La Inmigración chilena en California y otros sudamericanos desde hace mucho tiempo han estado presentes en el estado de California desde la década de 1850 con la fiebre del oro. No todos los chilenos llegaron a los campos de oro. Algunos se quedaron en San Francisco, Sacramento y Stockton, donde con frecuencia trabajaron como albañiles, panaderos, o marinos. Algunos de Santiago se establecieron en diversas empresas, en particular, la importación de harina y equipo de minería de Chile. En la mayoría de las ciudades tienden a congregarse y vivir en áreas específicas de los sectores más pobres de dicho las áreas urbanas. En los campos de oro vivían en campamentos separados. En el verano de 1849 los chilenos constituyen el elemento principal de la población en Sonora. Los chilenos con frecuencia trabajaban sus minas con los esfuerzos del grupo. Cuando se descubrió oro de la localidad de Los placeres muchos llegaron a Sonora, los chilenos fueron algunos de los primeros mineros en California para extraer el oro de cuarzo. Chilenos en California
Antecedentes Cuando el tratado de Guadalupe-Hidalgo consagró, en 1843, la soberanía de Estados Unidos de América sobre la Alta California, habían corrido dos siglos y medio desde que España tomo posición de la comarca. El desarrollo de la civilización española mexicana, orientada hacia la minería de la plata y las zonas de mayor productividad natural, había vuelto en forma desdeñosa las espaldas a la comarca, aparentemente semidesértica, del extremo norponiente del territorio bañado por el Pacífico. A mediados del siglo XVIII, los jesuitas intentaron, sin éxito, transformar pacificamente a los indígenas de la región en cristianos civilizados, y en los años corridos desde la Independencia, los distintos gobiernos mexicanos solo había tenido tiempo de destruir la civilización que España les lego. En 1848, los 514.965 kilómetros cuadrados de la Alta California estaban poblados por 5.000 blancos y unos 10.000 indígenas, en parte ligeramente mestizados de español.thumb|Augusto Sutter.
Entre los pocos colonos establecidos en la región, en el momento de llegar los norteamericanos, se contaba Juan Augusto Sutter, que se hacía pasar por oficial del 6º regimiento de guardias suizos al servicio de Carlos XIV.
Según su relación, tenida hoy por simple fantasía, después de la Revolución de julio, o Revolución de 1830, regresó a su patria. Perseguido por deudas, huyó a Francia y de allí a los Estados Unidos de América. Llegó a Nueva York en julio de 1834. Se estableció en las llanuras de Missouri. Después de cien aventuras se arruinó por completo y resolvió dirigirse a California, país que solo conocía de nombre. Llegó hasta Vancouver, en la costa del Pacífico, y como no pudiera proseguir por tierra, se embarcó para las islas Hawái. Rehusó el cargo de ministro de Guerra, que le ofreció el rey Kamehameha III, y fue a dar a Alaska, conduciendo algunas mercaderías. De allí se embarcó para Yerbas Buenas (California), donde llegó el 1º de julio de 1839. Se estableció en el fértil valle que se extiende entre la actual ciudad de Sacramento y el río Americano (Alta California), a la fecha sujeto a la soberanía casi nominal de México. Obtuvo una valiosa concesión del gobierno mexicano. Compró, además, a una colonia rusa sus derechos a los terrenos inmediatos. En menos de diez años, su genio emprendedor y sus dotes naturales de mando crearon en la región la vida civilizada, que los jesuitas no habían logrado imponer mediante la predica del evangelio. Muchos años más tarde, el general norteamericano Gibson dijo de él: El patriarca de California, el compatriota de Tell y de Washington, puro y valiente de noble naturaleza y de bondadoso corazón, de benigno y generoso carácter, padre de cada uno de sus colonos y de todos juntos, merece que se le erijan, no estatuas de mármol ni de bronce, si no estatuas fundidas con el oro mismo de California. ‘‘
Poco antes de firmarse el tratado de Guadalupe-Hidalgo, que puso término a la Intervención estadounidense en México (febrero de 1848), el mayordomo James Marshall, quien habría por cuenta de Sutter un cauce para derivar del rio Americano, poco antes de su confluencia con el Sacramento, las aguas necesariamente para mover un aserradero, encontró algunas pepas de oro, que iban a trastornar bruscamente el sentido que había tomado el desarrollo de la civilización y de la riqueza en California (23 de enero de 1848). miniaturadeimagen|derecha|Tres pepitas de oro encontradas en Tuolumne County, California. La más grande de ellas posee unas dimensiones de 2,7×0,6×0,5 centímetros.
