La rivalidad futbolística entre Argentina e Inglaterra es el enfrentamiento de las selecciones de fútbol de e , las que han compartido una rivalidad por muchos años. Es poco frecuente encontrar una rivalidad intercontinental. Típicamente las rivalidades futbolísticas se dan entre países que están uno cerca del otro, por ejemplo Francia–Italia, Argentina–Brasil y Argentina–Uruguay.

Argentina es considerada en Inglaterra como uno de los rivales más importantes del combinado inglés, junto con . Por otra parte, Inglaterra es considerada por la población argentina como uno de sus rivales más importantes debido a motivos relacionados con el fútbol (como lo ocurrido en el mundial de 1966) y también por motivos extra-futbolísticos. Este clásico forma parte de las rivalidades de los históricos protagonistas de los mundiales de fútbol.

Aunque esta rivalidad se originó por un partido de la Copa Mundial de Fútbol de 1966, fue exacerbada en particular por un hecho no futbolístico, la guerra de las Malvinas de 1982 entre las dos naciones, y ha sido propagada por varios incidentes controversiales o notables en partidos subsecuentes, por ejemplo, el gol con la mano de Diego Maradona, comúnmente llamado el gol de la mano de Dios en la Copa Mundial de Fútbol de 1986. Además, Argentina e Inglaterra han mantenido diversos conflictos a lo largo de su historia, entre ellas las Invasiones Británicas a Buenos Aires en 1806 y 1807, la ocupación ilegal de Malvinas en 1833, la guerra del Paraná durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1845 a 1850) y finalmente, la guerra del Atlántico Sur, hechos que avivaron de algún modo ese antagonismo histórico.

Al día de la fecha, por copas del mundo se enfrentaron en 6 ocasiones, con 3 victorias para los ingleses (1962, 1966, 2002), 2 victorias para los argentinos (1986, 2026) y 1 empate (1998) devenido en avance de llave a favor de la Argentina, con tiros desde el punto penal.

En duelos oficiales de eliminación directa, se enfrentaron 4 veces, todas por Mundiales: en 1966 Inglaterra clasificó luego de ganar 1 a 0 en el viejo Wembley. En 1986, Argentina avanzó a semifinales ganando 2 a 1 en un recordado encuentro de cuartos de final, jugado en el Estadio Azteca de la Ciudad de México. En 1998, Argentina volvió a eliminar a Inglaterra en el Mundial de Francia, luego de igualar 2 a 2 en los 120 minutos y superar 4 a 3 a los británicos en la definición por penales en Saint Étienne. Finalmente, en 2026, los albicelestes volvieron a dejar en el camino a los ingleses en Atlanta (EEUU), luego de imponerse 2 a 1 en los 90 minutos de una de las semifinales de aquella Copa del Mundo, y avanzar así a una nueva final mundialista.

Antes de 1966

El fútbol fue introducido en Argentina por los británicos durante el siglo XIX. El primer partido jugado en el país se disputó entre dos equipos británicos, los White Caps y los Red Caps, en el Buenos Aires Cricket Club el 20 de junio de 1867. El maestro de escuela británico Alexander Watson Hutton fundó la primera liga argentina en 1891, y los equipos se compusieron casi exclusivamente de jugadores británicos hasta que, ya entrado el siglo XX, los futbolistas argentinos comenzaron a integrarse de forma masiva.

El primer cruce entre un club inglés y uno argentino se produjo el 26 de junio de 1904, cuando el Southampton F. C. —subcampeón de la FA Cup en 1900 y 1902— visitó Buenos Aires y venció 3 a 0 a Alumni, campeón local, con el propio presidente Julio Argentino Roca entre los espectadores. En esa misma gira, el delantero Arturo Forrester marcó ante Belgrano Athletic Club el primer gol argentino frente a un equipo inglés, aunque el resultado favoreció nuevamente a los visitantes. El primer triunfo argentino frente a un club inglés llegaría diez años más tarde, el 14 de junio de 1914, cuando un combinado de jugadores del norte del Gran Buenos Aires derrotó a Exeter City en Avellaneda.

