se construyeron los demás edificios y habitaciones anexas a éste. De la dicha construcción se ocuparon albañiles traídos (seguramente) de Oaxaca y Guatemala Ibid, p. 51. bajo la dirección del fraile de la orden de Predicadores, fray Tomás de Blanes. En buena medida el templo se construyó gracias a la aportación de donaciones en especie y de solares cedidos por los habitantes de Ciudad Real, para que las novicias habitaran en él con comodidad y decoro, lo que, sin embargo, no les exentó de posteriores problemas. Según Guerrero Gómez, en un principio se llegó a reunir “un caudal de $ 9 789 pesos para sustento del convento durante diez años. Además (se) donaron 260 reses, 270 fanegas de maíz, 170 fanegas de trigo, 40 potros y 12 mulas”. "Importancia…", pp. 51-59 y 124-125. La construcción del claustro fue un tanto lenta Para 1618, el obispo de Ciudad Real comentaba al gobierno respecto al estado del convento: “Falta por hacer conforme a la planta, traza para que quadre el claustro y asegure más la yglesia, en ángulo del claustro arrimado a la mesma yglesia. Falta enladrillar toda la casa alta y baxa, lucir y blanquear toda la obra, levantar las cercas y otros repartimientos necesarios para el servicio de la casa”. Tomado de Flores Ruiz, Investigaciones…, p. 148. lo que impidió que las monjas lo habitasen propiamente, por lo que se tuvo que ofrecer alojamiento provisional (por cuatro meses) en una finca limitada al palacio episcopal hasta que, finalmente, en el mes de septiembre de ese año pudieron entrar en posesión de su convento. Eduardo Flores Ruiz, Investigaciones Históricas sobre Chiapas, p. 147; Guerrero Gómez, "Importancia…", p. 66.
La vida dentro del convento no resultó, sin embargo, ser del todo sencilla y acogedora. El monasterio y sus habitantes llegaron a verse expuestos a graves problemas de salubridad como, por ejemplo, las epidemias de viruela y sarampión acaecidas en 1750; así mismo, algunos siniestros que se produjeron en Ciudad Real, especialmente por las desastrosas inundaciones ocurridas en los años 1652, 1676, 1785, 1864 y 1868; e incendios y terremotos ocurridos entre 1676 y 1679, lo que acarreó nuevos problemas financieros para la reparación del convento y sustento de sus novicias. Ibid, pp. 128-130.
Interior del templo
Los documentos de la época, así como investigaciones contemporáneas, han sugerido cómo pudo ser el interior del convento y la dedicación al culto en el momento de su fundación. Según la documentación original, el Cabildo catedralicio de Ciudad Real, benefactor del convento, registró los retablos, ornamentos y santos del templo: “asimismo ayudamos al dicho convento e monasterio con la imagen de Nuestra Señora que se ha de poner en el Altar Mayor y los retratos e imágenes de San Agustín, San Gregorio, San Ambrosio, San Jerónimo, el retrato del papa Pío V y un Agnus Dei, todo para el culto y ornato del dicho altar mayor de dicho convento”. Ibid, p. 52.
Respecto al inmueble, se cuenta con una descripción realizada antes del incendio ocurrido el 23 de marzo de 1993, que consumió buena parte del templo: la nave del convento conduce al crucero, con un solo brazo y que funciona como capilla. […] ésta aún conserva en su interior esculturas estofadas y policromadas de los siglos y , como la del crucifijo de escuela guatemalteca. Esta capilla se erigió para albergar la cofradía de “Nuestra Señora del Carmen” en 1764. Flores Ruiz, Investigaciones…, p. 193.
El templo conservaba, entre otras cosas, el alfarje de madera labrada y entrelazada en su techo, además de contar con numerosos retablos de tipo neoclásico. También se conservaba un retablo con cinco pequeñas pinturas de santos, entre ellos a San Joaquín y a la sagrada familia. Frente a este retablo se ubicaba un nicho central que guardaba a Santa Ana con la Virgen niña, manufactura del . Se mencionó con anterioridad que el convento fue construido en el espacio que pertenecía al templo de San Sebastián (cuya imagen de excelente manufactura guatemalteca se perdió en el incendio de 1993); por tal razón se explica el por qué la estructura conventual no corresponda a la usual tendencia arquitectónica de las portadas gemelas que se observan en la mayoría de los templos para monjas fundados en Nueva España. Ibid, p. 58. Manuel Ramos Medina y Concepción Amerlinck de Corsi, Conventos de Monjas. Fundaciones en el México virreinal, pp. 281-283. Con la exclaustración acontecida en la segunda mitad del , muchos de los retablos, pinturas y ornamentos del templo serían expropiados, enajenados o, quizás, trasladados a otros monasterios; muchos otros, con seguridad, fueron destruidos.
Torre o campanario mudéjar
Uno de los elementos arquitectónicos más llamativos del antiguo monasterio de la Encarnación es la famosa torre mudéjar (1677), denominada así por Manuel Toussaint en razón de sus semejanzas con la arquitectura mudéjar española, que encontró novedosas adaptaciones en el nuevo mundo. La torre está compuesta de tres cuerpos con características propias, pues aunque los tres poseen como base una planta cuadrada, su estructura denota una función distinta. La base principal cuenta con un arco de acceso que servía como punto de unión entre el convento y el templo, además de funcionar como acceso a diversas partes de la ciudad a pie o con carruaje; mientras que el segundo cuerpo, de proporciones menores, cuenta con ventanas y una rica decoración de elementos compuestos con argamasa, era el acceso al antecoro; finalmente el tercer cuerpo, más pequeño, cuenta con ventanas que permiten ver las campanas, y remata con una cúpula cuya colocación data del . Las referencias a Toussaint y otros estudiosos del arte pueden consultarse en Guerrero Gómez, "Importancia…", pp. 58-64.
Vida cotidiana
La vida dentro del claustro se regía por la cotidianidad habitual de los conventos de la Nueva España, enlazada en las prácticas religiosas y en la educación, lo que no desvinculaba a las novicias de la vida social del mundo exterior; por el contrario, las oraciones diarias y las enseñanzas (del mismo orden moral religioso) ofrecidas a las niñas de la ciudad, así como otros servicios hechos en beneficio de la población y de sus almas. La enseñanza se fundamentaba o dividía en tres aspectos: doctrina cristiana (catecismo), elemental (lectura y escritura en español y latín, y la enseñanza básica de las matemáticas) y los oficios “mujeriles”, es decir lo que estuviera relacionado con el cuidado en el hogar (bordar, tejer y cocinar). Flores Ruiz, Investigaciones…, p. 147; Guerrero Gómez, "Importancia…", pp. 87-89 Había que formar mujeres con principios cristianos, como las futuras madres que debían de ser.
Ingreso, orden y normas dentro del claustro