300px|thumb|right|Recreación de un exoplaneta habitable perteneciente a una enana roja. La vegetación, concentrada en la zona del terminador, presenta tonos negros a causa del tipo de luz emitida por la estrella. 300px|thumb|right|Impresión artística de un planeta océano situado en la zona habitable de una enana roja. La habitabilidad en sistemas de enanas rojas está determinada por un gran número de factores. Establecer cómo afecta cada uno de ellos a la habitabilidad planetaria puede ayudar a revelar la aptitud de estos sistemas para albergar vida extraterrestre. Existen numerosas dificultades teóricas para que esto sea posible, como el bajo flujo estelar, la alta probabilidad de acoplamiento de marea, la pequeña zona de habitabilidad y la elevada variación estelar experimentada por las enanas rojas, especialmente en sus primeros miles de millones de años. Sin embargo, el alto porcentaje de estas estrellas respecto al total de la población estelar y su longevidad, influye positivamente en las expectativas de encontrar vida en exoplanetas pertenecientes a estos sistemas.

Los cuerpos planetarios ubicados en la zona de habitabilidad de las enanas rojas se encuentran sometidos a un intenso calentamiento de marea por la proximidad respecto a su estrella, que podría ser altamente perjudicial para el desarrollo de la vida. Además, es probable que la cercanía implique un acoplamiento de marea entre el objeto y su astro, que supondría importantes diferencias térmicas entre los hemisferios diurno y nocturno del planeta. El resto de factores que no derivan del anclaje, como la extrema variabilidad de las enanas rojas, la distribución espectral de la energía desplazada al infrarrojo en relación con el Sol y el reducido tamaño de la zona habitable debido a la baja producción de luz, hacen descender aún más las expectativas de presencia biológica.

Sin embargo, hay varios puntos a favor de la habitabilidad en estos sistemas. La intensa formación de nubes en la cara diurna de un exoplaneta anclado por marea a su estrella puede limitar el flujo térmico global y disminuir drásticamente las diferencias de temperatura entre ambos hemisferios. Además, el gran número de enanas rojas en la Vía Láctea, que representan un 73 % de las al menos 100 000 millones de estrellas de la galaxia, aumenta las probabilidades de que surja la vida en algunos de sus planetas. Según las estimaciones efectuadas en 2013, se calcula que puede haber hasta 60 000 millones de planetas potencialmente habitables en sistemas de enanas rojas solo en la Vía Láctea.

Habitabilidad Las enanas rojas representan el tipo de estrellas más común, frío y pequeño. Según las estimaciones de Pieter G. van Dokkum y Charlie Conroy, su abundancia va desde un 70 % del total para las galaxias espirales a más de un 90 % del total para las elípticas. Se cree que suponen un 73 % de todas las estrellas de la Vía Láctea, identificada como una galaxia espiral barrada desde la década de 1990 por las observaciones de los radiotelescopios. Las enanas rojas comprenden estrellas de clasificación estelar tipo M y K-tardío, con una masa de entre 0,1 y 0,6 M☉, y son invisibles para el ojo humano desde la Tierra por su baja luminosidad. Ni siquiera la enana roja más próxima al sol, Próxima Centauri —que es a su vez la más cercana en términos generales—, se aproxima a una magnitud visual.

Luminosidad 300px|thumb|right|Tamaño relativo estelar y temperaturas fotosféricas. Cualquier planeta en torno a una enana roja como Gliese 229A, tendría que situarse muy cerca de su estrella para registrar temperaturas similares a las de la Tierra, viéndose anclado por marea a la misma. Durante años, los astrónomos descartaron a las enanas rojas como sistemas potencialmente habitables. La reducida masa que presentan este tipo de estrellas se traduce en una fusión nuclear extremadamente lenta en sus núcleos, dándoles una luminosidad comprendida entre un 3 % y un 0,01 % de la solar. Como consecuencia, cualquier planeta que orbite a una estrella de esta categoría debe tener un semieje mayor muy reducido en comparación con la Tierra para mantener una temperatura superficial similar. Esta distancia varía en un rango desde 0,3 UA para una enana roja relativamente luminosa como Lacaille 8760, hasta 0,032 UA para una poco masiva como Próxima Centauri —como referencia, cualquier análogo a la Tierra que orbitase a esta última, tendría un período de traslación de 6 días—.

Composición espectral Gran parte de la escasa luminosidad de una enana roja se encuentra en la parte infrarroja del espectro electromagnético, que consiste en una energía lumínica sustancialmente inferior que la de los picos de luz visible del Sol. Como resultado, la fotosíntesis dentro de un sistema de enana roja requeriría fotones adicionales para lograr una estimulación comparable a la necesaria en el proceso de fotosíntesis terrestre, debido al bajo nivel de energía media de los fotones cercanos al infrarrojo. Teniendo que adaptarse a un espectro mucho más amplio para absorber la mayor cantidad de energía fotónica posible, la vegetación en un planeta habitable perteneciente a una estrella tipo M o K-tardío probablemente aparecería de un color negro o marrón en luz visible, frente al verde predominante en la Tierra.

Además, dada la fuerte capacidad del agua para absorber la luz roja e infrarroja, habría menos energía disponible para la vida acuática en este tipo de planetas. Sin embargo, esto podría dificultar el desarrollo de una glaciación global permanente en planetas con órbitas próximas al límite exterior de la zona de habitabilidad. Dada la relación existente entre la extensión de las masas de hielo y el albedo, su temperatura sería mayor a la que correspondería una cantidad de radiación equivalente para una estrella similar al Sol, ampliando así el confín externo de la zona habitable de las enanas rojas.