Los seleccionados nacionales se habían visto por primera vez mucho antes del choque de 1966: Argentina fue el primer equipo no británico, después de Escocia, en jugar contra Inglaterra en el estadio de Wembley, el 9 de mayo de 1951. Mario Boyé adelantó a los argentinos de cabeza a los 18 minutos, pero Inglaterra dio vuelta el resultado con goles de Stan Mortensen y Jackie Milburn sobre el final, y se impuso 2 a 1; las atajadas del arquero argentino Miguel Ángel Rugilo le valieron el apodo de «el León de Wembley». Jugaron también dos partidos en 1953 en Buenos Aires. En el primero, disputado en el estadio Monumental el 14 de mayo ante la presencia del presidente Juan Domingo Perón, Argentina venció 3 a 1 con dos goles de Ernesto «Cocó» Grillo —uno de ellos conocido como «el gol imposible»— y uno de Rodolfo Micheli; ese encuentro, que la Football Association consideró un partido entre combinados de liga y no entre selecciones plenas, es sin embargo el que la AFA reconoce oficialmente como la primera victoria argentina ante Inglaterra. El segundo, jugado tres días después y sí reconocido por ambas asociaciones como un partido "Internacional A" en sentido pleno, fue suspendido tras 36 minutos por una lluvia torrencial, con el marcador 0 a 0.

Ambos seleccionados volvieron a cruzarse en 1962 y en 1964, antes del recordado episodio de Wembley. El 2 de junio de 1962, en la primera fase del Mundial de Chile, Inglaterra venció 3 a 1 en Rancagua con goles de Ron Flowers, Bobby Charlton y Jimmy Greaves, mientras que José Sanfilippo marcó el descuento argentino sobre el final; ese resultado, sumado al posterior empate 0 a 0 de Argentina ante Hungría, dejó a los ingleses clasificados a cuartos de final por mejor promedio de gol. Fue, de hecho, el primer cruce entre ambos seleccionados en una Copa del Mundo, dos décadas antes de que la rivalidad quedara asociada de manera definitiva al episodio de 1966.

En 1964, Argentina venció 1 a 0 a Inglaterra con un gol de Alfredo Rojas en el Maracaná, resultado que le permitió quedarse con la Copa de las Naciones organizada en Brasil por el cincuentenario de su federación.

Inglaterra 1966 El origen de la rivalidad El 23 de julio de 1966, en el estadio de Wembley, se disputó el partido que dio origen a una de las rivalidades más intensas del fútbol internacional. Argentina e Inglaterra se enfrentaron en los cuartos de final de la Copa del Mundo que organizaba el propio seleccionado local, y aquel cruce quedó marcado por una serie de decisiones arbitrales y circunstancias institucionales que, con el tiempo, serían recordadas bajo el mote de «el robo para la Corona».

El torneo ya llegaba cargado de suspicacias antes de que Argentina e Inglaterra se cruzaran. La FIFA, presidida por el inglés Stanley Rous, había definido que el Mundial se jugara en Inglaterra en el año del centenario de su federación, y el reparto de cupos y el calendario de partidos resultaron sensiblemente más favorables para el anfitrión que para las potencias sudamericanas. A eso se sumó un episodio previo a los cuartos de final: cuando las delegaciones llegaron a presenciar el sorteo de árbitros, este ya se había realizado, y las designaciones resultantes ubicaron a un juez alemán en el Inglaterra-Argentina y a un árbitro inglés en el Alemania-Uruguay, el otro cruce sudamericano de la instancia.