En los primeros momentos, los trabajadores no se dieron cuenta de que las pepas encontradas eran de oro. Sutter, calculando lo que iba a ocurrir, según dijo más tarde, procuro ocultar el descubrimiento. Pero, antes de un mes, los obreros enviaron pepas a Yerbas Buenas, que se vendieron muy mal, hasta que el sobrecargo de un bergantín chileno ofreció pagar 60 francos por la onza de todo el polvo y las pepas que se le trajeran (C. de Varigny). A partir de este momento, los marineros desertados de los buques y la población de Yerbas Buenas y de todo California, se precipitaron al aserrador de Sutter; y convertidos en lavadores de oro, encontraban en abundancia pepas, algunas de las cuales pesaban una, dos, cinco y hasta seis onzas. El establecimiento de Sutter quedó abandonado. Nadie pensaba en cultivar los campos, ni en el alimento del día de mañana. thumb|left|Un cartel durante la fiebre del oro en California.
A pesar de que aún no existían el telégrafo ni los cables submarinos, la noticia de los placeres de oro de California, abultada, transfigurada en una leyenda "Las mil y una noches", se esparció con asombrosa rapidez por el mundo entero. Hirió vivamente las imaginaciones; golpeo a las puertas de mineros, comerciantes e industriales que ansiaban un campo más amplio y de mayores expectativas para sus esfuerzos; y movilizó a los aventureros de un confín a otro de la Tierra. Mientras, de otros Estados de la Unión acudían por tierra aventureros de todas las nacionalidades, y los buques de Asia vaciaban directamente sus cargamentos humanos en el puerto de Yerbas Buenas, donde pronto debía fundarse San Francisco de California, navíos de todas y todas procedencias, con sus compartimientos y cubierta ocupados por verdaderos racimos humanos, tocaban en Valparaíso, para refrescar el agua y las provisiones, y seguían a California. Al cumplirse un año desde el descubrimiento, los buscadores de oro, los comerciantes y los simples aventureros excedían de 80.000. El censo publicado en 1852 arrojo una población de 254.453 almas. Habían surgido como evocados por un conjuro la ciudad y puerto de San Francisco con 34.876 almas, Sacramento con 20.000, Marysville con 7.000 y Stockton con 5.000. El oro extraído de los lavadores, dentro de un cálculo casi enteramente subjetivo, único posible tratándose de California de esa época, se estimó en $50.000.000 en 1849 y en $65.000.000 en 1853, año de la máxima producción. El valor total del oro extraído en los primeros seis años de explotación se ha calculado entre 269 millones y 300 millones de dólares.
La emigración chilena a California miniaturadeimagen|derecha|La ciudad de San Francisco y su puerto en una fotografía de 1851. Por su ubicación geográfica, que obligaba a recalar en el a los buques que hacían la navegación entre Europa y las costas occidentales de América, y por su condición de emporio del Pacífico, Valparaíso fue uno de los primeros centros comerciales donde se esparcieron las noticias de las fabulosas riquezas de los lavaderos de California y de los fantásticos negocios que era posible hacer en sus costas.