Evolución Otra posibilidad que puede dificultar la habitabilidad en los sistemas estelares de este tipo es la propia evolución de las enanas rojas. Estas estrellas tienen una pre-fase principal extensa, de modo que sus zonas habitables actuales se encontrarían durante 1000 millones de años en una zona donde el agua no estaría en estado líquido, sino en forma de vapor, por lo que si los exoplanetas situados en esa órbita cuentan con una cantidad significativa de agua desde su formación, tendrían que soportar un efecto invernadero descontrolado durante cientos de millones de años. Durante esta fase, la fotólisis del vapor de agua y el escape hidrodinámico del hidrógeno al espacio podría suponer la pérdida de una cantidad de agua equivalente a la de varios océanos terrestres, dejando tras de sí una densa atmósfera de O2 abiótico.

Transcurrido este período, durante algunos miles de millones de años más la variabilidad estelar seguiría siendo demasiado elevada, registrando bruscos y repentinos incrementos de luminosidad y radiación que comprometerían la existencia de cualquier organismo vivo sobre el planeta. A partir de entonces, atraviesan una larga fase de estabilidad que se prolonga durante prácticamente toda la secuencia principal, en la que pueden permanecer varios billones de años —mucho más que cualquier otro tipo de estrella—. Sin embargo, los estudios indican que una vez alcanzado ese estado, la zona de habitabilidad ultravioleta no coincidiría con la zona habitable, algo que también ocurriría en estrellas tipo K con temperaturas superficiales por debajo de los 4300 °C. Así pues, cualquier planeta «Ricitos de Oro» perteneciente a un sistema de enana roja carecería de una cantidad de radiación suficiente como para mantener a los organismos fotosintéticos.

Efectos de marea Acoplamiento por marea 250px|thumb|left|Recreación de un planeta orbitando alrededor de una enana roja. Dadas las cortas distancias que tienen que mantener los exoplanetas situados en la zona de habitabilidad de enanas rojas respecto a su estrella, es muy probable que se encuentren anclados por marea a ella. En tales circunstancias, el planeta rotaría alrededor de su eje una vez por cada revolución en torno a su estrella, provocando que un lado del planeta se encontrase permanentemente de cara a ella y el otro en perpetua oscuridad, lo que supondría grandes diferencias térmicas entre ambos hemisferios. Durante muchos años, se creyó que la vida en estos planetas se limitaría a una región en forma de anillo localizada entre ambos hemisferios, denominada terminador o zona del crepúsculo, donde la estrella siempre aparecería en el horizonte.

En el pasado, los expertos estimaban que una atmósfera lo suficientemente densa como para repartir eficazmente el calor entre ambos hemisferios sería demasiado gruesa y no permitiría la fotosíntesis en organismos superficiales. Debido a las diferencias de temperatura, se argumentó que un hipotético análogo a la Tierra anclado por marea a su estrella experimentaría fuertes vientos en dirección al hemisferio nocturno y lluvias torrenciales permanentes en el punto subsolar. Por ello, en tales condiciones, la vida compleja sería improbable. La vida vegetal tendría que adaptarse a los vendavales constantes, por ejemplo mediante un mejor anclaje al suelo y hojas largas y flexibles. Los animales tendrían una vista basada en el infrarrojo ya que la percepción de aromas y llamadas sería difícil por encima del estruendo de la tormenta en todo el planeta. Sin embargo, la vida bajo el agua estaría protegida de los fuertes vientos y de las llamaradas estelares, y grandes extensiones de plancton fotosintético y algas de color negro podrían soportar la vida marina.

En contraste con la imagen pesimista de estos planetas respecto a su capacidad para albergar vida, los estudios de Robert Haberle y Manoj Joshi del Centro de Investigación Ames de la NASA en California determinaron, en 1997, que la atmósfera de un planeta —asumiendo la presencia de gases de efecto invernadero como el CO2 y el H2O— sólo necesita una presión de 10 kPa —equivalente a 0,1 atm o el 10 % de la terrestre al nivel del mar— para que el calor del lado diurno sea eficazmente distribuido al nocturno, una cantidad plenamente compatible con la actividad fotosintética. Dos años más tarde, Martin Heath del Greenwich Community College concluyó que el agua de mar no congelada podría circular bajo la capa de hielo del lado nocturno si las cuencas oceánicas son lo bastante profundas. Además, una investigación efectuada en 2010 determinó que los planetas-océano anclados por marea a enanas rojas y orbitando alrededor de la zona habitable aún tendrían temperaturas superiores a 240 K —o -33 °C— en el lado nocturno. Los modelos climáticos construidos en 2013 indican que la formación de nubes en planetas anclados por marea minimizarían las diferencias térmicas entre ambos hemisferios, mejorando las perspectivas de habitabilidad de los planetas de enanas rojas. Investigaciones adicionales, incluyendo la cantidad de radiación fotosintéticamente activa, sugieren que estos cuerpos podrían ser habitables al menos para las plantas superiores. right|thumb|300px|Impresión artística de un exoplaneta análogo a la Tierra perteneciente a una enana roja, con dos exolunas.