El partido y la expulsión de Rattín Con ese clima de desconfianza como telón de fondo, el capitán argentino Antonio Ubaldo Rattín protagonizó el episodio que terminaría definiendo el recuerdo de aquel cruce. Sobre el promedio del primer tiempo, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein le mostró la salida del campo tras una prolongada discusión, agravada por la imposibilidad de entenderse: Rattín no hablaba alemán ni inglés, y el juez no comprendía el español. Kreitlein justificaría después la decisión con una frase que quedó como símbolo de la arbitrariedad de aquella tarde: dijo haber interpretado como una falta de respeto la sola manera en que el futbolista argentino lo miraba.

Rattín permaneció casi diez minutos en el campo de juego, resistiéndose a abandonarlo mientras esperaba, sin éxito, la llegada de un intérprete. Cuando finalmente encaró hacia el vestuario, se detuvo sobre la alfombra roja que se había dispuesto en el borde de la cancha para el protocolo de la reina Isabel II, y se sentó allí unos instantes, gesto que el público de Wembley interpretó como una provocación. Entre el abucheo y una lluvia de objetos lanzados desde las tribunas —que empezó con golosinas y escaló a proyectiles más contundentes—, el capitán argentino, al pasar junto a un banderín de córner con la bandera británica, la tomó y la retorció frente al público antes de retirarse definitivamente. Desde las gradas, mientras tanto, miles de espectadores repetían el cántico "animals, animals" en referencia a los futbolistas argentinos, una hostilidad que el propio técnico inglés Alf Ramsey convalidaría después del partido al declarar que había sido una victoria conseguida contra personas y no contra quienes, según sus palabras, jugaban como animales.

Con un hombre menos durante más de cincuenta minutos, la Argentina de Juan Carlos Lorenzo resistió con orden, pero no pudo evitar la caída: Geoff Hurst convirtió de cabeza el único gol del encuentro y selló la eliminación albiceleste. Al día siguiente, el Comité Disciplinario de la FIFA sancionó a Rattín con cuatro partidos de suspensión a nivel de selecciones y llegó a evaluar, aunque finalmente no lo aplicó, la exclusión de la Argentina del Mundial siguiente por conducta antideportiva.

Una eliminación que se transformó en símbolo Lejos de quedar como un simple resultado adverso, aquella tarde en Wembley se convirtió con el paso de los años en un punto fundacional. La sensación compartida de haber sido perjudicados por decisiones arbitrarias unió a un país entero detrás de un equipo que había quedado afuera del Mundial antes de agotar sus posibilidades futbolísticas, y lejos de debilitar el ánimo, aquella derrota terminó fortaleciendo el sentido de pertenencia alrededor de la selección. Rattín, sentado sobre el protocolo destinado a la realeza británica, quedó fijado en la memoria colectiva argentina como una imagen de rebeldía frente a una estructura que se percibía como hostil de antemano, y ese gesto trascendió lo deportivo para convertirse en un símbolo de orgullo nacional que todavía se evoca cada vez que Argentina e Inglaterra se cruzan.

El propio desarrollo del torneo alimentó después esa lectura de un Mundial inclinado hacia el anfitrión: Uruguay, el otro representante sudamericano en cuartos de final, también fue eliminado en circunstancias polémicas frente a Alemania, tras un fallo que no le sancionó una mano dentro del área y dos expulsiones al inicio del segundo tiempo. Años más tarde, Joao Havelange —entonces presidente de la CBF y futuro titular de la FIFA— resumiría la sospecha con una frase elocuente sobre la coincidencia de árbitros locales beneficiando a los europeos en ambos cruces. La final terminó coronando a Inglaterra gracias a un cuarto gol de Geoff Hurst —conocido después como el «gol fantasma»—, cuyo bote sobre la línea de meta nunca quedó del todo claro pero que el linesman soviético convalidó y el árbitro suizo Gottfried Dienst terminó dando por válido. Diego Maradona se referiría a ese tanto, años después, como «el gol que nunca fue». Aquella sería, hasta la fecha, la única Copa del Mundo obtenida por la selección inglesa.

El legado: el nacimiento de las tarjetas