miniaturadeimagen|left|Mapa de la cuenca del río americano. Incluye las horquillas del Norte, Oriente y Sur del río, así como el río Rubicón, un afluente del Tenedor Medio. El 19 de agosto de 1848 llegaba a Valparaíso el bergantín chileno J.R.S., capitán Andrews. Traía la noticia del éxodo en masa de los pobladores Yerbas Buenas hacia los placeres de arenas auríferas descubiertas en la confluencia de los ríos Americano y Sacramento. Antes de correr un mes (el 12 de septiembre), partió con rumbo a California Carlos Armstrong, con 8 peones. A pesar de que los diarios, en los primeros momentos, no prestaron atención a las noticias traídas por el J.R.S., y solo en noviembre del mismo año empezaron a preocuparse del sensacional descubrimiento, numerosas caravanas de porteños habían seguido a Armstrong. Los comerciantes se apresuraron a despachar buques cargados de todo género de mercaderías y, especialmente, harina, charqui, frejoles, maíz y papas. Los que no podían ir personalmente, enviaban un empleado de confianza. Se organizaron numerosas compañías comerciales y centenares de caravanas explotadores. Desde los jóvenes de la alta sociedad hasta el gañan, se apresuraron a embarcarse para California, con la esperanza de regresar millonarios a la vuelta de algunos meses. Casi no quedó familia conocida en Chile que no contase con un representante en California. Los que disponían de un pequeño capital, lo llevaban invertido en pacotilla de madera, huesillos, peras y ciruelas secas, ropas y ponchos para trabajadores, pellones, monturas, frazadas, comino, ají, orégano y en general todos los artículos que tradicionalmente se embarcaban a la zona minera de Chile y el Perú. Los que podían, pagaban su pasaje, otros se enganchaban como marineros, y no fueron pocos los que se ocultaron en las bodegas y que ya no era posible desembarcar cuando el capitán los descubría.
Vicente Pérez Rosales nos ha dejado una descripción del viaje a California, de la vida en esa región y de la suerte de los miles de chilenos que acudieron a ella en busca de oro, que, por la exactitud, el colorido y la animación supera hasta perderlas de vista a las numerosas relaciones extranjeras y chilenas que conocemos. Vale la pena extractar algunos pasajes.thumb|200px|Daguerrotipo de Valparaíso de 1852 aproximadamente.
El 20 de diciembre de 1848 el infatigable aventurero partió de Valparaíso en la barca francesa "Stahueli", en compañía de tres hermanos, un cuñado y dos sirvientes de toda confianza. Su capital consistía en 6 sacos de harina tostada, 6 de frejoles, 4 quintales de arroz, 1 barril de azúcar, 2 de vino de Concepción, un pequeño surtido de papas, hachas y barretas, un perol de fierro, pólvora y plomo para balas. El pasaje costo $612, y la compañía llevaba en dinero sonante $250. La barca conducía 20 hombres, 3 mujeres, 4 vacas, 8 cerdos, 3 perros, 17 marineros, 1 capitán y 1 piloto. Iba tan atestada de carga, que Pérez Rosales se vio obligado a dejar su pequeña pacotilla para que lo siguiente en la barca "Julia".
Antes de salir hubo una gresca, en la cual el capitán del puerto, Orella, estuvo a punto de ser arrojado al mar, por su imprudente empeño en dejar en tierra a Rosarito Amesti, una linda chilena de vida alegre, la cual también se embarcó en busca de las pepas de oro de California. En el trayecto, la sangre fría y el coraje de Pérez Rosales lograron contener a tiempo una sublevación de los pasajeros de cubierta, encabezada por el chileno Álvarez, un ricachón raro o semiloco, al cual alcanzó a salvar la vida en California cuando ya los yanquis lo tenían colgado de un árbol.
El 18 de febrero de 1849, la "Stahueli" largaba el ancla en la caleta de Yerbas Buenas, en la gran bahía formada por las desembocaduras del Sacramento y del Sn Joaquín, después de salvar 6.700 millas desde Valparaíso. Los americanos que venían por mar desde la costa del Atlántico, necesitaban recorrer 19.300 millas. thumb|200px|Vicente Pérez Rosales. Aún no se cumplía un año desde el hallazgo del oro en el molino y aserradero de Sutter, y ya Yerbas Buenas, pobre aldea de pescadores, se había convertido en un embrión de gran ciudad.